ARTÍCULO: “PRESENTE Y FUTURO DE SUMMORUM PONTIFICUM”. Por M. Mosebach

En el undécimo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI, el blog El Búho Escrutador ha publicado en español un artículo del escritor alemán Martin Mosebach, reconocido amante y defensor del rito romano tradicional, merecedor del galardón literario más señalado de Alemania, el premio Georg-Büchner en 2007. El artículo se publicó en la revista americana First Things, en abril del año pasado. Agradecemos la gentileza del profesor Augusto Merino por permitirnos publicar la traducción castellana de este sugestivo ensayo, con una importantísimas reflexiones a tener en cuenta.

 

Fotografía: Revista First Things

 

REGRESO A LA FORMA

El destino del rito es el destino de la Iglesia

 

Por Martin Mosebach

 

Texto original en firstthings.com

Traducción: Prof. Augusto Merino

 

Las épocas en que aparece una forma nueva son extremadamente escasas en la historia de la humanidad. Las grandes formas se caracterizan por su capacidad para sobrevivir al período en que nacen y seguir su camino a través de todos los hiatos y conmociones de la historia. La columna griega, con sus capiteles dórico, jónico y corintio, es una de esas formas, igual que la tragedia griega con su invención del diálogo, que pervive todavía hasta en la más necia de las telenovelas. Los griegos consideraron la tradición como un objeto precioso: era la tradición la que daba origen a la legitimidad. Entre ellos, la tradición fue puesta bajo la protección de la colectividad, y su violación fue denominada “tyrannis”: la tiranía es aquel acto de violencia que daña una forma tradicional heredada.

 

Una forma que, sin esfuerzo alguno ha sorteado las constricciones de las diversas edades, es la santa Misa de la Iglesia católica, cuyas partes se desarrollaron orgánicamente a lo largo de los siglos hasta que, finalmente, se las unificó por el Concilio de Trento en el siglo XVI. Fue entonces cuando se prescribió para toda la Cristiandad católica en Occidente el misal del Papa de Roma, que jamás había sucumbido, desde la baja Antigüedad, a los ataques heréticos. Si se considera el curso de la historia humana, es muy notable que el rito romano haya sobrevivido intacto a las más violentas catástrofes.

 

Sin duda, el rito romano extrae de sus orígenes su fuerza y su vitalidad: ellos se remontan a la época apostólica. Su forma está íntimamente conectada con las décadas de asentamiento del cristianismo, aquel momento de la historia que el Evangelio llama “la plenitud de los tiempos”. Algo nuevo había aparecido, y esta novedad, el quicio más decisivo de la historia del mundo, adquirió fuerzas para delinearse, para tomar forma. En realidad, esta novedad se hizo presente, sobre todo, al asumir una forma. Dios Creador tomó la forma del hombre, su creatura. Esta es la fe de la cristiandad: en Cristo la plenitud de Dios habita en la forma de un cuerpo, incluso cuando ese cuerpo está muerto. El Espíritu adquiere una forma. Desde ahí en adelante, esta forma es inseparable del Espíritu: el Resucitado y Salvador, de vuelta en su Padre, retiene por toda la eternidad las heridas de su muerte en medio de torturas. Los atributos de la corporeidad asumen un significado infinito. El rito cristiano, del cual el rito romano es una antigua parte, se hizo así una incesante repetición de la Encarnación, y así como no hay miembro alguno del cuerpo humano que pueda cortarse sin daño o detrimento, el Concilio de Trento decretó que, en lo que toca a la liturgia de la Iglesia, no se puede, sin dañar el todo, descuidar, por poco importante o por no esencial, ninguna de sus partes.

 

Se ha dicho que todo lo que es aparentemente nuevo ha estado siempre con nosotros. Ay, esto no parece ser verdad. La revolución industrial, la ciencia como sustituto de la religión y el fenómeno del maravilloso e ilimitado aumento del dinero (sin un aumento similar en su equivalente material), han dado origen a una nueva mentalidad, que encuentra cada vez más difícil percibir la fusión de espíritu y materia, aquel contenido espiritual de la realidad que, quienes vivieron en el mundo pre-industrial a lo largo de miles de años, tuvieron siempre por obvio. Las fuerzas que determinan nuestras vidas se han vuelto invisibles. Ninguna de ellas ha encontrado una representación estética. En una época que está recargada de imágenes, tales fuerzas han perdido la capacidad de tomar forma, con el resultado de que los poderes que gobiernan nuestras vidas poseen una cualidad intangible, realmente demoníaca. Junto con la incapacidad de crear imágenes, que resultó en que incluso hacer el retrato de un individuo constituyera un problema para el siglo XX, nuestros contemporáneos han perdido la experiencia de la realidad, porque se aprehende la realidad siempre por medio de una forma exaltada, preñada de significado.

 

En una época como la actual, incapaz de reaccionar a las imágenes y las formas, permanentemente confundida por un ruidoso mercado del arte, toda experimentación que se entrometa con el rito romano, tal como éste se ha desarrollado a lo largo de los siglos, no podía ser sino peligrosa y potencialmente fatal. En todo caso, ese entrometimiento es innecesario, porque el rito proveniente de la Cristiandad mediterránea de la Antigüedad tardía no fue “relevante” para la Edad Media europea, ni para la época barroca, ni para las tierras de misión fuera de Europa. Los indios sudamericanos y los africanos occidentales han de haberlo encontrado aún más extraño, si ello es posible, que cualquier europeo del siglo XX que se queja de que “ya no es relevante”; pero fue precisamente entre esos pueblos que el rito romano gozó de sus mayores éxitos misioneros. Cuando los habitantes de las Galias, de Inglaterra o de la Germania se convirtieron al catolicismo, no entendían el latín y eran analfabetos: la cuestión de la correcta comprensión de la Misa fue enteramente independiente de la capacidad de seguir su expresión literal. La campesina que rezaba el rosario durante la Misa, y que sabía que estaba asistiendo al sacrificio de Cristo, entendió el rito mejor que nuestros contemporáneos, que pueden comprender cada una de sus palabras, pero que no pueden apropiarse de ese conocimiento porque la forma actual de la Misa, drásticamente alterada, ya no le permite expresarse en plenitud.

 

Era de esperarse esta lamentable disminución de comprensión espiritual, supuesta la atmósfera en que se emprendió la revisión del rito romano, llevada a cabo en los aciagos años alrededor de 1968, los años de la revolución cultural china y de la rebelión mundial contra la tradición y la autoridad, luego del cierre del Concilio Vaticano II. El Concilio había apoyado el rito romano en su mayor parte y había enfatizado el papel del latín como la lengua tradicional del culto, lo mismo que el papel del canto gregoriano. Pero a continuación, por orden de Pablo VI, los liturgistas en sus torres de marfil crearon un nuevo misal que no se apoyó en las disposiciones dictadas por los padres conciliares para su renovación. Este salirse de lo permitido causó una grieta en el dique. En breve tiempo, se cambió el rito romano hasta dejarlo irreconocible. Y esto constituyó tal ruptura con la tradición como la Iglesia, en su larga historia, no había experimentado jamás, exceptuando la revolución protestante, erróneamente denominada “reforma”, con la cual la forma post-conciliar de la liturgia tiene, en verdad, mucho en común.

