ARTICULO: “ACERCA DE LA VERDADERA VIDA LITÚRGICA”

Compartimos a continuación con nuestros lectores un excelente artículo del Prof. Peter Kwasniewski, del cual se han publicado en este blog diversos artículos, en la que se rescata la idea de la vita liturgica, es decir, aquel modo de vivir la vida cristiana que pone en el centro de ella la Sagrada Liturgia, que es consciente de los tiempos litúrgicos y de lo propio de cada uno de ellos y que, en definitiva, vive “desde la Misa y para la Misa”.

En sus reflexiones, el Prof. Kwasniewski comparte con nosotros su experiencia como profesor universitario en un college católico norteamericano, en la que ha podido comprobar a lo largo de los años cómo esa vita liturgica se da de un modo mucho más natural y evidente en aquellos estudiantes que provienen de un entorno tradicional, cercano a la Misa de Siempre, mientras que en aquellos estudiantes que no han conocido otra cosa más que la liturgia reformada la vita liturgica está por regla general ausente. Ello no es sorpresa, pues sin grandes dificultades puede comprobarse que la falta de sacralidad y de ritualidad de la liturgia reformada y la banalidad con la que con frecuencia ésta se celebra no puede sino favorecer dicha ausencia.

Nota: El artículo fue publicado en la web New Liturgical Movement. La traducción sido ha elaborada por la redacción de la Asociación Litúrgica Magnificat de Una Voce Chile. Las imágenes son las que acompañan al artículo original.

 

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Vivir la Vita Liturgica: condiciones, obstáculos, perspectivas

Peter Kwasniewski

Desde hace unos 20 años soy profesor, en la universidad, de adultos jóvenes, tanto en pregrado como en postgrado. Ello ha sido para mí no sólo infinitamente beneficioso sino también infinitamente desafiante. Año tras año -y mucho más década tras década- advierto constantes novedades en lo que esos jóvenes dan por supuesto, en lo que advierten o no advierten, en lo que ponen en duda o cuestionan o asumen o esperan o pretenden. No creo ser el mejor analista de estos fenómenos, pero he tomado nota de esquemas que se repiten y que no pueden no ser significativos.

Una de las cosas que por más tiempo me ha causado perplejidad es cuán difícil resulta, en los comienzos al menos, persuadir a los adultos jóvenes católicos de que vivan una vita liturgica, es decir, una vida centrada en la sagrada liturgia [1]. Me refiero, con estos términos, a una vida que incluye seguir el calendario litúrgico, los tiempos litúrgicos, los días de ayuno y los de fiesta; prestar atención a los santos en sus celebraciones anuales; hacer de la Misa el centro del día; rezar las horas del Oficio Divino cada vez que es posible. Algunos autores del Movimiento Litúrgico resumían todo esto diciendo “vivir desde la Misa y para la Misa”.

Mi perplejidad desapareció cuando, con el correr de los años, comencé a tener entre mis alumnos un número creciente que provenía de un medio más tradicional (como, por ejemplo, las parroquias de la Fraternidad San Pedro o del Instituto de Cristo Rey). Descubrí que esos alumnos, en mayor o menor grado, ya vivían una vita liturgica. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de cuál era la esencia del problema.

Si todo lo que uno ha llegado a conocer es la liturgia reformada celebrada de un modo horizontal, el concepto mismo de vita liturgica resulta foráneo y, lo que es peor, imposible de alcanzarse. Si uno pide a quien ha crecido en ese medio que centre su vida en la Misa, probablemente reaccionará como ante alguien que viene de otro planeta: “¿Centrar en qué mi vida?” Es lo mismo que pedir a alguien que reconozca el mérito de cultivar la vida intelectual cuando jamás ha experimentado el gozo del pensamiento filosófico, o que persuadirlo del valor de dedicar cuatro años a estudiar los Grandes Libros cuando sólo ha leído con dificultad manuales de clase.

Cuando la liturgia que se celebra es muelle, rutinaria, hablada en el vernáculo de todos los días y con el tipo de música hoy al uso, ciertamente no nos parece -peor aun, no puede parecernos- ser la suprema actividad definitoria de la vida cristiana, el centro de gravedad, la acción más grave, más especial, más importante que podemos realizar mientras estamos despiertos. El mayor impedimento para vivir una vita liturgica es la propia liturgia reformada, precisamente por estar asimilada a una modernidad que es anti-sacramental, anti-ritual y anti-trascendencia. Cuando se asiste a la nueva liturgia, uno comienza a alienarse cada vez más del espíritu de la liturgia pura y simple, tal como ella está encarnada en la auténtica tradición, y la vita liturgica comienza a retroceder, a debilitarse, hasta que, al cabo, se disuelve en miasmas de sentimientos que derivan cualquier agarre que puedan tener del estímulo emocional.

No me sorprende, por tanto, que se pueda descubrir con bastante precisión cuáles estudiantes fueron criados en el Usus antiquior y cuáles en el Novus Ordo. Los jóvenes que se interesan en los tiempos litúrgicos y tratan de observarlos, que prestan atención a la fiesta del santo del día y que desean a sus amigos un feliz onomástico, que saben qué son las Témporas y qué son en realidad las vigilias, que regularmente ayunan y practican la abstinencia de carne, ésos son los que, con toda probabilidad, crecieron con la Misa tradicional o, al menos, lo hicieron en un medio influido por el Usus antiquior.

Por el contrario, los que consideran la Misa como “algo a lo que hay que ir los domingos” y tienen poca noción de las cosas que hemos mencionado recién, muy probablemente son huérfanos eclesiásticos separados, al nacer, de su propia tradición y, habiendo crecido en algún país lejano con una liturgia madrastra, son incapaces de hablar la lengua de sus antepasados. Excepto el caso de súbitas conversiones (las he visto, Deo gratias), la curva de aprendizaje para ellos es empinada: los progresos pueden ser lentos, con saltos y conatos, con regresiones, y raramente se logrará fluidez. A veces quienes están en esta situación parecen no interesarse en absoluto: consideran que lo que tienen “es suficientemente bueno”, y no sienten ninguna necesidad de retomar contacto con su familia, su patrimonio hereditario, su lengua nativa. Tal es el trágico resultado del laboratorio del Consilium: un hombre sin raíces, e ignorante de que carece de ellas.

 

“No se anteponga nada a la obra de Dios” (Regla, cap. 43). Este principio soberano del monasticismo cenobítico se transformó en el principio fundamental de la Cristiandad y de Europa. En cambio, ¿qué hemos hecho nosotros? Pues, hemos puesto docenas de cosas antes que el opus Dei: ecumenismo, diálogo interreligioso, servicio a la juventud, trabajo social, evangelización, en fin. No deja de ser irónico que la Prelatura del Opus Dei parece poner la vocación, la actividad y el espíritu de cuerpo antes que lo que se llama, con propiedad, “opus Dei” [2]. La causa de la gradual desaparición de la Cristiandad en Occidente no es otra que este eclipse de nuestra primera obligación, de nuestro primer amor.

