ARTICULO: “ACERCA DE LA VERDADERA VIDA LITÚRGICA”

Compartimos a continuación con nuestros lectores un excelente artículo del Prof. Peter Kwasniewski, del cual se han publicado en este blog diversos artículos, en la que se rescata la idea de la vita liturgica, es decir, aquel modo de vivir la vida cristiana que pone en el centro de ella la Sagrada Liturgia, que es consciente de los tiempos litúrgicos y de lo propio de cada uno de ellos y que, en definitiva, vive “desde la Misa y para la Misa”.

En sus reflexiones, el Prof. Kwasniewski comparte con nosotros su experiencia como profesor universitario en un college católico norteamericano, en la que ha podido comprobar a lo largo de los años cómo esa vita liturgica se da de un modo mucho más natural y evidente en aquellos estudiantes que provienen de un entorno tradicional, cercano a la Misa de Siempre, mientras que en aquellos estudiantes que no han conocido otra cosa más que la liturgia reformada la vita liturgica está por regla general ausente. Ello no es sorpresa, pues sin grandes dificultades puede comprobarse que la falta de sacralidad y de ritualidad de la liturgia reformada y la banalidad con la que con frecuencia ésta se celebra no puede sino favorecer dicha ausencia.

Nota: El artículo fue publicado en la web New Liturgical Movement. La traducción sido ha elaborada por la redacción de la Asociación Litúrgica Magnificat de Una Voce Chile. Las imágenes son las que acompañan al artículo original.

 

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Vivir la Vita Liturgica: condiciones, obstáculos, perspectivas

Peter Kwasniewski

Desde hace unos 20 años soy profesor, en la universidad, de adultos jóvenes, tanto en pregrado como en postgrado. Ello ha sido para mí no sólo infinitamente beneficioso sino también infinitamente desafiante. Año tras año -y mucho más década tras década- advierto constantes novedades en lo que esos jóvenes dan por supuesto, en lo que advierten o no advierten, en lo que ponen en duda o cuestionan o asumen o esperan o pretenden. No creo ser el mejor analista de estos fenómenos, pero he tomado nota de esquemas que se repiten y que no pueden no ser significativos.

Una de las cosas que por más tiempo me ha causado perplejidad es cuán difícil resulta, en los comienzos al menos, persuadir a los adultos jóvenes católicos de que vivan una vita liturgica, es decir, una vida centrada en la sagrada liturgia [1]. Me refiero, con estos términos, a una vida que incluye seguir el calendario litúrgico, los tiempos litúrgicos, los días de ayuno y los de fiesta; prestar atención a los santos en sus celebraciones anuales; hacer de la Misa el centro del día; rezar las horas del Oficio Divino cada vez que es posible. Algunos autores del Movimiento Litúrgico resumían todo esto diciendo “vivir desde la Misa y para la Misa”.

Mi perplejidad desapareció cuando, con el correr de los años, comencé a tener entre mis alumnos un número creciente que provenía de un medio más tradicional (como, por ejemplo, las parroquias de la Fraternidad San Pedro o del Instituto de Cristo Rey). Descubrí que esos alumnos, en mayor o menor grado, ya vivían una vita liturgica. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de cuál era la esencia del problema.

Si todo lo que uno ha llegado a conocer es la liturgia reformada celebrada de un modo horizontal, el concepto mismo de vita liturgica resulta foráneo y, lo que es peor, imposible de alcanzarse. Si uno pide a quien ha crecido en ese medio que centre su vida en la Misa, probablemente reaccionará como ante alguien que viene de otro planeta: “¿Centrar en qué mi vida?” Es lo mismo que pedir a alguien que reconozca el mérito de cultivar la vida intelectual cuando jamás ha experimentado el gozo del pensamiento filosófico, o que persuadirlo del valor de dedicar cuatro años a estudiar los Grandes Libros cuando sólo ha leído con dificultad manuales de clase.

Cuando la liturgia que se celebra es muelle, rutinaria, hablada en el vernáculo de todos los días y con el tipo de música hoy al uso, ciertamente no nos parece -peor aun, no puede parecernos- ser la suprema actividad definitoria de la vida cristiana, el centro de gravedad, la acción más grave, más especial, más importante que podemos realizar mientras estamos despiertos. El mayor impedimento para vivir una vita liturgica es la propia liturgia reformada, precisamente por estar asimilada a una modernidad que es anti-sacramental, anti-ritual y anti-trascendencia. Cuando se asiste a la nueva liturgia, uno comienza a alienarse cada vez más del espíritu de la liturgia pura y simple, tal como ella está encarnada en la auténtica tradición, y la vita liturgica comienza a retroceder, a debilitarse, hasta que, al cabo, se disuelve en miasmas de sentimientos que derivan cualquier agarre que puedan tener del estímulo emocional.

No me sorprende, por tanto, que se pueda descubrir con bastante precisión cuáles estudiantes fueron criados en el Usus antiquior y cuáles en el Novus Ordo. Los jóvenes que se interesan en los tiempos litúrgicos y tratan de observarlos, que prestan atención a la fiesta del santo del día y que desean a sus amigos un feliz onomástico, que saben qué son las Témporas y qué son en realidad las vigilias, que regularmente ayunan y practican la abstinencia de carne, ésos son los que, con toda probabilidad, crecieron con la Misa tradicional o, al menos, lo hicieron en un medio influido por el Usus antiquior.

Por el contrario, los que consideran la Misa como “algo a lo que hay que ir los domingos” y tienen poca noción de las cosas que hemos mencionado recién, muy probablemente son huérfanos eclesiásticos separados, al nacer, de su propia tradición y, habiendo crecido en algún país lejano con una liturgia madrastra, son incapaces de hablar la lengua de sus antepasados. Excepto el caso de súbitas conversiones (las he visto, Deo gratias), la curva de aprendizaje para ellos es empinada: los progresos pueden ser lentos, con saltos y conatos, con regresiones, y raramente se logrará fluidez. A veces quienes están en esta situación parecen no interesarse en absoluto: consideran que lo que tienen “es suficientemente bueno”, y no sienten ninguna necesidad de retomar contacto con su familia, su patrimonio hereditario, su lengua nativa. Tal es el trágico resultado del laboratorio del Consilium: un hombre sin raíces, e ignorante de que carece de ellas.

 

“No se anteponga nada a la obra de Dios” (Regla, cap. 43). Este principio soberano del monasticismo cenobítico se transformó en el principio fundamental de la Cristiandad y de Europa. En cambio, ¿qué hemos hecho nosotros? Pues, hemos puesto docenas de cosas antes que el opus Dei: ecumenismo, diálogo interreligioso, servicio a la juventud, trabajo social, evangelización, en fin. No deja de ser irónico que la Prelatura del Opus Dei parece poner la vocación, la actividad y el espíritu de cuerpo antes que lo que se llama, con propiedad, “opus Dei” [2]. La causa de la gradual desaparición de la Cristiandad en Occidente no es otra que este eclipse de nuestra primera obligación, de nuestro primer amor.