 

El quiebre habría sido irreparable si cierto obispo, que había participado en el Concilio (y firmado de buena fe la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, suponiendo que sería la norma para una “cuidadosa” revisión de los libros sagrados), no hubiera pronunciado un intransigente “no” frente a esta reforma. Se trata del misionero francés y arzobispo Marcel Lefebvre y de su sociedad sacerdotal, bajo el patronato de San Pío X, a quien debemos agradecer que el hilo de la tradición, que se había adelgazado peligrosamente, no se haya cortado del todo. Esto es una de las espectaculares ironías de que la historia de la Iglesia está llena: el Sacramento, que tiene como objetivo la obediencia de Jesús a la voluntad del Padre, fue salvado por la desobediencia a una orden del Papa. Incluso quien piense que es imperdonable la desobediencia de Lefebvre tendrá que conceder que, sin ella, el papa Benedicto XVI no hubiera encontrado fundamentos para Summorum Pontificum, el famoso motu proprio que hace posible la celebración de la Misa tridentina. Sin la intransigencia de Lefebvre, el rito romano habría seguramente desaparecido, sin dejar rastros, en aquella atmósfera de persecución anti-tradicionalista. Porque el rito romano fue reprimido sin misericordia, y esa represión, supuestamente al servicio de la Iglesia nueva, “abierta”, fue posible por una última irrupción del poder centralizado del papado que caracterizó a la Iglesia pre-conciliar, y que ya no puede existir más (otra ironía de aquellos años). Las protestas de los fieles y de los sacerdotes fueron despachadas y tratadas con desprecio. La Iglesia católica del siglo XX jamás exhibió un rostro más odioso que el que tuvo durante la persecución del antiguo rito que, hasta entonces, le había dado una forma identificable. La prohibición del rito se realizó con furia iconoclasta en innumerables iglesias. Aquellos años conocieron la profanación de los lugares de culto, la demolición de los altares, el tumbamiento de las estatuas y la conversión de los ornamentos en jirones.

 

Si alguien no puede aceptar la desobediencia del arzobispo Lefebvre –resulta más que siniestro el que algo capaz de redimir a la Iglesia haya surgido directamente de un grave pecado de desobediencia a la autoridad eclesiástica-, puede consolarse con el pensamiento de que este acto de consciente desobediencia en el caso específico del rito romano no fue tal pecado en absoluto. Cuando Benedicto XVI tuvo la grandeza de alma de publicar Summorum Pontificum, no sólo reintrodujo el rito romano en la liturgia de la Iglesia, sino que también declaró que jamás había sido prohibido, porque simplemente no podía habérselo prohibido: ningún Papa ni concilio tiene autoridad para invalidar, abolir o prohibir un rito que está tan profundamente enraizado en la Iglesia.

 

No sólo los enemigos liberales y protestantes del rito romano sino también sus defensores, que luego de décadas de lucha habían comenzado a perder las esperanzas, pudieron apenas contener su asombro. En los oídos de todos resonaban todavía las estrictas prohibiciones de innumerables obispos y sus amenazas de excomunión y sus sutiles acusaciones. Pocos se atrevieron a concluir, en vistas de la corrección que Benedicto XVI hizo de la equivocada supresión del rito romano, que el Beato Pablo VI había aparentemente cometido un error cuando expresó su fuerte convicción de que el rito, por mucho tiempo puesto al cuidado de la Iglesia, no debía celebrarse nunca jamás en parte alguna del orbe. Y Benedicto XVI fue más allá todavía al explicar que hay sólo un rito romano que tiene dos formas, una “ordinaria” y otra “extraordinaria”, expresión esta última que alude al rito tradicional. De este modo, se convirtió a la forma tradicional en el estándar para la nueva forma revisada. El Papa expresó su deseo de que las dos formas se fertilizaran y enriquecieran mutuamente. Es natural, por lo tanto, suponer que el rito nuevo, con su gran flexibilidad y sus muchas formas posibles de celebración, deba ir acercándose a la forma antigua, estable y fija, del rito romano, que no deja absolutamente ningún lugar para adiciones o modificaciones de ningún tipo. De acuerdo con el enfoque establecido por el documento de Benedicto, se exige incluso que el celebrante de la forma nueva del rito celebre la Misa en ambas modalidades, y que lo haga con el mismo espíritu, si es que no desea contradecir la verdad de que, lo que tiene al frente, es un rito único con dos formas.

 

Cada vez que el papa Benedicto habló de mutua influencia y enriquecimiento entre las dos formas del rito, lo hizo seguramente teniendo un motivo ulterior: Benedicto creía en el desarrollo orgánico en el campo de la liturgia, y condenó la revolución en ésta que coincidió con aquel revolucionario año de 1968, considerando la conexión entre la revolución litúrgica y la cultural en términos de historia mundial, puesto que ambas contradicen el ideal de una evolución y desarrollo orgánicos. Benedicto consideró como grave delito contra el espíritu de la Iglesia el que la orden perentoria de un Papa fuera tomada como pretexto para entrometerse en la herencia colectiva de todas las generaciones precedentes. Benedicto creyó que, luego de décadas de ser usado en todo el mundo, era no sólo prácticamente imposible prohibir el nuevo rito con sus graves defectos, sino que también que, muy probablemente, un acto de esa naturaleza, incluso si hubiera sido posible, habría significado continuar por el mismo erróneo camino tomado por su predecesor, de hacer reformas por un “fiat”. El camino correcto había de ser, así lo esperaba, un gradual crecimiento conjunto de las formas antigua y nueva, proceso que el Papa debía alentar y patrocinar con suavidad.

 

Esta forma de restaurar la continuidad litúrgica estuvo conectada con el concepto de “reforma de la reforma”, noción que Benedicto había ya introducido siendo cardenal. Lo que Ratzinger quiso alentar con la idea de reforma de la reforma es exactamente lo que los padres conciliares del Vaticano II habían tenido presente cuando promulgaron Sacrosanctum Concilium, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, es decir, autorizar excepciones al uso del latín como lengua común de la liturgia, en la medida en que ello fuera necesario para la salvación de las almas. Que se presentara al vernáculo como excepcional subrayó la inmensa importancia del latín como lengua de la Iglesia. Los padres pensaron de algún modo en desembarazar el rito, eliminando las oraciones preparatorias al pie del altar y el Evangelio final, cosas que habrían constituido pérdidas lamentables sin ventaja ninguna, pero que no habrían dañado la esencia de la liturgia. Y, por cierto, dejaron el antiguo ofertorio intacto, cuyas oraciones sobre el pan y el vino dejan en claro el carácter sacerdotal y sacrificial de la Misa, por lo que son esenciales. Entre dichas oraciones, la epíclesis o invocación al Espíritu Santo que ha de consagrar las ofrendas, es particularmente importante: de acuerdo con la tradición apostólica, que incluye al Imperio romano de Oriente, esta oración de consagración tiene una crítica importancia.

 

Está totalmente fuera de dudas que los padres conciliares consideraron el Canon romano como absolutamente obligatorio. También la mayoría indiscutida de ellos estuvo de acuerdo con la orientación ad orientem de la liturgia, es decir, de frente al Señor que ha de volver desde el oriente. Esta práctica antigua e ininterrumpida no fue tocada ni siquiera por quienes abrazaron la reforma paulina de la Misa e hicieron tabla rasa con lo que deseaban los padres del concilio. Fue el espíritu de la revolución de 1968 lo que tomó el control de la liturgia y desplazó el culto de Dios desde el centro del rito católico, para instalar en su lugar una interacción clérico-instructiva entre el sacerdote y los fieles. Los padres conciliares tampoco quisieron cambios en la tradición de la música en la iglesia. Es con incredulidad que se lee los pasajes de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia relativos a éste y a otros temas, porque a su tenor muy claro los entusiastas defensores de los “desarrollos” post-conciliares les dieron una interpretación diametralmente opuesta. No se puede sostener que el llamado de Ratzinger a la reforma de la reforma pretendía regresar a “antes del Concilio”, como los antagonistas de Benedicto han dicho. Como queda claro con una lectura honesta de Sacrosanctum Concilium, la reforma de la reforma no tiene otra meta que llevar a cabo el programa del Concilio.

 

Benedicto XVI procedió con gran cuidado, planteando su plan mediante comentarios y observaciones generales. Siendo cardenal, ya había hecho saber que la exigencia de una celebración de la Eucaristía versus populum, de frente a los fieles, se basa en un error, suscribiendo el trabajo profesional del teólogo Klaus Gamber, quien da pruebas de que jamás en su historia, salvo pocas excepciones, la Iglesia celebró la liturgia vuelta hacia el pueblo. Ratzinger propuso que, si es imposible dar vuelta el altar, el sacerdote debiera poner sobre éste un gran crucifijo, para poder tenerlo delante durante las oraciones de la consagración. Y luchó, con mayor o menor éxito, por la corrección de las palabras de la consagración que, con la introducción del vernáculo, habían sido erróneamente traducidas en muchos lugares. Por ejemplo, en contradicción con las palabras del texto griego, se oye decir desde el altar que Cristo ofreció el cáliz de su Sangre por “todos” (una reprensible presunción de salvación) en vez de la expresión correcta, por “muchos”. En Alemania, la patria de la Reforma luterana que ha resistido más duramente a Ratzinger, la traducción equivocada sigue sin corregirse aún hoy día.

