ARTÍCULO: «LA PONTIFICIA COMISIÓN ECCLESIA DEI Y EL MUNDO TRADICIONAL»

Una semana más, traemos a colación un importante artículo publicado en la web de la Asociación Litúrgica Magnificat (Una Voce Chile). En esta ocasión dedicado a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y su relación con el denominado «mundo tradicional», constituido por muchas comunidades dependientes de ella. Comisión vaticana a la que el Sumo Pontífice ha conferido desde 1988 potestad ordinaria vicaria para la materia de su competencia, especialmente para supervisar la observancia y aplicación de las disposiciones del motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 12), y, por lo tanto, a quien se debe dirigir en última instancia cualquier consulta, observación o petición de ayuda relacionada con la Liturgia tradicional y la Misa vetus ordo.

La Pontificia Comisión «Ecclesia Dei» y el mundo tradicional

El mundo tradicional ha ido creciendo paulatinamente, especialmente después del impulso que significó el motu proprio Summorum Pontificum (2007). En la actualidad se encuentra integrado por diversas comunidades religiosas dependientes de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el organismo de la Sede Apostólica creado en 1988 para acoger a aquellos grupos que deseasen la plena comunión canónica después de las consagraciones episcopales de monseñor Marcel Lefebvre, y por otras erigidas por los respectivos ordinarios del lugar. También existe una incipiente vida eremítica asociada a la Misa tradicional. Sin embargo, y como debería ser, el grupo más importante de Misas es oficiada por sacerdotes del clero secular o regular que hacen uso del derecho que les concede el motu proprio antes citado para celebrar según la forma extraordinaria del rito romano, sea de manera exclusiva, sea conjuntamente con la Misa del beato Pablo VI. Como parte de la vida de piedad, son numerosas las peregrinaciones que los fieles tradicionales organizan por el mundo. Las dos más numerosas son la que se hace desde París a Chartres y aquella que congrega cada año a los fieles tradicional en Roma junto al Santo Padre. Dentro de Hispanoamérica destaca aquella que acaba en el Santuario de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina. Por cierto, y con una presencia considerable en el mundo, dentro del mundo tradicional comparece también la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, cuyo reconocimiento canónico por parte de la Sede Apostólica es todavía una cuestión pendiente. 

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La Pontificia Comisión Ecclesia Dei


La Pontificia Comisión Ecclesia Dei es el organismo de la Santa Sede que se relaciona con los institutos tradicionales y tiene a su cargo la aplicación de la así llamada forma extraordinaria del rito romano. 


Origen 

 

La Pontificia Comisión Ecclesia Dei fue constituida por San Juan Pablo II a través del motu proprio del mismo nombre dado en Roma el 2 de julio de 1988 tras las consagraciones episcopales realizadas dos días antes por S.E.R. Marcel Lefebvre, Arzobispo-Obispo emérito de Tulle, en el seminario internacional de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X situado en Écône (Suiza). Ahí se señala que ella tenía “la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica”. Desde este inicio concreto, la mentada comisión ha pasado a constituir la estructura por la cual la Santa Sede se relaciona con los institutos tradicionales y con los fieles que participan de la liturgia de siempre. 

 
Imagen de las consagraciones episcopales de Écône (1988)
 
Competencia
 
A través del motu proprio Ecclesiae Unitatem, promulgado el 2 de julio de 2009, el papa Benedicto XVI quiso actualizar la estructura de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, con el propósito de adaptarla  a la nueva situación que se creó con la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por S.E.R. Marcel Lefebvre ocurrida el 21 de enero de ese año. Esta remisión fue un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica para liberar a las personas del peso de la más grave de las sanciones eclesiásticas, aun sabiendo que las cuestiones doctrinales permanecen y que, hasta que no sean esclarecidas, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X no puede disfrutar de un estatuto canónico en la Iglesia como le correspondería (véase lo que hemos dicho en estas dos entradas: aquí y aquí). Siendo los problemas de naturaleza esencialmente doctrinal, el Santo Padre determinó una unión más estrecha entre la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y la Congregación para la Doctrina de la Fe.
 
De esta manera, la tarea del Cardenal Presidente, con la ayuda de su Secretario, es la de presentar los casos principales y las cuestiones de naturaleza doctrinal al examen y al juicio de las instancias ordinarias de la Congregación para la Doctrina de la Fe (consulta y miembros de la sesión ordinaria y plenaria) y someter los resultados a las supremas disposiciones del Sumo Pontífice. También se constituyó una comisión, integrada por el P. Karl Joseph Becker SJ, S.E.R. Guido Pozzo, el P. Charles Morerod OP y monseñor Fernando Ocáriz (vicario general del Opus Dei), para llevar adelante las conversaciones doctrinales con la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. 
 
Con el nuevo motu proprio, además, el Santo Padre quiso mostrar una solicitud particular y paterna para con la referida hermandad sacerdotal fundada por monseñor Lefebvre, con el fin de superar las dificultades que aún subsisten para alcanzar la comunión plena con la Iglesia a través de su reconocimiento canónico. 
Composición 
 
Originalmente, el motu proprio Ecclesia Dei estableció que la Pontificia Comisión de igual nombre estaría formada por un cardenal Presidente y por otros miembros de la Curia Romana, en el número que se considerase oportuno según las circunstancias. Después del motu proprio Ecclesia Unitatem, ella conserva la configuración actual, con algunos cambios en su estructura. Ella está compuesta de:
 
1. Un Presidente. 
 
El Presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei es el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de suerte que hoy ejerce ese cargo S.E.R. Luis Francisco Ladaria Ferrer SJ.
 
Históricamente han ocupado la presidencia de la Pontificia Comisión los cardenales Paul Augustin Mayer OSB (entre el 2 julio de 1988 y el 1° de julio de 1991), Antonio Innocenti (entre el 1° de julio de 1991 y el 16 de diciembre de 1995), Angelo Felici (entre el 16 de diciembre de 1995 y el 13 de abril de 2000), Darío Castrillón Hoyos (entre el 14 de abril de 2000 y el 8 de julio de 2009), William Joseph Levada (entre el 8 de julio de 2009 y el 1 de julio de 2012) y Gerhard Ludwig Müller (entre el 2 de julio de 2012 y el 1° de julio de 2017). 
 
El 26 de junio de 2012, el papa Benedicto XVI decidió reforzar todavía más la Pontificia Comisión nombrando un vicepresidente, función que había correspondido a monseñor Camille Perl entre 2008 y 2009. Este segundo vicepresidente fue S.E.R. Joseph Augustine Di Noia OP, quien se desempeñó como tal hasta el 21 de septiembre de 2013. El cargo no ha vuelto a ser proveído. 
 S.E.R. Mons. Guido Pozzo 
(Foto: FSSP)
 
2. Un Secretario. 
 
Al Secretario corresponden las funciones administrativas y de despacho de la Pontificia Comisión. El cargo es ejercido por S.E.R Guido Pozzo desde el 3 de agosto de 2013, habiéndolo desempeñado antes entre el 8 de julio de 2009 y el 3 de noviembre de 2012. Previamente habían cumplidos esa función monseñor Camille Perl (1988-2008) y monseñor Mario Marini (2008-2009). Este último se desempeñó además como secretario adjunto entre 2007 y 2008.
 