Si un cónyuge traiciona al otro, no tiene importancia el número de hijos que tienen, o cuán grande es su casa, o cuánto éxito mundano han conseguido: el matrimonio está viciado en la raíz, y todo el resto se vuelve cenizas. La Esposa de Cristo tiene, como su deber principal y permanente, honrar y obedecer a su Esposo, y esto lo hace, del modo más puro, profundo y poderoso, en la liturgia. Todo lo demás fluye desde aquí y regresa aquí para incrementarlo, como la propia Sacrosanctum Concilium lo ha dicho (núm. 10), y se puede creer que muchos tuvieron de hecho esta convicción, antes de ser ella abandonada en calidad de estorbo medieval, aventada durante el Gran Despertar. Pero el Reich de Mil Años de piedad purificada y de exultante participación no se concretó jamás. Procurar el nirvana de la participación no sólo careció de todo contenido inteligible, sino que operó activamente para impedirla. Los fieles que no abandonaron la Iglesia fueron recompensados con décadas de banalidad, de mediocridad, de engaños mundanos, cosas todas que quedaron epitomizadas en las iglesias a medio llenar por católicos a medias comprometidos que cantaban a medias las tonaditas lideradas por el geriátrico Grupo Juvenil. Si éste era el “misterio escondido por siglos”, mejor hubiera sido que siguiera escondido. No es para sorprenderse que el agudo grito de los muecines y el disciplinado silencio de los budistas siga infiltrando a Occidente: ninguno de ellos encuentra resistencia espiritual, y reclaman como suelo propio el territorio abandonado por quienes alguna vez fueron católicos litúrgicos [3].

En su encíclica Au Milieu des Sollicitudes, de 1891, León XIII abogó por la política del ralliement, y urgió a los católicos franceses a abandonar sus aspiraciones monárquicas y lanzarse a la política secular por el bien de la nación. Décadas más tarde, Pablo VI decretó un ralliement a los católicos para abandonar el misticismo medieval y lanzarse a la liturgia moderna por el bien de la Iglesia. Pero esta liturgia moderna, al menos en las manos de sus más ardientes promotores, demostró ser tan secular en sus supuestos y metas como el republicanismo sin Dios de Francia. Pío X se vio finalmente compelido a condenar, de una vez por todas, el principio de la separación de Iglesia y Estado en Vehementer Nos (1906). Estamos todavía a la espera de nuestro “Pío X” en lo que se refiere al republicanismo litúrgico y al “principio de separación” que se ha encarnado en la lex orandi de los nuevos libros litúrgicos.

Es posible que, para que ello ocurra, tengamos que esperar mucho tiempo. Pero la vida interior de cada individuo ha quedado entregada a sus propias manos. Se espera que cada uno de ellos viva una vida litúrgica, y necesitamos encontrar las condiciones adecuadas -o crearlas- para que ello sea posible, ayudando en ello a los demás. Un primer e insustituible paso en despertar las almas de los huérfanos litúrgicos a las grandezas del culto divino es, simplemente, invitarlos a que asistan a la Misa tradicional de vez en cuando y animarlos a que lo hagan. Tendrán en ella la experiencia de algo que es extraño e incómodo, algo que se dirige a Dios trascendente, y que no se inclina hacia ellos para incluirlos e instruirlos; algo que es curiosamente no moderno e incluso indiferente a su entorno, pero que es absolutamente en serio; y puede que logren gustar algo de lo que se siente en la adoración, en la súplica, en el arrepentimiento: verán, en efecto, que se ofrece un sacrificio.

La liturgia católica tradicional beneficia al hombre moderno precisamente porque acentúa lo que es profundamente no moderno: verdades y símbolos que nos vienen desde el Antiguo Testamento, de la época apostólica, de la Iglesia de los Padres, de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco, de todos los siglos que ha atravesado la Esposa de Cristo creyendo y adorando, ofreciendo al Señor -ofreciéndose ella misma- un sacrificio de alabanza. Como ha dicho el obispo Mons. Athanasius Schneider, la reforma litúrgica, con su implacable alejamiento de este vasto y viviente repositorio (a pesar de algunos guiños retóricos a ciertas fuentes antiguas, redactados en pesados términos), ha herido el Cuerpo Místico de Cristo en la tierra y le ha infligido una amnesia que crece cada vez más. Durante cincuenta años hemos privado al Señor de un culto adecuado, y nos hemos privado a nosotros mismos de sus beneficios; un culto que lo tenga a Él como único objeto y a nosotros como los humildes servidores de sus sagrados misterios. No sólo debemos reparar este daño sino que, como lo diría Aristóteles, inclinar el fiel en la dirección contraria, agarrándonos con todas nuestras fuerzas a las formas, cargadas de piedad, que hemos heredado de la Edad de la Fe.

Pero la liturgia tradicional hace más que volver a conectarnos con la sabiduría y el amor que reina en la comunión de los santos: ella beneficia al hombre en cuanto hombre, al homo liturgicus que fue creado para “adorar al Señor en la belleza de la santidad”, con el oro de la música sagrada, el incienso del ceremonial majestuoso, la mirra del silencioso homenaje, a fin de que podamos ejercer en plenitud la virtud de la religión.

Lo que está oculto a los sabios y entendidos y es obvio para los pequeños, es que, mientras más rico es el contenido de la liturgia, mayor es el incentivo -y la recompensa- de nuestro esfuerzo por entrar en ella. Si nos educamos a nosotros mismos en la tradición católica, perderemos algo, sí: perderemos nuestro analfabetismo contemporáneo y nuestra ilusión de ser superiores. Pero ganaremos, en cambio, algo que es muchísimo más precioso: la realidad, sólida como roca, de una herencia bimilenaria, la escuela exigente y deleitosa de los santos. Y encontraremos que comenzamos a vivir en serio la vita liturgica.

 

 

[1] La expresión vita liturgica proviene de Sacrosanctum Concilium, núm. 18: “Que se ayude por todos los medios adecuados a los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, que ya trabajan en la viña de Señor, a comprender cada vez más plenamente qué es lo que realizan cuando celebran los ritos sagrados, y que se los ayude a vivir la vida litúrgica y a compartirla con los fieles encomendados a su cuidado”.

[2] Esta no es la explicación teórica que el Opus Dei daría de sí mismo. Sin embargo, no es difícil ver que la organización no está, en los hechos, centrada en el opus Dei tal como éste ha sido tradicionalmente definido y practicado, y en esta medida el nombre es perturbadoramente equívoco.

[3] Para argumentos a favor, véase una serie de excelentes “PositionPapers” publicados por la Federación Internacional Una Voce sobre la Forma Extraordinaria y China, la Forma Extraordinaria y África, la Forma Extraordinaria y el Islam, la Forma Extraordinaria y el movimiento New Age, etcétera. Yo no sostengo que todos los católicos anteriores a la revolución litúrgica estuvieran bien instruidos o que toda la práctica de entonces fuera ideal: estoy lejos de ello. Pero el Movimiento Litúrgico ya había calado de modo significativo, el método Ward, y otros semejantes, había enseñado a innumerables niños y adultos a cantar gregoriano, los seminarios y casas religiosas rebosaban, se tenía normalmente a la confesión en un lugar de honor como parte de la vida cristiana, y la lista podría extenderse indefinidamente. Quien no pueda ver que esta situación fue, de lejos, superior a nuestra enfermedad actual, vive en una situación de rechazo causada por ignorancia de los registros históricos, o por la influencia enceguecedora de la ideología, o por miedo a caer en la depresión. Pero el Señor nos dice que conocer la verdad nos hará libres, y ello ha de ocurrir también en este caso. Antes de que podamos rectificar el empecinado curso del postconcilio, debemos admitir que tomamos la curva equivocada y estamos extraviados. Sólo después se podrá hacer algo al respecto.

ARTÍCULO: “LAS RAZONES DE LA MISA TRADICIONAL DIARIA, POR HILAIRE BELLOC”

Hilaire Belloc (1870-1953) fue un prolífico escritor y destacado intelectual y apologista católico franco-británico. Dentro de su inmensa producción, destaca su libro El camino de Roma (The Path to Rome, 1902), el cual era considerado por Belloc y por muchos críticos y lectores como su mejor obra. El libro relata su viaje a pie desde Toul (Francia) hasta Roma, cruzando los Alpes, cumpliendo un voto de ver, como lo manifestó el mismo Belloc, “toda la Europa que la Fe cristiana ha salvado”. Intercaladas con el relato del viaje, se encuentran numerosas digresiones, que contribuyen al interés del libro. De este libro existen dos traducciones recientes, una de El Buey Mudo y otra de la Editorial Gaudete.