 

A éstos pudieron haber seguido otros intentos de reforma de la reforma, pero todos hubieran tenido escasas posibilidades de éxito. Una de las consecuencias más importantes del Concilio Vaticano II ha sido la destrucción de la estructura organizacional de la Iglesia mediante la introducción de las conferencias nacionales de obispos, que son enteramente ajenas al Derecho canónico tradicional. Esto disminuye la relación directa de cada obispo individual con el Papa: toda intervención del Vaticano en los abusos locales se hace añicos cuando choca con la pared de concreto de las respectivas conferencias episcopales. Así ocurrió recientemente cuando el prefecto de la Congregación para el Culto Divino hizo un llamado a volver a la celebración de la Eucaristía ad orientem. Después de indignados reclamos, provenientes principalmente del clero inglés, la petición, enteramente justificada, tuvo que ser abandonada de inmediato.

 

Benedicto no realizó ningún otro intento en este sentido. Podría decirse que renunció a su largamente acariciado deseo de una reforma de la reforma cuando tomó la decisión, todavía sorprendente en su esencia, de abdicar. Seguramente ha de haberse dado cuenta de que muy pocos, en posiciones de poder en los niveles más altos de la jerarquía eclesiástica, procuraban la reforma de la reforma con la misma convicción que él. Al renunciar, de hecho abandonó este proyecto. Y tuvo que ver a su sucesor que, lejos de esquivar el tema, ha de hecho condenado en términos perfectamente explícitos toda idea de una reforma de la reforma. Por lo tanto, el mayor logro del papa Benedicto, al menos en materia litúrgica, es y será Summorum Pontificum: con este instrumento otorgó al rito romano un lugar seguro en la vida de la Iglesia, protegido por el Derecho canónico.

 

Quienquiera que piense que esto no es mucho, simplemente no toma en cuenta las largas décadas que antecedieron a estos documentos oficiales. Fueron, para usar las palabras de Friedrich Hölderlin, “tiempos de hierro”. Nadie con una visión clara del actual estado de la Iglesia y del mundo en general podría esperar que un solo Papa, durante un solo pontificado, pudiera corregir el equivocado desarrollo litúrgico que ha sido alentado por una mentalidad antagonista de las realidades espirituales. Pero todos los que han trabajado para mantener vivo al rito romano están conscientes de los innumerables obstáculos que se ha puesto en su camino. Estos obstáculos no han desaparecido en todas partes, pero no es posible ignorar las grandes diferencias que Summorum Pontificum ha hecho posibles. Se han multiplicado hoy los lugares donde se celebra la Misa tridentina. El rito romano tradicional puede hoy celebrarse en iglesias condignas, haciendo que muchos olviden las bodegas y patios en que los amantes del rito antiguo llevaban una fugitiva existencia. El número de los sacerdotes jóvenes que aman la Misa tridentina ha crecido considerablemente, como lo ha hecho también el de los sacerdotes mayores que han comenzado a aprenderla. Y más y más obispos están dispuestos a celebrar la confirmación y la ordenación sacerdotal de acuerdo con el rito antiguo.

 

Puede que estos datos no consuelen mucho a quienes padecen el infortunio de vivir en un país donde no se ve por parte alguna esta renovación de la antigua forma –y hay demasiados países de éstos-. Ha llegado ya el tiempo de desechar la idea muy común en la Iglesia católica de que tanto la liturgia como la educación religiosa en manos del clero están en buenas manos. Esta idea fomenta la pasividad de los fieles, que creen que no tienen que preocuparse por tales cuestiones. Pero ello no es así. La gran crisis litúrgica después del Concilio Vaticano II, que fue parte de una crisis más amplia de fe y de autoridad, terminó con la ilusión de que el laicado no tiene que involucrarse.

 

El movimiento, ya viejo de varias décadas, en pro de la restauración del rito romano ha sido, en gran parte, un movimiento laico. La posición de los sacerdotes que apoyan el rito romano fue y será fortalecida por Summorum Pontificum y, como esperamos, la causa de la Misa tridentina ha de recibir apoyo adicional de la tan esperada reconciliación de la Sociedad de San Pío X con la Santa Sede. Pero esto no altera el hecho de que habrá de ser el laicado el elemento decisivo para hacer triunfar los esfuerzos de reformar la reforma. Hoy el laicado es diferente del de hace cuarenta años. El de entonces, que tenía un conocimiento muy preciso del rito romano, lamentó amargamente su pérdida y protestó contra ella. Los jóvenes que hoy se están convirtiendo al rito romano a menudo no lo conocieron de niños. No son, como lo supone equivocadamente el papa Francisco, nostálgicos que añoran un tiempo pasado. Por el contrario, ellos experimentan el rito romano como algo nuevo, que les abre todo un mundo cuya exploración promete ser inmensamente fascinante. Es verdad que quienes descubren hoy el rito romano y saborean su exactitud y su rigurosa ortodoxia son, naturalmente, un grupo de élite, pero no lo son en un sentido social: tienen una más elevada receptividad mística y una sensibilidad estética para captar la diferencia entre lo verdadero y lo falso. Como lo dijo hace casi un siglo Johan Huizinga, autor de “El otoño de la Edad Media”, existe una estrecha conexión entre la ortodoxia y la apreciación del estilo.

 

Entre tanto, la gran mayoría de los fieles no ha conocido otra cosa que la Misa revisada en alguna de sus innumerables manifestaciones, y han perdido el sentido de la riqueza espiritual de la Iglesia y, en muchos casos, simplemente no son capaces de seguir el rito antiguo. No debiera criticárselos por esto. La Misa tridentina exige una educación que dura toda la vida, y la era post-conciliar se caracteriza, entre otras cosas, por el amplio abandono de la instrucción religiosa. La religión católica, con su gran número de creyentes, se ha transformado hoy en la religión más desconocida en el mundo, especialmente por parte de quienes adhieren a ella. Aunque hay muchos católicos que se sienten repelidos y ofendidos por la superficialidad del nuevo rito, tal como se lo celebra con frecuencia hoy, por la odiosa música, por el kitsh puritano, por la trivialización del dogma y por el carácter profano de los nuevos edificios eclesiásticos, el abismo que se ha abierto al cabo de cuarenta años entre el rito tradicional y la nueva Misa es muy profundo, a menudo imposible de cruzar. El desafío se hace más difícil por cuanto una de las peculiaridades del rito antiguo es que se hace accesible sólo lentamente, a menos que el recién llegado a este antiguo modelo de culto sea un genio religioso. No se aprende jamás “todo lo que hay por aprender” del rito romano, porque en su origen mismo y en su esencia esta forma, duradera y verdaderamente extraordinaria, es hermética, y supone una disciplina arcana y una rigurosa iniciación.

 

Si la Misa tridentina ha de prosperar, hay que preparar el terreno para que sea una nueva generación la que reciba tal iniciación. El papa Benedicto desilusionó a muchos abogados de la antigua liturgia por no haber hecho más por ellos. De hecho, rehusó urgentes pedidos de celebrar la Misa tradicional siquiera una vez cuando fue Papa, aunque lo había hecho en alguna ocasión siendo cardenal. Pero esta negativa surge del hecho de que creía, independientemente de cuán bienvenida hubiera sido esa celebración, que la reinstalación del antiguo rito, como todos los movimientos significativos en la historia de la Iglesia, tiene que venir desde abajo, no como resultado de un decreto papal desde arriba. Entretanto, el trabajo post-conciliar ha herido a muchedumbres de fieles. A menos que el cambio de mentalidad y el deseo de una vuelta a lo sagrado comience a brotar en innumerables corazones individuales, las acciones administrativas de Roma, por muy bien intencionadas y rectas, no servirán de mucho.