3. Varios oficiales. 
 
La Comisión tiene también un número variable de oficiales encargados de los distintos asuntos que a ella corresponden. Hoy la integran cuatro especialistas, un actuario y dos oficiales. 
La relación de la Pontificia Comisión con los fieles
 
Según el motu propio Ecclesia Dei, la Pontificia Comisión de ese nombre debía “respetar en todas partes la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica [entonces el decreto Quattuor Abhinc Annos, de 1984], para el uso del misal romano según la edición típica de 1962”. Su cometido principal era, por tanto, acompañar e instar el cuidado pastoral de los fieles, ligados con la tradición litúrgica latina multisecular, presentes en distintas partes del mundo, que encuentran en ella un punto de referencia para sus necesidades. 
 
Con el motu proprio Summorum Pontificum, publicada el 7 de julio de 2007, el papa Benedicto XVI extendió las facultades de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei afirmando que ella, “además de las facultades de que ya disfruta, ejercerá la Autoridad de la Santa Sede, vigilando sobre la conformidad y la aplicación de estas disposiciones”(artículo 12). El mismo documento preveía que la Comisión “tenga la forma, las tareas y las normas, que le quiera atribuir el Romano Pontífice” (artículo 11). Dicha tareas y funciones vienen establecidas por la instrucción Universae Ecclesia, dada por la propia Comisión el 30 de abril de 2011 (artículos 9-11).
 
Las comunidades dependientes de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei
 
Por fuerza de las facultades dadas por los Sumos Pontífices, la Pontificia Comisión Ecclesia Dei ejerce la autoridad de la Santa Sede sobre los distintos institutos y comunidades religiosas erigidas por ella misma, que tienen como uso propio la forma extraordinaria del rito romano y conservan las tradiciones precedentes de la vida religiosa.
 
Se encuentran bajo su dependencia: 
 
1. Administraciones territoriales.
 
Administración Apostólica Personal de San Juan María Vianney, situada en la diócesis de Campos, Brasil (véase aquí la entrada que le dedicamos en su oportunidad). 
 
2. Sociedades de vida apostólica.
 
(a) Internacionales. 
 
(i) Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (véase aquí la entrada respectiva). 

(ii) Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (véase aquí la entrada respectiva). Su rama femenina son las Adoratrices del Real Corazón de Jesucristo Sumo Sacerdote (véase aquí la entrada respectiva). 

(iii) Instituto del Buen Pastor (véase aquí la entrada respectiva). 
 
(b) Locales. 
 
(i) Instituto de San Felipe Neri (Berlín, Alemania) [véase aquí la entrada respectiva].
(ii) Servidores de Jesús y María (Austria) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 Santa Misa en la abadía de Le Barroux
 
3. Fundaciones de espiritualidad benedictina [véase aquí la entrada respectiva] 
 
(a) Fundaciones masculinas. 
 
(i) Abadía de Nuestra Señora de Fontgombault (Francia). 

De ella dependen los siguientes monasterios:


– Abadía de Nuestra Señora de Randol (Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de Triors (Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de Donezan (reemplazó a la Abadía de Nuestra Señora de Gaussan, ambas situadas en Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación de Clear Creek (Estados Unidos de América). 

– Abadía de San Pablo de Wisques  (Francia).
(ii) Abadía de Santa Magdalena del Barroux (Francia), de la cual depende además el Priorato de Nuestra Señora de la Guarda (Francia).

(iii) Instituto de la Santa Cruz de Riaumont (Francia).


(iv) Abadía de San José de Clairval (Francia). 


(iv) Monasterio de San Benito (Francia).


(v) Monasterio de San Benito (Italia). 


(vi) Benedictinos de la Inmaculada (Italia). 


(vii) Priorato de Silverstream (Irlanda). 
 
(b) Fundaciones femeninas. 
 
(i) Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación del Barroux (Francia).

(ii) Abadía de Nuestra Señora de la Fidelidad de Jouques (Francia). 

De ella dependen:


-Abadía de Nuestra Señora de la Misericordia de Rosans (Francia).


– Monasterio de Nuestra Señora de la Escucha (Benin). 


(iv) Monasterio de María, Madre de los Ángeles (Estados Unidos). 
 
4. Comunidades de espiritualidad trapense y cisterciense. 

(i) Abadía de Mariawald (Alemania) [véase aquí la entrada respectiva]. Cerrada en 2018.
(ii) Monasterio de Vyšší Brod (Polonia) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 Fraternidad de San Vicente Ferrer

5. Comunidades de espiritualidad dominicana. 

 
(a) Comunidades masculinas. 
 
Fraternidad de San Vicente Ferrer (Francia) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
(b) Comunidades femeninas.
 
Dominicanas del Espíritu Santo (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].


6. Canónigos regulares. 

 
(a) Canónigos regulares de la Madre de Dios (Francia). 

(b) Canónigos regulares de la Nueva Jerusalén (Estados Unidos de América). 

(c) Canónigos regulares de San Juan de Kenty (Estados Unidos de América) [véase aquí la entrada respectiva].

7. Otras comunidades religiosas

(a) Hermanas de la Preciosa Sangre (Suiza) [véase aquí la entrada respectiva]. 

(b) Los Hijos del Santísimo Redentor (ex Redentoristas Transalpinos) [véase aquí la entrada respectiva].


8. Asociaciones privadas de fieles.
(a) Federación Internacional Una Voce (véase aquí la entrada respectiva).(b) Asociación Totus Tuus (Lyon, Francia) [véase aquí la entrada respectiva].(c) Fœderatio Internationalis Juventutem.(d) Militia Templi – Christi pauperum Militum Ordo. 
Primera reunión formal de la Federación Internacional Una Voce (FIUV) en Zúrich (1967)
(Foto: FIUV)
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Las comunidades tradicionales de reconocimiento diocesano
 

Fuera de las recién mencionadas y que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, existen algunas comunidades con reconocimiento diocesano que celebran la liturgia tradicional, sea de forma exclusiva, sea de forma alternada con el rito reformado.

Tales es el caso de: 

1. El Monasterio de la Santísima Virgen María del Monte Carmelo (Montañas Rocosas, Wyoming) [véase aquí la entrada respectiva].
 
2. Los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (Sao Paulo, Brasil) [véase aquí la entrada respectiva].
 
3. Los Misioneros de la Misericordia Divina (Toulon) [véase aquí la entrada respectiva].
 
4. Las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón (Marsella) [véase aquí la entrada respectiva].
 
5. Las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón (Marsella) [véase aquí la entrada respectiva].
 
6. La Fraternidad de Santo Tomás Becket (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].
 
7. Las Clarisas de St. Laurenzen [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
8. Las Reparadoras del Espíritu Santo[véase aquí la entrada respectiva].  
 
