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SEVILLA: JUEVES 10 MAYO MISA TRADICIONAL-GREGORIANA FESTIVIDAD ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Les informamos que, fieles a la tradición secular de la Iglesia, el próximo JUEVES 10 DE MAYO, festividad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR, se oficiará –D.m.- Santa Misa según el Rito romano tradicional o gregoriano, a las 20:00 horas, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, sito en el Barrio de Santa Cruz.

El uso legítimo de los libros litúrgicos vigentes en 1962 decretada por S.S. Benedicto XVI en Summorum Pontificum incluye el derecho a la utilización del calendario intrínseco a estos libros litúrgicos, y, por tanto, a los fieles que lo deseen, a celebrar la festividad de la Ascensión del Señor en Jueves asistiendo a Misa tradicional.

 

«Hay tres domingos en el año que relucen más que el sol«.

UNA VOCE SEVILLA

 

ARTÍCULO: «CARTA A UN JOVEN CATÓLICO TRADICIONAL ATRIBULADO»

Presentamos a nuestros lectores otra traducción de un interesante artículo publicada por la web de la Asociación Litúrgica Magnificat (Una Voce Chile),  esta vez, un intercambio epistolar entre un joven anónimo de gran fe y piedad y el Prof. Peter Kwasniewski, a quien nuestros lectores han tenido la fortuna de poder leer habitualmente en este blog. El joven interlocutor enfrenta las dudas y conflictos que acompañan probablemente a toda persona cercana a la Misa tradicional en el mundo contemporáneo, donde por regla general resulta difícil encontrar comprensión y apoyo incluso de otros católicos de buena fe, pero habituados a la liturgia reformada, y hasta al interior de la propia familia.

¿Es conveniente para un católico tradicional asistir a la Misa reformada en días que no son de precepto cuando no hay otra a su disposición? ¿Cuál ha de ser la postura de un católico tradicional ante los esfuerzos que iniciara Benedicto XVI en pos de una Reforma de la Reforma que dé más dignidad a la liturgia reformada y la acerque más a la tradición litúrgica de la Iglesia? Con sabiduría y prudencia, el Prof. Kwasniewski intenta orientar al joven en estas y otras interrogantes.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive.

 

 

 (Imagen: One Peter Five)

 

Solución de problemas de adhesión en la liturgia

Peter Kwasniewski

Un adulto joven, de sólida fe y admirable piedad familiar, me envió una carta el verano pasado con ciertas preguntas y preocupaciones que, me parece, harán eco en muchos lectores de OnePeterFive. Voy a reproducir esa carta y, enseguida, mi respuesta (he suprimido los detalles que podrían permitir identificar al remitente).

***

Querido Dr. Kwasniewski:

Quiero hacerle algunas preguntas sobre la tensión entre el usus antiquior y el usus recentior. Durante este verano no he tenido tantas oportunidades de asistir a la Misa antigua como en la universidad. Afortunadamente, hay una Misa tradicional en nuestra diócesis los domingos después de almuerzo, celebrada por diferentes sacerdotes que la conocen. Sin embargo, mi familia es fiel a nuestra parroquia que celebra, casi siempre de modo reverente, el Novus Ordo. He estado asistiendo casi todos los domingos a la Misa en la mañana con mi familia y, después de mediodía, a la Misa tradicional solo. Ir a ésta significa a menudo que no puedo compartir el almuerzo familiar. Mis padres no ponen objeción, pero a veces me doy cuenta de que eso les molesta. ¿Es egoísta querer asistir a la Misa tradicional en vez de estar con mi familia?

También he oído decir a muchos tradicionalistas que es mejor no asistir jamás a la Misa Novus Ordo a menos que se deba hacerlo. Por ejemplo, dicen que uno debiera dejar de ir a Misa los días de semana si sólo se celebra la forma ordinaria. No creo estar de acuerdo con esto, pero quisiera saber qué piensa usted, que asiste a ambas formas en la universidad. ¿No sería mejor ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa y comulgar todos los días, aunque no sea ofrecido del modo más reverente posible? ¿O es para Dios una ofensa que uno participe en Misas irreverentes? ¿Depende todo de cuán reverente sea la Misa Novus Ordo?

Finalmente, ¿qué piensa de la mentalidad “reforma de la reforma”? ¿Cree que el Novus Ordo debiera celebrarse siempre o que va a estar siempre con nosotros, por lo que debiéramos adherir a él y tratar de hacerlo lo más reverente posible? ¿O aspira usted a reformarlo para que sea lo más reverente posible al mismo tiempo que alienta a la gente a que se acerque cada vez más a la antigua Misa, de modo que ésta pueda algún día ser de nuevo la forma ordinaria o la única forma? Algunos amigos míos que lo han escuchado a usted o leído sus artículos me preguntan en qué posición está exactamente. Y por eso es que me pareció que tenía que preguntárselo antes de responderles.

Un afectuoso saludo,

N.N.

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El Prof. Peter Kwasniewski
(Foto: Aurelio Porfiri)

Querido N.N.:

Con honradez y perspicacia ha puesto usted el dedo en la llaga de algunas de las más difíciles preguntas que hoy se hacen los católicos cultos. Y cuando digo “cultos” me refiero a los católicos que han estudiado y experimentado la gran distancia que separa a la situación aproblemada y pluralista de la Iglesia de hoy respecto de la claridad de su constante enseñanza doctrinal y del tesoro de su liturgia, que nos ha sido transmitido a través de los siglos. No hay respuestas fáciles porque estamos viviendo en un período de desarraigo, de amnesia, de confusión.

Recuerdo que, cuando tenía más o menos la misma edad de usted, pasé exactamente por igual situación. Yo crecí en una parroquia importante de Nueva Jersey, y descubrí documentos magisteriales como Mediator Dei y teólogos como Santo Tomás de Aquino que me hicieron ver cuán confundida estaba mi parroquia. Mis padres seguían asistiendo a ella, pero a partir de cierto momento, yo no pude seguir haciéndolo. Por lo cual comencé a ir a otras partes, asistiendo tanto a la Misa Novus Ordo como a la tradicional. Fue una situación muy tensa. No creo que mis padres me hayan entendido nunca cabalmente, a pesar de mis esfuerzos -quizá no muy exitosos, ahora que lo pienso- de explicarme. Pero usted es una persona más amable, más gentil y más inteligente que yo a la misma edad, y probablemente sus padres sean católicos más serios que los míos, por lo que usted podrá tener más éxito en sus esfuerzos de explicarles por qué ama la Misa antigua y desea asistir a ella. Me parece, además, una señal de humildad y de piedad filial el que siga asistiendo a Misa con ellos, quienes no podrían reprocharle, en realidad, ser usted antisocial o “elitista”.

Lo más importante es lo siguiente: jamás es egoísmo el querer alimentar la propia vida espiritual con el sustancioso alimento de la liturgia tradicional. Como siempre, se requiere tomar en cuenta las circunstancias. San Francisco de Sales dice que es preferible que una mujer cuide a sus hijos a que los desatienda por pasar más tiempo rezando en la iglesia. Pero, por otra parte, una mujer que sólo se preocupara de sus hijos y no se hiciera nunca tiempo para la oración personal terminaría siendo una mala madre y, posiblemente, una mala cristiana. Tenemos, pues, que tomar muy en serio las necesidades de nuestra alma, y creo que una vez que uno experimenta la belleza de la Misa antigua (y de todas las demás liturgias y devociones que la rodean), es casi imposible seguir subsistiendo con una dieta mezquina, con una papilla aguada. No se olvide que Benedicto XVI dijo a los obispos en su carta de 7 de julio de 2007 lo siguiente, refiriéndose al usus antiquior: “También los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo y han encontrado en ella un modo de encontrarse con el Misterio de la Sagrada Eucaristía que les resulta particularmente apropiado”.

¿Sería posible que sus padres aceptaran asistir a Misa con usted? Quizá ello los atraería a amar lo que usted ya ha llegado a amar.

En todo caso, hay otras preguntas, que usted ha formulado muy bien. ¿Cuándo y dónde trazar la línea? ¿Debiera uno ir diariamente a Misa, sin que importe cómo se la celebra? ¿Existe jamás alguna razón para no ir a Misa? ¿Podría existir algún motivo para dejar de asistir al Novus Ordo y simplemente asistir sólo al Vetus Ordo? Estos son temas prudenciales, pero podemos estar seguros de que una Misa que no se celebra correcta y reverentemente es una ofensa a Dios en aquellos aspectos en que resulta deficiente (después de todo, la liturgia está relacionada con la práctica de la virtud moral de la religión, por la que damos a Dios lo que en justicia le pertenece, y en esto podemos fallar de muchos e importantes modos). Además, semejante Misa nos es espiritualmente perjudicial en cuanto que nos forma mal. Y cuando nos distraemos o nos irritamos, nos preparamos muy mal para adorar a Dios y comulgar, cosas para las que se nos pide tener una disposición de viva fe y devoción.

Creo que podemos aprender algo de la tradición oriental, que habla de “días no litúrgicos”, es decir, días en que no se celebra la liturgia, a los cuales se refiere usando la analogía del ayuno: nuestro deseo del Santísimo Sacramento se intensifica mediante otras formas de oración. El sacrificio de la Misa es la joya principal de la corona, pero necesita estar puesta en una corona de oro, que es el Oficio Divino y nuestra oración personal. El Oficio Divino es también oración litúrgica, pero tiene la ventaja de ser algo que cualquier cristiano puede llevar a cabo, aunque sea solo o en un grupo pequeño. Cuando se reza Laudes o Prima en la mañana y Vísperas o Completas al atardecer, y cualquiera otra “hora menor” si se logra encontrar el momento para ello, se consagra al Señor el día de un modo muy semejante a cuando se asiste a Misa. El Oficio es parte del gran sacrificio de alabanza que Nuestro Señor, como Eterno y Sumo Sacerdote, ofrece a su Padre en el Espíritu Santo.

También Joseph Ratzinger habló, más de una vez, de los beneficios de hacer “ayuno eucarístico” (véase el siguiente artículo que publicaré al respecto), diciendo que, en unos tiempos como los nuestros, demasiado inclinados a tomar la Eucaristía como algo obvio y reduciéndola a una rutina sin profunda hambre y sed de Dios, podemos beneficiarnos y reparar por otros no yendo a comulgar sino, en su lugar, practicando un acto de deseo, una comunión espiritual. Esto es un modo de entender positivamente los días sin Misa, ya sea porque no se puede encontrar una Misa compatible con el horario propio o porque, desgraciadamente, no se dispone de una Misa reverente.

En lo personal, para mí es muy difícil orar en la forma ordinaria por una serie de razones. Se me hace más fácil orar cuando puedo cantar el Propio y los cantos gregorianos con la schola, como ocurre en la universidad, porque entonces puedo entrar en el espíritu de la liturgia a través de esos cantos auténticos de nuestra tradición, que fueron “compuestos para orar”. Pero aun así es un desafío. Además, como usted sabe, en el usus antiquior el celebrante importa menos que en el usus recentior, en que se exhibe inevitablemente la personalidad del sacerdote, sobre todo por la postura versus populum y el requisito de que todo sea dicho en voz alta. Por tanto, quién sea el celebrante constituye una enorme diferencia en cuanto a si puedo o no asistir a una Misa Novus Ordo con provecho espiritual.

Estas son realidades que hay que tomar en cuenta. En modo alguno sería correcto forzar a alguien a ir a Misa diaria “porque sí”. No existe el “porque sí” en la vida espiritual: tenemos que estar conscientes de lo que hacemos, de cómo nos afecta y de cómo puede agradar o desagradar al Señor. La Misa no es un simple “método de distribución de la Comunión”, sino un acto de culto formal, estructurado, que consiste en oraciones, cantos, lecturas, ceremonias y gestos, encaminados a actos del alma tales como la adoración, la glorificación, la acción de gracias, la súplica y el arrepentimiento. No se trata simplemente de “estando presente Jesús, Dios se complace”: se trata de qué es lo que hacemos, qué estamos ofreciendo a Dios de nosotros mismos, y cómo, y por qué.