 

Summorum Pontificum hace a los sacerdotes y laicos responsables del futuro del rito romano, supuesto que significa mucho para ellos. A ellos les corresponde celebrarlo en todos los lugares que sea posible, ganar para él a toda la gente que se pueda, y difundir el conocimiento arcano de sus sagrados misterios. A ellos se les ha evitado la odiosidad de la desobediencia y desafío a la Santa Sede gracias al motu proprio del papa Benedicto, y hoy hacen uso de un derecho que les ha sido concedido por el más alto legislador de la Iglesia; pero es un derecho con contenido sólo si se lo exige y se lo usa. La ley ya está. Ningún católico puede argumentar, como era posible hace no mucho tiempo, que fomentar el rito romano es ir contra el deseo de la Iglesia.

 

Quizá es incluso bueno que, a pesar de Summorum Pontificum, la Misa tridentina no sea todavía promovida por la mayoría de los obispos. Si ella es un verdadero tesoro, sin el cual la Iglesia no sería la misma, es un tesoro que no se ganará sino hasta que se haya luchado por él. Su pérdida fue una catástrofe espiritual para la Iglesia y tuvo desastrosas consecuencias que se extendieron más allá de los límites de la liturgia, y esa pérdida no puede ser superada sino por una amplia renovación espiritual. No es necesariamente malo que algunos miembros de la jerarquía, en abierta desobediencia a Summorum Pontificum, sigan poniendo obstáculos a los campeones del rito romano. Como se lee en la vida de los santos y de las órdenes que fundaron, las autoridades establecidas, como de costumbre, persiguieron con extrema desconfianza los nuevos movimientos y procuraron suprimirlos. Esto es una de las constantes en la historia de la Iglesia, y caracteriza a todo esfuerzo espiritual que sale de lo común y, en verdad, a toda verdadera reforma, porque una verdadera reforma consiste en apretar las riendas, en volver a un orden más estricto. Esta es la prueba de fuego que tienen que soportar todos los reformadores dignos de ese nombre. El rito romano será recuperado en cientos de pequeñas capillas, en circunstancias improvisadas por doquier, celebrado por jóvenes sacerdotes con fieles que tendrán muchos niños. Si no es de este modo, no se lo recuperará.

 

Recuperar la plenitud de la liturgia de la Iglesia es, hoy, una cuestión de los jóvenes. Quienes experimentaron la abolición y la proscripción no canónica del antiguo rito a finales de 1960 se habían formado en la praxis litúrgica de la década de 1950 y de las décadas anteriores. Puede que parezca sorprendente, pero esa praxis no era la mejor en muchos países. La revolución que habría de desfigurar la Misa proyecta una larga sombra. En muchos casos, la práctica litúrgica era tal que la gente ya no creía en el poder mistagógico del rito. En muchos países, la arquitectura litúrgica del rito había sido oscurecida y aun desmantelada. Existían Misas rezadas durante las que un animador recitaba incesantemente oraciones en vernáculo que no eran traducciones de las oraciones en latín, y en muchas partes el gregoriano tenía un papel subordinado. Los que hoy tienen veinte o treinta años no poseen malas costumbres como éstas, sino que pueden tener la experiencia del rito en su nueva pureza, libre de las incrustaciones del pasado más reciente.

 

El gran daño causado por la revolución litúrgica después del Vaticano II consiste, sobre todo, en el modo en que la Iglesia perdió la convicción con que todos los católicos –analfabetos, pastores de ovejas, criadas y obreros, Descartes y Pascal- tomaban naturalmente parte en el culto sagrado. Hasta ese tiempo, el rito se contaba entre las riquezas de los pobres quienes, a través de él, entraban en un mundo que, de otra manera, les estaba cerrado. Todos ellos experimentaban en la antigua Misa tanto la vida venidera como la vida actual, una experiencia de la que, en otras circunstancias, sólo los artistas y los místicos son capaces. Esta experiencia de una trascendencia compartida, disponible hasta para los más humildes, una vez perdida ya no puede recuperarse sino con el paso de las generaciones, y esta pérdida es lo que hace tan reprensible la inconsulta reforma de la Misa. Constituye un ultraje a la moral el que se haya permitido, a aquellos que arruinaron el rito romano debido a su presunción y su delirio, robar a las futuras generaciones la plenitud de su herencia como católicos. Por lo menos hoy es posible que los individuos y los grupos pequeños vayan recuperando gradualmente un poco de familiaridad espontánea con incluso las oraciones más arcanas de la Iglesia. Hoy, los niños pueden crecer con el rito y alcanzar así un nuevo y más alto nivel de participación espiritual.

 

El movimiento en favor del antiguo rito, lejos de indicar un deseo de autosatisfacción estética, tiene, en verdad, un carácter apostólico. Se ha dicho que el rito romano tiene un efecto especialmente poderoso en los convertidos y que, de hecho, ha tenido incluso por consecuencia una gran cantidad de conversiones. Su enraizamiento en la historia y su perspectiva del fin del mundo crean un tiempo sagrado que es antitético del presente que, con sus preocupaciones adquisitivas, deja insatisfecha a mucha gente. Sobre todo, el antiguo rito contradice la fe en el progreso que, por mucho tiempo, ha ido de la mano con una mentalidad económica que se está descomponiendo y dando lugar a la ansiedad respecto del futuro, e incluso a un cierto pesimismo. No debiera lamentarse estas contradicciones con el espíritu de nuestro mundo actual. Por el contrario, son un testimonio de un despertar general luego de doscientos años de delirios. Los cristianos siempre supieron que el mundo cayó por el pecado original y que, en lo que se refiere al curso de la historia, ésta no presenta motivo alguno para ser optimistas. La religión católica, en palabras de T.S. Eliot, es una “filosofía de la desilusión” que no suprime la esperanza sino que, más bien, nos enseña a no poner nuestra esperanza en algo que el mundo no puede dar. La liturgia de Roma y, por cierto, la Divina Liturgia griega ortodoxa de San Juan Crisóstomo, abren una ventana que guía nuestra mirada desde el tiempo a la eternidad.

 

Reforma es volver a la forma. El movimiento que procura restaurar la forma del rito latino es todavía una vanguardia, y atrae a muchos jóvenes que consideran sofocante a esta sociedad moderna. Pero sólo puede ser una vanguardia verdaderamente cristiana si no se olvida de aquéllos a quienes conduce a la batalla: no debe olvidarse a la multitud que algún día tendrá que encontrar su camino de regreso a las abundantes riquezas de la religión católica, una vez que las generaciones que, al término del Concilio Vaticano II buscaron la salvación de la Iglesia en su secularización, hayan descendido a la tumba.

 

Roma, Tercer Domingo de Adviento,

«Gaudete», 2016

¿QUÉ ES LA FEDERACIÓN INTERNACIONAL UNA VOCE (FIUV)?

A continuación, ofrecemos a nuestros queridos lectores, una breve historia de la Federación Internacional Una Voce (FIUV), a la que pertenece de pleno derecho la Asociación Una Voce Sevilla desde el año 2007, tras la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVIAsimismo, hemos incluido un interesante video de una conferencia pronunciada por el presidente de la FIUV, donde explica el sentido actual de la Litúrgica tradicional en la Iglesia, y en concreto, de la Misa tradicional o forma extraordinaria del rito romano, y la misión de la FIUV en relación a ésta.

 

Fundación:
En 1964, la Dra. Borghild Krane, eminente psicóloga en Noruega, hizo un llamado a los católicos preocupados por la liturgia a que se agrupasen en defensa del patrimonio litúrgico de la Iglesia. Como resultado de ese llamado, algunas asociaciones nacionales comenzaron a funcionar entre 1964 y 1965. Delegados de seis asociaciones europeas se reunieron en Roma a principios de 1965 y la Federación Internacional se constituyó formalmente en Zúrich (Suiza) el 8 de enero de 1967, cuando los delegados de 20 asociaciones aprobaron los estatutos preliminares y eligieron al primer Consejo.