Si un cónyuge traiciona al otro, no tiene importancia el número de hijos que tienen, o cuán grande es su casa, o cuánto éxito mundano han conseguido: el matrimonio está viciado en la raíz, y todo el resto se vuelve cenizas. La Esposa de Cristo tiene, como su deber principal y permanente, honrar y obedecer a su Esposo, y esto lo hace, del modo más puro, profundo y poderoso, en la liturgia. Todo lo demás fluye desde aquí y regresa aquí para incrementarlo, como la propia Sacrosanctum Concilium lo ha dicho (núm. 10), y se puede creer que muchos tuvieron de hecho esta convicción, antes de ser ella abandonada en calidad de estorbo medieval, aventada durante el Gran Despertar. Pero el Reich de Mil Años de piedad purificada y de exultante participación no se concretó jamás. Procurar el nirvana de la participación no sólo careció de todo contenido inteligible, sino que operó activamente para impedirla. Los fieles que no abandonaron la Iglesia fueron recompensados con décadas de banalidad, de mediocridad, de engaños mundanos, cosas todas que quedaron epitomizadas en las iglesias a medio llenar por católicos a medias comprometidos que cantaban a medias las tonaditas lideradas por el geriátrico Grupo Juvenil. Si éste era el “misterio escondido por siglos”, mejor hubiera sido que siguiera escondido. No es para sorprenderse que el agudo grito de los muecines y el disciplinado silencio de los budistas siga infiltrando a Occidente: ninguno de ellos encuentra resistencia espiritual, y reclaman como suelo propio el territorio abandonado por quienes alguna vez fueron católicos litúrgicos [3].

En su encíclica Au Milieu des Sollicitudes, de 1891, León XIII abogó por la política del ralliement, y urgió a los católicos franceses a abandonar sus aspiraciones monárquicas y lanzarse a la política secular por el bien de la nación. Décadas más tarde, Pablo VI decretó un ralliement a los católicos para abandonar el misticismo medieval y lanzarse a la liturgia moderna por el bien de la Iglesia. Pero esta liturgia moderna, al menos en las manos de sus más ardientes promotores, demostró ser tan secular en sus supuestos y metas como el republicanismo sin Dios de Francia. Pío X se vio finalmente compelido a condenar, de una vez por todas, el principio de la separación de Iglesia y Estado en Vehementer Nos (1906). Estamos todavía a la espera de nuestro “Pío X” en lo que se refiere al republicanismo litúrgico y al “principio de separación” que se ha encarnado en la lex orandi de los nuevos libros litúrgicos.

Es posible que, para que ello ocurra, tengamos que esperar mucho tiempo. Pero la vida interior de cada individuo ha quedado entregada a sus propias manos. Se espera que cada uno de ellos viva una vida litúrgica, y necesitamos encontrar las condiciones adecuadas -o crearlas- para que ello sea posible, ayudando en ello a los demás. Un primer e insustituible paso en despertar las almas de los huérfanos litúrgicos a las grandezas del culto divino es, simplemente, invitarlos a que asistan a la Misa tradicional de vez en cuando y animarlos a que lo hagan. Tendrán en ella la experiencia de algo que es extraño e incómodo, algo que se dirige a Dios trascendente, y que no se inclina hacia ellos para incluirlos e instruirlos; algo que es curiosamente no moderno e incluso indiferente a su entorno, pero que es absolutamente en serio; y puede que logren gustar algo de lo que se siente en la adoración, en la súplica, en el arrepentimiento: verán, en efecto, que se ofrece un sacrificio.

La liturgia católica tradicional beneficia al hombre moderno precisamente porque acentúa lo que es profundamente no moderno: verdades y símbolos que nos vienen desde el Antiguo Testamento, de la época apostólica, de la Iglesia de los Padres, de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco, de todos los siglos que ha atravesado la Esposa de Cristo creyendo y adorando, ofreciendo al Señor -ofreciéndose ella misma- un sacrificio de alabanza. Como ha dicho el obispo Mons. Athanasius Schneider, la reforma litúrgica, con su implacable alejamiento de este vasto y viviente repositorio (a pesar de algunos guiños retóricos a ciertas fuentes antiguas, redactados en pesados términos), ha herido el Cuerpo Místico de Cristo en la tierra y le ha infligido una amnesia que crece cada vez más. Durante cincuenta años hemos privado al Señor de un culto adecuado, y nos hemos privado a nosotros mismos de sus beneficios; un culto que lo tenga a Él como único objeto y a nosotros como los humildes servidores de sus sagrados misterios. No sólo debemos reparar este daño sino que, como lo diría Aristóteles, inclinar el fiel en la dirección contraria, agarrándonos con todas nuestras fuerzas a las formas, cargadas de piedad, que hemos heredado de la Edad de la Fe.

Pero la liturgia tradicional hace más que volver a conectarnos con la sabiduría y el amor que reina en la comunión de los santos: ella beneficia al hombre en cuanto hombre, al homo liturgicus que fue creado para “adorar al Señor en la belleza de la santidad”, con el oro de la música sagrada, el incienso del ceremonial majestuoso, la mirra del silencioso homenaje, a fin de que podamos ejercer en plenitud la virtud de la religión.

Lo que está oculto a los sabios y entendidos y es obvio para los pequeños, es que, mientras más rico es el contenido de la liturgia, mayor es el incentivo -y la recompensa- de nuestro esfuerzo por entrar en ella. Si nos educamos a nosotros mismos en la tradición católica, perderemos algo, sí: perderemos nuestro analfabetismo contemporáneo y nuestra ilusión de ser superiores. Pero ganaremos, en cambio, algo que es muchísimo más precioso: la realidad, sólida como roca, de una herencia bimilenaria, la escuela exigente y deleitosa de los santos. Y encontraremos que comenzamos a vivir en serio la vita liturgica.

 

 

[1] La expresión vita liturgica proviene de Sacrosanctum Concilium, núm. 18: “Que se ayude por todos los medios adecuados a los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, que ya trabajan en la viña de Señor, a comprender cada vez más plenamente qué es lo que realizan cuando celebran los ritos sagrados, y que se los ayude a vivir la vida litúrgica y a compartirla con los fieles encomendados a su cuidado”.

[2] Esta no es la explicación teórica que el Opus Dei daría de sí mismo. Sin embargo, no es difícil ver que la organización no está, en los hechos, centrada en el opus Dei tal como éste ha sido tradicionalmente definido y practicado, y en esta medida el nombre es perturbadoramente equívoco.

[3] Para argumentos a favor, véase una serie de excelentes “PositionPapers” publicados por la Federación Internacional Una Voce sobre la Forma Extraordinaria y China, la Forma Extraordinaria y África, la Forma Extraordinaria y el Islam, la Forma Extraordinaria y el movimiento New Age, etcétera. Yo no sostengo que todos los católicos anteriores a la revolución litúrgica estuvieran bien instruidos o que toda la práctica de entonces fuera ideal: estoy lejos de ello. Pero el Movimiento Litúrgico ya había calado de modo significativo, el método Ward, y otros semejantes, había enseñado a innumerables niños y adultos a cantar gregoriano, los seminarios y casas religiosas rebosaban, se tenía normalmente a la confesión en un lugar de honor como parte de la vida cristiana, y la lista podría extenderse indefinidamente. Quien no pueda ver que esta situación fue, de lejos, superior a nuestra enfermedad actual, vive en una situación de rechazo causada por ignorancia de los registros históricos, o por la influencia enceguecedora de la ideología, o por miedo a caer en la depresión. Pero el Señor nos dice que conocer la verdad nos hará libres, y ello ha de ocurrir también en este caso. Antes de que podamos rectificar el empecinado curso del postconcilio, debemos admitir que tomamos la curva equivocada y estamos extraviados. Sólo después se podrá hacer algo al respecto.