A continuación publicamos para nuestros lectores un pequeño pasaje de este libro, referido a las razones para oír diariamente y por la mañana la Misa de siempre, esa que tanto gustaba a Leon Bloy, el que esperamos los anime a aventurarse a leer la obra completa y a asistir frecuentemente a la Santa Misa.

 

George Inness, Basílica de San Pedro (detalle, 1857)

 

El camino de Roma

 
Hilaire Belloc
 
En el primer pueblo averigüé que ya había concluido la Misa, lo que me enojó considerablemente, porque ¿qué es una peregrinación en que no se oye Misa todas las mañanas? De cuantas cosas yo leyera de San Luis, haciéndome lamentar no haberle conocido y hablado, la que más me complacía era su costumbre de oír Misa diariamente según viajaba hacia el sur.
 
Pero el porqué ello me parece tan delicioso, es cosa que no acierto a explicar. Hay desde luego una gracia y una influencia inherentes a esa usanza, pero yo no hablo de esto ahora, sino de la grata sensación de orden y cosa cumplida que va aneja al día que uno inicia asistiendo a Misa. Tal sensación de consuelo yo la atribuyo a varias causas. (Verdad que arriba digo que no acierto con una explicación, más ¿qué importa?). Y esas causas son:
 
1) Que durante media hora al empezar el día está uno silencioso y recogido, olvidando cuidados, intereses y pasiones mientras repite un acto familiar. Esto, sin duda, es muy beneficioso y entonador para el organismo.
 
2) Que la Misa es un ritual minucioso y rápido. Y la fundación de todo ritual consiste en aliviar el ánimo de sus responsabilidades e iniciativas, concentrando la individualidad en sí misma, haciéndonos vivir sólo para nosotros durante el tiempo que la ceremonia dura. Así se experimenta un singular reposo tras el cual estoy seguro de que uno está más apto para la acción y el juicio
 
3) Que lo que nos rodea en la Misa nos inclina a pensamientos buenos y razonables, extinguiendo por el momento la comezón e inquietud de esa malhadada actividad que se agita en nosotros mismos y a la par recibimos del prójimo, y a la que cabe tener por verdadera fuente de todas las miserias humanas. De manera que el tiempo pasado en Misa es, en cierto modo, como descansar en el seno de una profunda y bien construida biblioteca, donde el ánimo se siente seguro contra toda turbación del mundo exterior.
 

4) Y la causa más importante del sentimiento que analizo es que uno hace lo que miles y miles de gentes han hecho durante miles de años. ¡Qué buena filosofía es esta, y cuánto más valdría que las personas ricas, en vez de gastar su influencia y dinero en ligas para promover tal o cual cosa, invirtiesen una y otro en convertir a la clase media, haciéndola seguir la vida ordinaria y tradicional de la raza! En verdad aseguro que, si yo tuviese autoridad, por ejemplo, durante unos treinta años, me ocuparía en atender a que las gentes pudieran seguir en todas las cosas sus instintos innatos, cazando, bebiendo, cantando, bailando, navegando y cavando; y quienes no lo hiciesen de grado serían compelidos a ello por fuerza.

 Adolph von Menzel, Primera Misa matutina en una iglesia de Salzburgo (1855)
(Imagen: Pinterest)
 
En la Misa de la mañana uno hace todo lo que la raza necesita hacer y ha hecho durante eras completas, en lo que a religión concierne. En la Misa tenemos la zona separada y sacra, el altar, el sacerdote revestido, el ritual canónico, la antigua y jerárquica lengua, y todo, en fin, cuanto la naturaleza humana pide a gritos en materia de adoración.
 
Estas consideraciones subrayarán lo muy decepcionado que me encontré al perder la Misa en la primera mañana de mi peregrinación.
 
Nota de la Redacción: El texto transcrito está tomado de Belloc, H., El camino de  Roma, trad. española, Madrid, El Buey Mudo, 2011, pp. 49-50. y ha sido extraído para esta publicación del blog de la Asociación Litúrgica Chilena Magnificat.

ARTÍCULO: “LA MISA TRIDENTINA, UN CATECISMO PARA NUESTROS DÍAS”

Ofrecemos a nuestros lectores en esta ocasión un resumen muy interesante, publicado como artículo por el blog El Búho Escrutador, de la conferencia pronunciada en Vicenza, Italia, el pasado 17 de febrero de 2018, por don Roberto Spataro, secretario de la Pontificia Academia Latinitas, sobre la misa tradicional como verdadero catecismo para nuestros días.

 

El conferenciante señaló que, frente al generalizado analfabetismo religioso, la misa tridentina refuerza la nueva evangelización, en cuanto supone una poderosa ayuda ante la falta de formación de los fieles.

La misa en latín es el lugar donde la pureza de la fe se preserva del todo y se transforma místicamente en un acto de alabanza y súplica a Dios.

La fe permanece así «blindada» en gestos venerables, en palabras que han brotado de la sabiduría de los Padres y Doctores de la Iglesia.

El marco catequético adecuado –dijo Don Spataro– es la atmósfera litúrgica que transmite una visión global del hombre y de Dios, del hombre delante de Dios.

De hecho, la adoración, expresada frecuentemente en la misa tridentina por medio de la genuflexión, es la actitud más apropiada con la que el hombre reconoce el misterio de Dios.

Finalmente, si esta forma de misa es una enseñanza catequética que fortalece la fe, la oración y la vida, también es importante su metodología para que los contenidos enseñados sean bien comprendidos y acogidos.

Y la misa tridentina tiene su propia metodología catequética: el silencio y las imágenes.

Sin silencio, no es posible escuchar a Dios.

El aprendizaje viene también fomentado por las imágenes sagradas, los colores, los ornamentos, las ceremonias, a las que se añaden la música y el canto sagrado, otro medio a través del cual las verdades de la fe pueden ser saboreadas y mejor percibidas por las potencias interiores del alma.

Fuente: messainlatino.it

 

 

AVISO: HORARIOS TRIDUO SACRO TRADICIONAL-GREGORIANO EN SEVILLA

Les informamos que los horarios del Triduo Sacro que se celebrará –D.m.- durante la próxima Semana Santa en Sevilla, según el Rito Romano tradicional o gregoriano, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, sito en el Barrio de Santa Cruz, al final  del callejón Carlos Alonso Chaparro s/n -a la altura del nº 20 de la calle Ximénez de Enciso-, serán:

 

 

 

–      JUEVES SANTO: 18,00 horas. Misa ´In Coena Domini´ y Hora Santa ante el Monumento.

–      VIERNES SANTO: 18,00 horas. Oficio de la Pasión del Señor.

–      SÁBADO SANTO: 23,00 horas. Vigilia Pascual.

 

El celebrante será el Rvdo. P. Pablo Díez Herrera y los cantos correrán a cargo de la Schola Gregoriana Laudate Dominum de nuestra asociación.

 

Promueven: Asociación Una Voce Sevilla y Grupo Joven Sursum Corda.

 

 

AVISO: HORARIO MISA CANTADA TRADICIONAL-GREGORIANA DOMINGO RAMOS EN SEVILLA 12:30 H.

Les informamos que el horario de la Santa Misa gregoriana-tradicional del próximo Domingo de Ramos será a las 12:30 horas en el Oratorio Escuela de Cristo, y se iniciará con la bendición y procesión de los ramos por la plaza por la que se accede al Oratorio. 

 

Será interpretado en sus melodías gregorianas el propio de la festividad y el ordinario de la Misa de Angelis.