Un movimiento laical:
La Federación Internacional Una Voce es un movimiento laical y sus principales objetivos son asegurar que el Misal Romano del Papa Juan XXIII (edición 1962) se mantiene en la Iglesia como una de las formas de celebración litúrgica, además de salvaguardar y promover el uso del latín, el canto gregoriano y la polifonía sagrada.
Una Asamblea General se convoca cada dos años en Roma, donde se llevan a cabo las elecciones para el Consejo y la Presidencia. El actual presidente es el Sr. James Bogle, miembro de Una Voce Australia e The Latin Mass Society de Inglaterra y Gales (Reino Unido).
La Federación es reconocida por la Santa Sede, sus puntos de vista son recibidos con cortesía y respeto por las Congregaciones romanas pertinentes y sus representantes son recibidos de igual manera. A través de los años, la Federación ha realizado intervenciones exitosas con Roma en numerosas ocasiones para salvaguardar la Misa tradicional y las antiguas prácticas litúrgicas.
Su primer Presidente, el Dr. Eric de Saventhem fue instrumental en convencer S.S. el Papa Beato Juan Pablo II en 1986 para convocar una Comisión especial de Cardenales para investigar la situación relativa a la celebración de la Misa Tradicional, comúnmente conocida como Tridentina.


Dr. Eric Vermehren de Saventhem,
el primer presidente de la Federación
La Federación no es una organización centralizada, o sea, dirigida desde arriba por un Comité central. Cada Asociación Nacional es un organismo autónomo que se anima a realizar todo lo posible para lograr los objetivos de la Federación a nivel local. Los dirigentes de la Federación Internacional están en mejor posición para representar las preocupaciones comunes de los católicos tradicionales alrededor del mundo ante el más alto nivel del gobierno de la Iglesia. Las negociaciones con Roma tienden a llevarse a cabo con discreción y normalmente no se hacen públicas.

Membresía:
La Federación Internacional representa a 41 asociaciones miembro de Alemania, Argentina, Australia, Austria, Bielorrusia, Brasil, Canadá, Colombia, Chile, Costa Rica, Cuba, Escocia, España, Estados Unidos de América, Filipinas, Francia, India, Inglaterra y Gales, Irlanda, Italia, Japón, Malta, México, Noruega, Nueva Zelanda, Países Bajos, Perú, Polonia, Portugal, Puerto Rico, Rusia, Sudáfrica y Ucrania.
Tras la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum en el mes de julio de 2007 por el Papa Benedicto XVI, la Federación Internacional ha hecho notables progresos y 15 nuevas asociaciones han sido admitidas desde entonces. Solicitudes de información y asistencia provenir de Croacia, Dinamarca, Eslovenia, Honduras, Hungría, India, Indonesia, Kenia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Panamá, Sarawak (Borneo) y Suecia. Es muy sorprendente y significativo que la mayoría de estas solicitudes están viniendo por parte de jóvenes que están descubriendo la belleza y la espiritualidad de la liturgia católica tradicional y desean beneficiarse de ella.

Comentarios por parte de los Cardenales de la Iglesia Católica:

  • “La Federación Internacional Una Voce ha jugado un papel importante en el apoyo a la utilización de la edición de 1962 del Misal Romano en obediencia a las directivas de la Santa Sede. Por este servicio valioso expreso mi gratitud a los miembros de la Federación y les imparto mi bendición.” S.E.R. Joseph Cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hablando a la Federación Internacional Una Voce, 25 de julio de 1996.
  • S.E.R. Jorge Cardenal Medina Estévez, prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, considera que el uso del Misal Romano de 1962 debe concederse a todos los que lo soliciten y afirmó que, sobre la base de su investigación personal, el Misal de San Pío V nunca ha sido derogado.
  • El 4 de septiembre de 2000, S.E.R. Darío Cardenal Castrillón Hoyos dijo a los representantes de la Federación Internacional Una Voce que consideraba el Misal de San Pío V como un gran tesoro de la Iglesia, y que él no podría ver ninguna razón sobre el por qué nosotros (en referencia a la Santa Sede) no deberíamos conceder el uso de todos los libros litúrgicos vigentes en 1962. Opinó que el motu proprio Ecclesia Dei coloca sobre los Obispos una gran responsabilidad para llevarlo a cabo, y que sólo cuando hay razones serias las peticiones deben ser denegadas.

S.S. el Papa Benedicto XVI:
Para gran alegría de los miembros de la Federación, nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI promulgó el motu proprio Summorum Pontificum el 7 de julio de 2007, el cual declaró inequívocamente que el Misal del Beato Juan XXIII (1962) nunca ha sido derogado “y se le debe brindar el honor debido por su uso venerable y antiguo”.
“Se sabe, en efecto, que la liturgia latina de la Iglesia en sus diversas formas, en cada siglo de la era cristiana, ha sido una lanza para la vida espiritual de muchos santos, ha reforzado a muchos pueblos en la virtud de la religión y fecundado su piedad”.[Summorum Pontificum]

 

Conferencia: “Cambio y rigidez” pronunciada por D. Felipe Alanís, actual presidente de la FIUV, con ocasión del Segundo Congreso Summorum Pontificum en Méjico (2016).

 

Contactos:
Presidente: Sr. Felipe Alanís Suárez. Correo Electrónico: president@fiuv.org

 

FUENTE: FIUV

22-SEPTIEMBRE: LA CATEDRAL DE MÁLAGA ACOGERÁ EL III ENCUENTRO SUMMORUM PONTIFICUM ANDALUCÍA

En el día en que se cumple el XI Aniversario de la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum por S.S. Benedicto XVI, la COMISIÓN MISA TRADICIONAL DE ANDALUCÍA se complace anunciar la celebración del III ENCUENTRO SUMMORUM PONTIFICUM ANDALUCÍA, previsto -D.m.- para el próximo sábado 22 de septiembre en la ciudad de Málaga (España), ejerciendo de anfitriones la Asociación hermana Una Voce Málaga.

 

 

 

 

El acto culmen del Encuentro será la Santa Misa Tradicional (Misa Gregoriana o Forma Extraordinaria del Rito romano) que se oficiará, en el Altar Mayor de la Santa Iglesia Basílica Catedral de Málaga, con la asistencia del Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Jesús Catalá Ibáñez, Obispo de Málaga, que atiende con ello, de manera generosa, la petición hecha por nuestra Comisión. Ante ello, manifestamos gustosos nuestro más  profundo agradecimiento por este gesto paternal y de acogida del Sr.Obispo de Málaga y del Cabildo Catedral para con este grupo de fieles católicos de Andalucía.

 

 

Asimismo, con gran alegría, informamos que, para la Conferencia que se organizará previamente y, para la celebración de la Santa Misa anunciada, contaremos con la presencia del Muy Ilustre Monseñor D. Nicola Bux. Teólogo y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la Congregación para la Causa de los Santos y la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, durante el pontificado de Benedicto XVI.

 

 

Animamos a todos los fieles y amantes de la liturgia tradicional, especialmente de la región andaluza, a difundir y participar de tan importantes actos.

 

En próximas publicaciones daremos más detalles sobre todos los actos y la celebración litúrgica de este III Encuentro Summorum Pontificum Andalucía. No obstante, pueden escribirnos a: misatradicionalandalucia@gmail.com y unavocemalaga.uvm@gmail.com

 

7 de julio de 2018

COMISIÓN MISA TRADICIONAL ANDALUCÍA

 

 

 

XI ANIVERSARIO SUMMORUM PONTIFICUM: “UNA INELUDIBLE RECONCILIACIÓN CON EL PASADO”

En el día de hoy, 7 de julio del año del Señor de 2018, en el que conmemoramos gozosamente el XI Aniversario de la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI. Es por ello, que nos complace publicar unos párrafos de una excelente homilía que pronunció el pasado 28 de abril, en Washington (DC), el arzobispo de Portland, Monseñor Alexander K. Sample, donde presidió una Misa solemne pontifical según el rito romano-tradicional para conmemorar el décimo aniversario del referido motu proprio del Vicario de Cristo. Estos interesantísimos párrafos de la homilía han sido publicados en español por el blog el Búho Escrutador, en un artículo cuyo original pueden leer aquí.

 

 

 

Arzobispo Alexander K. Sample.

 

SUMMORUM PONTIFICUM, UNA INELUDIBLE RECONCILIACIÓN CON EL PASADO.