ARTÍCULO: “LAS RAZONES DE LA MISA TRADICIONAL DIARIA, POR HILAIRE BELLOC”

Hilaire Belloc (1870-1953) fue un prolífico escritor y destacado intelectual y apologista católico franco-británico. Dentro de su inmensa producción, destaca su libro El camino de Roma (The Path to Rome, 1902), el cual era considerado por Belloc y por muchos críticos y lectores como su mejor obra. El libro relata su viaje a pie desde Toul (Francia) hasta Roma, cruzando los Alpes, cumpliendo un voto de ver, como lo manifestó el mismo Belloc, “toda la Europa que la Fe cristiana ha salvado”. Intercaladas con el relato del viaje, se encuentran numerosas digresiones, que contribuyen al interés del libro. De este libro existen dos traducciones recientes, una de El Buey Mudo y otra de la Editorial Gaudete.

A continuación publicamos para nuestros lectores un pequeño pasaje de este libro, referido a las razones para oír diariamente y por la mañana la Misa de siempre, esa que tanto gustaba a Leon Bloy, el que esperamos los anime a aventurarse a leer la obra completa y a asistir frecuentemente a la Santa Misa.

 

George Inness, Basílica de San Pedro (detalle, 1857)

 

El camino de Roma

 
Hilaire Belloc
 
En el primer pueblo averigüé que ya había concluido la Misa, lo que me enojó considerablemente, porque ¿qué es una peregrinación en que no se oye Misa todas las mañanas? De cuantas cosas yo leyera de San Luis, haciéndome lamentar no haberle conocido y hablado, la que más me complacía era su costumbre de oír Misa diariamente según viajaba hacia el sur.
 
Pero el porqué ello me parece tan delicioso, es cosa que no acierto a explicar. Hay desde luego una gracia y una influencia inherentes a esa usanza, pero yo no hablo de esto ahora, sino de la grata sensación de orden y cosa cumplida que va aneja al día que uno inicia asistiendo a Misa. Tal sensación de consuelo yo la atribuyo a varias causas. (Verdad que arriba digo que no acierto con una explicación, más ¿qué importa?). Y esas causas son:
 
1) Que durante media hora al empezar el día está uno silencioso y recogido, olvidando cuidados, intereses y pasiones mientras repite un acto familiar. Esto, sin duda, es muy beneficioso y entonador para el organismo.
 
2) Que la Misa es un ritual minucioso y rápido. Y la fundación de todo ritual consiste en aliviar el ánimo de sus responsabilidades e iniciativas, concentrando la individualidad en sí misma, haciéndonos vivir sólo para nosotros durante el tiempo que la ceremonia dura. Así se experimenta un singular reposo tras el cual estoy seguro de que uno está más apto para la acción y el juicio
 
3) Que lo que nos rodea en la Misa nos inclina a pensamientos buenos y razonables, extinguiendo por el momento la comezón e inquietud de esa malhadada actividad que se agita en nosotros mismos y a la par recibimos del prójimo, y a la que cabe tener por verdadera fuente de todas las miserias humanas. De manera que el tiempo pasado en Misa es, en cierto modo, como descansar en el seno de una profunda y bien construida biblioteca, donde el ánimo se siente seguro contra toda turbación del mundo exterior.
 

4) Y la causa más importante del sentimiento que analizo es que uno hace lo que miles y miles de gentes han hecho durante miles de años. ¡Qué buena filosofía es esta, y cuánto más valdría que las personas ricas, en vez de gastar su influencia y dinero en ligas para promover tal o cual cosa, invirtiesen una y otro en convertir a la clase media, haciéndola seguir la vida ordinaria y tradicional de la raza! En verdad aseguro que, si yo tuviese autoridad, por ejemplo, durante unos treinta años, me ocuparía en atender a que las gentes pudieran seguir en todas las cosas sus instintos innatos, cazando, bebiendo, cantando, bailando, navegando y cavando; y quienes no lo hiciesen de grado serían compelidos a ello por fuerza.

 Adolph von Menzel, Primera Misa matutina en una iglesia de Salzburgo (1855)
(Imagen: Pinterest)
 
En la Misa de la mañana uno hace todo lo que la raza necesita hacer y ha hecho durante eras completas, en lo que a religión concierne. En la Misa tenemos la zona separada y sacra, el altar, el sacerdote revestido, el ritual canónico, la antigua y jerárquica lengua, y todo, en fin, cuanto la naturaleza humana pide a gritos en materia de adoración.
 
Estas consideraciones subrayarán lo muy decepcionado que me encontré al perder la Misa en la primera mañana de mi peregrinación.
 
Nota de la Redacción: El texto transcrito está tomado de Belloc, H., El camino de  Roma, trad. española, Madrid, El Buey Mudo, 2011, pp. 49-50. y ha sido extraído para esta publicación del blog de la Asociación Litúrgica Chilena Magnificat.

ARTÍCULO: “LA MISA TRIDENTINA, UN CATECISMO PARA NUESTROS DÍAS”

Ofrecemos a nuestros lectores en esta ocasión un resumen muy interesante, publicado como artículo por el blog El Búho Escrutador, de la conferencia pronunciada en Vicenza, Italia, el pasado 17 de febrero de 2018, por don Roberto Spataro, secretario de la Pontificia Academia Latinitas, sobre la misa tradicional como verdadero catecismo para nuestros días.

 

El conferenciante señaló que, frente al generalizado analfabetismo religioso, la misa tridentina refuerza la nueva evangelización, en cuanto supone una poderosa ayuda ante la falta de formación de los fieles.

La misa en latín es el lugar donde la pureza de la fe se preserva del todo y se transforma místicamente en un acto de alabanza y súplica a Dios.

La fe permanece así «blindada» en gestos venerables, en palabras que han brotado de la sabiduría de los Padres y Doctores de la Iglesia.

El marco catequético adecuado –dijo Don Spataro– es la atmósfera litúrgica que transmite una visión global del hombre y de Dios, del hombre delante de Dios.

De hecho, la adoración, expresada frecuentemente en la misa tridentina por medio de la genuflexión, es la actitud más apropiada con la que el hombre reconoce el misterio de Dios.

Finalmente, si esta forma de misa es una enseñanza catequética que fortalece la fe, la oración y la vida, también es importante su metodología para que los contenidos enseñados sean bien comprendidos y acogidos.

Y la misa tridentina tiene su propia metodología catequética: el silencio y las imágenes.

Sin silencio, no es posible escuchar a Dios.

El aprendizaje viene también fomentado por las imágenes sagradas, los colores, los ornamentos, las ceremonias, a las que se añaden la música y el canto sagrado, otro medio a través del cual las verdades de la fe pueden ser saboreadas y mejor percibidas por las potencias interiores del alma.

Fuente: messainlatino.it

 

 

ARTÍCULO: “CARTA A UN JOVEN CATÓLICO TRADICIONAL ATRIBULADO”

Presentamos a nuestros lectores otra traducción de un interesante artículo publicada por la web de la Asociación Litúrgica Magnificat (Una Voce Chile),  esta vez, un intercambio epistolar entre un joven anónimo de gran fe y piedad y el Prof. Peter Kwasniewski, a quien nuestros lectores han tenido la fortuna de poder leer habitualmente en este blog. El joven interlocutor enfrenta las dudas y conflictos que acompañan probablemente a toda persona cercana a la Misa tradicional en el mundo contemporáneo, donde por regla general resulta difícil encontrar comprensión y apoyo incluso de otros católicos de buena fe, pero habituados a la liturgia reformada, y hasta al interior de la propia familia.