Cristo dio a los Apóstoles la Misa que llega a nosotros a través de una acumulación de tradiciones, por un camino que Él quiso que nos enriqueciera con la fe y la santidad de cada época de la Iglesia. Nada podría ser más falso que pensar que, con tal que la Eucaristía esté presente, la liturgia es indiferente. La Eucaristía está presente en una misa satánica, que es un acto supremamente sacrílego. Y está presente también en muchas Misas lícitas y válidas que, no obstante ello, son una ofensa a Dios y nos hacen daño precisamente por el modo como tratan (o dejan de tratar) la Presencia de Dios. La Eucaristía es el punto culminante, pero no quita su importancia a todo lo demás.

Lo que queremos es evitar dos extremos: el esnobismo litúrgico, para el cual nada es “suficientemente bueno”, porque de hecho nada que no sea la visión beatífica nos resultará perfectamente satisfactorio, aunque en sus mejores momentos la sagrada liturgia puede y debiera ser un anuncio del cielo. Por otro lado, debemos evitar una falsa humildad que pretende no advertir la diferencia entre lo que conviene y lo que no, entre lo bello y lo feo, lo noble y lo banal, lo reverente y lo irreverente; diferencias todas que tienen serias implicaciones para nuestra vida espiritual y para el ejercicio de las virtudes de la fe, la esperanza, la caridad y la religión. El primer extremo puede transformarse en un descontento duro y lleno de irritación, y el segundo, a un relativismo que debilita los esfuerzos, siempre necesarios, por mejorar la vida de nuestra Iglesia.

Si los grandes santos reformadores hubieran tenido la actitud de “está bien así, no más” o de “¿quién son yo para juzgar?”, jamás hubiera tenido lugar, a lo largo de los siglos, la renovación católica. Pero si hubieran sido demasiado impacientes o severos, habrían terminado en la desesperación. Como siempre, la virtud está en el medio, en la media o posición central, y como insiste Aristóteles en su Ética, encontrar el medio no es tarea fácil. Con todo, debemos siempre perseverar en su búsqueda.

Yo no me retraigo del esfuerzo por mejorar el Novus Ordo cuando se me lo pide, pero mi corazón y mi mente están firme y permanentemente del lado del clásico rito romano, que es nuestro patrimonio hereditario, nuestro tesoro, nuestra línea vital, nuestra piedra de toque y nuestra gloria como católicos romanos. Restablecer esta magnífica lex orandi y participar profundamente en ella es la meta que debiéramos proponernos, tanto para nuestro propio beneficio como para el de incontables hermanos nuestros en la fe que están deshidratados de lo divino, y tienen hambre de lo sagrado.

 

Fuente: Asociación Litúrgica Magnificat

BENEDICTO XVI: «LA IGLESIA ESTÁ EN PELIGRO CUANDO EL PRIMADO DE DIOS NO APARECE MÁS EN LA LITURGIA Y ASÍ EN LA VIDA»

A continuación, les ofrecemos el interesantísimo Prefacio del Papa Emérito Benedicto XVI a la edición en lengua rusa del volumen IX de las Obras Completas de Joseph Ratzinger: «Teología de la Liturgia», publicado por la Casa Editorial del Patriarcado de Moscú, y traducido al español por el blog Dominus est, en el cual el Santo Padre reflexiona sobre la necesidad actual de dar prioridad a Dios en la Liturgia ante malentendidos de la reforma litúrgica.

 

Nihil Operi Dei praeponatur Nada se anteponga al Culto Divino. Con estas palabras San Benito, en su regla (43, 3) ha establecido la prioridad absoluta del Culto Divino respecto a todas las otras tareas de la vida monástica. Esto, también en la vida monástica, no resultaba inmediatamente hecho puesto que para los monjes era tarea esencial también el trabajo en la agricultura y en la ciencia.

 

Tanto en la agricultura como en la artesanía y en el trabajo de formación podían haber tenido urgencias que parecerían más importantes que la liturgia. Frente a todo esto (San) Benito con la prioridad asignada a la liturgia, hace hincapié inequívocamente en la prioridad de Dios mismo en nuestra vida “A la hora del Oficio Divino, apenas se haga la señal, dejado todo aquello que tengas entre las manos, se acude con la máxima solicitud”. (43, 1)

 

En la consciencia de los hombres de hoy las cosas de Dios y entre ellas la liturgia no aparecen en absoluto urgentes. Hay urgencia para toda cosa posible. Las cosas de Dios parecen no ser urgentes. Ahora, se podría afirmar que la vida monástica es en todo caso una cosa diferente a la vida de los hombres del mundo, y esto es totalmente correcto. Y todavía la prioridad de Dios que hemos olvidado vale para todos. Si Dios ya no es más importante, se mueven los criterios para establecer aquello que es importante. El hombre al dejar de lado a Dios, se somete él mismo a las constricciones que le vuelven esclavo de fuerzas materiales y que son tan opuestas a su dignidad.

 

En los años sucesivos al Concilio Vaticano II fui nuevamente consciente de la prioridad de Dios y de la divina liturgia. El malentendido de la reforma litúrgica que está ampliamente difundido en la Iglesia Católica portó el poner siempre en primer plano el aspecto de la instrucción y el de la propia actividad y creatividad. El hacer a los hombres casi olvidar la presencia de Dios. En una situación como tal se hace siempre más claro que la existencia de la Iglesia viene de la justa celebración de la liturgia y que la Iglesia está en peligro cuando el primado de Dios no aparece más en la liturgia y así en la vida. La causa más profunda de la crisis que ha trastornado a la Iglesia reside en el oscurecimiento de la prioridad de Dios en la liturgia. Todo esto me llevó a dedicarme al tema de la liturgia más ampliamente que en el pasado porque sabía que la verdadera renovación de la liturgia es una condición fundamental para la renovación de la Iglesia. Sobre la base de esta convicción nacen los estudios que se han recopilado en el presente volumen 11 de mis “Obras completas”. Pero en el fondo, a pesar de todas las diferencias, la esencia de la liturgia en Oriente y Occidente es única y es la misma. Y así espero que este libro pueda ayudar también a los cristianos de Rusia a comprender de un modo nuevo y mejor el gran regalo que se nos ha dado en la Santa Liturgia.

 

Ciudad del Vaticano, en la Fiesta de San Benito,

11 de julio de 2015

Benedicto XVI

 

X ANIVERSARIO: SUMMORUM PONTIFICUM HA ENRIQUECIDO A LA IGLESIA

El interesante blog tradicional DOMINUS EST ha traducido al español un artículo de Dom Alcuin Reid publicado en el diario londinense THE CATHOLIC HERALD, con ocasión de cumplirse el pasado 7 de julio el X aniversario de la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum por S.S. Benedicto XVI, y que a continuación transcribimos por ser un adalid en defensa de los beneficios que han supuesto para la Iglesia la aplicación de dicho documento del Vicario de Cristo durante esta ultima década.

«Al mediodía del 7 de julio de 2007 en Roma tuve el privilegio de estar presente en la primera misa solemne de un sacerdote recién ordenado. Como miembro de la Fraternidad de San Pedro, cantó lícitamente la misa según el usus antiquior—la forma tradicional del rito romano, tal como se usó antes de las reformas posteriores al Concilio Vaticano II. Fue una ocasión hermosa, pero que albergaba una distracción persistente.

 

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Hasta entonces, los fieles, laicos, religiosos e incluso clérigos, no tenían libre acceso a los  ritos litúrgicos antiguos. Era común (pero erróneamente) sostener que el permiso era requerido para celebrarlos. Ciertamente, la Santa Sede había alentado a los obispos a ser generosos en conceder tales permisos, pero como muchos bien recuerdan y con un sufrimiento no muy pequeño, en muchas diócesis de todo el mundo esto no era el caso: la parsimonia de un buen número de prelados era inamovible. Un liturgista inglés incluso llamó a “un período de transición obligatoria…  todos los sacerdotes ordenados después de 1970, con quizás cinco años para prepararse exclusivamente para la celebración del novus ordo“.

La distracción de ese 7 de julio fue un hecho que exactamente esa misma hora se había publicado el muy esperado motu proprio del papa Benedicto, Summorum Pontificum, sobre el uso del rito tradicional. Fue quizás un sacrificio, valió la pena esperar una hora o algo así antes de leer sus tan esperadas provisiones.

Los primeros meses de 2007 habían visto una batalla llevada a cabo sobre lo que contendría. El mismo papa Benedicto escribió en su carta a los obispos de la misma fecha: “Los informes de prensa y los juicios hechos sin información suficiente han creado mucha confusión. Ha habido reacciones muy divergentes que van desde la aceptación entusiasta hasta la dura oposición, sobre un plan cuyos contenidos son en realidad desconocidos”. De hecho, se sabe que personalmente llamó a varios obispos antes de julio para insistir en que terminaran su oposición pública a un documento que ellos ni siquiera habían leído.

El problema era “el temor de que el documento quitaba importancia a la autoridad del Concilio Vaticano II, una de cuyas decisiones esenciales, la reforma litúrgica, estaba siendo cuestionada”. La respuesta del Papa fue clara: “Este temor es infundado”. Tenía razón: como rito moderno ya reformado después del concilio sigue siendo lo que comúnmente se encuentra en las parroquias hasta el día de hoy. No ha habido incineración pública generalizada de la Constitución del Consejo sobre la Sagrada Liturgia o de los libros litúrgicos producidos en su estela.

Otro tema era el temor de que un uso más amplio del  rito antiguo “condujera a desórdenes o incluso divisiones dentro de las comunidades parroquiales”. El papa Benedicto respondió: “Este temor también me parece absolutamente infundado.” A pesar de algunos casos de imprudencia pastoral impuesta por el clero imponiendo el rito anterior (o aún el reciente) a las congregaciones sin preparación y formación adecuadas, la Iglesia hoy no está hendida con las parroquias divididas por causa de la inclusión del rito antiguo en su calendario. De hecho, muchas personas encuentran que su vida de fe y de culto se enriquece  con esta diversidad ritual legítima.

Para el papa Benedicto XVI, Summorum Pontificum era “en particular llegar a una reconciliación interior en el corazón de la Iglesia”, de quitar obstáculos a esa comunión y unidad que Nuestro Señor desea entre todos los bautizados. Es un hecho que la reforma litúrgica que siguió al concilio fue abrupta y controvertida y privó a muchos católicos, algunos de los cuales simplemente dejaron de asistir a misa. Aquellos pequeños grupos de sacerdotes y laicos que continuaban con los  ritos anteriores a la reforma de 1970 fueron condenados al ostracismo. Cuando, en lugar de caer en el desánimo, atraían a los jóvenes, que eran  desterrados. Las divisiones eran reales y se hacían más arraigadas. En conformidad con los esfuerzos realizados por san Juan Pablo II, en 2007 el Santo Padre trató de hacer lo que pudo para sanar estas divisiones, insistiendo en que: “Lo que las generaciones anteriores consideraban sagrado, sigue siendo sagrado y grande para nosotros y no puede ser de repente totalmente prohibido o incluso considerado perjudicial”.

Así, también él hizo notar un fenómeno aparentemente interesante: “Inmediatamente después del Concilio Vaticano II”, observó, “se suponía que las solicitudes para el uso del misal de 1962 se limitarían a la generación anterior que había crecido con ello, mientras tanto, se había demostrado claramente que los jóvenes también habían descubierto esta forma litúrgica, habían sentido su atracción y encontrado en ella una forma de encuentro con el misterio de la santísima eucaristía, particularmente idóneo para ellos”.

 

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Este es un elemento que a menudo se pasa por alto de Summorum Pontificum. El hecho de que el papa Benedicto XVI establezca con autoridad en la ley de la Iglesia que todos los fieles tienen el derecho legal a las ceremonias litúrgicas antiguas, incluyendo los sacramentos, y que los párrocos y no los obispos tienen ambos el deber de proporcionarlos y la autoridad de otra manera para decidir cuando sus celebraciones son apropiadas, no está motivado por la melancolía. Más bien, es una respuesta a la nueva e inesperada realidad de la Iglesia a principios del siglo XXI, donde los jóvenes que no conocían la liturgia anterior a la reforma de 1970 (ni siquiera las batallas libradas por ella) encuentran que en sus celebraciones, a menudo, mucho más que en otras celebraciones litúrgicas que han experimentado, pueden participar plenamente, conscientemente y activamente en la sagrada liturgia, “la fuente primaria e indispensable de la cual los fieles deben derivar el verdadero espíritu cristiano”, precisamente como el Concilio Vaticano II deseaba. En consecuencia, el papa Benedicto escribió: “Nos corresponde a todos conservar las riquezas que se han desarrollado en la fe y la oración de la Iglesia, y darles su valor conveniente”.