“En nombre de los allí presentes y de tantos fieles esparcidos por todo el mundo, el obispo de Portland comenzó por dirigir un emotivo agradecimiento a Benedicto XVI: «También nos juntamos para celebrar el décimo aniversario del gran regalo que nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI ha dejado a la Iglesia en su Motu Proprio Summorum Pontificum. Querido Santo Padre, sé que hablo en nombre de todos los aquí reunidos (de aquellos que siguen esta transmisión en directo por EWTN y de muchos otros) cuando digo «gracias» por su sabiduría, previsión y generosidad pastoral, al permitir que el usus antiquior del Rito romano vuelva otra vez a florecer en la Iglesia Universal».

Al constatar, como es habitual en estas celebraciones, la gran presencia de jóvenes en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, el arzobispo señaló: «Ustedes son un signo –un gran signo– de aliento y esperanza para la Iglesia lanzada en estos días sobre las turbulentas aguas del secularismo y el relativismo».

Recordó que durante estos años ha escuchado a muchos en la Iglesia (incluidos sacerdotes y obispos) expresar perplejidad y desconcierto por el hecho de que tantos jóvenes se sientan atraídos por esta forma venerable del rito romano. «Si el comentario ha sido dirigido a mí –añadió– a menudo he respondido: ‘Esa es exactamente la pregunta que debería hacerse. ¿Por qué se sienten atraídos por esta liturgia? O incluso más claramente: ¿Qué es lo que les proporciona esta forma del Rito Romano que su personal experiencia de crecimiento en la Forma Ordinaria no les ha proporcionado?»

Excluyendo cualquier tipo de cuestionamiento sobre la bondad del nuevo misal promulgado por el Beato Pablo VI, si bien reconociendo falencias en la implementación real de las directrices del Concilio, el arzobispo continuó: «Muchos jóvenes han descubierto esta forma de la sagrada liturgia como parte de su propia herencia católica. Yo mismo descubrí la Misa latina tradicional como estudiante universitario. Me topé con ella; pero fue para mí como una reliquia histórica, algo que nunca imaginé que llegaría a experimentar realmente. Tal vez la experiencia de estos jóvenes que crecieron con la Forma Ordinaria no ha supuesto un contacto con la belleza, la reverencia, la oración, el sentido del misterio y la trascendencia, o el asombro y la admiración que la Misa tradicional latina les ha brindado. A lo mejor esta es la respuesta a la pregunta planteada anteriormente acerca de por qué tantos jóvenes se sienten atraídos por la Santa Misa celebrada de acuerdo con el Misal de 1962».

Finalmente, Monseñor Sample se refirió a la necesaria reconciliación que la liturgia tradicional está llamada a realizar en el seno de la Iglesia. «Mientras continuamos nuestra celebración del décimo aniversario de Summorum Pontificum, deseo tocar un punto final. Este tiene que ver con la motivación positiva del Papa emérito al emitir el Motu Proprio. Dijo que se trata de llegar a ‘una reconciliación interior en el corazón de la Iglesia’. Durante mi visita ad limina a Roma en el año 2012, y durante nuestro encuentro con el Papa Benedicto XVI, tuve la oportunidad de darle las gracias por el regalo de Summorum Pontificum. Él respondió largamente a mi intervención, comenzando por decir que había promulgado el Motu Proprio para reconciliar a la Iglesia con su pasado. Esta reconciliación de la que habló el Papa emérito implica aprender de la experiencia de la Sagrada Liturgia según el usus antiquior, para enriquecer y dar una mejor forma a nuestra comprensión y celebración del nuevo Rito Romano. Con ambas liturgias floreciendo una al lado de la otra, podría darse un enriquecimiento mutuo de las dos formas del único Rito Romano, lo que podría conducir a un mayor desarrollo y progreso litúrgico».

Una importante lección nos deja el sermón de Monseñor Sample: el motu proprio Summorum Pontificum no ha venido a dividir sino a unir y enriquecer el culto y la liturgia de la Iglesia. Si alguien no lo comprende así, me atrevo a decir que no sabe de lo que está hablando. Sin una previa reconciliación de todos con el pasado milenario de la Iglesia, cualquier reconciliación en el presente no tendrá más consistencia que una pompa de jabón.

Transcripción de la homilía en inglés: www.ccwatershed.org

Video de la misa y audio del sermón: onepeterfive.com

EL DIARIO ABC DE SEVILLA SE HACE ECO DE LA CELEBRACIÓN DE LA “MISA EN LATIN” EN NUESTRA CIUDAD

Con un artículo titulado: “¿Donde se puede escuchar Misa en latín en Sevilla“, escrito por el periodista y redactor don Javier Macías, el periódico más leído en nuestra ciudad, ABC de Sevilla, en su edición digital, hoy se ha hecho eco de la celebración de la Misa tradicional-gregoriana que organiza la Asociación Una Voce Sevilla de forma ininterrumpida cada Domingo y día de precepto desde el año 2007 conforme al motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, y que sigue experimentando un crecimiento de fieles que asisten con frecuencia a su celebración en el Oratorio Escuela de Cristo, sito en el Barrio de Santa Cruz.

Son ya numerosas las referencias que la prensa escrita de nuestra ciudad ha realizado en los últimos años de la Misa tradicional en Sevilla y de nuestra Asociación, a las que pueden acceder en el siguiente enlace de nuestra página web: http://www.unavocesevilla.com/prensa/

 

PARA LEER EL ARTÍCULO PUBLICADO EN ABC DE SEVILLA PINCHAR AQUÍ.

 

SEVILLA: FOTOS MISA TRADICIONAL Y TEXTOS ACTO CONSAGRACIÓN EN EL MONUMENTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS EN SAN JUAN DE AZNALFARACHE

Como anunciábamos en una anterior entrada, el pasad0 15 de junio, por iniciativa del Grupo Joven Sursum Corda de Una Voce Sevilla, nuestra Asociación y los fieles que quisieron unirse rindieron público homenaje al Corazón divino en el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, que se encuentra en la localidad de San Juan de Aznalfarache (Sevilla).

El homenaje consistió en una Misa según el rito romano-tradicional a la que asistieron medio centenar de personas, principalmente jóvenes, que,  por decisión de última hora del sacerdote celebrante, el Rvdo. P. Pablo Díez Herrera, delegado episcopal, se celebró finalmente en la Capilla votiva que se encuentra en el interior del referido Monumento y en la que tantas veces ofició la Santa Misa el Cardenal Segura, gran propagador de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a su Reinado Social.

Al final de la Misa vetus ordo, y ya en el altar principal que se encuentra a los pies del Monumento, los fieles presentes cantaron en gregoriano las letanías al Sagrado Corazón de Jesús y llevaron a cabo personalmente el Acto de Consagración al Corazón divino de Jesucristo. Pueden descargar, pinchando sobre ellos, los textos utilizados por el citado presbítero y los asistentes a la consagración: LETANIAS AL SAGRADO CORAZON DE JESUS CON-PARTITURA y CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

Nuestro agradecimiento a las monjas pertenecientes a las Misioneras Cruzadas de la Iglesia que acogieron con gran generosidad dichos actos de culto, que dirigen la Casa de Ejercicios Betania que se encuentra anexa a la explanada del Monumento.

 

A continuación, les ofrecemos algunas instantáneas del lo anteriormente narrado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿LA MISA A LA QUE ASISTIMOS REGULARMENTE NOS ACERCA VERDADERAMENTE A CRISTO?

A continuación, les ofrecemos un nuevo e interesante artículo del Prof. Peter Kwasniewski, titulado: “Cómo la liturgia puede abrir o cerrar las puertas a Cristo“. El original del artículo fue publicado por la web  New Liturgical Movement y traducido al español por la redacción del blog Magnificat Una Voce Chile:

 

 

“El Concilio Vaticano II afirmó que la Santa Misa es el centro y raíz de la vida cristiana. Esta expresión, pese a que se repite constantemente, entraña una pregunta que puede resultar incómoda y desconcertante. ¿La Misa a la que asistimos regularmente nos acerca verdaderamente a Cristo? La respuesta parece obvia si se considera que en cada Misa se obra el milagro de la transustanciación y Cristo se hace presente en medio de nosotros. Sin embargo, el punto exige un análisis más profundo, dado que en la Misa no sólo se debe entender lo que está diciendo el sacerdote. La participación activa que deseaba el Concilio exige mucho más, pues requiere un compromiso cabal de la persona y una compenetración en el sentido que tienen el rito dentro de la economía de la salvación. Porque si ser católico es seguir a Jesucristo, la liturgia necesariamente debe ayudar a que ese encuentro sea más fácil de conseguir. Al menos, puesto que de por medio está la libertad humana, ella debería crear un ambiente de recogimiento y apartamiento del mundo que facilite el encuentro personal con Cristo. 