¿Es conveniente para un católico tradicional asistir a la Misa reformada en días que no son de precepto cuando no hay otra a su disposición? ¿Cuál ha de ser la postura de un católico tradicional ante los esfuerzos que iniciara Benedicto XVI en pos de una Reforma de la Reforma que dé más dignidad a la liturgia reformada y la acerque más a la tradición litúrgica de la Iglesia? Con sabiduría y prudencia, el Prof. Kwasniewski intenta orientar al joven en estas y otras interrogantes.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive.

 

 

 (Imagen: One Peter Five)

 

Solución de problemas de adhesión en la liturgia

Peter Kwasniewski

Un adulto joven, de sólida fe y admirable piedad familiar, me envió una carta el verano pasado con ciertas preguntas y preocupaciones que, me parece, harán eco en muchos lectores de OnePeterFive. Voy a reproducir esa carta y, enseguida, mi respuesta (he suprimido los detalles que podrían permitir identificar al remitente).

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Querido Dr. Kwasniewski:

Quiero hacerle algunas preguntas sobre la tensión entre el usus antiquior y el usus recentior. Durante este verano no he tenido tantas oportunidades de asistir a la Misa antigua como en la universidad. Afortunadamente, hay una Misa tradicional en nuestra diócesis los domingos después de almuerzo, celebrada por diferentes sacerdotes que la conocen. Sin embargo, mi familia es fiel a nuestra parroquia que celebra, casi siempre de modo reverente, el Novus Ordo. He estado asistiendo casi todos los domingos a la Misa en la mañana con mi familia y, después de mediodía, a la Misa tradicional solo. Ir a ésta significa a menudo que no puedo compartir el almuerzo familiar. Mis padres no ponen objeción, pero a veces me doy cuenta de que eso les molesta. ¿Es egoísta querer asistir a la Misa tradicional en vez de estar con mi familia?

También he oído decir a muchos tradicionalistas que es mejor no asistir jamás a la Misa Novus Ordo a menos que se deba hacerlo. Por ejemplo, dicen que uno debiera dejar de ir a Misa los días de semana si sólo se celebra la forma ordinaria. No creo estar de acuerdo con esto, pero quisiera saber qué piensa usted, que asiste a ambas formas en la universidad. ¿No sería mejor ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa y comulgar todos los días, aunque no sea ofrecido del modo más reverente posible? ¿O es para Dios una ofensa que uno participe en Misas irreverentes? ¿Depende todo de cuán reverente sea la Misa Novus Ordo?

Finalmente, ¿qué piensa de la mentalidad “reforma de la reforma”? ¿Cree que el Novus Ordo debiera celebrarse siempre o que va a estar siempre con nosotros, por lo que debiéramos adherir a él y tratar de hacerlo lo más reverente posible? ¿O aspira usted a reformarlo para que sea lo más reverente posible al mismo tiempo que alienta a la gente a que se acerque cada vez más a la antigua Misa, de modo que ésta pueda algún día ser de nuevo la forma ordinaria o la única forma? Algunos amigos míos que lo han escuchado a usted o leído sus artículos me preguntan en qué posición está exactamente. Y por eso es que me pareció que tenía que preguntárselo antes de responderles.

Un afectuoso saludo,

N.N.

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El Prof. Peter Kwasniewski
(Foto: Aurelio Porfiri)

Querido N.N.:

Con honradez y perspicacia ha puesto usted el dedo en la llaga de algunas de las más difíciles preguntas que hoy se hacen los católicos cultos. Y cuando digo “cultos” me refiero a los católicos que han estudiado y experimentado la gran distancia que separa a la situación aproblemada y pluralista de la Iglesia de hoy respecto de la claridad de su constante enseñanza doctrinal y del tesoro de su liturgia, que nos ha sido transmitido a través de los siglos. No hay respuestas fáciles porque estamos viviendo en un período de desarraigo, de amnesia, de confusión.

Recuerdo que, cuando tenía más o menos la misma edad de usted, pasé exactamente por igual situación. Yo crecí en una parroquia importante de Nueva Jersey, y descubrí documentos magisteriales como Mediator Dei y teólogos como Santo Tomás de Aquino que me hicieron ver cuán confundida estaba mi parroquia. Mis padres seguían asistiendo a ella, pero a partir de cierto momento, yo no pude seguir haciéndolo. Por lo cual comencé a ir a otras partes, asistiendo tanto a la Misa Novus Ordo como a la tradicional. Fue una situación muy tensa. No creo que mis padres me hayan entendido nunca cabalmente, a pesar de mis esfuerzos -quizá no muy exitosos, ahora que lo pienso- de explicarme. Pero usted es una persona más amable, más gentil y más inteligente que yo a la misma edad, y probablemente sus padres sean católicos más serios que los míos, por lo que usted podrá tener más éxito en sus esfuerzos de explicarles por qué ama la Misa antigua y desea asistir a ella. Me parece, además, una señal de humildad y de piedad filial el que siga asistiendo a Misa con ellos, quienes no podrían reprocharle, en realidad, ser usted antisocial o “elitista”.

Lo más importante es lo siguiente: jamás es egoísmo el querer alimentar la propia vida espiritual con el sustancioso alimento de la liturgia tradicional. Como siempre, se requiere tomar en cuenta las circunstancias. San Francisco de Sales dice que es preferible que una mujer cuide a sus hijos a que los desatienda por pasar más tiempo rezando en la iglesia. Pero, por otra parte, una mujer que sólo se preocupara de sus hijos y no se hiciera nunca tiempo para la oración personal terminaría siendo una mala madre y, posiblemente, una mala cristiana. Tenemos, pues, que tomar muy en serio las necesidades de nuestra alma, y creo que una vez que uno experimenta la belleza de la Misa antigua (y de todas las demás liturgias y devociones que la rodean), es casi imposible seguir subsistiendo con una dieta mezquina, con una papilla aguada. No se olvide que Benedicto XVI dijo a los obispos en su carta de 7 de julio de 2007 lo siguiente, refiriéndose al usus antiquior: “También los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo y han encontrado en ella un modo de encontrarse con el Misterio de la Sagrada Eucaristía que les resulta particularmente apropiado”.

¿Sería posible que sus padres aceptaran asistir a Misa con usted? Quizá ello los atraería a amar lo que usted ya ha llegado a amar.

En todo caso, hay otras preguntas, que usted ha formulado muy bien. ¿Cuándo y dónde trazar la línea? ¿Debiera uno ir diariamente a Misa, sin que importe cómo se la celebra? ¿Existe jamás alguna razón para no ir a Misa? ¿Podría existir algún motivo para dejar de asistir al Novus Ordo y simplemente asistir sólo al Vetus Ordo? Estos son temas prudenciales, pero podemos estar seguros de que una Misa que no se celebra correcta y reverentemente es una ofensa a Dios en aquellos aspectos en que resulta deficiente (después de todo, la liturgia está relacionada con la práctica de la virtud moral de la religión, por la que damos a Dios lo que en justicia le pertenece, y en esto podemos fallar de muchos e importantes modos). Además, semejante Misa nos es espiritualmente perjudicial en cuanto que nos forma mal. Y cuando nos distraemos o nos irritamos, nos preparamos muy mal para adorar a Dios y comulgar, cosas para las que se nos pide tener una disposición de viva fe y devoción.