Cuando finalmente leíamos Summorum Pontificum el 7 de julio, y la carta que lo acompaña, estaba claro que el papa Benedicto había actuado como un “escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos…semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo”.(Mt 13, 52). Pero no todas las reacciones fueron tan placenteras. Un obispo italiano lamentaba que “hoy se ha  anulado una reforma por la que tantos trabajaron, a expensas de grandes sacrificios, animados únicamente por el deseo de renovar la Iglesia, haya sido anulada… una importante reforma del concilio ha sido socavada…” El padre Mark Francis lamentaría que: “el Papa, que no es un liturgista formado, haya mostrado interés y sensibilidad en asuntos litúrgicos”, pero que con Summorum Pontificum demostró “una verdadera incomprensión del papel de la liturgia en la vida de la Iglesia”, y adoptó un “relativismo” litúrgico, ignorando “el axioma patrístico sagrado lex orandi, lex credendi“.

Había muchos otros “profetas del  cataclismo”, incluyendo algunos obispos que rechazaban resumidamente cualquier sugerencia que a sus seminaristas se les diera tiempo para aprender a celebrar los ritos antiguos. Sin embargo, ningún catastrofista litúrgico se ha hecho sentir hasta ahora y muchos seminaristas parecen haber encontrado los medios para familiarizarse con los ritos antiguos. Para Summorum Pontificum se estableció una situación completamente nueva en la vida litúrgica de la Iglesia, que es un augurio muy bueno en efecto para la Iglesia de hoy y de mañana.

Como se ha señalado, el motu proprio establece que los ritos litúrgicos anteriores a 1970 deben estar libremente disponibles cuando los fieles los solicitan. Hoy en día, la mayoría de los fieles, incluido yo mismo, creció después del Concilio Vaticano II. Desconocíamos “los viejos tiempos”—cuando, ciertamente, el usus antiquior era a veces, de hecho demasiado, a menudo, celebrado mal, y cuando la misa cantada era una excepción en vez de la norma que debería ser. Cuando descubrimos la liturgia  anterior y seguimos asistiendo a ella, fue con la expectativa de que realmente participaríamos en sus ritos y oraciones plenamente, conscientemente y realmente en las celebraciones óptimas, no minimalistas. Y descubrimos el inmenso tesoro de fe y cultura en el cual participar—un tesoro que se remonta a la Iglesia primitiva que no había sido empujado a través de un filtro ideológico de los años sesenta.

 

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Este encuentro de nuestras generaciones post-conciliares con la liturgia pre-conciliar están realmente realizando, al menos en parte, el objetivo declarado de la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la sagrada liturgia: impartir un vigor cada vez mayor a la vida cristiana a través de una  participación profunda y comprometida en la liturgia, aunque la ironía signifique esto ser la liturgia no reformada es relevante. (Esto plantea interrogantes sobre la necesidad y utilidad de reformas específicas, y desmiente a los “fundamentalistas del Vaticano II” quiénes las idolatran, pero la discusión de eso es otro tema.) Sus demandas producen una respuesta en nosotros. Encontramos que la restricción y la belleza del ritual, el silencio en el que encontramos espacio para orar interiormente, la música que no intenta imitar al mundo ni calmar las emociones sino que nos desafía y facilita la adoración de lo divino, en realidad encontramos la experiencia ritual total de lo luminoso y de lo sagrado, para edificar y nutrir.

Esta dinámica también ha cambiado la manera en que nos acercamos y celebramos los ritos litúrgicos reformados. En comparación, son ritualmente bastante agilizados, demasiado para algunos. Y ciertamente, la teología de sus textos es a veces muy diferente o disminuida. Pero su celebración ahora está siendo enriquecida por aquellos inmersos en la tradición litúrgica no reformada. El papa Benedicto habló de este “enriquecimiento mutuo” en 2007 como posible resultado de su motu proprio. Ha sido un factor creciente en la vida litúrgica de la Iglesia desde entonces. Muchos jóvenes sacerdotes hablan elocuentemente que al celebrar el usus antiquior les ha permitido celebrar el usus recentior con mayor reverencia y significado. Este nuevo enfoque y modo de celebrar los ritos modernos de manera que estén en mayor continuidad con la tradición litúrgica está, sin duda, más en consonancia con las intenciones del concilio de algunas aplicaciones e interpretaciones de él hasta ahora. Esto no aborda el problema más importante de una “corrección de la reforma litúrgica”—un punto que no desaparecerá simplemente porque la gente no le guste, sino que hace mucho para corregir las celebraciones erróneas y a veces incluso abusos en los ritos modernos que hemos experimentado con demasiada frecuencia.

Algunos exégetas están tan enfurecidos por Summorum Pontificum como lo fueron en 2007 y afirman que promueve un “tradicionalismo” que está teniendo “un efecto negativo en la aceptación de otros documentos del Vaticano II, como los del ecumenismo, el diálogo interreligioso y la actividad misionera de la Iglesia”. (Como ocurre con muchos” -ismos “, el tradicionalismo es una exageración errónea y debe evitarse). Pero si el encuentro nuevo y vivificante con la tradición litúrgica no reformada hecha posible por el papa Benedicto XVI hace diez años conduce a una reevaluación crítica de la reforma litúrgica y de la implementación de otros documentos conciliares, ¿quiénes somos nosotros para juzgarlo adversamente? Porque si esto surge de fieles laicos y clérigos católicos para quienes el rótulo de “tradicionalista” es simplemente anticuado, ¿no podría esta nueva situación en la vida de la Iglesia ser de hecho uno de los “signos de los tiempos” de nuestros días, una señal en el que las autoridades de la Iglesia puedan oír algo de lo que el Espíritu Santo está diciendo en medio de nosotros? Gracias al papa Benedicto XVI, los laicos y el clero (deberían) haber tenido acceso a la tradición litúrgica no reformada sin tener que ser cualquier otra cosa que católicos durante diez años. Los frutos de esta medida son reales y están creciendo, para el bien de toda la Iglesia.

Después de la misa del 7 de julio de 2007 celebrábamos la ordenación del joven sacerdote con mayor alegría mientras leíamos el motu proprio del papa Benedicto y la carta de acompañamiento. Este sacerdote ahora da gracias a Dios Todopoderoso por diez años de ministerio fructífero, así como la Iglesia puede dar gracias a Dios Todopoderoso por los genuinos frutos de la sabiduría paterna del papa Benedicto y una profunda visión en la promulgación de Summorum Pontificum.».

Dom Alcuin Reid, es un monje del  Monastère Saint-Benoît en la diócesis de Fréjus-Toulon, Francia, y un erudito litúrgico de renombre internacional, es el autor de “El usus antiquior-Su historia y su importancia en la Iglesia después del Concilio Vaticano II” (A. Reid, ed., T&T Clark compañero de liturgia, Bloomsbury, 2016).

 

[Traducción de R. Linares. Dominus Est. Artículo original]

Portada: Fraternidad Sacerdotal San Pedro (FSSP)

X ANIVERSARIO SUMMORUM PONTIFICUM: RELACIÓN 421 CARDENALES Y OBISPOS QUE HAN OFICIADO O PARTICIPADO EN LA LITURGIA TRADICIONAL

A continuación, les ofrecemos el listado, elaborado por el blog Acción Litúrgica, de los 421 Cardenales y Obispos de todo el mundo, que han oficiado o asistido a la liturgia según la Forma Extraordinaria del Rito Romano o tradicional, tras la entrada en vigor del motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI el 7 de julio de 2007, que normalizó el uso de la Misa tradicional en el seno de la Iglesia, y del que en estos días se cumplirá una década de vigencia y abundantes frutos espirituales.

La ASOCIACIÓN UNA VOCE SEVILLA quiere dejar constancia pública de su profundo agradecimiento a todos ellos.

 

 

ALEMANIA: Cardenal Brandmüller (Presidente Emérito del Pontificio Consejo de Ciencias Históricas). Obispos Ackermann (Obispo de Tréveris), Dick (Obispo Auxiliar Emérito de Colonia), Hanke (Obispo de Eichsttät), Ipolt (Obispo de Görlitz), König (Obispo Auxiliar de Paderborn), Mixa (Obispo de Augsburgo), Ostermann (Obispo Auxiliar Emérito de Münster), Overbeck (Obispo de Essen), Zdarsa (Obispo de Augsburgo), y Ziegelbauer (Obispo Auxiliar de Augsburgo) .

ARGENTINA: Obispos Baseotto (Obispo Emérito Castrense de Argentina), Fenoy (Obispo de San Miguel), Laise (Obispo Emérito de San Luis), y Sánchez Sorondo (Canciller de la Pontificia Academia de Ciencias).

AUSTRALIA: Cardenal Pell (Arzobispo de Sidney). Arzobispos Coleridge (Arzobispo de Brisbane), Hart (Arzobispo de Melbourne), Hickey (Arzobispo de Perth) y Wilson (Arzobispo de Adelaide). Obispos Elliot (Obispo Auxiliar de Melbourne), Grech (Obispo de Sandhurst, +2010), Jarret (Obispo de Lismore, emérito en 2016), Long (Obispo Auxiliar de Melbourne), Mathys (Obispo de Armidale), Porteus (Obispo Auxiliar de Sidney), Prowse (Obispo de Sale), y Tomlinson (Obispo de Sandhurst).

AUSTRIA: Cardenal Stickler (Archivero Emérito de la Santa Sede, +2007). Obispos Fischer (Obispo Emérito de Feldkirch) y Laun (Obispo Auxiliar de Salzsburgo).