En este artículo el Prof. Peter Kwasniewski se hace precisamente esta pregunta y deja la respuesta a una serie de testimonios de personas que han conocido la Misa de siempre. Todos acaban coincidiendo en que la sobriedad que transmite el rito ayuda al recogimiento personal, de manera que buscar a Dios resulta algo casi natural. El artículo fue originalmente publicado La traducción ha sido preparada por la Redacción.

 

 

Cómo la liturgia puede abrir o cerrar las puertas a Cristo

Peter Kwasniewski 

Cada vez hay más y más información sobre cómo la juventud abandona masivamente el cristianismo, cosa que afecta a todas las denominaciones. Algunos estudios recientes, como el Shell-Jugenstudie, revelan que las iglesias no son lugares donde, por lo general, se reúna la juventud.

¿Cuál es, en rigor, el problema? Como siempre, existen varias teorías, pero me parece que debemos prestar especial atención a lo que dice Dom Karl Wallner, de la Abadía de Heilignkreusz, en su conferencia “La profanación de lo sagrado y la sacralización de lo profano”. He aquí algunos extractos.

La experiencia de lo sagrado es más fundamental que la noción de lo divino. Esto quiere decir que la religiosidad se basa, en primer lugar, en dejarse tocar por algo que existe y que trasciende lo cotidiano, por una cierta pureza y majestad; algo que impone respeto, algo inesperado. Es sólo sobre la base de esta experiencia que el hombre busca en Dios el origen de semejante sentimiento. […] Repitámoslo: la necesidad de ser afectado por aquello que se cree “sagrado”, incluso hasta el punto de que nos erice los cabellos, es fundamental para el hombre, porque el hombre está predestinado a lo sagrado […] Si no cultivamos lo que es sagrado y digno en nuestras iglesias, si nos olvidamos de lo tremendum y de lo fascinosum, se puede esperar que la psicología humana vaya a buscar en otros lugares lo que satisfaga su necesidad de temblar ante lo majestuoso. Si degradamos nuestras ceremonias litúrgicas hasta el nivel de simples ceremonias mundanas, si las banalizamos, no debiera tomarnos por sorpresa el que la gente se vaya a otras partes a satisfacer su deseo innato de lugares, símbolos, textos y personas sagrados que se pueda venerar[1].

Aunque el Pater Wallmer no lo dice, podría perfectamente haber dicho que el movimiento de desacralización en nombre de la modernización es precisamente lo que caracteriza a la liturgia católica reformada, tanto en su concepción como en su ejecución.

Digámoslo del siguiente modo. El Novus Ordo actúa como la niñera de los fieles; las parroquias podrían perfectamente distribuir chupetes y mantas en la puerta. La acción es palabrería “de pared a pared”, desde el “Buenos días. Hoy es el domingo número tal del Tiempo Ordinario. Comenzaremos con el canto ‘Oh, Dios, que horrible es este himno’ y terminaremos con ‘La Misa ha terminado, que tengan un excelente día’”[2]. ¿Es posible imaginarse que haya muchos adultos jóvenes, en este mundo posmoderno, que quieran tener algo que ver con semejante cosa? ¿Habrá alguien que se imagine que va a haber mucha gente deseosa de que se le hable así en el rito inicial, en las tres lecturas, en la homilía, en las normalmente anémicas y sentimentales oraciones de los fieles, la plegaria eucarística, la comunión, y los comentarios finales? ¡Qué mala receta para atraer a con-versos y re-versos! No vamos a lograr que lleguen los indiferentes con una liturgia que dirige sus encantos a bibliotecarios de clase media. Los indiferentes preferirán ayunar en el silencio Zen, o tomar drogas que alteren la conciencia a hartarse con un menú de palabras estilo “todo lo que pueda comer”.

En el capítulo I de mi libro Noble Beauty, Trascendent Holiness [Noble belleza, santidad trascendente], cito varios testimonios de cómo algunos encuentros con la liturgia tradicional fueron dramáticos instantes de descubrimiento, un inesperado “shock de belleza”, una teofanía. Tales testimonios aumentan a medida que año tras año esta parroquia o aquella diócesis empiezan a albergar el antiguo rito romano. Echar una mirada a cinco de esos testimonios (que son nuevos y no incluí en mi libro) nos dará mucho que pensar.

Un laico me envió el siguiente correo electrónico:  

Actualmente estamos asistiendo a la Misa tradicional como nuestra Misa habitual. Fue un poco abrumador al comienzo, pero pasados apenas un par de meses, se nos ha hecho más normal. Mi mujer y yo estamos asombrados de que, aunque al comienzo no teníamos idea de qué era lo que tenía lugar, pudimos rezar más durante el primer mes de Misa tradicional que en los 10 años anteriores de diversas liturgias Novus Ordo (al menos, tal fue la sensación).

A lo cual lo único que pude responder fue: “Sé exactamente a lo que se refiere”.

Una mujer me escribió: 

Tengo 38 años y toda mi vida la he vivido con la Misa Novus Ordo. Fui siempre muy tibia hasta que, hace unos 4 años, la Virgen me acercó a su Hijo a través del rosario. […] Finalmente fui a la Misa tradicional por primera vez hace un mes, y me impresionó tanto la solemnidad y belleza de la Misa que estallé en lágrimas.

Esta persona es una de las innumerables que han reaccionado de este modo -y, obviamente, no por nostalgia (alguien de 38 años no tiene suficiente edad para ello, a menos que se tome “nostalgia” en el sentido filosóficamente enrarecido que le dan Wojtyla y Ratzinger)-. Como hicieron los Padres del Desierto, debiéramos meditar en el significado de las lágrimas. En los 25 años que llevo dirigiendo música sagrada para el Novus Ordo, en sólo dos oportunidades he visto a alguien irse llorando de Misa debido a la emoción que le ha causado la liturgia. Pero ocurre a menudo que a gente de edad mediana y a ancianos se les llenan de lágrimas los ojos por la “solemnidad y belleza” de la Misa solemne. Esto lo sabemos bien los músicos, debido quizá a que esas personas se nos acercan posteriormente. Esas lágrimas significan que se han conmovido profundamente, a pesar de todo el ruido que hacen los puntos de vista y los prejuicios, y son manifestación de un alivio y descanso interior, de un entrar y un salir de sí mismo, de algo enteramente diferente de una simulación o de una autoimposición de la voluntad “porque es bueno para uno”, como el aceite de bacalao. 

 Una nueva vida en Cristo, una nueva vida en la Tradición

Mi tercer ejemplo está tomado de un artículo publicado en The Chant Café, en que una escritora describe cómo percibe y experimenta el usus antiquior. Este testimonio es tanto más valioso cuanto que la escritora en cuestión se presentaría a si misma, me parece, como adherente al movimiento “reforma de la reforma”, no obstante lo cual escribe en términos emocionantes sobre lo que es asistir a una Misa tradicional

Este sabor a cielo, este tiempo fuera del tiempo, fortalecen mi corazón, frente a los rigores del Evangelio, como nunca nada lo ha hecho. La receptividad tiene que ver con cierto silencio y paz. Experimento silencio, silencio interior, incluso cuando hay gran actividad, por ejemplo, en la Misa solemne, con sus movimientos y sonidos que se traslapan, con sus oraciones que se repiten, se susurran, se proclaman. Todo es muy pacífico. Respiro más profundamente. Qué sosiego, qué paz. Este sosiego puede darse en la forma ordinaria, postconciliar, del rito. Puede darse, pero no es lo normal. Lo que es más normal para mí es una experiencia de velocidad y apuro. La atmósfera informal y sin esmero se hace parte de mi propia experiencia de tratar de orar en la Misa. En lugar de una paz compartida, comparto las distracciones del entorno. Me parece que hay aquí una jerarquía que se ha invertido. La Misa dominical debiera ser la experiencia de oración por excelencia, una experiencia que nuestras Misas diarias y nuestra oración privada debieran reflejar, aunque sin nunca alcanzar la misma profundidad. En cambio, encuentro que mis oraciones privadas son más devotas y solemnes que las de la Misa diaria en la forma ordinaria, que es, a su vez, más intensa y menos distractiva que la Misa dominical de dicha forma [3].   