Creo que podemos aprender algo de la tradición oriental, que habla de “días no litúrgicos”, es decir, días en que no se celebra la liturgia, a los cuales se refiere usando la analogía del ayuno: nuestro deseo del Santísimo Sacramento se intensifica mediante otras formas de oración. El sacrificio de la Misa es la joya principal de la corona, pero necesita estar puesta en una corona de oro, que es el Oficio Divino y nuestra oración personal. El Oficio Divino es también oración litúrgica, pero tiene la ventaja de ser algo que cualquier cristiano puede llevar a cabo, aunque sea solo o en un grupo pequeño. Cuando se reza Laudes o Prima en la mañana y Vísperas o Completas al atardecer, y cualquiera otra “hora menor” si se logra encontrar el momento para ello, se consagra al Señor el día de un modo muy semejante a cuando se asiste a Misa. El Oficio es parte del gran sacrificio de alabanza que Nuestro Señor, como Eterno y Sumo Sacerdote, ofrece a su Padre en el Espíritu Santo.

También Joseph Ratzinger habló, más de una vez, de los beneficios de hacer “ayuno eucarístico” (véase el siguiente artículo que publicaré al respecto), diciendo que, en unos tiempos como los nuestros, demasiado inclinados a tomar la Eucaristía como algo obvio y reduciéndola a una rutina sin profunda hambre y sed de Dios, podemos beneficiarnos y reparar por otros no yendo a comulgar sino, en su lugar, practicando un acto de deseo, una comunión espiritual. Esto es un modo de entender positivamente los días sin Misa, ya sea porque no se puede encontrar una Misa compatible con el horario propio o porque, desgraciadamente, no se dispone de una Misa reverente.

En lo personal, para mí es muy difícil orar en la forma ordinaria por una serie de razones. Se me hace más fácil orar cuando puedo cantar el Propio y los cantos gregorianos con la schola, como ocurre en la universidad, porque entonces puedo entrar en el espíritu de la liturgia a través de esos cantos auténticos de nuestra tradición, que fueron “compuestos para orar”. Pero aun así es un desafío. Además, como usted sabe, en el usus antiquior el celebrante importa menos que en el usus recentior, en que se exhibe inevitablemente la personalidad del sacerdote, sobre todo por la postura versus populum y el requisito de que todo sea dicho en voz alta. Por tanto, quién sea el celebrante constituye una enorme diferencia en cuanto a si puedo o no asistir a una Misa Novus Ordo con provecho espiritual.

Estas son realidades que hay que tomar en cuenta. En modo alguno sería correcto forzar a alguien a ir a Misa diaria “porque sí”. No existe el “porque sí” en la vida espiritual: tenemos que estar conscientes de lo que hacemos, de cómo nos afecta y de cómo puede agradar o desagradar al Señor. La Misa no es un simple “método de distribución de la Comunión”, sino un acto de culto formal, estructurado, que consiste en oraciones, cantos, lecturas, ceremonias y gestos, encaminados a actos del alma tales como la adoración, la glorificación, la acción de gracias, la súplica y el arrepentimiento. No se trata simplemente de “estando presente Jesús, Dios se complace”: se trata de qué es lo que hacemos, qué estamos ofreciendo a Dios de nosotros mismos, y cómo, y por qué.

Cristo dio a los Apóstoles la Misa que llega a nosotros a través de una acumulación de tradiciones, por un camino que Él quiso que nos enriqueciera con la fe y la santidad de cada época de la Iglesia. Nada podría ser más falso que pensar que, con tal que la Eucaristía esté presente, la liturgia es indiferente. La Eucaristía está presente en una misa satánica, que es un acto supremamente sacrílego. Y está presente también en muchas Misas lícitas y válidas que, no obstante ello, son una ofensa a Dios y nos hacen daño precisamente por el modo como tratan (o dejan de tratar) la Presencia de Dios. La Eucaristía es el punto culminante, pero no quita su importancia a todo lo demás.

Lo que queremos es evitar dos extremos: el esnobismo litúrgico, para el cual nada es “suficientemente bueno”, porque de hecho nada que no sea la visión beatífica nos resultará perfectamente satisfactorio, aunque en sus mejores momentos la sagrada liturgia puede y debiera ser un anuncio del cielo. Por otro lado, debemos evitar una falsa humildad que pretende no advertir la diferencia entre lo que conviene y lo que no, entre lo bello y lo feo, lo noble y lo banal, lo reverente y lo irreverente; diferencias todas que tienen serias implicaciones para nuestra vida espiritual y para el ejercicio de las virtudes de la fe, la esperanza, la caridad y la religión. El primer extremo puede transformarse en un descontento duro y lleno de irritación, y el segundo, a un relativismo que debilita los esfuerzos, siempre necesarios, por mejorar la vida de nuestra Iglesia.

Si los grandes santos reformadores hubieran tenido la actitud de “está bien así, no más” o de “¿quién son yo para juzgar?”, jamás hubiera tenido lugar, a lo largo de los siglos, la renovación católica. Pero si hubieran sido demasiado impacientes o severos, habrían terminado en la desesperación. Como siempre, la virtud está en el medio, en la media o posición central, y como insiste Aristóteles en su Ética, encontrar el medio no es tarea fácil. Con todo, debemos siempre perseverar en su búsqueda.

Yo no me retraigo del esfuerzo por mejorar el Novus Ordo cuando se me lo pide, pero mi corazón y mi mente están firme y permanentemente del lado del clásico rito romano, que es nuestro patrimonio hereditario, nuestro tesoro, nuestra línea vital, nuestra piedra de toque y nuestra gloria como católicos romanos. Restablecer esta magnífica lex orandi y participar profundamente en ella es la meta que debiéramos proponernos, tanto para nuestro propio beneficio como para el de incontables hermanos nuestros en la fe que están deshidratados de lo divino, y tienen hambre de lo sagrado.

 

Fuente: Asociación Litúrgica Magnificat

ARTÍCULO: “SOBRE LA PRIORIDAD DE LA RELIGIÓN Y LA ADORACIÓN RESPECTO DE LA COMUNIÓN” (EN LA MISA TRADICIONAL)

De nuevo damos a conocer a nuestros lectores otro excelente artículo del profesor de Teología y Filosofía estadounidense Peter Kwasniewski, traducido y publicado en español por la web Magnificat de la asociación hermana Una Voce Chile , en la que pone de relieve cómo en la Misa tradicional el carácter sacrificial del acto de culto -religión y adoración- es principal frente al carácter de banquete o acontecimiento social que prevalece en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI.

 

Sobre la prioridad de la religión y la adoración respecto de la comunión

Una vez más, y siguiendo con el artículo anterior que les hemos ofrecido, el Prof. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores, nos recuerda la importancia de poner las cosas en su debido lugar. En este caso se refiere a la prioridad que tiene la virtud de la religión y la adoración respecto de la comunión en la Santa Misa, la cual muchas veces tiende a olvidarse, diluyendo el Sacrifico eucarístico en una cena comunitaria o en un acto de oración del Pueblo de Dios que se reúne en torno a sí. El artículo fue publicado originalmente en inglés por el sitio New Liturgical Movement y puede verse aquí.

 

(Foto: Una Voce Canada)

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Prioridad de la religión y la adoración por sobre la comunión

Peter Kwasniewski

El Concilio de Trento hizo, sobre el “verdadero y singular sacrificio”, la siguiente declaración, muy famosa, encareciendo que se la enseñara a los fieles: 

El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna, con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte, para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino […] Esta es finalmente aquella oblación que se figuraba en varias semejanzas de los sacrificios en los tiempos de la ley natural y de la escrita, pues incluye todos los bienes que aquellos significaban, como consumación y perfección de todos ellos” (Sesión XXII, capítulo I).