BÉLGICA: Arzobispo Leonard (Arzobispo de Bruselas y Primado de Bélgica). Obispos Delville (Obispo de Lieja) y Harpigny (Obispo de Tournai).
BENIN: Obispo N´Koue (Obispo de Parakou).
BRASIL: Cardenal Freire Falcâo (Arzobispo Emérito de Brasilia), Arzobispos Pena (Arzobispo de Niterói, Emérito en 2011), Rezende Dias (Arzobispo de Niterói), Taveira Correa (Arzobispo de Belem do Pará) y Tempesta (Arzobispo de Río de Janeiro, creado cardenal en 2014). Obispos Areas Rifán (Obispo titular de Cedamusa, y administrador de la Administración Apostólica San Juan Marían Vianney), Beloto (Obispo de Franca), Bergamin (Obispo de Nova Iguaçu), Canindé Palhano (Obispo de Senhor do Bomfim), Cordeiro de Lima (Obispo Auxiliar de Fortaleza), Costa Souza (Obispo Auxiliar de Sâo Sebastiâo do Rio de Janeiro), Da Silva (Obispo Auxiliar Emérito de Fortaleza), Da Silva Brito (Obispo Auxiliar de Río de Janeiro), Ferrería Paz (Obispo de Campos dos Goytacazes), De Castro Homem (Obispo Auxiliar de Río de Janeiro), Fontes de Matos (Obispo de Palmira dos Indios), Gomez Guimarâes (Obispo Emérito de Campos dos Goytacazes), Gonçalvez de Almeida (Obispo Auxiliar de Brasilia), Gouvêa Matosso (Obispo de Nova Friburgo), Marchiori (Obispo de Apucarana), Monteiro Guimarâes (Obispo de Garanhuns, nombrado Arzobispo del Ordinariato Militar de Brasil en 2014), Lopes de Faria (Obispo Emérito de Diamantina,+2009), Paixao (Obispo Auxiliar de Salvador-Bahía), Pestana Filho (Obispo Emérito de Anápolis,+2011), Romer (Obispo Auxiliar Emérito de Río de Janeiro), Rossi Keller (Obispo de Frederico Westphalen), Silva Matthes (Obispo Emérito de Franca), Sivieri (Obispo de Propriá-Sergipe), Soares da Costa (Obispo Auxiliar de Aracaju), Stringhini (Obispo de Franca, hoy Obispo de Mogi das Cruzes), Ubiratan Lopez (Obispo de Itaguaí).
CANADÁ: Cardenales Collins (Arzobispo de Toronto), Lacroix (Arzobispo de Quebec y Primado de Canadá) y Ouellet (Prefecto de la Congregación para los Obispos). Arzobispos Roussin (Arzobispo de Vancouver, Emérito en 2009), Miller (Arzobispo de Vancouver), Prendergast (Arzobispo de Ottawa). Obispos Blais (Obispo Auxiliar de Quebec), Boisonneau (Obispo Auxiliar de Toronto), Damphousse (Obispo de Sault Sainte Marie), Daniels (Obispo de Grand Falls), Fabbro (Obispo de London, Ontario), LaRocque (Obispo Emérito de Alexandria-Cornwall, Ontario), Lemay (Obispo Auxiliar de Quebec), y McGrattan (Obispo Auxiliar de Toronto, hoy Obispo de Peterborough).
CHILE: Cardenal Medina Estévez (Prefecto Emérito del Culto Divino). Arzobispos Piñera Carvallo (Arzobispo Emérito de La Serena) y Rebolledo Salinas (Arzobispo de La Serena). Obispos Duarte García de Cortázar (Obispo de Valparaíso), Gleisner Wobbe (Obispo Auxiliar de La Serena), González Errázuriz (Obispo de San Bernardo) y Vega Velasco (Obispo Prelado de Illapel).
CHINA: Cardenal Tong Hon (Obispo de Hong-Kong), Cardenal Zen (Obispo Emérito de Hong-Kong).
COLOMBIA: Cardenal Castrillón Hoyos (Presidente Emérito de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei). Obispos Henao del Río (Obispo titular de Casae Medianae y Vicario Episcopal de Mitú), López Hurtado (Obispo de Girardot), y Ramírez Gómez (Obispo Emérito de Garzón, Presidente del Tribunal Eclesiástico).
CROACIA: Obispo Pozaic (Obispo Auxiliar de Zagreb).
DINAMARCA: Obispo Kozon (Obispo de Copenhagen).
ECUADOR: Obispo Castillo Pino (Obispo Auxiliar de Portoviejo).
ESLOVAQUIA: Arzobispo Bezák (Arzobispo de Trnava).
ESLOVENIA: Cardenal Rodé (Prefecto para la Vida Consagrada).
ESPAÑA: Cardenales Cañizares Llovera (Prefecto para el Culto Divino, hoy Arzobispo de Valencia), Martínez Sistach (Arzobispo de Barcelona, emérito en 2015), Herranz Casado (Presidente Emérito del Consejo de Textos Legislativos), y Navarrete Cortés (Rector Emérito de la Universidad Gregoriana, +2010). Arzobispos Asenjo Pelegrina (Arzobispo de Sevilla), Rodríguez Plaza (Arzobispo de Toledo y Primado de España), y Ureña Pastor (Arzobispo de Zaragoza, emérito en 2014). Obispos: Arrieta Ochoa de Chinchetru (Secretario del Pontificio Consejo de Textos Legislativos), Cases Andreu (Obispo de Canarias), Fernández González (Obispo de Córdoba), Iceta Gavicagogeascoa (Obispo de Bilbao), Martínez Camino (Obispo Auxiliar de Madrid y Secretario de la Conferencia Episcopal Española), y Yanguas Sanz (Obispo de Cuenca).
ESTADOS UNIDOS: Cardenales Baum (Penitenciario Mayor Emérito, +2015), Burke (Patrono de la Orden de Malta), DiNardo (Arzobispo de Galveston-Houston), Egan (Arzobipo Emérito de Nueva York, +2015), Foley (Gran Maestre de la Orden del Santo Sepulcro, +2011), George (Arzobispo de Chicago, +2015), Levada (Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Emérito en 2012), O’ Malley (Arzobispo de Boston) y Wuerl (Arzobispo de Washington). Arzobispos Apuron (Arzobispo de Agaña), Aquila (Arzobispo de Denver), Brown (Arzobispo titular de Aquileia y Nuncio de Su Santidad en Irlanda), Brunett (Arzobispo de Seattle, Emérito en 2010), Carlson (Arzobispo de Saint Louis), Coakley (Arzobispo de Oklahoma), Curtiss (Arzobispo Emérito de Omaha), Di Noia (Vicepresidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei), Gómez (Arzobispo de Los Ángeles), Gullickson (Arzobispo titular de Polymartium y Nuncio de Su Santidad en Suiza), Hugues (Arzobispo Emérito de Nueva Orleans), Kurtz (Arzobispo de Louisville), Lucas (Arzobispo de Omaha), Myers (Arzobispo de Newark), Nienstedt (Arzobispo de Sain Paul y Minneapolis), Pilarczyk (Arzobispo Emérito de Cicinnati), Sartain (Arzobispo de Seattle), Sheehan (Arzobispo de Santa Fe), Tobin (Arzobispo de Indianápolis), Vigneron (Arzobispo de Detroit) y Wenski (Arzobispo de Miami). Obispos Backer (Obispo de Birmingham), Bambera (Obispo de Scranton), Barber (Obispo de Oakland), Barres (Obispo de Allentown), Bevard (Obispo de Saint Thomas), Blair (Obispo de Toledo, Ohio), Boyea (Obispo de Lansing),  Bruskewitz (Obispo de Lincoln, hoy emérito), Burbidge (Obispo de Raleigh), Caggiano (Obispo de Bridgeport), Callahan (Obispo de LaCrosse), Conley (Obispo Auxiliar de Denver, hoy Obispo de Lincoln), Conlon (Obispo de Jolliet), Cordileone (Obispo de Oakland; nombrado Arzobispo de San Francisco en 2012), Cotta (Obispo Auxiliar de Sacramento), Cozzens (Obispo Auxiliar de Minneapolis), Cummins (Obispo Emérito de Oakland), D´Arcy (Obispo de Fort Wayne-South Bend), Dewane (Obispo de Venice), Di Lorenzo (Obispo de Richmond), DiMarzio (Obispo de Brooklynn), Doran (Obispo de Rockford, Emérito en 2012), Elizondo (Obispo Auxiliar de Seattle), Etienne (Obispo de Cheyenne), Farrell (Obispo de Dallas), Finn (Obispo de Kansas City, Emérito en 2015), Foley (Obispo Emérito de Birmingham), Foys (Obispo de Covington), Gainer (Obispo de Harrisburg), García (Obispo de Monterey), Gelineau (Obispo Emérito de Providence), Gruss (Obispo de Rapid City), Hanchon (Obispo Auxiliar de Detroit), Hermann (Obispo Auxiliar de Saint Louis), Hying (Obispo Auxiliar de Milwaukee), Hurley (Obispo de Grand Rapids), Jugis (Obispo de Charlotte), Keleher (Obispo Emérito de Kansas City), Kicanas (Obispo de Tucson), Libasci (Obispo de Manchester), Loverde (Obispo de Arlington), Madera Uribe (Obispo Emérito de Fresno), Malloy (Obispo de Rockford), Matano (Obispo de Burlington, en 2014 Obispo de Rochester), McFadden (Obispo de Harrisburg, +2013), McManus (Obispo de Worcester), Morlino (Obispo de Madison), Mulvee (Obispo Emérito de Providence), Murphy (Obispo de Rockville Centre), Nevares (Obispo Auxiliar de Phoenix), O´Connell (Obispo de Trenton), O´Hara (Obispo Auxiliar de Nueva York), Olmsted (Obispo de Phoenix), Paprocki (Obispo de Springfield, Illinois), Parkes (Obispo de Pensacola-Tallahassee, nombrado Obispo de Saint Petersburg en 2016), Perry (Obispo Auxiliar de Chicago), Provost (Obispo de Lake Charles), Reiss (Obispo Auxiliar de Detroit), Rhoades (Obispo de Harrisburg, hoy de Fort Wayne-South Bend), Rice (Obispo Auxiliar de Saint Louis), Ricken (Obispo de Green Bay), Sample (Obispo de Marquette, hoy Obispo de Portland), Scharfenberger (Obispo de Albany), Serratelli (Obispo de Paterson), Silva (Obispo de Honolulu), Slattery (Obispo de Tulsa), Sullivan (Obispo de Candem), Swain (Obispo de Sioux Falls), Timlin (Obispo Emérito de Scranton), Tobin (Obispo de Providence), Waltersheid (Obispo Auxiliar de Pittsburg), y Van Johnston (Obispo de Springfield, Missouri, nombrado Obispo de Kansas City en 2015).
FILIPINAS: Arzobispos Aniceto (Arzobispo Emérito de San Fernando), Argüelles (Arzobispo de Lipa), Lagdameo (Arzobispo de Jaro), Lavarias (Arzobispo de San Fernando), y Palma (Arzobispo de Cebú). Obispos Escaler (Obispo Emérito de Ipil), De Gregorio (Administrador de la Prelatura de Batanes), Hobayan (Obispo Emérito de Cazarman), Tobias (Obispo de Novaliches), y Vergara (Obispo de Pasig).
FRANCIA: Cardenales Barbarin (Arzobispo de Lyon), Ricard (Arzobispo de Burdeos), y Ving-Trois (Arzobispo de París y Presidente de la Conferencia Episcopal Francesa). Arzobispos Aubertin (Arzobispo de Tours), Bacqué (Nuncio en Holanda), Carré (Arzobispo de Montpellier), Cattenoz (Arzobispo de Avignon), D´Ornellas (Arzobispo de Rennes), Le Gall (Arzobispo de Toulouse), Macaire (Arzobispo de Fort-de-France, La Martinica), Madec (Arzobispo Emérito de Toulon), Maillard (Arzobispo de Bourges), Thomazeau (Arzobispo de Montpellier, emérito en 2011) y Wintzer (Arzobispo de Poitiers). Obispos Aillet (Obispo de Bayona), Aumonier (Obispo de Versalles), Bagnard (Obispo de Belley-Ars), Batut (Obispo de Blois), Beau (Obispo auxiliar de París), Benoît-Gonnin (Obispo de Beavois, Noyon y Senlis), Blacquart (Obispo de Orleans), Boivineau (Obispo de Annecy), Bonfils (Obispo Emérito de Niza y Administrador Apostólico de Ajaccio), Brouwet (Obispo Auxiliar de Nanterre, nombrado Obispo de Tarbes-Lourdes en 2012), Castet (Obispo de Luçon), Centène (Obispo de Vannes), De Berranger (Obispo Emérito de Saint-Denis, +2017), De Dinechin (Obispo Auxiliar de París), De Germay (Obispo de Ajaccio), De Kerimel (Obispo de Grenoble), De Moulins-Beaufort (Obispo Auxiliar de París), Delmas (Obispo de Angers), Dubost (Obispo de Evry), Dufour (Obispo de Limoges), Fikart (Obispo Auxiliar Emérito de París), Fort (Obispo de Orleans), Gaschignard (Obispo de Aire y Dax), Ginoux (Obispo de Montauban), Fréchard (Obispo Emérito de Auch), Gaidon (Obispo Emérito de Cahors, +2011), Guillaume (Obispo Emérito de Saint-Dié), Herbreteau (Obispo de Agen), Kalist (Obispo de Limoges), Kratz (Obispo Auxiliar de Estrasburgo), Le Bègue de Germiny (Obispo de Blois), Lebrun (Obispo de Saint-Etienne), Mathieu (Obispo de Saint-Dié), Nahmias (Obispo de Meaux), Pansard (Obispo de Chartres), Rey (Obispo de Frejus-Toulon), Riocreux (Obispo de Pontoise), Roland (Obispo de Moulins), Scherrer (Obispo de Laval), y Séguy (Obispo Emérito de Autun).
GABÓN: Arzobispo Mvé Engone (Arzobispo de Libreville). Obispo Madega Lebouankenham (Obispo de Mouila).