9. Las Esclavas Reparadoras de la Sagrada Familia, ligadas al Instituto del Buen Pastor en la Arquidiócesis de Bogotá [véase aquí la entrada respectiva].
 
10. El Oasis de Jesús Sacerdote [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
11. Las Hermanitas Discípulas del Cordero (Buxeuil, Francia) [véase aquí la entrada respectiva]. 

Fraternidad San Tomás Becket
 
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El eremitismo tradicional
 
Dentro el mundo tradicional ha florecido también la llamada a la vida eremítica. En esta entrada hemos hablado de ella.

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Las peregrinaciones tradicionales
 
El mundo tradicional se cuenta con algunas peregrinaciones de ya asentada acostumbre, como ocurre con aquellas que tienen como punto de destino la Catedral de Chartres (Francia), el Santuario de Nuestra Señora de Luján (Argentina) y la Basílica de San Pedro del Vaticano (Roma) (véase las referencias que hemos hechos a las peregrinaciones de 2014, 2015, 2016 y 2017). 

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Las Misas celebradas conforma al motu proprio Summorum Pontificum
Todo lo dicho es sin perjuicio de aquellas Misas tradicionales oficiadas por sacerdotes pertenecientes al clero regular o secular en todo el mundo, sea de forma exclusiva, sea de forma alternada con la Misa reformada. De la situación de la Misa tradicional en Chile hemos dado cuenta en este directorio

Por su parte, Acción litúrgica ofrece aquí una relación de las parroquias personales existentes en el mundo y dedicadas a la forma extraordinaria. 


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La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X
 
Finalmente, y aunque todavía no cuente con un reconocimiento canónico oficial, cabe mencionar dentro de la órbita tradicional a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, a la cual la Sede Apostólica ha ido concediendo paulatinamente diversos privilegios relacionados con los sacramentos que imparte. Sobre ella y tales concesiones hemos tratado aquí
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Actualización [11 de diciembre de 2017]: La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha puesto a disposición de cualquier interesado la colección completa de la Revista Notitiae. Esta publicación, subtitulada originalmente Commentarii ad nuntia de re liturgica edenda (desde 2004 reducido simplemente a Commentarii), es la revista oficial y de frecuencia mensual que publica dicho dicasterio desde 1965. Ella contiene documentos oficiales de la Sede Apostólica, comentarios, artículos científicos, reformas de los textos litúrgicos, reportes de reuniones, respuestas a las dubia formuladas a la Congregación y alocuciones del Santo Padre relacionadas con la liturgia de rito romano.  Comporta, pues, un material de mucha importancia para quien desee estudiar la reforma litúrgica posconciliar. La colección es accesible desde este enlace.

SERMÓN DE CLAUSURA DEL X ANIVERSARIO SUMMORUM PONTIFICUM EN ROMA

Sermón de clausura de la peregrinación Summorum Pontificum a Roma con motivo del X aniversario del Motu Proprio de S.S. Benedicto XVI

por el padre Louis-Marie de Blignières. Fundador de la Fraternidad de San Vicente Ferrer.

Roma, Iglesia de la Santísima Trinidad de los Peregrinos, 17 de septiembre de 2017

 

 

El Concilio de Trento, para dar razón de las ceremonias del Santo Sacrificio de la Misa, recuerda que la naturaleza humana tiene necesidad de ayudas externas y signos visibles para elevarse a la contemplación de lo divino (1). De ello se puede extraer una definición de rito: «Rito es lo que hace  sensible   una verdad». El rito del sacrificio de la Misa pone al alcance de la naturaleza humana la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre Cristo. En su forma latina tradicional vuelve tangibles con una eficacia insuperable estos   tres aspectos.

La verdad sobre Dios: Dios es trinitario

Quien asiste por primera vez a la Misa según el rito tradicional queda impactado por el ambiente de sacralidad: la arquitectura majestuosa, la disposición espacial con un lugar reservado a los ministros de culto y otro a los fieles, la orientación al celebrar, la actitud recogida y hierática del celebrante, sus vestiduras apropiadas a la ocasión, la lengua desascostumbrada en que se expresa, sus gestos de reverencia en dirección al tabernáculo y a los oblatos consagrados, en particular las numerosas genuflexiones, y por último, el silencio misterioso del canon. Todo conduce a salir del mundo profano y pasar a la presencia de Alguien que trasciende al mundo.

Ahora bien, si quien asiste a esta Misa se toma la molestia de seguir en un misal lo que dice el sacerdote, queda conmovido por un aspecto asombroso de la oración. En efecto, se implora con gran respeto a Aquel a quien todas las tradiciones de la humanidad llaman «Dios», pero se hace con la segura confianza de un niño que se dirige a su padre. La unción inimitable de las antiquísimas oraciones latinas nos pone en relación, no con un impasible gran arquitecto del universo, sino con una realidad misteriosa y fascinante: la Trinidad. ¡Se le habla a Ella como si fuera de la familia! Se le habla con una audacia inaudita, nos presentamos a Ella junto a toda una nube de santos personajes que gozan de mucho prestigio ante Ella. Sobre todo, no se deja de hablar de su Hijo, y cada vez que se evoca su nombre se inclina la cabeza.

Efectivamente, los ritos de la tradición latina ponen sin lugar a dudas de relieve que nos dirigimos a la Trinidad por medio de gestos expresivos y de palabras en las que confluyen  la adoración y el amor. Así se ve, por ejemplo, en el ofertorio de la Misa según el rito dominico: «Recibe, santa Trinidad, esta ofrenda que os hago en memoria de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y concédenos que suba a vuestra presencia y os sea agradable, así como que  efectúe mi salvación eterna y la de todos los fieles».

 

 

La verdad sobre el hombre: el hombre está «perdido»

Casi enseguida, se manifiesta una segunda nota  para quien descubre el rito antiguo lo vuelve sensible a la verdad sobre el hombre. Esta verdad consiste en que, abandonado a sí mismo, el hombre está perdido. La búsqueda de sentido en una vida que muchas veces parece absurda, el escándalo del mal, y sobre todo el del sufrimiento de los inocentes, el sentimiento, como mínimo confuso, de culpabilidad personal: quien reflexione, en lugar de entretenerse experimenta eso… ¿Qué pasa con esa angustia existencial cuando se ve ve ante un rito rebosante  de la sabiduría de los siglos católicos? Tiene un nombre: el pecado. Tanto en las liturgias orientales como en las de Occidente, destaca algo sumamente conmovedor: el sacerdote, y con él todos los fieles que se unen al sacrificio, reconocen la verdad de su pequeñez.