El Concilio se refiere a continuación a los efectos de este sacrificio:

“Y por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el ara de la cruz, enseña el santo Concilio que este sacrificio es con toda verdad propiciatorio, y que se logra por él que, si nos acercamos al Señor contritos y penitentes, con sincero corazón, y recta fe, con temor y reverencia, conseguiremos misericordia, y hallaremos su gracia por medio de sus oportunos auxilios […] De aquí es que no sólo se ofrece con justa razón por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles que viven, sino también, según la tradición de los Apóstoles, por los que han muerto en Cristo sin estar plenamente purgados” (Sesión XXII, capítulo 2).

Asimismo, el mismo Concilio no dudó en afirmar, contra los errores de los protestantes, la adorable Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo:

“En primer lugar enseña el santo Concilio, y clara y sencillamente confiesa, que después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles” (Sesión XIII, capítulo 1).

Después de declarar que la Eucaristía fue instituida no sólo como alimento espiritual sino también como memorial de las riquezas del divino amor de Cristo, para que pudiéramos venerar Su memoria y anunciar su Muerte hasta que venga a juzgar al mundo, los Padres prosiguen:

“No queda, pues, motivo alguno de duda de que todos los fieles cristianos hayan de venerar a este santísimo Sacramento, y prestarle, según la costumbre siempre recibida en la Iglesia católica, el culto de latría que se debe al mismo Dios. Ni se le debe tributar menos adoración con el pretexto de que fue instituido por Cristo nuestro Señor para recibirlo; pues creemos que está presente en él aquel mismo Dios de quien el Padre Eterno, introduciéndole en el mundo, dice: Adórenle todos los Ángeles de Dios; el mismo a quien los Magos postrados adoraron; y quien finalmente, según el testimonio de la Escritura, fue adorado por los Apóstoles en Galilea” (Sesión XIII, capítulo 5).

Es del modo de celebrar la Misa que se había desarrollado en Occidente mucho antes del Concilio de Trento –especialmente en lo relativo al Canon en silencio y a las elevaciones- que surgen estos dogmas, al mismo tiempo que lo confirman. El silencio y las elevaciones permiten que uno se conecte con los venerables misterios y los venere en sí mismos, porque son dignos de toda veneración, y porque nuestra salvación está simbolizada y resumida en ellos. De este modo se nos hace ver el propósito intrínseco de asistir a Misa, además del de recibir la comunión: se nos da en ella la oportunidad de plegarnos a la adoración celeste del Cordero, ante quien se postran los ancianos y los ángeles frente al trono, y los Magos frente al pesebre. La transubstanciación es la analogía litúrgica de la encarnación. Es una reivindicación para el Reino de Dios de un rincón del mundo material: como lo ha expresado alguien, Dios establece una cabeza de puente en la playa de un territorio enemigo, o abre para nosotros un corredor por el cual podemos ascender en espíritu hasta el Cielo. Nosotros ansiamos los atrios del Señor y le pedimos que nos conduzca a ellos, como se ruega en tantas oraciones de poscomunión.

Cada vez que se celebra la Misa en forma de cena, versus populum, sin silencio, sin elevaciones realizadas con gravedad ni doble genuflexión, con una aclamación conmemorativa que interrumpe el acto de adoración de la fe, y con un ars celebrandi que tiene como tónica general la informalidad, estos rasgos socavan los dogmas tridentinos antes citados y debilitan el sensus fidelium. No resulta extraño que, en tales circunstancias, recibir la comunión se convierta en la culminación de la ceremonia y, en realidad, en su único objetivo, de modo que si uno no la recibe, queda “excluido”. Si no se comulga, ¿para qué ir a Misa?

En cambio, si el centro focal es el ofrecimiento hecho por el sacerdote del santo sacrificio, como un acto propio de la virtud de la religión –dar a Dios, en justicia, el recto culto que se le debe, que todo ser humano le debe eternamente, cualquiera sea su estado o condición-, entonces todos y cada uno tienen un motivo profundo, obligatorio, ineludible para ir a Misa. De hecho, la Misa es el único modo por el cual podemos satisfacer nuestra deuda con Dios de ofrecerle un culto que lo satisfaga perfectamente, incluso con independencia de si recibimos o no el alimento espiritual en la comunión. 

 (Foto: New Liturgical Movement)

 

Si se analiza la cuestión desde esta perspectiva, logramos comprender, al cabo, un hecho hagiográfico que puede parecernos, en un comienzo, sorprendente: el que tantos santos hayan asistido a Misa dos o más veces al día, a menudo sin comulgar. Santo Tomás de Aquino celebraba una Misa que era ayudada por su secretario Reginaldo y, a continuación, cambiaban los papeles y Tomás ayudaba la Misa de Reginaldo. San Luis Rey oía Misa dos veces al día. Este modo de actuar se hace perfectamente comprensible a la luz de los dogmas tridentinos. Puesto que la Misa es un verdadero y adecuado sacrificio que, por sí mismo, agrada infinitamente a Dios, asistir a ella y unirse con un homenaje interior al que presta el sacerdote, es un acto perfecto de la más excelente de las virtudes morales, la virtud de la religión, que honra a Dios como lo ordena el primer Mandamiento. Y puesto que el Señor Jesucristo está real, verdadera y sustancialmente presente bajo las formas de pan y de vino, somos llevados ante la sala misma del trono del Rey de Reyes y Señor de los Señores a fin de ofrecerle el acto de adoración que Él merece y Él mismo recompensa. 

Sólo por estas dos razones –ejercitar la virtud de la religión y adorar al Señor en privilegiada intimidad-, el asistir a Misa es la mejor acción que puede realizar un católico. Por cierto, hay que equilibrar las prácticas religiosas con los demás deberes que se tiene en la vida, pero si Santo Tomás, que escribió 50 volúmenes in folio, y San Luis, que gobernada un reino y peleaba en las Cruzadas, encontraron el tiempo suficiente para oír dos Misas al día, es muy difícil encontrar excusas para no asistir a una Misa al día (suponiendo que tengamos a nuestra disposición una Misa verdaderamente devota y reverente, cosa con que, por desgracia, no se puede contar siempre hoy). Y todo esto al margen de considerar todavía aquel acto, el más maravilloso y benévolo de la condescendencia divina, por el cual se nos permite y, más todavía, se nos invita, si estamos rectamente preparados, a aproximarnos con temor y temblor al altar del “sacrificio total y último” y a tomar parte de los misterios santísimos y vivificantes de Cristo, de la carne y sangre de Dios. 

Sobre todo en estos confusos tiempos que vivimos, parece de vital importancia no tergiversar el orden inherente de estos elementos, ni ponerlos cabeza abajo, ni confundirlos.