 

El servicio del altar y el canto correrán a cargo de la Escuela de Acólitos Servite Dómino y la Schola Laudate Dominum, respectivamente; ambas pertenecientes a nuestra asociación.

 

En breve daremos detalles sobre el Triduo Sacro según el Rito romano tradicional a celebrar este año en nuestra ciudad.

Hosánna Fílio David: benedictus qui venit in nómine Dómini”

 

UNA VOCE SEVILLA

 

SEVILLA: LUNES 19 MARZO MISA TRADICIONAL SAN JOSÉ (PRECEPTO)

Nos complace anunciarles que el próximo lunes 19 de marzo, festividad de San José, Esposo de la Virgen, Confesor y Patrono de la Iglesia Universal, se oficiará –D.m.- Santa Misa en su honor según el Rito Romano tradicional o gregoriano, a las 19:30 horas, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, sito en el Barrio de Santa Cruz.

 Se recuerda que es día de precepto la festividad de San José, y por ende, la obligación que tienen los fieles de participar en la Santa Misa.

 

UNA VOCE SEVILLA

 

 

WEB RECOMENDADA: “LA MISA DE SIEMPRE”. EL PORTAL DE LA FORMA EXTRAORDINARIA EN ESPAÑA

Tenemos la enorme alegría de anunciarles que se ha creado una interesante iniciativa de ámbito tradicional en torno a la Misa gregoriana o Forma extraordinaria del rito romano, cuya plataforma es una web. Su nombre: “La Misa de Siempre”: www.lamisadesiempre.com

Les invitamos a conocerla, difundirla y participar del Encuentro “Vayamos Jubilosos” que a nivel nacional se llevará a cabo, Dios mediante, en Toledo, el próximo mes de junio.

A continuación, transcribimos de la citada web su presentación:

Portal sobre la Forma Extraordinaria en España

Quienes somos

“Somos un grupo de sacerdotes y laicos vinculados a la liturgia romana en la forma extraordinaria. Diez años después del regalo que Benedicto XVI hizo a la Iglesia con la publicación del Motu Proprio Summorum Pontificum, surge la iniciativa de colaborar con la propuesta que el Papa nos hacía a todos los creyentes de contribuir a la renovación de la Iglesia recuperando lo grande y valioso que sirvió para la santificación de las generaciones pasadas que también es de gran utilidad para las futuras generaciones.

Con humildad y sencillez hemos creado este portal para promover la formación Católica de acuerdo con la doctrina, liturgia y devociones tradicionales de la Santa Iglesia Católica Romana.   Con nuestra actividad inicial queremos ofrecer la posibilidad de participar en un encuentro de familias y amigos de la liturgia romana tradicional, para que nos ayude a enriquecer nuestra vida espiritual y avanzar en el camino de la fe”.

 

 

 

ARTÍCULO: “CARTA A UN JOVEN CATÓLICO TRADICIONAL ATRIBULADO”

Presentamos a nuestros lectores otra traducción de un interesante artículo publicada por la web de la Asociación Litúrgica Magnificat (Una Voce Chile),  esta vez, un intercambio epistolar entre un joven anónimo de gran fe y piedad y el Prof. Peter Kwasniewski, a quien nuestros lectores han tenido la fortuna de poder leer habitualmente en este blog. El joven interlocutor enfrenta las dudas y conflictos que acompañan probablemente a toda persona cercana a la Misa tradicional en el mundo contemporáneo, donde por regla general resulta difícil encontrar comprensión y apoyo incluso de otros católicos de buena fe, pero habituados a la liturgia reformada, y hasta al interior de la propia familia.

¿Es conveniente para un católico tradicional asistir a la Misa reformada en días que no son de precepto cuando no hay otra a su disposición? ¿Cuál ha de ser la postura de un católico tradicional ante los esfuerzos que iniciara Benedicto XVI en pos de una Reforma de la Reforma que dé más dignidad a la liturgia reformada y la acerque más a la tradición litúrgica de la Iglesia? Con sabiduría y prudencia, el Prof. Kwasniewski intenta orientar al joven en estas y otras interrogantes.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive.

 

 

 (Imagen: One Peter Five)

 

Solución de problemas de adhesión en la liturgia

Peter Kwasniewski

Un adulto joven, de sólida fe y admirable piedad familiar, me envió una carta el verano pasado con ciertas preguntas y preocupaciones que, me parece, harán eco en muchos lectores de OnePeterFive. Voy a reproducir esa carta y, enseguida, mi respuesta (he suprimido los detalles que podrían permitir identificar al remitente).

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Querido Dr. Kwasniewski:

Quiero hacerle algunas preguntas sobre la tensión entre el usus antiquior y el usus recentior. Durante este verano no he tenido tantas oportunidades de asistir a la Misa antigua como en la universidad. Afortunadamente, hay una Misa tradicional en nuestra diócesis los domingos después de almuerzo, celebrada por diferentes sacerdotes que la conocen. Sin embargo, mi familia es fiel a nuestra parroquia que celebra, casi siempre de modo reverente, el Novus Ordo. He estado asistiendo casi todos los domingos a la Misa en la mañana con mi familia y, después de mediodía, a la Misa tradicional solo. Ir a ésta significa a menudo que no puedo compartir el almuerzo familiar. Mis padres no ponen objeción, pero a veces me doy cuenta de que eso les molesta. ¿Es egoísta querer asistir a la Misa tradicional en vez de estar con mi familia?

También he oído decir a muchos tradicionalistas que es mejor no asistir jamás a la Misa Novus Ordo a menos que se deba hacerlo. Por ejemplo, dicen que uno debiera dejar de ir a Misa los días de semana si sólo se celebra la forma ordinaria. No creo estar de acuerdo con esto, pero quisiera saber qué piensa usted, que asiste a ambas formas en la universidad. ¿No sería mejor ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa y comulgar todos los días, aunque no sea ofrecido del modo más reverente posible? ¿O es para Dios una ofensa que uno participe en Misas irreverentes? ¿Depende todo de cuán reverente sea la Misa Novus Ordo?

Finalmente, ¿qué piensa de la mentalidad “reforma de la reforma”? ¿Cree que el Novus Ordo debiera celebrarse siempre o que va a estar siempre con nosotros, por lo que debiéramos adherir a él y tratar de hacerlo lo más reverente posible? ¿O aspira usted a reformarlo para que sea lo más reverente posible al mismo tiempo que alienta a la gente a que se acerque cada vez más a la antigua Misa, de modo que ésta pueda algún día ser de nuevo la forma ordinaria o la única forma? Algunos amigos míos que lo han escuchado a usted o leído sus artículos me preguntan en qué posición está exactamente. Y por eso es que me pareció que tenía que preguntárselo antes de responderles.

Un afectuoso saludo,

N.N.

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El Prof. Peter Kwasniewski
(Foto: Aurelio Porfiri)

Querido N.N.:

Con honradez y perspicacia ha puesto usted el dedo en la llaga de algunas de las más difíciles preguntas que hoy se hacen los católicos cultos. Y cuando digo “cultos” me refiero a los católicos que han estudiado y experimentado la gran distancia que separa a la situación aproblemada y pluralista de la Iglesia de hoy respecto de la claridad de su constante enseñanza doctrinal y del tesoro de su liturgia, que nos ha sido transmitido a través de los siglos. No hay respuestas fáciles porque estamos viviendo en un período de desarraigo, de amnesia, de confusión.