Observad al celebrante en las oraciones preparatorias de la Misa romana: parece  que vacilase antes de subir al altar para reconocer de muchas maneras su indignidad: ¡con un salmo admirable, con una confesión de sus faltas, con versículos que parecen jaculatorias! Observad al sacerdote del rito dominico, cómo hace una profunda inclinación cada vez que reza el Confiteor, el suyo y el sus acólitos, ¡como si quisiera asumir también sobre él los pecados de ellos! Escuchad las oraciones del canon romano «de tal suerte puro de todo error, que nada se contiene en él que no sepa sobremanera a cierta santidad y piedad» (2), ese canon en el que varia veces el celebrante implora humildemente prosternado como un pecador que no puede apoyarse en sus propios méritos (Te igitur, Supplices te rogamus, Nobis quoque peccatoribus). ¡Escuchad las conmovedoras  oraciones del sacerdote antes de la comunión!

Una de las razones del prestigio que tienen los ritos antiguos en los convertidos –hablo por experiencia– es que asumen, con convincente clarividencia, esa parte de la verdad del hombre con excesiva frecuencia inadvertida: que es pecador y tiene necesidad de redención. Y estos ritos tienen el secreto de poner, con esperanza, a esta miseria  en contacto con  la misericordia.

 

 

La verdad sobre Cristo: su sacrificio, ofrecido por la Iglesia, reconcilia al hombre con Dios

El tono general de una celebración según un rito «de uso venerable y antiguo» (3), el acólito –¡cuántas veces no nos lo habrán dicho en confianza!–  siente «que pasa algo». En el centro del silencio sagrado del canon, los gestos que rodean la doble consagración ponen en cierta forma ante sus ojos el misterio de la fe. Pone de relieve en su misal que durante todo el canon el celebrante ha la señal de la cruz sobre los oblatos. Ve cómo los fieles reciben la Hostia consagrada de rodillas y en la boca y se quedan seguidamente rezando en silencio. Si pregunta al sacerdote después de la Misa, está en condiciones de aprender y entiende que, en esencia, la Misa es un sacrificio. Este sacrificio de alabanza a la Trinidad es un sacrificio propiciatorio «para [su]  salud eterna y la de todos los fieles».

Por otra parte, se da cuenta por los gestos del sacerdote y por la dirección en que oficia de que todo se centra, no en el propio sacerdote, sino en Cristo, en la presencia de Cristo en el tabernáculo y en los oblatos consagrados. Ve cómo el celebrante mantiene los dedos juntos después de haber tocado el Cuerpo de Cristo, y la amorosa precaución con que recoge en el corporal todas las partículas consagradas. Por un lado, se acentúa mucho la necesidad de la salvación; por otro, las palabras y los gestos nos ponen sensiblemente en contacto con la renovación mística e incruenta de un sacrificio. Así, en el rito dominico, después de la consagración el celebrante extienda al máximo los brazos, como Cristo en la Cruz. En el rito de la paz, besa primeramente el cáliz que contiene la preciosa Sangre de Cristo y sobre el que sostiene su Cuerpo inmaculado, para indicar claramente que la paz que transmite a los ministros procede del sacrificio de Cristo.

Los ritos antiguos se presentan a la naturaleza del hombre bajo el aspecto en que traducen la mediación histórica de la Iglesia. El canon romano en particular «consta él, en efecto, ora de las palabras mismas del Señor, ora de tradiciones de los Apóstoles, y también de piadosas instituciones de santos pontífices» (4). Es un consuelo de docilidad filial  para un sacerdote de rito latino saber que reza utilizando el mismo canon que San Gregorio Magno. Le brinda una gran certeza doctrinal y una alegría inmensa invisibilizarse en los ritos utilizados a lo largo de los siglos por tantísimos santos, y vivir ceremonias que han santificado a generaciones de fieles. Es sumamente conmovedor, por ejemplo, para un dominico, saber que los gestos y palabras que emplea al celebrar la Santa Misa hicieron llorar a nuestro padre Santo Domingo y al doctor eucarístico Santo Tomás de Aquino.

 

Conclusión

Efectivamente, el rito sensibiliza para captar la verdad, el rito latino tradicional pone magníficamente de relieve la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el sacrificio de Cristo. Ahora bien, ¿qués es la verdad que se hace sensible, sino la belleza? Demos gracias a Dios por poder «rezar en la belleza». Y demos gracias a la Iglesia por haber rendido, después de un largo periodo de confusión e injusticias, «el respeto debido» (5) a este rito que ha conducido de modo suave y firme, y habrá de conducir aún, sin duda hasta la Parusía, a tantos hombres al misterio insondable del sacrificio de Cristo.

Traducido por J.E.F. para Una Voce Sevilla. Original en francés en: https://www.chemere.org/formation/2017/9/30/sermon-de-clture-du-plerinage-summorum-pontificum

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(1) Concilio de Trento, Sesión XXII (17 de septiembre de 1562), Decreto sobre el Sacrificio de la Misa: «Cristo quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana) […] donde se representara el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuara hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicara a la remisión de los pecados que cometemos cada día (Concilio de Trento: DS 1740, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1366). «Y como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso la piadosa Madre Iglesia instituyó determinados ritos, como por ejemplo, que unos pasos se pronuncien en la Misa en voz baja y otros en voz algo más elevada; e igualmente empleó ceremonias, como misteriosas bendiciones, luces, inciensos, vestiduras y muchas otras cosas a este tenor, tomadas de la disciplina y tradición apostólica, con el fin de encarecer la majestad de tan grande sacrificio y excitar las mentes de los fieles, por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas» (DS, n° 943).

(2) Concilio de Trento, ibid., DS, n° 942.
(3) Benedicto XVI, Motu proprio Summorum Pontificum, 7 de julio de 2007, artículo 1.
(4) Concilio de Trento, ibid., DS, n° 942.
(5) Benedicto XVI, Motu proprio Summorum Pontificum, 7 de julio de 2007, artículo 1.

 

ARTÍCULO: ¿POR QUÉ LA ÉPOCA MODERNA NECESITA LA MISA TRADICIONAL?

A continuación, ofrecemos a nuestro lectores otro artículo-entrevista al profesor Peter Kwasniewski, traducido y publicado en la web de la asociación hermana hispana, Magnificat Una Voce Chile, que nos brinda unos argumentos muy sólidos para responder a la pregunta: ¿Por qué la época moderna necesita la Misa tradicional?:

La entrevista original (aquí, en inglés) fue publicada en el sitio New Liturgical Movement.

 

 

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¿Por qué la época moderna necesita la Misa de Siempre?

Entrevista con Peter Kwasniewski, por Roseanne T. Sullivan

Agradecemos a Roseanne T. Sullivan por compartir con nosotros su entrevista con el Dr. Peter Kwasniewski sobre el nuevo libro que éste acaba de publicar.