  1. La Misa es el primer acto en que, por medio del sacrificio de Cristo, rendimos, como es nuestro deber, culto a Dios Uno y Trino por ser Él quien es, porque es digno de Él y porque nos infligimos un daño si no enderezamos hacia Él nuestras mentes y nuestros corazones[1].  Como dice Santo Tomás, ofendemos a Dios con nuestros pecados no porque le causemos un daño a Él sino porque dañamos a la criatura racional, que Él ama (es decir, a aquélla cuyo bien Él quiere). Este culto comprende los actos asociados con el ofrecimiento de la Misa, es decir, adoración, contrición, súplica, acción de gracias y alabanza, cada uno de los cuales tiene aspectos interiores y exteriores, como lo explica Santo Tomás en la Secunda Secundae de la Suma.
  1. Debido a que la Misa es el augusto sacrificio de Cristo, nos pone en la presencia misma del divino Redentor, “el Cordero que fue degollado”, quien “es digno de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición” (Ap. 5, 12). Es por esto que San Agustín dice que antes de recibir, debemos adorar: pecaríamos si no adoráramos[2].
  1. La Misa, en tercer lugar, es el banquete sacrificial del Cordero, en que participamos de su carne y de su sangre para nuestra santificación y salvación, siempre que no estemos conscientes de algún pecado mortal no confesado, el cual implica vivir en un estado de vida que la ley divina no permite.
  1. A continuación, muy en cuarto lugar, se podría hablar de la Misa como un acontecimiento social en que el pueblo de Dios se presenta como tal pueblo, en el que la unidad de la Iglesia se representa y realiza, y en que se satisface algunas de nuestras necesidades como entes sociales.

Pero lo que hemos venido viendo en los últimos cincuenta años es precisamente la inversión de estos cuatro elementos, de modo que se pone en primer lugar la Misa como acontecimiento social; comulgar es puesto en segundo lugar; la idea de adoración es puesta, en sordina, en tercer lugar, y la noción de la Misa como sacrificio propiciatorio e impetratorio es puesta tan lejos que se hace ininteligible.

A la luz de esta total inversión podríamos considerar de nuevo la provocativa propuesta de Joseph Ratzinger de un “ayuno eucarístico”: ¿no existen, acaso, ocasiones en que, para evitar el sutil peligro de recibir el sacramento como algo obvio o de recibirlo para solidarizar con los demás, debiéramos abstenernos de comulgar, aun pudiendo hacerlo? ¿No debiéramos en algunas ocasiones intensificar nuestra hambre eucarística y obligarnos, así, a vencer la rutina, y la distracción y la trivialización? No debiera entenderse esto en contradicción con la recomendación de la comunión frecuente hecha por Pío X, ni tampoco con el hecho de que la Eucaristía se instituyó como alimento espiritual para nosotros: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre está en Mí y Yo en él”; “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Como regla general, quienes están debidamente preparados, debieran comulgar: los sedientos en el desierto deben beber el agua que se les da. Ratzinger, sin duda, estaría de acuerdo con esto.

El punto central que sostenemos aquí es que existen varios misterios esencialmente relacionados con el santo sacrificio de la Misa y que ellos, tal como han sido definidos con máxima claridad por el Concilio de Trento, debieran configurar nuestra comprensión de la naturaleza de la sagrada liturgia y de nuestra participación en ella. Existe un nexus mysteriorum, una red de misterios en que se iluminan unos a otros y en que hay una interdependencia entre ellos, según cierto orden[3]. La forma de la liturgia y el ars celebrandi del celebrante o bien reflejarán y ampliarán fielmente estos misterios, en beneficio del pueblo cristiano, o bien introducirán concepciones equivocadas, distracciones, obstáculos e incluso errores a su respecto, lo cual tendrá dañinas consecuencias para toda la Iglesia militante.

[1] Es falso decir que la Misa es, ante todo, una comida, o que es una comida y un sacrificio al mismo nivel. Es, más bien, un sacrificio en el que se nos permite participar de la víctima, tal como en el Antiguo Testamento existieron sacrificios de los que los sacerdotes podían comer. Una comida en sí misma no es un sacrificio, pero un sacrificio sí puede ser comida. Esta es la razón por la que la Misa no es una actualización de la Ultima Cena, como creen muchos protestantes (y muchos católicos no instruidos), sino un hacer presente la oblación del Hijo de Dios en la Cruz el Viernes Santo. Por esto es que es no solamente engañoso sino incluso herético el enfatizar la mesa del Cuerpo y de la Sangre de Cristo tanto, o incluso más, que el altar sobre el cual esta víctima es sacrificada sacramentalmente, y celebrar la liturgia de un modo tal que el elemento cena toma precedencia sobre el elemento oblación. Es por una buena razón que el Concilio de Trento, cuando define la Misa, la llama reiteradamente sacrificio antes de referirse al uso que hacen de él los hombres como alimento y remedio. 
[2] Enarr.in Ps. 98:9 (CCSL 39:1385).

[3] El método cartujo de participar en la Misa, publicado recientemente en New Liturgical Movement por Gregory DiPippo, proporciona un vívido ejemplo de este nexus mysteriorum al conducir al fiel a través de las diversas partes y oraciones de la Misa, y le muestra cómo hay que unirse a Cristo en cada una de ellas. Esto es ver toda la liturgia como un prolongado acto de comunión, incluso con anticipación a aproximarse al altar para recibir la hostia.

ARTÍCULO: “LA PONTIFICIA COMISIÓN ECCLESIA DEI Y EL MUNDO TRADICIONAL”

Una semana más, traemos a colación un importante artículo publicado en la web de la Asociación Litúrgica Magnificat (Una Voce Chile). En esta ocasión dedicado a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y su relación con el denominado “mundo tradicional”, constituido por muchas comunidades dependientes de ella. Comisión vaticana a la que el Sumo Pontífice ha conferido desde 1988 potestad ordinaria vicaria para la materia de su competencia, especialmente para supervisar la observancia y aplicación de las disposiciones del motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 12), y, por lo tanto, a quien se debe dirigir en última instancia cualquier consulta, observación o petición de ayuda relacionada con la Liturgia tradicional y la Misa vetus ordo.

La Pontificia Comisión “Ecclesia Dei” y el mundo tradicional

El mundo tradicional ha ido creciendo paulatinamente, especialmente después del impulso que significó el motu proprio Summorum Pontificum (2007). En la actualidad se encuentra integrado por diversas comunidades religiosas dependientes de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el organismo de la Sede Apostólica creado en 1988 para acoger a aquellos grupos que deseasen la plena comunión canónica después de las consagraciones episcopales de monseñor Marcel Lefebvre, y por otras erigidas por los respectivos ordinarios del lugar. También existe una incipiente vida eremítica asociada a la Misa tradicional. Sin embargo, y como debería ser, el grupo más importante de Misas es oficiada por sacerdotes del clero secular o regular que hacen uso del derecho que les concede el motu proprio antes citado para celebrar según la forma extraordinaria del rito romano, sea de manera exclusiva, sea conjuntamente con la Misa del beato Pablo VI. Como parte de la vida de piedad, son numerosas las peregrinaciones que los fieles tradicionales organizan por el mundo. Las dos más numerosas son la que se hace desde París a Chartres y aquella que congrega cada año a los fieles tradicional en Roma junto al Santo Padre. Dentro de Hispanoamérica destaca aquella que acaba en el Santuario de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina. Por cierto, y con una presencia considerable en el mundo, dentro del mundo tradicional comparece también la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, cuyo reconocimiento canónico por parte de la Sede Apostólica es todavía una cuestión pendiente. 

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La Pontificia Comisión Ecclesia Dei


La Pontificia Comisión Ecclesia Dei es el organismo de la Santa Sede que se relaciona con los institutos tradicionales y tiene a su cargo la aplicación de la así llamada forma extraordinaria del rito romano. 