GUINEA CONAKRI: Cardenal Sarah (Prefecto para el Culto Divino).
GUINEA ECUATORIAL: Arzobispo Nsué Edjang (Arzobispo de Malabo y Presidente de la Conferencia Episcopal de Guinea Ecuatorial). 
HAITÍ: Arzobispo Gayot (Arzobispo Emérito de Cap-Haitien, +2010).
HUNGRÍA: Obispos Farhat (Nuncio en Austria), y Lajos Varga (Obispo titular de Sicca Veneria y Auxiliar de Vác).
ITALIA: Cardenales Antonelli (Arzobispo de Florencia, emérito en 2008), Bagnasco (Arzobispo de Génova), Bartolucci (Maestro de Capilla Emérito de la Capilla Sixtina, +2013), Betori (Arzobispo de Florencia), Caffarra (Arzobispo de Bolonia), De Magistris (Penitenciario Mayor Emérito), De Paolis (Prefecto Emérito de Asuntos Económicos), Piovanelli (Arzobispo Emérito de Florencia), Poggi (Bibliotecario Emérito de la Santa Sede, +2010), Scola (Arzobispo de Venecia). Arzobispos Accerbi (Prelado de la Orden de Malta, emérito en 2015), Appignanesi (Arzobispo Emérito de Potenza), Bassetti (Arzobispo de Perugia, creado cardenal en 2014), Berloco (Nuncio Apostólico de Su Santidad en Bélgica), Boccardo (Arzobispo de Spoleto-Norcia), Brugnaro (Arzobispo de Camerino-San Severino), Crepaldi (Arzobispo de Trieste), Fisichella (Arzobispo titular de Vicohabentia y Presidente del Consejo Pontificio de Promoción de la Nueva Evangelización), Molinari (Arzobispo de L´Aquila), Miglio (Arzobispo de Cagliari), Negri (Arzobispo de Ferrara), Petrocchi (Arzobispo Metropolitano de L´Aquila), Pozzo (Secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y Arzobispo titular de Bagnoregio) y Tiddia (Arzobispo Emérito de Oristano). Obispos Ambrosio (Obispo de Piacenza), Borghetti (Obispo de Albenga-Imperia), Cancian (Obispo de Città di Castello), Cerrato (Obispo de Ivrea), Giovanetti (Obispo de Fiesole, emérito en 2010), Girotti (Obispo titular de Meta y Regente emérito de la Penitenciaría Apostólica), Giusti (Obispo de Livorno), Lambiasi (Obispo de Rimini), Meini (Obispo de Fiésole), Mistrorigo (Obispo Emérito de Treviso), Oliveri (Obispo de Albenga-Imperia, emérito en 2016), Piseddu (Obispo Emérito de Lanusei), Pizziol (Obispo de Vicenza), Rabitti (Obispo de Ferrara), Raspanti (Obispo de Acireale), Ravignani (Obispo Emérito de Trieste), Reali (Obispo de Porto-Santa Rufina), Scanavino (Obispo de Orvieto), Sciacca (Secretario del Gobierno del Estado Vaticano, ahora Secretario adjunto de la Signatura Apostólica), Sigismondi (Obispo de Foligno), Silvani (Obispo de Volterra), Suetta (Obispo de Ventimiglia-San Remo), Tardelli (Obispo de San Miniato), Zenti (Obispo de Verona) y Zuppi (Obispo Auxiliar de Roma).
IRLANDA: Cardenal Brady (Arzobispo Emérito de Armagh y Primado de Irlanda). Arzobispo Martin (Arzobispo de Dublin y Primado de Irlanda). Obispos Magee (Obispo de Cobh), y Moriarty (Obispo Emérito de Kildare y Leighlin).
KAZAJSTAN: Obispo Schneider (Obispo Auxiliar de Astana).
LIECHTENSTEIN: Arzobispo Haas (Arzobispo de Vaduz).
LITUANIA: Obispo Bartulis (Obispo de Siauliai).

MAURICIO: Obispo Piat (Obispo de Port-Louis; nombrado cardenal en 2016).
MÉXICO: Cardenales Rivera Carrera (Arzobispo y Primado de México), Sandoval Íñiguez (Arzobispo Emérito de Guadalajara). Arzobispo Suárez Inda (Arzobispo de Morelia). Obispos González González (Obispo Auxiliar de Guadalajara), Gutiérrez Valencia (Obispo Auxiliar de Guadalajara) y Ortega Franco (Obispo Auxiliar de México).
MONACO: Arzobispo Barsi (Arzobispo de Mónaco).
NIGERIA: Cardenal Arinze (Prefecto Emérito de la Congregación para el Culto Divino). Obispos Ochiagha (Obispo Emérito de Orlu), y Tochukwu Ukwuoma (Obispo de Orlu).
NUEVA ZELANDA: Obispo Meeking (Obispo Emérito de Christchurch).
PAÍSES BAJOS: Obispo Punt (Obispo de Haarlem-Amsterdam), y Van Burgsteden (Obispo Emérito de Haarlem-Amsterdam). 
PARAGUAY: Obispo Livieres (Obispo Emérito de Ciudad del Este).
POLONIA: Cardenales Dziwisz (Arzobispo de Cracovia) y Nycz (Arzobispo de Varsovia). Arzobispos Golebiewski (Arzobispo de Wroclaw, Emérito en 2013), y Zycinski (Arzobispo de Lublin, + 2011). Obispos Balcerek (Obispo Auxiliar de Pozna), Buzun (Obispo Auxiliar de Kalisz), Cieslik (Obispo Auxiliar de Koszalin-Kolobrzeg), Czaja (Obispo de Opole), Depo (Obispo de Zamosc-Lubaczow, desde 2012 Arzobispo de Czestochowa), Dziuba (Obispo de Lowicz), Gorny (Obispo de Rzeszów, Emérito en 2013), Janocha (Obispo Auxiliar de Varsovia), Malysiak (Obispo Auxiliar Emérito de Cracovia), Mering (Obispo de Wloclawek), Mizinski (Obispo Auxiliar de Lublin), Pieronek (Obispo Auxiliar Emérito de Sosnowieck), Rys (Obispo Auxiliar de Cracovia), Stobrawa (Obispo Auxiliar de Opole),  Szkodon (Obispo Auxiliar de Cracovia) y Watroba (Obispo de Rzeszów).
PORTUGAL: Obispo De Faria (Obispo Emérito de Funchal).
PUERTO RICO: Obispos Corrada del Rio (Obispo de Mayagüez), y Torres Oliveira (Obispo Emérito de Ponce, +2012).
REINO UNIDO: Cardenal O´Brien (Arzobispo de Edimburgo y Primado de Escocia, emérito en 2013). Arzobispos Conti (Arzobispo de Glasgow), Longley (Arzobispo de Birmingham), McDonald (Arzobispo Emérito de Southwark) y Stack (Arzobispo de Cardiff). Obispos Arnold (Obispo de Salford), Brain (Obispo de Salford, Emérito en 2014), Brainey (Obispo de Middlesbrough), Campbell (Obispo de Lancaster), Cunnigham (Obispo de Hexham y Newcastle), Davies (Obispo de Shewsbury), Doyle (Obispo de Northampton), Drainey (Obispo de Middlesbrough), Egan (Obispo de Portsmouth), Gilbert (Obispo de Aberdeen), Hopes (Obispo de East Anglia), Jabalé (Obispo Emérito de Menevia), Kenney (Obispo Auxiliar de Birmingham), McGough (Obispo Auxiliar de Birmingham), McMahon (Obispo de Nottigham, hoy Arzobispo de Liverpool), Moran (Obispo de Aberdeen), Pargeter (Obispo Auxiliar Emérito de Birmingham), Robson (Obispo de Dunkeld), Sherrington (Obispo Auxiliar de Westminster, Londres), y Williams (Obispo Auxiliar de Liverpool).
REPÚBLICA CHECA: Obispo Baxant (Obispo de Litomerice).
RUSIA: Arzobispo Pezzi (Arzobispo de la archidiócesis de María Madre de Dios).
SINGAPUR: Arzobispo Goh Seng Chye (Arzobispo de Singapur).
SRI LANKA: Cardenal Ranjith (Arzobispo de Colombo).
SUIZA: Obispos De Raemy (Obispo Auxiliar de Lausana), Farine (Obispo Auxiliar de Lausana), Genoud (Obispo de Lausana y Friburgo, +2010), Gmür (Obispo de Basilea), Huonder (Obispo de Chur, Emérito en 2017), Morerod (Obispo de Ginebra, Lausana y Friburgo), y Perisset (Nuncio en Alemania).

TAIWAN: Obispo Liu Tan-Kuei (Obispo Emérito de Hsinchu). 
+ los obispos de la FSSPX: Fellay, De Galarreta, y Tisier de Mallerais (se incluyen porque están expresamente reconocidos como obispos en el decreto de levantamiento de las excomuniones de la Congregación de Obispos de 21 de enero de 2009).

CARD. SARAH: REFLEXIONES SOBRE CÓMO DEBERÍA APLICARSE, EN LA UNIDAD Y LA PAZ, SUMMORUM PONTIFICUM

El próximo 7 de julio se cumplirá el X aniversario de la promulgación de la Carta Apostólica motu proprio dataSummorum Pontificum” por S.S. Benedicto XVI, mediante la cual el Vicario de Cristo “ha hecho más accesible a la Iglesia universal la riqueza de la Liturgia romana según el usus antiquior, “considerada como un tesoro precioso que hay que conservar” y “ofrecer a todos los fieles» [i]

En el marco de las celebraciones de este aniversario, el cardenal Robert Sarah, prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, se pronunció recientemente en el XVIII Encuentro Litúrgico de Colonia, invitado por varias asociaciones eclesiales, entre ellas Una Voce Alemania. En su mensaje el cardenal Sarah realizó unas importantes reflexiones «sobre la manera en que debería aplicarse, en la unidad y en la paz, el motu proprio Summorum Pontificum.», y que a continuación ofrecemos íntegramente a nuestros lectores:

«Restaurar la liturgia
Como bien sabéis, lo que se llamó, a principios del siglo XX, el «movimiento litúrgico», respondía a la voluntad del Papa San Pío X, expresada en el Motu proprio Tra le sollecitudini (1903), de restaurar la liturgia para hacer más accesibles sus tesoros y para que fuera, de nuevo, la fuente de una vida auténticamente cristiana. De ahí la definición de la liturgia como «cumbre y fuente de la vida y de la misión de la Iglesia», presente en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II (n. 10).

No repetiremos nunca suficientemente que la liturgia, como cumbre y fuente de la Iglesia, encuentra su fundamento en Cristo mismo. Efectivamente, Nuestro Señor Jesucristo es el único y definitivo Sumo Sacerdote de la Alianza Nueva y Eterna, porque él mismo se ha ofrecido en sacrificio y quiere «que seamos santificados por la ofrenda única del cuerpo de Cristo Jesús» (cfr. He 10, 14). Del mismo modo, como declara el Catecismo de la Iglesia Católica: «Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo» (n. 1068). Es en el marco del «movimiento litúrgico», del que uno de sus más bellos frutos fue la Constitución Sacrosanctum Concilium, donde conviene considerar el Motu proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007, cuyo décimo aniversario celebramos con gran alegría y acción de gracias este año. Podemos, por lo tanto, afirmar que el «movimiento litúrgico» iniciado por el Papa San Pío X nunca se ha interrumpido, y que sigue vigente hoy en día gracias al nuevo impulso que le confirió el Papa Benedicto XVI.

A este respecto, podemos mencionar el cuidado especial y la atención personal que éste demostraba cuando celebraba la Sagrada Liturgia; sus referencias continuas en sus discursos a su centralidad en la vida de la Iglesia; y, por último, sus dos documentos magisteriales: Sacramentum Caritatis y Summorum Pontificum. En otras palabras, lo que llamamos «aggiornamento litúrgico [puesta al día]»  ha sido, de alguna manera, completado por el Motu proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI.

¿De qué se trata? El Papa emérito establece la distinción entre dos formas del mismo rito romano: una forma llamada «ordinaria«, que corresponde a los textos litúrgicos del Misal romano revisado siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II, y una forma denominada «extraordinaria«, que corresponde a la liturgia anterior al aggiornamento litúrgico. Por consiguiente, actualmente en el rito romano o latino hay dos Misales en vigor: el del Beato Papa Pablo VI, cuya tercera edición data del año 2002, y el de San Pío V, cuya última edición, promulgada por San Juan XXIII, se remonta a 1962.

Por un mutuo enriquecimiento
En la Carta a los obispos que acompañaba el Motu proprio, el Papa Benedicto XVI precisaba claramente que su decisión de que coexistieran los dos misales no tenía como finalidad, solamente, satisfacer el deseo de determinados grupos de fieles apegados a las formas litúrgicas anteriores al Concilio Vaticano II, sino también permitir el enriquecimiento mutuo de las dos formas del mismo rito romano, es decir: no sólo su coexistencia pacífica, sino la posibilidad de perfeccionar ambas poniendo en evidencia los mejores elementos que las caracterizan.