Un cuarto ejemplo proviene de un discurso de final de año pronunciado por el estudiante más destacado en la Gregory the Great Academy:  

Aunque fue extraño al comienzo, rápidamente me enamoré de la estructura y la poesía de la Misa [tradicional] y, sobre todo, por las tradiciones musicales que unen a Oriente y Occidente en un coro de alabanza divina. Caí de nuevo en la cuenta de algo que había sabido siempre, sin entenderlo: la tradición de mi Fe. Tal como comencé a apreciar las muchas bellezas de la Divina Liturgia, fui atraído a una nueva comprensión del rito romano, viendo en su estructura un propósito común de salvación y de profundidad de las sagradas tradiciones. A través de estas tradiciones y de experimentar la liturgia, fui atraído a una nueva experiencia de mi lugar en la familia divina y de mi patrimonio hereditario espiritual… Me sentí lanzado de cabeza en un nuevo mundo de tremendo significado y misterio.

Un quinto testimonio proviene de una carta escrita a un monje por uno de sus amigos de la época de colegio. Tanto el monje como el amigo me autorizaron para incluirla aquí. 

Escribo a mitad de la octava de Pentecostés y he asistido a tres Misas tradicionales esta semana (N ha asistido a dos), y espero ir tanto a la de mañana como a la del domingo de la Santísima Trinidad. Este ha sido un período lleno de gracias en mi vida. Desde hace mucho tiempo no he sentido esta paz y energía para trabajar bien. Probablemente ello se debe a que está por fin terminando la escuela, pero estoy convencido de que también el Espíritu Santo ha estado produciendo esto en mí mediante la Misa tradicional.

Se podría agregar tantos más a estos cinco testimonios. Podríamos resumir todas estas reacciones con las palabras de Dom Alcuin Ried, quien dice del usus antiquior: 

Sus exigencias producen en nosotros una respuesta. Encontramos que la sobriedad y belleza del ritual, el silencio en que hallamos espacio para orar internamente, la música que no trata de imitar el mundo o acariciar las emociones sino que nos desafía y nos facilita la adoración de lo sagrado, encontramos, en fin, que la experiencia de lo numinoso y de lo sagrado nos elevan y nos alimentan. Me impresionó tanto la solemnidad y belleza de la Misa que estallé en lágrimas. Este sabor a cielo, este tiempo fuera del tiempo, fortalecen mi corazón, frente a los rigores del Evangelio, como nunca nada lo ha hecho. Un nuevo mundo de tremendo significado y misterio. Desde hace mucho tiempo no he sentido esta paz y energía para trabajar bien. Sus exigencias producen en nosotros una respuesta.

Oh, vosotros que proponéis una Nueva Evangelización (incluido el Obispo Barron); oh, vosotros que montáis los pseudo-Sínodos de la Juventud; oh, vosotros, envejecidos vendedores ambulantes de trastos de antaño, ¿estáis oyendo? ¿Estáis oyendo el sensus fidelium, la vox populi Dei? “Quien tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap 2, 17).

 

[1] Pater Wallner prosigue con una ilustración de los sucedáneos de prácticas religiosas en que la gente trata de encontrar o crear para sí un sentido, tomando contacto con cosas que están “separadas” de lo cotidiano, tales como peregrinajes a la sepultura de personajes famosos, obsesiva dedicación a los deportes, culto de personalidades “estrella”, dramaturgia de películas y de festivales de rock, fervorosa dedicación a movimientos políticos, prácticas supersticiosas. Recomiendo vivamente esta breve conferencia ya que contiene valiosas intuiciones del curso que tomó el último medio siglo y de las perspectivas y peligros del presente. La recomiendo, en particular, a quienes trabajan con los jóvenes: léanla cuidadosamente.

[2] Véase, sobre este tema Noble Beauty, Trascendent Holiness [Noble belleza, santidad trascendente], cap. 10, “The Peace of Low Mass and the Glory of High Mass” [“La paz de la Misa rezada y la gloria de la Misa solemne”].

[3] Esta es una sorprendente confesión que me resulta verosímil: “encuentro que mis oraciones privadas son más devotas y solemnes que las de la Misa diaria en la forma ordinaria, que es, a su vez, más intensa y menos distractiva que la Misa dominical de dicha Forma”. El católico que rece a solas Laudes o Prima en la mañana adquirirá un más poderoso sentido de la devoción y de la solemnidad de una oración sobria y seria que el que encontrará en la Misa Novus Ordo, excepto en casos muy excepcionales. Y lo peor será la Misa dominical, o sea, será lo que está más lejos del espíritu de devoción y de oración.”. 

 

SEVILLA: VIERNES 15 JUNIO MISA TRADICIONAL A LOS PIES DEL MONUMENTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS EN SAN JUAN DE AZNALFARACHE

Nos es grato comunicarte que, el próximo viernes 15 de junio, antigua Octava del Sacratísimo Corazón de Jesús, por iniciativa del Grupo Joven Sursum Corda de Una Voce Sevilla, a las 20:00 h., rendiremos homenaje al Corazón divino con la celebración de la Santa Misa según el Rito romano-tradicional oficiada por el Rvdo. P. Pablo Diez Herrera (Delegado episcopal), en el altar principal situado a los pies del Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, que se encuentra en San Juan de Aznalfarache (Sevilla).

 

Asimismo, tras la Misa, se realizará un Acto de Consagración y rezo de las Letanías al amable Corazón de Cristo. La entrada al recinto del Monumento se hará por la puerta principal de la Casa diocesana de Ejercicios Betania que se encuentra anexa al lugar -ver fotografía-, en la parte alta de la localidad.

 

Como medios de transporte recomendamos:

 

  • Metro – Línea 1 (Parada San Juan bajo). Frente a la estación y al otro lado de la carretera hay un ascensor gratuito que lleva directamente a escasos metros de la puerta principal de dicha Casa de Ejercicios.

 

 

  • Vehículo: Existe aparcamiento en las proximidades de la Casa de Ejercicios y en la explanada de la estación de Metro anteriormente referida.

 

Cogitatiónes cordis ejus in generatióne et generatione”

(Los pensamientos de su corazón persisten de generación en generación) Introito de la Misa.

 

 UNA VOCE SEVILLA

 

 

Puerta de entrada a la Casa de Ejercicios Betania, por donde se accede al recinto del Monumento al Sagrado Corazón.

Altar principal, al aire libre, a los pies del Monumento al Sagrado Corazón.

 

 

Stitched Panorama

RADIO: INTERESANTE TERTULIA SOBRE LA PEREGRINACIÓN TRADICIONAL PARIS-CHARTRES CON LA PARTICIPACIÓN DEL GRUPO JOVEN DE UNA VOCE SEVILLA

Tras la exitosa Peregrinación  anual internacional de Pentecostés Paris-Chartres, que ha contado este año con casi 15.000 jóvenes tradicionales, y en la que ha participado por primera el Grupo Joven Sursum de Una Voce Sevilla, la emisora digital Radio YA organizó una tertulia el pasado 04 de junio, en la que intervinieron organizadores y participantes en la Peregrinación que hablaron sobre sus orígenes, espiritualidad, vivencias…etc. que la hacen única a nivel mundial. Tertulia en la que intervino un miembro de nuestro Grupo Joven.

PUEDES ESCUCHAR LA TERTULIA PINCHANDO AQUÍ.

 

 

SEVILLA: AVISO CAMBIO HORARIO MISA TRADICIONAL-GREGORIANA DOMINGO 3 JUNIO

Les informamos, que, con carácter excepcional y por razones ajenas a nuestra voluntad, el próximo domingo 03 de junio, II después de Pentecostés, la Santa Misa según el Rito romano-tradicional o gregoriano, se oficiará a las 13:00 horas, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, y no en el horario de costumbre.

Disculpen las molestias.

 

UNA VOCE SEVILLA