Recuerdo que, cuando tenía más o menos la misma edad de usted, pasé exactamente por igual situación. Yo crecí en una parroquia importante de Nueva Jersey, y descubrí documentos magisteriales como Mediator Dei y teólogos como Santo Tomás de Aquino que me hicieron ver cuán confundida estaba mi parroquia. Mis padres seguían asistiendo a ella, pero a partir de cierto momento, yo no pude seguir haciéndolo. Por lo cual comencé a ir a otras partes, asistiendo tanto a la Misa Novus Ordo como a la tradicional. Fue una situación muy tensa. No creo que mis padres me hayan entendido nunca cabalmente, a pesar de mis esfuerzos -quizá no muy exitosos, ahora que lo pienso- de explicarme. Pero usted es una persona más amable, más gentil y más inteligente que yo a la misma edad, y probablemente sus padres sean católicos más serios que los míos, por lo que usted podrá tener más éxito en sus esfuerzos de explicarles por qué ama la Misa antigua y desea asistir a ella. Me parece, además, una señal de humildad y de piedad filial el que siga asistiendo a Misa con ellos, quienes no podrían reprocharle, en realidad, ser usted antisocial o “elitista”.

Lo más importante es lo siguiente: jamás es egoísmo el querer alimentar la propia vida espiritual con el sustancioso alimento de la liturgia tradicional. Como siempre, se requiere tomar en cuenta las circunstancias. San Francisco de Sales dice que es preferible que una mujer cuide a sus hijos a que los desatienda por pasar más tiempo rezando en la iglesia. Pero, por otra parte, una mujer que sólo se preocupara de sus hijos y no se hiciera nunca tiempo para la oración personal terminaría siendo una mala madre y, posiblemente, una mala cristiana. Tenemos, pues, que tomar muy en serio las necesidades de nuestra alma, y creo que una vez que uno experimenta la belleza de la Misa antigua (y de todas las demás liturgias y devociones que la rodean), es casi imposible seguir subsistiendo con una dieta mezquina, con una papilla aguada. No se olvide que Benedicto XVI dijo a los obispos en su carta de 7 de julio de 2007 lo siguiente, refiriéndose al usus antiquior: “También los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo y han encontrado en ella un modo de encontrarse con el Misterio de la Sagrada Eucaristía que les resulta particularmente apropiado”.

¿Sería posible que sus padres aceptaran asistir a Misa con usted? Quizá ello los atraería a amar lo que usted ya ha llegado a amar.

En todo caso, hay otras preguntas, que usted ha formulado muy bien. ¿Cuándo y dónde trazar la línea? ¿Debiera uno ir diariamente a Misa, sin que importe cómo se la celebra? ¿Existe jamás alguna razón para no ir a Misa? ¿Podría existir algún motivo para dejar de asistir al Novus Ordo y simplemente asistir sólo al Vetus Ordo? Estos son temas prudenciales, pero podemos estar seguros de que una Misa que no se celebra correcta y reverentemente es una ofensa a Dios en aquellos aspectos en que resulta deficiente (después de todo, la liturgia está relacionada con la práctica de la virtud moral de la religión, por la que damos a Dios lo que en justicia le pertenece, y en esto podemos fallar de muchos e importantes modos). Además, semejante Misa nos es espiritualmente perjudicial en cuanto que nos forma mal. Y cuando nos distraemos o nos irritamos, nos preparamos muy mal para adorar a Dios y comulgar, cosas para las que se nos pide tener una disposición de viva fe y devoción.

Creo que podemos aprender algo de la tradición oriental, que habla de “días no litúrgicos”, es decir, días en que no se celebra la liturgia, a los cuales se refiere usando la analogía del ayuno: nuestro deseo del Santísimo Sacramento se intensifica mediante otras formas de oración. El sacrificio de la Misa es la joya principal de la corona, pero necesita estar puesta en una corona de oro, que es el Oficio Divino y nuestra oración personal. El Oficio Divino es también oración litúrgica, pero tiene la ventaja de ser algo que cualquier cristiano puede llevar a cabo, aunque sea solo o en un grupo pequeño. Cuando se reza Laudes o Prima en la mañana y Vísperas o Completas al atardecer, y cualquiera otra “hora menor” si se logra encontrar el momento para ello, se consagra al Señor el día de un modo muy semejante a cuando se asiste a Misa. El Oficio es parte del gran sacrificio de alabanza que Nuestro Señor, como Eterno y Sumo Sacerdote, ofrece a su Padre en el Espíritu Santo.

También Joseph Ratzinger habló, más de una vez, de los beneficios de hacer “ayuno eucarístico” (véase el siguiente artículo que publicaré al respecto), diciendo que, en unos tiempos como los nuestros, demasiado inclinados a tomar la Eucaristía como algo obvio y reduciéndola a una rutina sin profunda hambre y sed de Dios, podemos beneficiarnos y reparar por otros no yendo a comulgar sino, en su lugar, practicando un acto de deseo, una comunión espiritual. Esto es un modo de entender positivamente los días sin Misa, ya sea porque no se puede encontrar una Misa compatible con el horario propio o porque, desgraciadamente, no se dispone de una Misa reverente.

En lo personal, para mí es muy difícil orar en la forma ordinaria por una serie de razones. Se me hace más fácil orar cuando puedo cantar el Propio y los cantos gregorianos con la schola, como ocurre en la universidad, porque entonces puedo entrar en el espíritu de la liturgia a través de esos cantos auténticos de nuestra tradición, que fueron “compuestos para orar”. Pero aun así es un desafío. Además, como usted sabe, en el usus antiquior el celebrante importa menos que en el usus recentior, en que se exhibe inevitablemente la personalidad del sacerdote, sobre todo por la postura versus populum y el requisito de que todo sea dicho en voz alta. Por tanto, quién sea el celebrante constituye una enorme diferencia en cuanto a si puedo o no asistir a una Misa Novus Ordo con provecho espiritual.

Estas son realidades que hay que tomar en cuenta. En modo alguno sería correcto forzar a alguien a ir a Misa diaria “porque sí”. No existe el “porque sí” en la vida espiritual: tenemos que estar conscientes de lo que hacemos, de cómo nos afecta y de cómo puede agradar o desagradar al Señor. La Misa no es un simple “método de distribución de la Comunión”, sino un acto de culto formal, estructurado, que consiste en oraciones, cantos, lecturas, ceremonias y gestos, encaminados a actos del alma tales como la adoración, la glorificación, la acción de gracias, la súplica y el arrepentimiento. No se trata simplemente de “estando presente Jesús, Dios se complace”: se trata de qué es lo que hacemos, qué estamos ofreciendo a Dios de nosotros mismos, y cómo, y por qué.

Cristo dio a los Apóstoles la Misa que llega a nosotros a través de una acumulación de tradiciones, por un camino que Él quiso que nos enriqueciera con la fe y la santidad de cada época de la Iglesia. Nada podría ser más falso que pensar que, con tal que la Eucaristía esté presente, la liturgia es indiferente. La Eucaristía está presente en una misa satánica, que es un acto supremamente sacrílego. Y está presente también en muchas Misas lícitas y válidas que, no obstante ello, son una ofensa a Dios y nos hacen daño precisamente por el modo como tratan (o dejan de tratar) la Presencia de Dios. La Eucaristía es el punto culminante, pero no quita su importancia a todo lo demás.

Lo que queremos es evitar dos extremos: el esnobismo litúrgico, para el cual nada es “suficientemente bueno”, porque de hecho nada que no sea la visión beatífica nos resultará perfectamente satisfactorio, aunque en sus mejores momentos la sagrada liturgia puede y debiera ser un anuncio del cielo. Por otro lado, debemos evitar una falsa humildad que pretende no advertir la diferencia entre lo que conviene y lo que no, entre lo bello y lo feo, lo noble y lo banal, lo reverente y lo irreverente; diferencias todas que tienen serias implicaciones para nuestra vida espiritual y para el ejercicio de las virtudes de la fe, la esperanza, la caridad y la religión. El primer extremo puede transformarse en un descontento duro y lleno de irritación, y el segundo, a un relativismo que debilita los esfuerzos, siempre necesarios, por mejorar la vida de nuestra Iglesia.