En particular escribía que «las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente: en el Misal antiguo se podrán y deberán inserir nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios… En la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI se podrá manifestar, en un modo más intenso de cuanto se ha hecho a menudo hasta ahora, aquella sacralidad que atrae a muchos hacia el uso antiguo«. Es, por lo tanto, en estos términos que el Papa emérito manifestaba su deseo de relanzar el «movimiento litúrgico».

En las parroquias donde el Motu proprio ha sido puesto en marcha, los párrocos testimonian un mayor fervor entre los fieles y los sacerdotes, como el propio padre Rodheudt puede atestiguar. Se ha observado también una repercusión y una evolución espiritual positiva en la manera de vivir las celebraciones eucarísticas según la forma ordinaria, sobre todo el redescubrimiento de actitudes de adoración hacia el Santísimo Sacramento: arrodillarse, genuflexión y, también, un mayor recogimiento caracterizado por ese silencio sagrado que debe marcar los momentos importantes del Santo Sacrificio de la misa para permitir a los sacerdotes y a los fieles interiorizar el misterio de la fe que se está celebrando.

Es cierto que es necesario impulsar la formación litúrgica y espiritual. Del mismo modo, es necesario promover una pedagogía perfectamente ajustada para superar un cierto «rubricismo» demasiado formal al explicar los ritos del Misal tridentino a quienes no lo conocen, o lo conocen de una manera demasiado limitada y, a veces, … parcial. Para ello, es necesario y urgente poner a punto un misal bilingüe latín-lengua vernácula, en vista de una participación plena, consciente, íntima y más fructífera de los fieles en las celebraciones eucarísticas.

Es muy importante también resaltar la continuidad entre los dos Misales mediante catequesis litúrgicas apropiadas… Muchos sacerdotes, conscientes de trabajar para la renovación litúrgica, declaran que se trata de una tarea estimulante y hacen sus aportaciones al «movimiento litúrgico», tal como decíamos antes, es decir, a la renovación espiritual y mística y, por lo tanto, misionera, querida por el Concilio Vaticano II, y a la que nos llama con fuerza el Papa Francisco.

Por consiguiente, la liturgia debe reformarse siempre para ser más fiel a su esencia mística. Pero la mayor parte del tiempo esta «reforma», que ha sustituido a la verdadera «restauración» deseada por el Concilio Vaticano II, se ha realizado con un espíritu superficial y basándose en un único criterio: suprimir a toda costa una herencia que es percibida como totalmente negativa y superada, con el fin de abrir un abismo entre el antes y el después del Concilio.

Ahora bien, basta retomar la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y leerla honestamente, sin traicionar su sentido, para ver que el verdadero objetivo del Concilio Vaticano II no era poner en marcha una reforma que se convirtiera en ocasión de ruptura con la Tradición, sino más bien lo contrario: reencontrar y confirmar la Tradición en su significado más profundo. De hecho, lo que llamamos la «reforma de la reforma» y que tal vez deberíamos llamar, más apropiadamente, «el enriquecimiento mutuo de los ritos», por utilizar una expresión del magisterio de Benedicto XVI, es una necesidad ante todo espiritual. Y atañe, es evidente, a las dos formas del rito romano.

La atención particular que hay que aportar a la liturgia, la urgencia de tener en alta estima y de trabajar en su belleza, su sacralidad y el mantenimiento del justo equilibrio entre fidelidad a la Tradición y legítima evolución y, por lo tanto, el rechazo absoluto y radical de toda hermenéutica de discontinuidad y ruptura: estos son el corazón y los elementos esenciales de toda liturgia cristiana auténtica.

El cardenal Joseph Ratzinger ha repetido incansablemente que la crisis que sacude a la Iglesia, cincuenta años después, sobre todo después del Vaticano II, está vinculada a la crisis de la liturgia y, por consiguiente, a la falta de respeto, a la desacralización y la eliminación de los elementos esenciales del culto divino. «Estoy convencido que la crisis de la Iglesia que vivimos hoy en día está muy vinculada a la desintegración de la liturgia«, escribía en Mi vida. Recuerdos (1927-1977).

Ciertamente, el Concilio Vaticano II quiso promover una participación mayor del pueblo de Dios y acrecentar de día en día la vida cristiana entre los fieles cristianos (cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 1) y se han llevado a cabo iniciativas hermosas en este sentido. No obstante, no podemos cerrar los ojos ante el desastre, la devastación y el cisma que los promotores modernos de una liturgia viva han provocado al remodelar la liturgia de la Iglesia según sus propias ideas. Se han olvidado que el acto litúrgico es no sólo una oración, sino también y sobre todo un misterio en el que se realiza, para nosotros, algo que nosotros no podemos comprender plenamente, pero que debemos aceptar y recibir con fe, amor, obediencia y un silencio adorante. Es éste el verdadero significado de la participación activa de los fieles. No se trata sólo de una actividad únicamente externa, de un repartir papeles o funciones dentro de la liturgia, sino más bien de una receptividad intensamente activa: la recepción es, en Cristo y con Cristo, la ofrenda humilde de sí mismo en la oración silenciosa y con una actitud plenamente contemplativa.

La grave crisis de fe, no sólo a nivel de los fieles cristianos, sino también y sobre todo de muchos sacerdotes y obispos, nos ha hecho incapaces de comprender la liturgia eucarística como un sacrificio, como el acto idéntico, llevado a cabo una vez por todas por Jesucristo, haciendo presente el Sacrificio de la Cruz de manera incruenta, en toda la Iglesia, a través de los tiempos, los lugares, los pueblos y las naciones. A menudo tenemos la tendencia sacrílega a reducir la Santa Misa a una simple comida «comunitaria», a la celebración de una fiesta profana y a una autocelebración de la comunidad o, peor aún, a una diversión monstruosa contra la angustia de un vida que ya no tiene sentido o por el miedo de encontrarse con Dios cara a cara, puesto que su mirada nos obliga a quitar el velo y a mirar con verdad y sin esconderse la fealdad de nuestra interioridad.

Pero la Santa Misa no es una diversión. Es el sacrificio vivo de Cristo muerto en la Cruz para liberarnos del pecado y de la muerte en vista de revelar el amor y la gloria de Dios Padre. Muchos ignoran que la finalidad de toda celebración es la gloria y la adoración de Dios, la salvación y la santificación de los hombres porque, en la liturgia, «Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados» (Sacrosanctum Concilium, n. 7). La mayoría de los fieles -incluidos sacerdotes y obispos- ignoran esta enseñanza del Concilio. Como ignoran también que los verdaderos adoradores de Dios no son aquellos que, según sus ideas y creatividad, reforman la liturgia con la intención de hacer de ella algo que guste al mundo, sino que son los que, con el Evangelio, reforman en profundidad el mundo para que éste acceda a una liturgia que sea el reflejo de la liturgia que se celebra desde toda la eternidad en la Jerusalén celestial. Como ha subrayado a menudo Benedicto XVI, en la raíz de la liturgia se encuentra la adoración y, por consiguiente, Dios. Desde entonces, es necesario reconocer que la grave y profunda crisis que afecta a la liturgia y a la Iglesia desde el Concilio es debida al hecho de que su centro ya no es Dios y su adoración, sino los hombres y su pretendida capacidad de «hacer» algo para estar ocupados durante las celebraciones eucarísticas.

Incluso ahora, un número importante de eclesiásticos subestiman la gran crisis que atraviesa la Iglesia: relativismo en la enseñanza doctrinal, moral y disciplinaria; abusos graves; desacralización y banalización de la Santa Liturgia; visión puramente social y horizontal de la misión de la Iglesia. Muchos creen y afirman en voz alta que el Concilio Vaticano II suscitó una verdadera primavera en la Iglesia. Mientras tanto, un número cada vez mayor de eclesiásticos consideran esa «primavera» como un rechazo, una renuncia a su herencia multisecular o incluso como un cuestionamiento radical de su pasado y su Tradición.

Se reprocha a la Europa política el haber abandonado o negado sus raíces cristianas. Pero la primera que ha abandonado sus raíces y su pasado cristiano es, sin duda alguna la Iglesia católica post-conciliar.

Algunas Conferencias Episcopales se han negado incluso a traducir fielmente el texto original latino del Misal romano. Otras reclaman el derecho a que cada Iglesia local pueda traducir el Misal romano, no según la herencia sagrada de la Iglesia y siguiendo el  método y los principios indicados por Liturgiam authenticam, sino según las fantasías, las ideologías y las expresiones culturas susceptibles, se dice, de ser comprendidas y aceptadas por el pueblo. Pero el pueblo desea ser iniciado en el lenguaje sagrado de Dios. También el Evangelio y la Revelación son «reinterpretados», «contextualizados» y adaptados a la cultura occidental decadente.

En 1968, el obispo de Metz (Francia) escribía en su boletín diocesano una terrible barbaridad que era la voluntad y expresión de una ruptura total con el pasado de la Iglesia. Según este obispo, debemos incluso replantear la concepción misma de la salvación traída por Jesucristo, puesto que la Iglesia apostólica y las comunidades cristianas de los primeros siglos del cristianismo no habían entendido nada del Evangelio. Sólo a partir de nuestra época hemos comprendido el plan de salvación de Jesús. He aquí la osada y sorprendente afirmación del obispo de Metz [Paul Joseph Schmitt, n.n.]: «La transformación del mundo (mutación de la civilización) enseña e impone un cambio en la concepción misma de la salvación traída por Jesucristo; dicha transformación nos revela que el pensamiento de la Iglesia sobre el plan de Dios era, antes de la transformación actual, insuficientemente evangélico… Ninguna época ha sido capaz de entender el ideal evangélico de vida fraternal como lo ha sido la nuestra» (citado por Jean Madiran, L’hérésie du XXe siècle, Nouvelles Editions Latines (NEL), 1968).

Con una visión como ésta, no son de extrañar las devastaciones, las destrucciones y la guerra que vinieron a continuación y que persisten actualmente a nivel litúrgico, doctrinal y moral: la pretensión es que ninguna época como la nuestra ha sido capaz de comprender el «ideal evangélico». Muchos se niegan a mirar a la cara la obra de autodestrucción que la propia Iglesia está llevando a cabo mediante la demolición planificada de sus fundamentos doctrinales, litúrgicos, morales y pastorales. Mientras las voces de eclesiásticos de alto rango se multiplican repitiendo obstinadamente  evidentes errores doctrinales, morales y litúrgicos, ya condenados cientos de veces, y trabajan para destruir la poca fe que queda en el pueblo de Dios; mientras que la barca de la Iglesia, inundada por las olas, surca el mar tempestuoso de este mundo decadente, un número creciente de eclesiásticos y fieles grita: «Tout va très bien, Madame la Marquise! [Todo va muy bien, Señora Marquesa]» [es la frase irónica de una canción cómica de los años 30 en la que los empleados de una mujer noble la informan de una serie de catástrofes].

Pero la realidad es muy distinta. Efectivamente, como decía el cardenal Ratzinger: «Los Papas y los Padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y ha sobrevenido una división tal que –en palabras de Pablo VI– se ha pasado de la autocrítica a la autodestrucción. Se esperaba un nuevo entusiasmo, y se ha terminado con demasiada frecuencia en el hastío y en el desaliento. Esperábamos un salto hacia delante, y nos hemos encontrado ante un proceso progresivo de decadencia que se ha desarrollado en buena medida bajo el signo de un presunto ‘espíritu del Concilio’, provocando de este modo su descrédito” (Joseph Ratzinger, Informe sobre la fe). «Nadie hoy en día se atreve honesta y seriamente a contestar las manifestaciones de crisis y de guerra litúrgicas a las que nos ha llevado el Concilio Vaticano II» (Joseph Ratzinger, Teoría de los principios teológicos, 1985).

Hoy procedemos a fragmentar y demoler el Santo Missale Romanum al abandonarlo en manos de las diversidades culturales y los fabricantes de textos litúrgicos. Me alegro de poder felicitar, aquí, el trabajo enorme y maravilloso realizado a través de Vox Clara por las Conferencias Episcopales de lengua inglesa y las Conferencias Episcopales de lengua española y coreana, etc., que han traducido el Missale Romanum fielmente y en perfecta conformidad con las indicaciones y principios de Liturgiam authenticam. La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos les ha otorgado la recognitio.