En su nuevo libro, “Noble belleza, santidad trascendente: por qué la época moderna necesita la Misa de Siempre” (Angelico Press, 2017), usted ha hecho una apología nada tímida en favor de la Misa tradicional. Y afirma con seguridad no sólo que la “Misa de Siempre” es muy superior a la nueva Misa, que Benedicto XVI ha llamado “la forma ordinaria”, sino también que la Iglesia católica debiera regresar a la “forma extraordinaria”. ¿Podría resumir aquí por qué la Iglesia debiera regresar a la “forma extraordinaria”?

La razón es, sencillamente, que somos deudores de nuestra tradición, que estamos atados a nuestra herencia, y somos malagradecidos y nos convertimos en arrogantes ruinas cuando la tiramos por la borda. La actitud verdaderamente humilde consiste en aceptar que la sabiduría y piedad acumuladas de la Iglesia debiera continuar guiándonos y moldeándonos. Así es como siempre han sido las cosas, cualquiera sea el siglo que se mire. Pero sólo en el siglo XX pudo aparecer, en el pináculo del engaño evolucionista, un grupo de necios que osaron meter mano en el rico y sutil culto de la Iglesia a fin de introducir ahí, a la fuerza, sus imaginarias categorías de relevancia o eficacia. Su obra ha terminado, muy apropiadamente, castigada con desolación y apostasía.

Para decirlo brevemente, la liturgia tradicional expresa la plenitud de la Fe católica y preserva intacta la piedad de los cristianos. Esta es una razón más que suficiente para adherir a ella y para insistir en que ella sea la norma, siempre y en todas partes.

 

 

¿Cuáles son algunos de los modos en que la forma más antigua del rito romano da expresión a la plenitud de la fe?

El rito antiguo es impresionantemente teocéntrico, focalizado en Dios y en la primacía de su Reino. Está repleto de palabras y gestos de auto rebajamiento y de penitencia, de atenta reverencia y de adoración, de aceptación de las absolutas exigencias que nos hace Dios. Sus oraciones y ceremonial son testigos por igual de la trascendencia y la inmanencia de Dios: Él es Emanuel, Dios con nosotros, pero es también el Uno que habita en una profunda oscuridad, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Él es nuestra Alfa y Omega, es para nosotros todo en todo. La liturgia tradicional no transige en este aspecto. Incluso en aquellos momentos suyos que pudiéramos llamar “instructivos”, como la lectura o canto de la Escritura, permanece fija en el Señor, como si leyéramos no tanto para nosotros mismos como para recordar qué nos ha dicho Él, como si le estuviéramos pidiendo que lo repita de nuevo entre nosotros, de acuerdo con su promesa. La Misa tradicional nunca se desvía de la mirada del Señor, permanece siempre ante sus ojos, vuelta hacia Él conscientemente, y nos sumerge en la necesidad de la oración, que es algo de vida o muerte. El padre Pío decía que “la oración es el oxígeno del alma”. Nosotros respiramos ese oxígeno en la Misa antigua.

¿Pero no lo hacemos también en la Misa nueva?

Podríamos también hacerlo en ella, pero es mucho más difícil. Es más difícil conseguir oxígeno. Se silencian las necesidades y exigencias de la vida espiritual, se las barre debajo de la alfombra en esta liturgia en vernáculo despojada, de cara al pueblo, colmada de banales cantos, de anuncios, de constante parloteo: ella fue diseñada para ser populocéntrica, para conectar a la gente entre sí y con el sacerdote alrededor de una mesa, en una comida. Como decía Ratzinger, Dios desaparece en ese escenario. Puede que Él esté ahí, sobre el altar, pero la mente y el corazón de la gente está en otra parte. ¿Debiera acaso sorprendernos que, según reiteradas encuestas, la mayor parte de los católicos que asisten al Novus Ordo no creen en la Presencia Real –no saben siquiera que es enseñanza de la Iglesia-? La liturgia no los ayuda a ver, a experimentar esa verdad. No se trata sólo de una adecuada catequesis. De lo que se trata es de si la liturgia expresa vívidamente las verdades de la Fe.

Para poner sólo un ejemplo: las oraciones de la liturgia antigua subordinan, sin excepción, la vida terrena a la vida celestial, repudian las pompas y vanidades de la vida profana caída. La nueva liturgia rehúsa hacer lo mismo y, de hecho, sus redactores sistemáticamente eliminaron las antiguas oraciones que hablaban de “despreciar las cosas terrenales” en favor de las del Cielo. ¿Habrá existido, desde la creación de Adán y Eva, una generación que necesitara oír este mensaje más que la nuestra en la actualidad? El hedonismo materialista es la amplia vía por la que incontables almas caminan hacia su propia destrucción –y la Iglesia, mientras tanto, les sonríe y saluda diciéndoles “Que Dios los bendiga”–.

Usted dice en uno de sus libros que estos problemas tienen que ver con determinada actitud ante la modernidad.

Exactamente. O, quizá mejor, con determinada actitud de la modernidad. En su origen, la modernidad es anti-sacral, anti-religiosa, anti-incarnacional y, por tanto, anti-clerical, anti-ritual, anti-litúrgica. Esto se puede ver en los muchos filósofos de la Ilustración que rechazan tanto la Revelación divina como la religión organizada. Unos pocos siglos después, nosotros, los modernos que hemos bebido todo este bagaje filosófico, no tenemos ni siquiera una pista de cómo debiera ser un ritual religioso público solemne, formal, objetivo. Estamos totalmente perdidos en todo lo que se refiere a un culto colectivo en que el ego individual se subsume en la gran comunidad de la Iglesia, que se despliega en el tiempo y el espacio. Esa es la razón por qué debemos aferrarnos a la liturgia tradicional como a la vida. Ella es, desde todo punto de vista, pre-moderna, tan antigua que no se ve afectada por nuestra superficialidad contemporánea, por nuestras inclinaciones y prejuicios: ella respira un realismo, una espacialidad, una fuerza, una caballerosidad incluso, que han llegado a ser ajenas a nuestra época y, precisamente por todo esto, la necesitamos desesperadamente. No hay nada que el hombre moderno necesite más que ser liberado de la prisión del modernismo prometeico: necesita ser desafiado por aquello que es más antiguo, más profundo, más sabio, más fuerte, más amable, más feliz. El hombre moderno necesita ser ignorado, no mimado; mistificado, no ilustrado; silenciado, no descorchado.

Estoy de acuerdo. Pero me pregunto: ¿con qué fundamento cree usted que un regreso a la Misa de Siempre es en absoluto posible?

Ignoro lo que nos depara el futuro, pero hoy, viendo el virtual cisma en la Iglesia católica sobre aspectos básicos de fe y de moral, es difícil evitar la conclusión de que se están preparando poderosas conmociones, y de que muchas cosas que parecían imposibles hace poco tiempo pueden resultar súbitamente posibles. En mi opinión, el movimiento en pro de la ortodoxia católica y el movimiento en pro de la tradición litúrgica se están acercando constantemente y ya se han hecho, de varios modos, un solo movimiento. Ha de llegar el momento, me parece, en que los católicos que profesan el credo niceno-constantinoplitano, que adhieren a la moral sexual tradicional de la Iglesia, y que aceptan el celibato sacerdotal como disciplina querida por el Señor, van a celebrar el usus antiquior sea exclusiva o predominantemente. Por cierto, no tengo cómo probar esto, pero considerémoslo una suposición fundada.