Si los grandes santos reformadores hubieran tenido la actitud de “está bien así, no más” o de “¿quién son yo para juzgar?”, jamás hubiera tenido lugar, a lo largo de los siglos, la renovación católica. Pero si hubieran sido demasiado impacientes o severos, habrían terminado en la desesperación. Como siempre, la virtud está en el medio, en la media o posición central, y como insiste Aristóteles en su Ética, encontrar el medio no es tarea fácil. Con todo, debemos siempre perseverar en su búsqueda.

Yo no me retraigo del esfuerzo por mejorar el Novus Ordo cuando se me lo pide, pero mi corazón y mi mente están firme y permanentemente del lado del clásico rito romano, que es nuestro patrimonio hereditario, nuestro tesoro, nuestra línea vital, nuestra piedra de toque y nuestra gloria como católicos romanos. Restablecer esta magnífica lex orandi y participar profundamente en ella es la meta que debiéramos proponernos, tanto para nuestro propio beneficio como para el de incontables hermanos nuestros en la fe que están deshidratados de lo divino, y tienen hambre de lo sagrado.

 

Fuente: Asociación Litúrgica Magnificat

ARTÍCULO: “SI VAS A MISA PORQUE ES BUENO PARA TI, NO TE SERÁ ÚTIL”

A continuación recomendamos a nuestros queridos lectores, un destacado artículo de Anthony Esolen en Crisis Magazine que aborda el papel primordial de la alabanza en la liturgia católica, por definición teocéntrica, publicado en español por la web católica Religión en libertad hace unos meses.

 

La liturgia, según Dietrich von Hildebrand: “si vas a misa porque es bueno para ti, no te será útil”

La influencia de Dietrich von Hildebrand (1889-1977) en el pensamiento católico del siglo XX se prolonga más allá de esa centuria. Filósofo y teólogo que centró su visión del mundo en la relación del hombre con Dios, siempre consideró la liturgia como el lugar definitorio de ese encuentro.

 

Dietrich von Hildebrand, uno de los grandes maestros del pensamiento católico en el siglo XX.

Sobre la adecuada disposición del hombre hacia Dios durante la misa
A todo el que le llegue a sus manos la obra de Dietrich von Hildebrand Liturgia y personalidad y piense que es un manual sobre cómo imbuir la liturgia con la propia personalidad, o sobre cómo no hacerlo, encontrará que esta obra es sorprendentemente inquietante y saludable. En primer lugar, es metafísica: no podemos discutir la relación entre liturgia y personalidad hasta que hayamos identificado, ante todo, qué significa poseer una personalidad.

Los Cuadernos Phase del Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona publicaron en 2013 algunos capítulos de Liturgia y personalidad, cuya edición completa publicó la editorial Fax en 1966.
La personalidad no es peculiaridad, o patología, o incluso la posesión de asombrosos dones naturales, como los que marcaron la genialidad de Goethe o Beethoven. “Una personalidad en el verdadero sentido de la palabra”, escribe Hildebrand, “es el hombre que se eleva sobre la media sólo porque es la encarnación de las actitudes humanas clásicas, porque su conocimiento es más profundo y original que el del hombre medio, porque ama de manera más profunda y auténtica, porque su fuerza moral es más clara y correcta que la de los otros, porque hace un uso total de su libertad; en una palabra, es el hombre completo, profundo y verdadero“. No es una cuestión sólo de comportamiento, como por ejemplo, la compasión de Cicerón o la sobria melancolía de Séneca. Debemos recordar las palabras de Jesús: quien quiera salvar su vida, la perderá.

No es una condición impuesta al hombre extrínsecamente. Es una ley intrínseca del ser contingente. Cuando aceptamos nuestra total dependencia de Dios y le dirigimos, a Él y a sus obras, las alabanzas que son debidas, entonces, en este olvido de nuestro yo, en esta salida de la prisión del propio ego, de las “inhibiciones, infantilismos y represiones” del hombre medio, nos acercamos al Creador. La alabanza es la respuesta justa y la participación más fiel en el poder, la sabiduría y el amor de Dios. Dios envía su Espíritu, como dice el salmista, y son creados: la creación es, si se me permite utilizar la analogía, una sobreabundancia de olvido de nuestro yo, en Dios.

La verdadera personalidad, que Hildebrand ve en hombres como San Francisco o San Agustín incluso antes de sus conversiones, contempla el valor objetivo en cada cosa y, en la plenitud del propio corazón, responde en consecuencia. El arroyo que se filtra entre las rocas no es, para él, una oportunidad para hacer bonitas fotografías, sino una misteriosa fuente de melodía: su corazón grita “¡Qué bello es que tú existas!”.

Y aquí la liturgia empieza nuestra instrucción, conformándonos a la altura total de Cristo. Es demasiado fácil para el hombre que está ante el arroyo seguir su camino, pensar que ése es sólo un riachuelo sin consecuencias. No es así con la liturgia, porque en ella encontramos no sólo lo que no hemos hecho, sino a Dios que nos ha hecho a nosotros y que nos ha dado la liturgia como forma y consumación de nuestra alabanza.

Misa Mayor en un pueblo pesquero del Zuiderzee (Holanda), en un cuadro del pintor inglés George Clausen (1852-1944).

 

En otras palabras, la liturgia nos saca de nosotros mismos. No empezamos nosotros esta transformación de manera directa, dice Hildebrand. Esto sería una contradicción. No podemos olvidarnos de nosotros mismos mientras medimos diligentemente nuestro progreso espiritual. No participamos en la liturgia por la experiencia: el embeleso llega “de una manera totalmente gratuita”. La actitud adecuada del hombre transformado por la liturgia “es la del amor que está completamente dirigido hacia su objeto, un amor que en su verdadera esencia es una pura respuesta al valor, que existe sólo como respuesta al valor del amado”. Si Dante hubiera dicho: “Creo que voy a enamorarme de esta chica, Beatriz, porque ella me hará escribir gran poesía”, hubiera acabado siendo uno de los muchos poetas petulantes que existen, y no hubiera escrito su Divina Comedia. Hildebrand insiste acerca de la necesidad del amor. Si decimos: “Debo asistir a esta misa porque será bueno para mí”, no será de ninguna utilidad. Sería como intentar obtener el amor de una mujer mirando en un espejo.

“La liturgia”, dice Hildebrand, “es Cristo rezando“. Entonces, ser transformado por la liturgia es ser transformado en Cristo, algo que el filósofo dice es la vocación de todo ser humano. Esto significa una transformación en Aquel que, como dijo el Papa Benedicto, fue todo don: todo ser-para, en obediencia al Padre y por amor al hombre. Mas observen la paradoja de la que el mundo no se apercibe. César Augusto, astuto, moralista e implacable, pensaba de él mismo que tenía personalidad y, sin embargo, ¡qué aspecto más soso y vacío tienen sus monumentos conmemorativos, corroídos por la arena, en comparación con la simple conmemoración de la Última Cena de Cristo en una pequeña iglesia rural en las colinas de Italia o en la cabaña de bambú de la jungla de Timor!

Y así debe ser, porque “cuanto más el hombre se convierte en ‘otro Cristo’, más se da cuenta del irrepetible pensamiento original de Dios que Él encarna“. Cuando imitamos a otro hombre, observa Hildebrand, acabamos siendo serviles y perdemos nuestra individualidad; pero cuando imitamos a Cristo, imitamos a Aquel en el que está contenida toda la humanidad y la plenitud de la divinidad.