Una guerra litúrgica
Tras la publicación de mi libro Dios o nada, me han preguntado acerca de esta «guerra litúrgica» que, demasiado a menudo, divide a los católicos desde hace decenios. He afirmado que se trata de una aberración, pues la liturgia es el ámbito por excelencia donde los católicos deberían hacer experiencia de unidad en la verdad, la fe y el amor; en consecuencia, es inconcebible celebrar la liturgia teniendo en el corazón sentimientos de lucha fratricida y rencor.

Hablando de esto, ¿acaso Jesús no pronunció unas exigentes palabras sobre la necesidad de reconciliarse con el propio hermano antes de presentar la ofrenda en el altar? (cfr. Mt 5, 23-24). Porque «la Liturgia misma impulsa a los fieles a que, saciados ‘con los sacramentos pascuales’, sean ‘concordes en la piedad’; ruega a Dios que ‘conserven en su vida lo que recibieron en la fe’, y la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin» (Sacrosanctum Concilium, n. 10).

En este «cara a cara» con Dios que es la liturgia, nuestro corazón debe estar purificado de toda enemistad, lo que supone que cada uno debe ser respetado en su propia sensibilidad. Esto significa, concretamente, que si por una parte es necesario reafirmar que el Concilio Vaticano II nunca ha exigido que se haga tabula rasa del pasado, lo que implicaría abandonar el Misal llamado de San Pío V, que ha generado tantos santos -nombramos sólo estos tres admirables sacerdotes que son San Juan María Vianney, el cura de Ars; San Pío de Pietrelcina y San Josemaría Escrivá de Balaguer-, al mismo tiempo es esencial promover la renovación litúrgica deseada por el mismo Concilio y, por consiguiente, los libros puestos al día tras la publicación de la Constitución Sacrosanctum Concilium, en concreto el Misal llamado del Beato Papa Pablo VI.

Y yo añado que lo más importante, ya sea que se celebre según la forma ordinaria o la extraordinaria, es proporcionar a los fieles lo que necesitan: la belleza de la liturgia, su sacralidad, el silencio, el recogimiento, la dimensión mística y la adoración. La liturgia tiene que ponernos cara a cara con Dios en una relación personal y de intensa intimidad. Debe favorecer que nos sumerjamos en la intimidad de la Santísima Trinidad.

Hablando del usus antiquior en su Carta de acompañamiento de Summorum Pontificum, el Papa Benedicto escribe que inmediatamente «después del Concilio Vaticano II se podía suponer que la petición del uso del Misal de 1962 se limitaría a la generación más anciana que había crecido con él, pero desde entonces se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía».

Se trata de una realidad ineludible, verdadero signo de nuestro tiempo. Cuando los jóvenes están ausentes de la Santa Liturgia debemos preguntarnos: ¿por qué? Debemos vigilar que las celebraciones según el usus recentior también faciliten este encuentro, que guíen a la gente por el camino de la via pulchritudinis que lleva a Cristo vivo y a la obra de su Iglesia a través de sus ritos sagrados. Efectivamente, la Eucaristía no es una especie de «cena entre amigos», una comida «comunitaria» de la comunidad, sino un Misterio sagrado, el gran Misterio de nuestra fe, la celebración de la Redención llevada a cabo por Nuestro Señor Jesucristo, la conmemoración de la muerte de Jesús sobre la Cruz para librarnos de nuestros pecados. Es conveniente, por lo tanto, celebrar la Santa Misa con la belleza y el fervor de un Santo Cura de Ars, de un Padre Pío o de un Josemaría, y es la condición sine qua non para alcanzar «desde arriba», si se me permite decirlo así, una reconciliación litúrgica (cfr. entrevista en el portal católico Aleteia, 4 de marzo de 2015).

Rechazo con firmeza, por tanto, que dediquemos nuestro tiempo a oponer una liturgia a la otra, o el Misal de San Pío V al del Beato Pablo VI. Se trata más bien de entrar en el gran silencio de la liturgia, dejándose enriquecer por todas las formas litúrgicas, ya sean latinas u orientales. De hecho, sin esta dimensión mística del silencio y sin un espíritu contemplativo, la liturgia seguirá siendo ocasión de rupturas causadas por el odio, de enfrentamientos ideológicos y de humillaciones públicas de los débiles por parte de quienes pretenden tener la autoridad, en lugar de ser el lugar de nuestra unidad y de nuestra comunión en el Señor. Por lo tanto, en lugar de enfrentarnos y detestarnos, la liturgia debería unirnos en la fe y en el verdadero conocimiento del Hijo de Dios, en una humanidad perfecta, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo… y, viviendo en la verdad del amor, creceremos en Cristo para elevarnos en todas las cosas hasta Él, que es la cabeza (cf. Ef 4, 13-15) [cfr. entrevista a La Nef, octubre de 2016].

Como bien saben ustedes, el gran liturgista alemán monseñor Klaus Gamber (1919–1989) utilizaba la palabra Heimat [hogar, en alemán] para designar esta casa común o «pequeña patria» de los católicos reunidos alrededor del Santo Sacrificio. El sentido de lo sagrado que impregna e irriga los ritos de la Iglesia es la inseparable correlación de la liturgia. Ahora bien, en estos últimos decenios, numerosos fieles han sido maltratados y profundamente turbados por celebraciones marcadas por un subjetivismo superficial y devastador, hasta el punto de que ya no reconocen su Heimat, su casa común, mientras que los jóvenes ¡nunca la han conocido! ¡Cuántos se han ido de puntillas, sobre todo los más insignificantes y los más pobres entre ellos! Se han convertido en una especie de «apátridas litúrgicos». El «movimiento litúrgico», al que están asociadas las dos formas, desea devolverles su Heimat para, así, introducirles de nuevo en su casa común, pues sabemos muy bien que en su obra de teología sacramental, el cardenal Joseph Ratzinger, mucho antes de la publicación de Summorum Pontificum, había puesto en evidencia que la crisis de la Iglesia y, por consiguiente, la crisis y debilitamiento de la fe, provienen en gran parte de la manera como tratamos la liturgia, según el antiguo adagio: lex orandi, lex credendi.

En el prefacio de la obra magistral de monseñor Gamber, Die Reform der römischen Liturgie [La reforma de la liturgia romana] el futuro Papa Benedicto XVI afirmaba lo siguiente:
«Recientemente un joven sacerdote me decía: necesitaríamos, hoy en día, un nuevo movimiento litúrgico. Era la expresión de un preocupación que, actualmente, sólo unos espíritus voluntariamente superficiales podrían ignorar. Lo que le importaba a este sacerdote no era conquistar nuevas y audaces libertades: ¿qué libertad no nos hemos tomado arrogantemente todavía? Él pensaba que necesitamos un nuevo comienzo que provenga de la intimidad de la liturgia, tal como había querido el movimiento litúrgico cuando estaba en el apogeo de su verdadera naturaleza, cuando no se trataba de fabricar textos, de inventar acciones y formas, sino de redescubrir el centro vivo, penetrar en el tejido propiamente dicho de la liturgia, para que su celebración surja de su propia sustancia.

»La reforma litúrgica, en su realización concreta, se ha alejado cada vez más de este origen. El resultado no ha sido una reanimación, sino una devastación. Por un lado, tenemos una liturgia que ha degenerado en espectáculo, en el que intentamos que la religión sea interesante mediante invenciones a la moda y provocadoras máximas morales, con éxitos momentáneos en el grupo de fabricantes litúrgicos, y una actitud aun más evidente de retroceso por parte de quienes forman parte de ese grupo que busca en la liturgia, no el ‘maestro de ceremonias’ espiritual, sino el encuentro con el Dios vivo ante el cual todo ‘hacer’ se convierte en insignificancia, puesto que sólo este encuentro es capaz de hacernos acceder a las verdaderas riquezas del ser.

»Por el otro lado, tenemos la conservación de las formas rituales cuya grandeza sigue emocionándonos pero que, llevada al extremo, manifiesta un aislamiento tenaz, dejando al final sólo tristeza. Ciertamente, entre estos dos polos hay muchos sacerdotes y fieles que celebran la nueva liturgia con respeto y solemnidad; pero son puestos en entredicho por la contradicción entre los dos extremos. Y la falta de unidad interna en la Iglesia hace que al final su fidelidad, equivocadamente en muchos casos, aparezca como una simple variedad personal de neo-conservadurismo.

»Ante esta situación se necesita un nuevo impulso espiritual para que la liturgia sea de nuevo, para nosotros, una actividad comunitaria de la Iglesia, arrancada de la arbitrariedad. No podemos ‘fabricar’ un movimiento litúrgico de este tipo -como tampoco podemos ‘fabricar’ algo vivo-, pero podemos contribuir a su desarrollo esforzándonos en asimilar de nuevo el espíritu de la liturgia y defendiendo públicamente lo que hemos recibido».

Creo que esta larga cita, tan oportuna y clara, debería interesarles al iniciar este Coloquio, pues contribuye a lanzar su reflexión sobre «la fuente del mañana» («die Quelle der Zukunft») del Motu proprio Summorum Pontificum. Efectivamente, déjenme que les transmita una convicción que tengo desde hace mucho tiempo: la liturgia romana reconciliada en sus dos formas, «fruto ella misma de un desarrollo», según la expresión de otro gran liturgista alemán, Joseph Jungmann (1889-1975), puede iniciar el proceso definitivo del «movimiento litúrgico» que tantos sacerdotes y fieles esperan desde hace tiempo. ¿Por dónde empezar? Me permito proponerles tres pistas que resumo en estas tres letras: SAF, es decir, Silencio-Adoración-Formación.

Ante todo, el silencio sagrado, sin el cual no podemos encontrar a Dios. En mi obra La fuerza del silencio, escribo: «En el silencio el hombre solamente adquiere su dignidad y su grandeza si se arrodilla para escuchar y adorar a Dios» (n. 66).

Después, la adoración; a este respecto, comparto mi experiencia espiritual también en La fuerza del silencio: «Por lo que a mí respecta, sé que los momentos más importantes de mi jornada son esas horas inigualables que paso arrodillado en la oscuridad ante el Santísimo Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Es como si estuviera sumergido en Dios y rodeado por todas partes de su presencia. Querría pertenecerle solo a Él y hundirme en la pureza de su Amor. Y, sin embargo, me doy cuenta de lo pobre que soy, de lo lejos que estoy de amar al Señor como Él me ha amado hasta entregarse por mí» (n. 54).

Por último, la formación litúrgica partiendo del anuncio de la fe o la catequesis, teniendo como referencia el Catecismo de la Iglesia Católica, lo que nos protege de posibles elucubraciones más o menos sabias de ciertos teólogos deseosos de «novedades». He aquí lo que dije a este respecto en lo que ahora es conveniente llamar, no sin un cierto sentido del humor, el Discurso de Lourdes del 5 de julio de 2016, pronunciado durante la Tercera Conferencia Internacional de la Asociación Sacra Liturgia: «La formación litúrgica es, ante todo y esencialmente, una inmersión en la liturgia, en el profundo misterio de Dios. Se trata de vivir la liturgia en todas sus dimensiones, de embriagarse bebiendo en una fuente que no apaga nunca nuestra sed de riqueza, de orden y de belleza, de silencio contemplativo, de exultación y adoración, de este poder que nos hace entrar en contacto íntimo con Aquel que está obrando en y por los ritos sagrados de la Iglesia» (Tercera Conferencia Internacional de la Asociación Sacra Liturgia, Londres, 5 de julio de 2016).

Es, por lo tanto, en este contexto global y en un espíritu de fe y de profunda comunión en obediencia a Cristo en la Cruz por lo que, humildemente, les pido aplicar con gran atención Summorum Pontificum; no como una medida negativa o retrógrada, que mira hacia el pasado, o como algo que construye muros y crea un gueto, sino como una contribución importante y verdadera para la vida litúrgica actual y futura de la Iglesia, así como para el movimiento litúrgico de nuestra época, por parte de un número cada vez mayor de personas, sobre todo jóvenes, que aportan tantas cosas verdaderas, buenas y hermosas.

Me gustaría concluir esta introducción con estas claras y luminosas palabras de Benedicto XVI, pronunciadas al final de su homilía en la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo de 2008: «Cuando el mundo en su totalidad se transforme en liturgia de Dios, cuando su realidad se transforme en adoración, entonces alcanzará su meta, entonces estará salvado«.