En todo caso, necesitamos una sólida perspectiva histórica basada en el estudio de los movimientos reformadores en la historia de la Iglesia, de los cuales casi cada centuria nos proporciona brillantes ejemplos. Todo movimiento reformador comenzó con unas pocas personas que, escandalizadas con justicia por la falta de fe o la inmoralidad de su época, y animadas por el fervor del amor divino, trabajaron incansablemente y se organizaron eficazmente para promover la conversión personal y el cambio institucional. Siempre las cosas han ocurrido así, y nuestra época no va a constituir una excepción. Tenemos que estar atentos a cierta sutil forma de consecuencialismo, en virtud del cual creemos que obramos correctamente porque tenemos éxito, o que en la medida en que hagamos lo correcto no podemos dejar de tener éxito. No. Hacemos lo que es correcto aunque ello sea improbable, difícil, quijotesco y nos conduzca al martirio. El éxito que el Señor quiere es para las almas que aspiran a que por Él regrese la sagrada liturgia en su modo no corrupto, sea que nos apoyen y aplaudan por esta fidelidad, sea que nos resistan y persigan. Él ha de hacer por nosotros todo lo demás. No contamos con nuestra superioridad numérica o nuestra fuerza, sino con los recursos de Él, con su intervención, con su multiplicación de los panes.

Ahora, la realidad es que el movimiento tradicional está creciendo. Ahí están las cifras, para quien quiera examinarlas: van en aumento los sacerdotes y seminaristas en las órdenes y comunidades tradicionales, así como el número de apostolados que les son encomendados. Aumenta el número de familias asociadas a esos apostolados. Si alguien quiere ver, en Occidente, una iglesia llena de familias numerosas, ¡no tiene más que visitar las colectividades tradicionales, porque le será difícil encontrarlas en otros lugares! Los libros, revistas, panfletos, catálogos y objetos religiosos tradicionalistas son numerosísimos, lo cual revela, al menos, que existe para ellos un mercado. Los intelectuales y los artistas, hasta donde existen en la Iglesia contemporánea, están decidamente en favor del tradicionalismo.

 

 

Cuando la Misa tradicional se hizo más asequible, muchos de nosotros esperábamos que su belleza y reverencia serían su propia vía de propagación. Después de diez años, yo misma y muchos otros hemos advertido que la forma extraordinaria no ha logrado mucha aceptación entre quienes adhieren a la forma ordinaria. Incluso en aquellos casos en que está al alcance, muy pocos asisten a ella. Por ejemplo, más de un año después de que el arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone, ordenara al párroco de la bella y centralmente ubicada iglesia “Estrella del Mar” que aprendiera la Misa tradicional y comenzara a decirla todos los domingos antes de mediodía, conduje desde donde vivo, en San José, que dista una hora, hasta la ciudad y, para mi desilusión, vi que, de hecho, muy poca gente asistía a esa Misa, que se dice en una ubicación casi ideal. Mi experiencia no es aislada. Por ejemplo, incluso cuando se dijo regularmente la Misa tradicional en la iglesia de Nuestro Salvador, en Nueva York, por el conocido Padre Rutler, sólo fue capaz de atraer a un pequeño grupo, según él mismo ha dicho.

No me llama la atención. Como lo dijo Benedicto XVI en su carta a los obispos de 7 de julio de 2007: “El uso del Misal antiguo presupone cierto grado de formación litúrgica y algún conocimiento del latín. No es fácil encontrarse hoy con ambas cosas”. Dicho simplemente: hay mucha gente que no está preparada para él. Es cierto que hay quienes asisten una vez y quedan atrapados para siempre, pero para otros hay una escarpada ladera de aprendizaje que escalar: son aquellos que son víctimas de prácticas y hábitos litúrgicos tan malos que no saben qué hacerse cuando se los enfrenta súbitamente con el acantilado de un abismo infinito de oración, sin nadie que los lleve de la mano, y con un ritual que se despliega con lo que parece ser una altanera indiferencia o una gélida lejanía, y que resulta seriamente perturbador para el católico corriente. Esta es, dicho sea de paso, la razón por la que siempre digo que si se quiere traer a alguien a la Misa tridentina, hay que invitarlo a una Misa cantada o incluso a una Misa solemne, si hay alguna al alcance. La Misa Solemne es mucho más fácil de entender, puesto que apela a todos los sentidos y hace al fiel navegar por una suave corriente.

Sí, lo comprendo. ¿Piensa usted, por lo tanto, que no es justo decir que la Misa tradicional es un “fenómeno boutique” entre los católicos estadounidenses?

Esperemos primero a que esté al alcance en todas partes, durante muchos años, y sólo entonces podremos evaluar este juicio. Pero, volviendo a lo que le decía hace un momento: la Misa tradicional es sólida, es catolicismo en plenitud, sin atenuantes. La liturgia es más larga y más compleja. La música es verdadera música: canto gregoriano, polifonía. La homilética probablemente es también más exigente, más cercana a lo que se esperaría de una religión que proclama ser inspirada por Dios y único camino de salvación. Las mujeres usan velos de Misa, la gente se viste formalmente. El conjunto entero se opone a los usos de los estadounidenses contemporáneos, incluyendo (triste es decirlo) a los mismos católicos, quienes están usando anticonceptivos y divorciándose a un ritmo muy semejante al de sus pares paganos. Detesto tener que decir esto, pero la versión-simulacro del catolicismo es como una religión diferente si se la compara con la versión del catolicismo histórico, auténtico, dogmático y ascético-místico, tal como se lo encuentra incorporado en la liturgia tradicional y en todas las devociones que florecen en su ámbito. Así es que, ¿llamaremos a esto “fenómeno boutique”, o tendremos el valor de aceptar que el catolicismo está en un estado de acelerada descomposición y que lo que casi todo el mundo llama “catolicismo” es, cuando mucho,  una sombra de la realidad, si no una negación de ella?