Esto explica la brusca y, a la vez, dulce personalidad de los santos, quienes han sido plenamente transformados en Cristo. Consideren los toques precisos que conforman la singularidad de los santos y santas representados en el Juicio Final de Fra Angelico: con la precisión de un ilustrador trabajando en los más pequeños detalles de un manuscrito, el pintor retrata el amable semblante del Papa Gregorio Magno, la pasión de San Francisco, la juguetona inocencia de los niños santos. El mundo sabe algo del “genio puramente natural”, pero incluso un hombre con dones modestos, con una capacidad natural sencilla de maravillarse ante la grandeza de una hermosa obra de arte o de la naturaleza, se distinguirá de ese hombre de genio al ser transformado en Cristo.

                                                                                          Juicio Final de Fra Angelico (c. 1395-1455), actualmente en el museo San Marcos de Florencia.

 

Hildebrand recuerda al humilde Cura de Ars, San Juan María Vianney, a quien llamar hombre importante es “revelar una total falta de comprensión del mundo de lo sobrenatural”. El santo, patrono de los que tienen dificultades en sus estudios, nunca esculpió un David o compuso un Fausto. Y, sin embargo, “el hombre medio, con sus pequeñas limitaciones, está más lejos del mundo del santo más simple… de lo que lo está del rico mundo intelectual de un Goethe”.

Los santos moran en un mundo de colores tan brillantes que hacen que el genio natural parezca gris en comparación. ¿Cómo entrar en ese mundo? Olvídense de entrar en él y déjense guiar por la liturgia, pensando sólo en la belleza del Amado.

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

ARTÍCULO: “SOBRE LA PRIORIDAD DE LA RELIGIÓN Y LA ADORACIÓN RESPECTO DE LA COMUNIÓN” (EN LA MISA TRADICIONAL)

De nuevo damos a conocer a nuestros lectores otro excelente artículo del profesor de Teología y Filosofía estadounidense Peter Kwasniewski, traducido y publicado en español por la web Magnificat de la asociación hermana Una Voce Chile , en la que pone de relieve cómo en la Misa tradicional el carácter sacrificial del acto de culto -religión y adoración- es principal frente al carácter de banquete o acontecimiento social que prevalece en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI.

 

Sobre la prioridad de la religión y la adoración respecto de la comunión

Una vez más, y siguiendo con el artículo anterior que les hemos ofrecido, el Prof. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores, nos recuerda la importancia de poner las cosas en su debido lugar. En este caso se refiere a la prioridad que tiene la virtud de la religión y la adoración respecto de la comunión en la Santa Misa, la cual muchas veces tiende a olvidarse, diluyendo el Sacrifico eucarístico en una cena comunitaria o en un acto de oración del Pueblo de Dios que se reúne en torno a sí. El artículo fue publicado originalmente en inglés por el sitio New Liturgical Movement y puede verse aquí.

 

(Foto: Una Voce Canada)

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Prioridad de la religión y la adoración por sobre la comunión

Peter Kwasniewski

El Concilio de Trento hizo, sobre el “verdadero y singular sacrificio”, la siguiente declaración, muy famosa, encareciendo que se la enseñara a los fieles: 

El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna, con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte, para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino […] Esta es finalmente aquella oblación que se figuraba en varias semejanzas de los sacrificios en los tiempos de la ley natural y de la escrita, pues incluye todos los bienes que aquellos significaban, como consumación y perfección de todos ellos” (Sesión XXII, capítulo I).

El Concilio se refiere a continuación a los efectos de este sacrificio:

“Y por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el ara de la cruz, enseña el santo Concilio que este sacrificio es con toda verdad propiciatorio, y que se logra por él que, si nos acercamos al Señor contritos y penitentes, con sincero corazón, y recta fe, con temor y reverencia, conseguiremos misericordia, y hallaremos su gracia por medio de sus oportunos auxilios […] De aquí es que no sólo se ofrece con justa razón por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles que viven, sino también, según la tradición de los Apóstoles, por los que han muerto en Cristo sin estar plenamente purgados” (Sesión XXII, capítulo 2).

Asimismo, el mismo Concilio no dudó en afirmar, contra los errores de los protestantes, la adorable Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo:

“En primer lugar enseña el santo Concilio, y clara y sencillamente confiesa, que después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles” (Sesión XIII, capítulo 1).

Después de declarar que la Eucaristía fue instituida no sólo como alimento espiritual sino también como memorial de las riquezas del divino amor de Cristo, para que pudiéramos venerar Su memoria y anunciar su Muerte hasta que venga a juzgar al mundo, los Padres prosiguen:

“No queda, pues, motivo alguno de duda de que todos los fieles cristianos hayan de venerar a este santísimo Sacramento, y prestarle, según la costumbre siempre recibida en la Iglesia católica, el culto de latría que se debe al mismo Dios. Ni se le debe tributar menos adoración con el pretexto de que fue instituido por Cristo nuestro Señor para recibirlo; pues creemos que está presente en él aquel mismo Dios de quien el Padre Eterno, introduciéndole en el mundo, dice: Adórenle todos los Ángeles de Dios; el mismo a quien los Magos postrados adoraron; y quien finalmente, según el testimonio de la Escritura, fue adorado por los Apóstoles en Galilea” (Sesión XIII, capítulo 5).

Es del modo de celebrar la Misa que se había desarrollado en Occidente mucho antes del Concilio de Trento –especialmente en lo relativo al Canon en silencio y a las elevaciones- que surgen estos dogmas, al mismo tiempo que lo confirman. El silencio y las elevaciones permiten que uno se conecte con los venerables misterios y los venere en sí mismos, porque son dignos de toda veneración, y porque nuestra salvación está simbolizada y resumida en ellos. De este modo se nos hace ver el propósito intrínseco de asistir a Misa, además del de recibir la comunión: se nos da en ella la oportunidad de plegarnos a la adoración celeste del Cordero, ante quien se postran los ancianos y los ángeles frente al trono, y los Magos frente al pesebre. La transubstanciación es la analogía litúrgica de la encarnación. Es una reivindicación para el Reino de Dios de un rincón del mundo material: como lo ha expresado alguien, Dios establece una cabeza de puente en la playa de un territorio enemigo, o abre para nosotros un corredor por el cual podemos ascender en espíritu hasta el Cielo. Nosotros ansiamos los atrios del Señor y le pedimos que nos conduzca a ellos, como se ruega en tantas oraciones de poscomunión.

Cada vez que se celebra la Misa en forma de cena, versus populum, sin silencio, sin elevaciones realizadas con gravedad ni doble genuflexión, con una aclamación conmemorativa que interrumpe el acto de adoración de la fe, y con un ars celebrandi que tiene como tónica general la informalidad, estos rasgos socavan los dogmas tridentinos antes citados y debilitan el sensus fidelium. No resulta extraño que, en tales circunstancias, recibir la comunión se convierta en la culminación de la ceremonia y, en realidad, en su único objetivo, de modo que si uno no la recibe, queda “excluido”. Si no se comulga, ¿para qué ir a Misa?

En cambio, si el centro focal es el ofrecimiento hecho por el sacerdote del santo sacrificio, como un acto propio de la virtud de la religión –dar a Dios, en justicia, el recto culto que se le debe, que todo ser humano le debe eternamente, cualquiera sea su estado o condición-, entonces todos y cada uno tienen un motivo profundo, obligatorio, ineludible para ir a Misa. De hecho, la Misa es el único modo por el cual podemos satisfacer nuestra deuda con Dios de ofrecerle un culto que lo satisfaga perfectamente, incluso con independencia de si recibimos o no el alimento espiritual en la comunión. 