Les agradezco su benévola atención. ¡Que Dios les bendiga y colme sus vidas con su silenciosa Presencia!»

Fuente: Religión en Libertad. Traducción de Helena Faccia Serrano. Texto tomado de L’Homme Nouveau.

 

 

[i] Art. 1 y 8 a) Instrucción Universae Ecclesiae de la Pontifica Comisión Ecclesia Dei sobre la aplicación de la carta apostólica motu proprio data “Summorum Pontificum” de Su Santidad Benedicto XVI.

 

 

 

NICOLA BUX: LA LITURGIA TRADICIONAL FORTALECE A LA IGLESIA

Extracto de la homilía pronunciada por Don Nicola Bux, eminente liturgista y paladín de «la reforma de la reforma» impulsada por Benedicto XVI, el pasado 21 de mayo con ocasión de su viaje a París para presentar la edición francesa de su última obra: «No se juega con los sacramentos», y que traemos a colación por las importantes reflexiones que realiza sobre la liturgia tradicional o antigua:

«Ustedes que tienen la gracia de vivir su fe al ritmo de la liturgia tradicional, saben bien cómo la liturgia se vuelve vana y superficial si ya no contempla la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo. Debido a que recuerda al hombre de hoy que la liturgia, al igual que nuestras vidas, no puede ser más que cristocéntrica y teocéntrica, la forma extraordinaria del rito romano debe ser siempre más conocida, difundida  y celebrada.

Debemos dar gracias a Benedicto XVI por el regalo del motu proprio Summorum Pontificum que permite a muchos fieles fortalecerse en la fe, florecer a tantas vocaciones sacerdotales y religiosas y a muchos jóvenes aproximarse al misterio eucarístico. Diez años después de Summorum Pontificum, podemos repetir las mismas palabras del entonces cardenal Ratzinger por el décimo aniversario del motu proprio Ecclesia Dei, en 1998: ‘La presencia de la antigua liturgia en ningún caso perturba o amenaza la unidad, más bien es un don destinado a fortalecer el cuerpo de Cristo, del cual todos somos servidores’.».

Fuente: paixliturgique y traducido al español por: El Búho Escrutador

 

ROMA 14-17 SEP.: CELEBRACIÓN X ANIVERSARIO SUMMORUM PONTIFICUM

Nos complace anunciarles que del 14 al 17 de septiembre de 2017 se celebrará en Roma el X Aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI. Será una ocasión sin igual para peregrinar hasta la tumba de San Pedro y conmemorar tan importante evento para la Misa tradicional. Por todo ello, recomendamos su asistencia.

A continuación, publicamos por su interés el Comunicado de Prensa emitido por los organizadores del evento:

COETUS INTERNATIONALIS SUMMORUM PONTIFICUM

GIOVANI E TRADIZIONE

AMICIZIA SACERDOTALE SUMMORUM PONTIFICUM

Roma, 27 de noviembre de 2016

1.er domingo de Adviento

«¡Que la misa tradicional pueda florecer en la Iglesia!»

Esta exhortación, formulada por Mons. Sample, arzobispo de Portland, como conclusión de la última peregrinación internacional Populus Summorum Pontificum a Roma (27 al 30 de octubre de 2016), encontrará su mejor ilustración el año próximo, el 14 de septiembre de 2017, cuando el pueblo Summorum Pontificum se reúna ad Petri Sedem para festejar el décimo aniversario de la entrada en vigencia del motu proprio de Benedicto XVI.

El aniversario de la aplicación del texto mediante el cual Benedicto XVI ha liberado el misal de San Juan XXIII de las prohibiciones que pesaban sobre él es también el de todos los sacerdotes, religiosos y fieles que, desde entonces, han alimentado, enriquecido y renovado su fe según lo que se ha convenido en llamar la «forma extraordinaria del rito romano».

Por ello, después de consultar con la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el Coetus Internationalis Summorum Pontificum ha decidido, de forma excepcional, adelantar las fechas de su peregrinación 2017: esta comenzará el jueves 14 y terminará el domingo 17 de septiembre de 2017.

La peregrinación comenzará el jueves 14 de septiembre de 2017 con el V Congreso Summorum Pontificum que organizará la asociación Giovani e Tradizione y l’Amicizia Sacerdotale Summorum Pontificum. Continuará los días 15, 16 y 17 de septiembre y, como todos los años desde su creación en 2015, el punto culminante consistirá en la procesión solemne que recorrerá las calles de Roma para conducir a los peregrinos a la basílica de San Pedro el sábado 16 de septiembre de 2017 donde se celebrará una misa pontifical.

CONTACTOS:

Facebook: Populus Summorum Pontificum

cisp@mail.com

Amicizia Sacerdotale Summorum Pontificum

www.giovanietradizione.org

 

 

NACE NUEVA WEB UNA VOCE SEVILLA Y CESE ACTIVIDAD DEL ANTIGUO BLOG Y WEB

ESCUDO UVS COLORNos complace comunicar que, el pasado martes 05 de mayo, con ocasión de la Festividad de San Pío V, ha visto la luz, tras varios meses de trabajo, esta nueva web de la Asociación Una Voce Sevilla, sustituyendo, por tanto, a la primera web, nacida en 2007, y al blog que la complementó desde 2011 hasta la actualidad. Para su diseño y elaboración ha contado con la inestimable ayuda de varios de nuestros asociados.

 La Asociación Una Voce Sevilla, con su nuevo portal de internet, continúa con la vocación de servicio que le caracteriza en pos de la promoción de la liturgia tradicional de la Iglesia católica, y en concreto de la Misa según el Rito Romano tradicional o gregoriana, y aglutina en un mismo instrumento de comunicación, actual y renovado, por un lado, la publicación y archivo de libros, artículos, documentos, fotografías, videos…etc., relativos a dicha liturgia y misa, y, por otro lado, el dar cuenta de las principales noticias que sobre éstas se vayan produciendo a nivel mundial, preferentemente en España y Sevilla, encontrándose además disponibles para su consulta las publicadas por nosotros desde el Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI en 2007 hasta el día de hoy, sirviendo de testimonio de todo lo acontecido en estos años.

 También, en ella tendrán cabida todas las noticias y actividades relativas a la Asociación Una Voce Sevilla y a la FederaciónInternacional Una Voce a la que pertenece.

UNA VOCE SEVILLA: UNA DÉCADA PROMOVIENDO LA MISA TRADICIONAL PARA MAYOR GLORIA DE DIOS

Escudo UVS-pintado-Se cumple una década de aquel 23 de noviembre del año del Señor de 2004, festividad de la toma de Sevilla por el rey san Fernando, en que un pequeño grupo de católicos sevillanos –en su mayoría jóvenes- amantes de la Tradición y la liturgia de la Iglesia, en concreto de la Misa tradicional o gregoriana, se reunió para fundar una asociación cuyo fin principal fuese promoverla y celebrarla en dicha Ciudad, por considerarla un bien espiritual para toda la Cristiandad, un legado de nuestro antepasados en la Fe, y un tesoro que merecía ser custodiado y difundido, todo ello para mayor gloria de Dios. Como resultado de esa iniciativa fue el nacimiento de la Asociación Una Voce Sevilla, que más tarde se incorporó a la Federación Internacional, que aglutina a todas las asociaciones Una Voce del mundo desde 1967.

Desde entonces, la Asociación empezó trabajar sin escatimar esfuerzos por ese ideal, convencidos de que, lo que en principio podía ser tachado de utópico, moda pasajera, y contrario al discurrir de los tiempos, con la ayuda de Dios se haría realidad y daría sus frutos, principalmente espirituales. Y así fue, de conseguir en principio que se autorizara en Sevilla por la autoridad eclesiástica –con la cual se ha mantenido siempre unas relaciones cordiales- la celebración esporádica de la Santa Misa “ad experimentum” a lograr –lo que ninguno de sus fundadores pudieron pensar tan siquiera- la consolidación y estabilidad de ésta en la actualidad y tener garantizada su celebración, al menos, todos los Domingos y días de precepto.

Para lograr esto, la Asociación Una Voce Sevilla ha contado desde sus inicios hasta el día de hoy con un grupo de personas, fieles y con un alto grado de compromiso, inasequibles al desaliento que, a base de sacrificio y perseverancia, han solventado cada uno de los obstáculos y restricciones que se han ido presentando a lo largo de estos diez años, anteponiendo para ello cuestiones e intereses personales al bien común de la Misa. También ha contado con la inestimable ayuda de sus dos capellanes, otros sacerdotes y fieles –sevillanos y de otros lugares de España y el mundo- amantes de la Misa tradicional.

Sin lugar a dudas el mayor respaldo e impulso a la Misa tradicional se debe a S.S. Benedicto XVI, que el 7 de julio de 2007, con la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum, logró normalizar su uso en el seno de la Iglesia universal, la consideró como un tesoro que merece ser conservado, reconoció que no se encontraba abolida, y  la legitimó como un derecho para sacerdotes y fieles. Esto supuso para la historia de la Asociación un antes y después, ya que a partir de la entrada en vigor del referido documento, más concretamente, el 16 de septiembre de ese año, la Misa gregoriana pudo empezar a celebrarse en Sevilla todos los Domingos y días de precepto.

Desde ese momento, y en estos últimos siete años, la Misa “en latín”, como es conocida por muchos sevillanos, en su peregrinar fue acogida de manera fraterna en cuatro templos de la Ciudad: La Parroquia de San Bernardo, el Convento de la Visitación de las monjas salesas, la Iglesia del Señor San Jorge-Capilla de la Sala del Cristo del Hospital de la Santa Caridad, y por último y en la actualidad en el Oratorio de la Escuela de Cristo. Con ello, han sido muchos los sevillanos y visitantes los que han tenido la oportunidad de asistir a su celebración, en unos casos volviendo a revivir la Misa que conocieron en su juventud, y en otros, los más jovenes, acercándose por primera vez a la Misa de siempre, creciendo en los últimos meses la asistencia de fieles sevillanos y en ocasiones de turistas españoles y extranjeros, que buscan alimento espiritual en la Misa para afrontar estos tiempos difíciles que corren.

También, en esta década, la Asociación Una Voce Sevilla ha experimentado un crecimiento importante de sus miembros, los cuales contribuyen principalmente a la promoción, difusión y organización de la Santa Misa, a la dirección de la Asociación, a servir en el altar como acólitos, y a armonizar aquella con cantos gregorianos. Cuenta para ello con la ayuda de la Junta Directiva, la escuela de acólitos Servite Dómino, que además colabora en la tarea de formación de los más jovenes, y la Schola Gregoriana Iubilate Deo, que en las ocasiones más solemnes es acompañada por organista. Hay que destacar también  como los miembros de la Asociación se han ido incorporando junto sus familias a la Misa dominical, siendo cada vez más numerosa la presencia de niños en ésta, haciendo posible su transmisión de generación en generación.

En definitiva, diez años de historia viva de una humilde Asociación de fieles que, a pesar de sus imperfecciones, consiguió el retorno y celebración dominical de la Misa tradicional a la Ciudad de Sevilla, para adorar y alabar al Señor e ir a Su encuentro a través de aquella.

Es por ello, que la Asociación Una Voce Sevilla agradece de corazón a todas aquellas personas de buena voluntad que con su esfuerzo y ayuda han hecho y siguen siendo haciendo posible esta realidad eclesial.

Que Nuestro Señor Jesucristo y su Santísima Madre nos sigan bendiciendo y nos ayuden a seguir custodiando y promoviendo esta riqueza espiritual y litúrgica de la Iglesia Católica que es la Santa Misa tradicional.

 

J.L.F.

UNA VOCE SEVILLA

 

Primera Misa tradicional UVS

Primera Misa tradicional Una Voce Sevilla. Año 2004. Capilla Divina Pastora

Primera Misa tradicional San Bernardo 2007

Primera Misa tradicional en la Parroquia de San Bernardo. Año 2007

Primera Misa tradicional Salesas 2010

Primera Misa tradicional Convento de las Salesas. Año 2010

Primera Misa tradicional Caridad 2012

Primera Misa tradicional en Iglesia de la Caridad. Año 2012

Primera Misa tradicional Escuela de Cristo 2013

Primera Misa tradicional Oratorio Escuela de Cristo. Año 2013