Pero seamos honestos también en este aspecto: la principal razón por la que la antigua Misa no ha entrado más, es la falta de oferta y la falta de apoyo eclesiástico. El papa Benedicto XVI la liberó en beneficio de todos los sacerdotes y de los fieles a quienes ellos sirven, pero una inmensa cantidad de sacerdotes han sido concientizados, amenazados, ostracizados y expulsados del ministerio debido a los conflictos respecto de Summorum Pontificum. Sé, por experiencias de primera mano, lo que estoy diciendo. Son demasiados los obispos y párrocos que se oponen a ella, y el clero joven que puede desde ya celebrar la liturgia antigua o que desea aprenderla, es reprimidos, y forzado a entrar en el molde de la revolución posconciliar. La falta de crecimiento a que usted se refiere es resultado de una estrategia deliberada de “contención”, que se analiza e implementa desde las conferencias episcopales. No oficialmente, obvio, sino tras bambalinas. Gracias a Dios hay todavía algunos obispos y sacerdotes heroicos aquí y allá, quienes, a pesar de las presiones políticas, se las arreglan para ser fieles a su propia línea y para promover la recuperación de la tradición litúrgica en sus diócesis y parroquias. Ello es algo que está teniendo lugar hoy día, lentamente, por todo el mundo: he estado en muchos de esos lugares y he visto la fuerza de la fe de ese clero y de ese laicado. Pero es algo que podría y debería estar ocurriendo en todas partes. Se ha impuesto una artificial limitación por parte de los monopolistas. Si en torno a la Misa de Siempre tuviéramos una “economía de libre mercado”, por decirlo así, tendríamos un cuadro sumamente distinto.

Insisto: esta situación no carece de precedentes, ya sea en la historia de la salvación o en la historia de la Iglesia (que sigue, siempre, el camino de la historia de la salvación). ¿Recuerda usted la historia de Gedeón, en el capítulo 7 del libro de los Jueces? Gedeón tenía consigo un ejército de 32.000 soldados para ir a enfrentar a los Madianitas. El Señor le dijo: “Son demasiados los soldados que tienes para que yo ponga en tus manos a los Madianitas, porque Israel se vanagloriaría frente a Mí diciendo: “Me he librado por mi propia mano””. El Señor logró reducir el número de soldados primero a 10.000, luego a 300. Con esta “élite” Gedeón obtuvo una victoria total sobre sus enemigos, que eran “tantos como langostas”. Pareciera que el Señor prefiere ganar victorias improbables, de modo que la gloria le pertenezca a Él y no a nosotros. “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da gloria”. Esto es algo que me consuela mucho.

Las probabilidades de que la Misa tradicional reemplace a la Misa de 1969 me parecen, a veces, sumamente remotas, por lo que me temo que lo que los tradicionalistas proponen es como gritar en medio de una ventolera. Pero, de repente, me topé con lo siguiente, escrito por un blogger laico: “Todo aquello que vale la pena gritar, vale la pena gritarlo aunque el viento haga mucho ruido. Porque si hay suficiente gente atenta, muy a menudo la palabra se difunde, cambian los estándares, el viento se desvanece. Si hay suficiente gente que se interesa, cambia la cultura. Es muy fácil auto persuadirnos de que el momento apropiado para hacer cambios es cuando llega el momento. Pero eso nunca es verdad. El momento adecuado para hacer que algo ocurra es antes de su momento. Porque eso es, precisamente, lo que significa “hacer”… Sí, hay viento, siempre hay viento. Pero eso no quiere decir que tenemos que dejar de gritar”.

No podría estar más de acuerdo con todo eso. Sólo añadiría que no necesitamos estar siempre gritando. Necesitamos practicar el arte de la persuasión, de la buena propaganda y, obviamente, de la mejor conducta. Lo cierto es que tenemos mucho trabajo que hacer para ganar a nuestros hermanos para el catolicismo tradicional, por su propio bien y por la salud de la Iglesia. Esto es algo que va a suceder, en cierta forma, naturalmente, a medida que las cosas empeoren en la Iglesia y en el mundo. Quienquiera que tome en serio la Fe, habrá de preguntarse: “¿Dónde se enseña y se vive esta fe? ¿Dónde hay un sacerdote que tenga esta Fe y la predique? ¿Dónde se celebra la liturgia de modo tal que alimente y refuerce mi Fe?”. Tenemos que estar ahí para toda esa gente, en el momento en que comience a hacerse estas preguntas, y no alejarla porque, al comienzo, está vestida inapropiadamente, o se arrodilla en el momento equivocado, o canta mal, o tiene ideas confusas.

 

 

Usted ha escrito que muchos seminaristas y sacerdotes recién ordenados han aprendido a celebrar la Misa tradicional, y eso le da esperanzas. También me las da a mí. Pero, ahora último, algunos liberales han comenzado a decir que los seminaristas amantes de la Tradición, que usan sotana y que llegaron en los tiempos de Benedicto, podrían verse reemplazados por una nueva ola de sacerdotes influidos por el papa Francisco.  

Me imagino que esto es verdad hasta cierto punto. Pero pienso que ello no sería un irse el péndulo al otro extremo, tal como ha ocurrido con el actual residuo de confusión posconciliar, que ha polucionado el pensamiento de casi todo el mundo. Además, si quienes están dirigiendo los seminarios son progresistas, saben muy bien cómo filtrar y excluir a los candidatos “excesivamente rígidos”, o sea, aquéllos que creen en el catecismo, rezan el rosario, se arrodillan para comulgar, y otras cosas semejantes. Por lo tanto, en algunos seminarios el “efecto Francisco” se mostrará a sí mismo como el rechazo o despido de candidatos perfectamente aceptables, pero “rígidos”.

Pero el cambio de mentalidad iniciado por Benedicto XVI no debería ser en absoluto mirado en menos: Benedicto elevó el perfil intelectual, espiritual y litúrgico de la Iglesia a un nivel que no había tenido desde antes del Concilio, y dejó tras de sí una riquísima estela de escritos, especialmente sobre la sagrada liturgia, que serán leídos durante décadas y posiblemente durante siglos. El “efecto Benedicto” puede que sea menos ruidoso, pero es más profundo y de efectos más amplios. Donde quiera que uno encuentra una diócesis que rebosa de vocaciones y de asistencia a Misa, se hallará la influencia ratzingeriana en plena actividad.

Conozco a un sacerdote que, gradualmente, suprimió, por más de una década, la mayor parte de los abusos litúrgicos en su parroquia, con una paciencia mucho mayor que la que yo hubiera tenido, y en pago de todos esos trabajos, no recibió más que rencor. Con el tiempo, y a pesar de toda la paciente catequesis con sus feligreses, su superior religioso lo trasladó a otra parte. Y esto ocurrió con un obispo bien dispuesto. Tengo mucho temor de lo que los sacerdotes amigos de la Tradición han de encontrar en sus parroquias, luego de su ordenación.

Sí. No quiero aparecer como una Pollyanna que le quita importancia a las dificultades, que son muy reales. Por una parte, la persecución de católicos ortodoxos está empeorando durante este pontificado. Quien quiera que cuestione Amoris Laetitia, por ejemplo, se transforma instantáneamente en persona non grata. Es muy probable que un sacerdote que predique desde el púlpito contra la homosexualidad o la anticoncepción sea “llamado al orden”. Y el sacerdote que comienza a celebrar la Misa tradicional es como si hiciera grabar en la espalda de su camisa un letrero con las palabras “¡Dispárenme!”. Pero esto no puede ser ni será la última palabra. Al presente estamos en sólo una etapa de una larga batalla. No hay papa ni obispo que dure para siempre, las generaciones pasan, hay problemas que terminan y otros que surgen para tomar su lugar.