 (Foto: New Liturgical Movement)

 

Si se analiza la cuestión desde esta perspectiva, logramos comprender, al cabo, un hecho hagiográfico que puede parecernos, en un comienzo, sorprendente: el que tantos santos hayan asistido a Misa dos o más veces al día, a menudo sin comulgar. Santo Tomás de Aquino celebraba una Misa que era ayudada por su secretario Reginaldo y, a continuación, cambiaban los papeles y Tomás ayudaba la Misa de Reginaldo. San Luis Rey oía Misa dos veces al día. Este modo de actuar se hace perfectamente comprensible a la luz de los dogmas tridentinos. Puesto que la Misa es un verdadero y adecuado sacrificio que, por sí mismo, agrada infinitamente a Dios, asistir a ella y unirse con un homenaje interior al que presta el sacerdote, es un acto perfecto de la más excelente de las virtudes morales, la virtud de la religión, que honra a Dios como lo ordena el primer Mandamiento. Y puesto que el Señor Jesucristo está real, verdadera y sustancialmente presente bajo las formas de pan y de vino, somos llevados ante la sala misma del trono del Rey de Reyes y Señor de los Señores a fin de ofrecerle el acto de adoración que Él merece y Él mismo recompensa. 

Sólo por estas dos razones –ejercitar la virtud de la religión y adorar al Señor en privilegiada intimidad-, el asistir a Misa es la mejor acción que puede realizar un católico. Por cierto, hay que equilibrar las prácticas religiosas con los demás deberes que se tiene en la vida, pero si Santo Tomás, que escribió 50 volúmenes in folio, y San Luis, que gobernada un reino y peleaba en las Cruzadas, encontraron el tiempo suficiente para oír dos Misas al día, es muy difícil encontrar excusas para no asistir a una Misa al día (suponiendo que tengamos a nuestra disposición una Misa verdaderamente devota y reverente, cosa con que, por desgracia, no se puede contar siempre hoy). Y todo esto al margen de considerar todavía aquel acto, el más maravilloso y benévolo de la condescendencia divina, por el cual se nos permite y, más todavía, se nos invita, si estamos rectamente preparados, a aproximarnos con temor y temblor al altar del “sacrificio total y último” y a tomar parte de los misterios santísimos y vivificantes de Cristo, de la carne y sangre de Dios. 

Sobre todo en estos confusos tiempos que vivimos, parece de vital importancia no tergiversar el orden inherente de estos elementos, ni ponerlos cabeza abajo, ni confundirlos.

  1. La Misa es el primer acto en que, por medio del sacrificio de Cristo, rendimos, como es nuestro deber, culto a Dios Uno y Trino por ser Él quien es, porque es digno de Él y porque nos infligimos un daño si no enderezamos hacia Él nuestras mentes y nuestros corazones[1].  Como dice Santo Tomás, ofendemos a Dios con nuestros pecados no porque le causemos un daño a Él sino porque dañamos a la criatura racional, que Él ama (es decir, a aquélla cuyo bien Él quiere). Este culto comprende los actos asociados con el ofrecimiento de la Misa, es decir, adoración, contrición, súplica, acción de gracias y alabanza, cada uno de los cuales tiene aspectos interiores y exteriores, como lo explica Santo Tomás en la Secunda Secundae de la Suma.
  1. Debido a que la Misa es el augusto sacrificio de Cristo, nos pone en la presencia misma del divino Redentor, “el Cordero que fue degollado”, quien “es digno de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición” (Ap. 5, 12). Es por esto que San Agustín dice que antes de recibir, debemos adorar: pecaríamos si no adoráramos[2].
  1. La Misa, en tercer lugar, es el banquete sacrificial del Cordero, en que participamos de su carne y de su sangre para nuestra santificación y salvación, siempre que no estemos conscientes de algún pecado mortal no confesado, el cual implica vivir en un estado de vida que la ley divina no permite.
  1. A continuación, muy en cuarto lugar, se podría hablar de la Misa como un acontecimiento social en que el pueblo de Dios se presenta como tal pueblo, en el que la unidad de la Iglesia se representa y realiza, y en que se satisface algunas de nuestras necesidades como entes sociales.

Pero lo que hemos venido viendo en los últimos cincuenta años es precisamente la inversión de estos cuatro elementos, de modo que se pone en primer lugar la Misa como acontecimiento social; comulgar es puesto en segundo lugar; la idea de adoración es puesta, en sordina, en tercer lugar, y la noción de la Misa como sacrificio propiciatorio e impetratorio es puesta tan lejos que se hace ininteligible.

A la luz de esta total inversión podríamos considerar de nuevo la provocativa propuesta de Joseph Ratzinger de un “ayuno eucarístico”: ¿no existen, acaso, ocasiones en que, para evitar el sutil peligro de recibir el sacramento como algo obvio o de recibirlo para solidarizar con los demás, debiéramos abstenernos de comulgar, aun pudiendo hacerlo? ¿No debiéramos en algunas ocasiones intensificar nuestra hambre eucarística y obligarnos, así, a vencer la rutina, y la distracción y la trivialización? No debiera entenderse esto en contradicción con la recomendación de la comunión frecuente hecha por Pío X, ni tampoco con el hecho de que la Eucaristía se instituyó como alimento espiritual para nosotros: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre está en Mí y Yo en él”; “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Como regla general, quienes están debidamente preparados, debieran comulgar: los sedientos en el desierto deben beber el agua que se les da. Ratzinger, sin duda, estaría de acuerdo con esto.

El punto central que sostenemos aquí es que existen varios misterios esencialmente relacionados con el santo sacrificio de la Misa y que ellos, tal como han sido definidos con máxima claridad por el Concilio de Trento, debieran configurar nuestra comprensión de la naturaleza de la sagrada liturgia y de nuestra participación en ella. Existe un nexus mysteriorum, una red de misterios en que se iluminan unos a otros y en que hay una interdependencia entre ellos, según cierto orden[3]. La forma de la liturgia y el ars celebrandi del celebrante o bien reflejarán y ampliarán fielmente estos misterios, en beneficio del pueblo cristiano, o bien introducirán concepciones equivocadas, distracciones, obstáculos e incluso errores a su respecto, lo cual tendrá dañinas consecuencias para toda la Iglesia militante.

[1] Es falso decir que la Misa es, ante todo, una comida, o que es una comida y un sacrificio al mismo nivel. Es, más bien, un sacrificio en el que se nos permite participar de la víctima, tal como en el Antiguo Testamento existieron sacrificios de los que los sacerdotes podían comer. Una comida en sí misma no es un sacrificio, pero un sacrificio sí puede ser comida. Esta es la razón por la que la Misa no es una actualización de la Ultima Cena, como creen muchos protestantes (y muchos católicos no instruidos), sino un hacer presente la oblación del Hijo de Dios en la Cruz el Viernes Santo. Por esto es que es no solamente engañoso sino incluso herético el enfatizar la mesa del Cuerpo y de la Sangre de Cristo tanto, o incluso más, que el altar sobre el cual esta víctima es sacrificada sacramentalmente, y celebrar la liturgia de un modo tal que el elemento cena toma precedencia sobre el elemento oblación. Es por una buena razón que el Concilio de Trento, cuando define la Misa, la llama reiteradamente sacrificio antes de referirse al uso que hacen de él los hombres como alimento y remedio. 
[2] Enarr.in Ps. 98:9 (CCSL 39:1385).

[3] El método cartujo de participar en la Misa, publicado recientemente en New Liturgical Movement por Gregory DiPippo, proporciona un vívido ejemplo de este nexus mysteriorum al conducir al fiel a través de las diversas partes y oraciones de la Misa, y le muestra cómo hay que unirse a Cristo en cada una de ellas. Esto es ver toda la liturgia como un prolongado acto de comunión, incluso con anticipación a aproximarse al altar para recibir la hostia.