Lo que está claro es, al menos, esto: los sacerdotes fieles a su ministerio sacerdotal, los que predican la verdad “con oportunidad o sin ella”, que celebran la liturgia con la máxima reverencia, que dan nuevamente vida a la Tradición, todos esos sacerdotes serán bendecidos aun en medio de muchas cruces, y se convertirán en bendición para sus fieles. Nuestro Señor se preocupará de ellos, y hará con ellos lo que Él decida. Conozco a sacerdotes que han pasado por situaciones terribles, que resultaron ser un preludio para su llegada a mejores lugares, a hacer un trabajo importante. Tenemos que confiar en que Dios se preocupará de los suyos cuando éstos hagan lo que deben hacer. Conozco a un sacerdote que ha sido castigado por su decisión de no dar jamás la comunión en la mano, debido a que va contra su conciencia el contemplar el Cuerpo de Cristo manipulado de modo tan descuidado, con peligro de que se pierdan algunas partículas (para no mencionar la pérdida de fe en la Presencia Real y en la distinción ontológica entre los cristianos ordenados y los no ordenados). Yo lo admiro, y también a otros como él: todos ellos son como el grano de trigo que cae a la tierra y muere, a fin de que pueda surgir una abundante cosecha.

Quisiera agregar que los jóvenes que sienten la vocación al sacerdocio necesitan ser astutos como serpientes e inocentes como palomas (cfr. Mt 10, 16). Debieran quizá pensar si no sería mejor para ellos ingresar a una sociedad de vida apostólica o a una comunidad religiosa que use solamente los viejos libros litúrgicos. En estos libros está depositada la Tradición de la Iglesia. Y los sacerdotes que tienen la obligación de usarlos no enfrentan el mismo tipo de oposición y de malos tratos que a menudo recibe el clero secular. Y diría lo mismo, a propósito, a las jóvenes que tienen vocación religiosa: en realidad es todavía más importante para ellas ingresar a una comunidad que esté atendida exclusivamente por sacerdotes que celebren según el usus antiquior.

¡Oremos de rodillas al Señor para que envíe operarios a su mies!

¿Cree usted que existe el peligro del desaliento entre los católicos tradicionales?

Absolutamente sí. Uno encuentra ese peligro por todas partes. Los fieles se escandalizan especialmente por lo que ocurre en las jerarquías más altas de la Iglesia, y predicen que el cielo se vendrá abajo y nos aplastará. Quizá lo haga, pero eso no será todavía el fin del mundo. Ni tampoco será el fin de nosotros. Tenemos que luchar muy duro contra el desaliento. Santa Teresa decía: “El desaliento es una forma de orgullo”. Es orgullo en el sentido de que comenzamos dudar de la Divina Providencia y a echar al Señor la culpa de no intervenir o de no resolver éste o aquel problema en la forma que lo hubiéramos hecho nosotros. Pero es Dios quien tiene el mando, y sus caminos no son nuestros caminos. Nuestra tarea es realizar, lo mejor que podamos, lo que fuera que Él nos ha iluminado para que hiciéramos, dándonos fuerzas para ello. Todos conocemos las famosas palabras de la Madre Teresa: “No estamos llamados a tener éxito, sino a ser fieles”. Dios ha de bendecir y multiplicar el bien de nuestra fidelidad a Él, a la Iglesia, a la tradición católica, sea que veamos los frutos en nuestra vida o no.

En agosto pasado, el papa Francisco declaró que no existe la posibilidad de reconsiderar las decisiones relativas a los cambios litúrgicos, y que todo lo que debiéramos hacer ahora es procurar comprender las razones por las que se los llevó  cabo. Dijo: “Podemos afirmar con certeza y autoridad magisterial que la reforma litúrgica es irreversible”. ¿Qué piensa de esto?

No es fácil entender lo que el Santo Padre espera que esta frase produzca,  ya que no es una declaración doctrinal, sino una evaluación de un hecho histórico contingente, es decir, del proceso de reforma que comenzó luego de Sacrosanctum Concilium y culminó en los diversos libros litúrgicos del Novus Ordo. Es lo mismo que decir: “El euro está irreversiblemente establecido en Europa”. ¿Por qué habríamos de creer semejante cosa? O: “El ecumenismo de los últimos cincuenta años es un hecho irreversible”. Por cierto, nadie puede negar que el ecumenismo ha tenido lugar y que, como tal, no puede ser deshecho. Pero ello no nos dice nada sobre lo que el futuro nos depara. Todo ello, nuevos ritos litúrgicos o ecumenismo o cualquier otra cosa, podría ser anulado o, al menos, drásticamente “corregido”, por un futuro papa León XIV o Benedicto XVII o Pío XIII.

Podría también recordarse que un papa, Clemente VII, autorizó el nuevo breviario compuesto por el Cardenal Quiñones, otro papa, Pablo III, lo aprobó, pero un tercer papa, Pablo IV, lo suprimió, considerando que rompía con la Tradición y estaba excesivamente influido por la teología protestante. Algunos papas, según otros papas, pueden equivocarse en materias litúrgicas. Los concilios no son tampoco en absoluto infalibles en materia de recomendaciones sobre llevar o no llevar a cabo determinadas cosas prácticas. Nadie pone en duda que los Padres Conciliares deseaban cambios menores en la liturgia, y muchos autores notables, incluyendo a Joseph Ratzinger y Louis Bouyer, han planteado serios cuestionamientos al modo en que esos cambios efectivamente se hicieron.

Gracias por esta entrevista. Me complace especialmente el que usted haya estado dispuesto a abordar con franqueza algunos de los problemas que me inquietaron cuando leí sus elocuentes y convincentes ensayos en “Noble belleza”. Como usted lo dice, “muchas cosas que parecía imposibles hace un momento, se pueden volver súbitamente posibles”. Y estoy de acuerdo en que tenemos que luchar mucho contra el desaliento. Debemos ser personalmente humildes y santos para que Dios pueda actuar por medio de nosotros y lograr sus propósitos. Espero,  y rezo por ello, que muchos lectores encuentren en su libro, como me ha pasado a mí, mucho que pensar, mucho que los consuele, y mucho que los fortalezca.

Muchas gracias. Oremus pro invicem. 

CALENDARIO LITURGICO TRADICIONAL DIGITAL UNA VOCE SEVILLA

Un año más la Asociación Una Voce Sevilla, con ocasión de la Festividad de la Epifanía del Señor, pone a disposición el calendario litúrgico tradicional en formato pdf correspondiente al año del Señor de dos mil dieciocho.

Para descargar el calendario litúrgico tradicional PINCHAR AQUI.

 De gran interés y utilidad para sacerdotes y fieles que celebran o asisten, respectivamente, a la Misa según el Rito Romano tradicional y/o rezan el Breviarium Romanum, conforme al Misal de S. Juan XXIII de 1962 y el motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI.

 

UNA VOCE SEVILLA