Origen 

 

La Pontificia Comisión Ecclesia Dei fue constituida por San Juan Pablo II a través del motu proprio del mismo nombre dado en Roma el 2 de julio de 1988 tras las consagraciones episcopales realizadas dos días antes por S.E.R. Marcel Lefebvre, Arzobispo-Obispo emérito de Tulle, en el seminario internacional de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X situado en Écône (Suiza). Ahí se señala que ella tenía “la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica”. Desde este inicio concreto, la mentada comisión ha pasado a constituir la estructura por la cual la Santa Sede se relaciona con los institutos tradicionales y con los fieles que participan de la liturgia de siempre. 

 
Imagen de las consagraciones episcopales de Écône (1988)
 
Competencia
 
A través del motu proprio Ecclesiae Unitatem, promulgado el 2 de julio de 2009, el papa Benedicto XVI quiso actualizar la estructura de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, con el propósito de adaptarla  a la nueva situación que se creó con la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por S.E.R. Marcel Lefebvre ocurrida el 21 de enero de ese año. Esta remisión fue un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica para liberar a las personas del peso de la más grave de las sanciones eclesiásticas, aun sabiendo que las cuestiones doctrinales permanecen y que, hasta que no sean esclarecidas, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X no puede disfrutar de un estatuto canónico en la Iglesia como le correspondería (véase lo que hemos dicho en estas dos entradas: aquí y aquí). Siendo los problemas de naturaleza esencialmente doctrinal, el Santo Padre determinó una unión más estrecha entre la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y la Congregación para la Doctrina de la Fe.
 
De esta manera, la tarea del Cardenal Presidente, con la ayuda de su Secretario, es la de presentar los casos principales y las cuestiones de naturaleza doctrinal al examen y al juicio de las instancias ordinarias de la Congregación para la Doctrina de la Fe (consulta y miembros de la sesión ordinaria y plenaria) y someter los resultados a las supremas disposiciones del Sumo Pontífice. También se constituyó una comisión, integrada por el P. Karl Joseph Becker SJ, S.E.R. Guido Pozzo, el P. Charles Morerod OP y monseñor Fernando Ocáriz (vicario general del Opus Dei), para llevar adelante las conversaciones doctrinales con la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. 
 
Con el nuevo motu proprio, además, el Santo Padre quiso mostrar una solicitud particular y paterna para con la referida hermandad sacerdotal fundada por monseñor Lefebvre, con el fin de superar las dificultades que aún subsisten para alcanzar la comunión plena con la Iglesia a través de su reconocimiento canónico. 
Composición 
 
Originalmente, el motu proprio Ecclesia Dei estableció que la Pontificia Comisión de igual nombre estaría formada por un cardenal Presidente y por otros miembros de la Curia Romana, en el número que se considerase oportuno según las circunstancias. Después del motu proprio Ecclesia Unitatem, ella conserva la configuración actual, con algunos cambios en su estructura. Ella está compuesta de:
 
1. Un Presidente. 
 
El Presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei es el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de suerte que hoy ejerce ese cargo S.E.R. Luis Francisco Ladaria Ferrer SJ.
 
Históricamente han ocupado la presidencia de la Pontificia Comisión los cardenales Paul Augustin Mayer OSB (entre el 2 julio de 1988 y el 1° de julio de 1991), Antonio Innocenti (entre el 1° de julio de 1991 y el 16 de diciembre de 1995), Angelo Felici (entre el 16 de diciembre de 1995 y el 13 de abril de 2000), Darío Castrillón Hoyos (entre el 14 de abril de 2000 y el 8 de julio de 2009), William Joseph Levada (entre el 8 de julio de 2009 y el 1 de julio de 2012) y Gerhard Ludwig Müller (entre el 2 de julio de 2012 y el 1° de julio de 2017). 
 
El 26 de junio de 2012, el papa Benedicto XVI decidió reforzar todavía más la Pontificia Comisión nombrando un vicepresidente, función que había correspondido a monseñor Camille Perl entre 2008 y 2009. Este segundo vicepresidente fue S.E.R. Joseph Augustine Di Noia OP, quien se desempeñó como tal hasta el 21 de septiembre de 2013. El cargo no ha vuelto a ser proveído. 
 S.E.R. Mons. Guido Pozzo 
(Foto: FSSP)
 
2. Un Secretario. 
 
Al Secretario corresponden las funciones administrativas y de despacho de la Pontificia Comisión. El cargo es ejercido por S.E.R Guido Pozzo desde el 3 de agosto de 2013, habiéndolo desempeñado antes entre el 8 de julio de 2009 y el 3 de noviembre de 2012. Previamente habían cumplidos esa función monseñor Camille Perl (1988-2008) y monseñor Mario Marini (2008-2009). Este último se desempeñó además como secretario adjunto entre 2007 y 2008.
 
3. Varios oficiales. 
 
La Comisión tiene también un número variable de oficiales encargados de los distintos asuntos que a ella corresponden. Hoy la integran cuatro especialistas, un actuario y dos oficiales. 
La relación de la Pontificia Comisión con los fieles
 
Según el motu propio Ecclesia Dei, la Pontificia Comisión de ese nombre debía “respetar en todas partes la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica [entonces el decreto Quattuor Abhinc Annos, de 1984], para el uso del misal romano según la edición típica de 1962”. Su cometido principal era, por tanto, acompañar e instar el cuidado pastoral de los fieles, ligados con la tradición litúrgica latina multisecular, presentes en distintas partes del mundo, que encuentran en ella un punto de referencia para sus necesidades. 
 
Con el motu proprio Summorum Pontificum, publicada el 7 de julio de 2007, el papa Benedicto XVI extendió las facultades de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei afirmando que ella, “además de las facultades de que ya disfruta, ejercerá la Autoridad de la Santa Sede, vigilando sobre la conformidad y la aplicación de estas disposiciones”(artículo 12). El mismo documento preveía que la Comisión “tenga la forma, las tareas y las normas, que le quiera atribuir el Romano Pontífice” (artículo 11). Dicha tareas y funciones vienen establecidas por la instrucción Universae Ecclesia, dada por la propia Comisión el 30 de abril de 2011 (artículos 9-11).
 
Las comunidades dependientes de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei
 
Por fuerza de las facultades dadas por los Sumos Pontífices, la Pontificia Comisión Ecclesia Dei ejerce la autoridad de la Santa Sede sobre los distintos institutos y comunidades religiosas erigidas por ella misma, que tienen como uso propio la forma extraordinaria del rito romano y conservan las tradiciones precedentes de la vida religiosa.
 
Se encuentran bajo su dependencia: 
 
1. Administraciones territoriales.
 
Administración Apostólica Personal de San Juan María Vianney, situada en la diócesis de Campos, Brasil (véase aquí la entrada que le dedicamos en su oportunidad). 
 
2. Sociedades de vida apostólica.
 
(a) Internacionales. 
 
(i) Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (véase aquí la entrada respectiva). 

(ii) Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (véase aquí la entrada respectiva). Su rama femenina son las Adoratrices del Real Corazón de Jesucristo Sumo Sacerdote (véase aquí la entrada respectiva). 

(iii) Instituto del Buen Pastor (véase aquí la entrada respectiva). 
 
(b) Locales. 
 
(i) Instituto de San Felipe Neri (Berlín, Alemania) [véase aquí la entrada respectiva].
(ii) Servidores de Jesús y María (Austria) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 Santa Misa en la abadía de Le Barroux
 
3. Fundaciones de espiritualidad benedictina [véase aquí la entrada respectiva] 
 
(a) Fundaciones masculinas. 
 
(i) Abadía de Nuestra Señora de Fontgombault (Francia). 

De ella dependen los siguientes monasterios:


– Abadía de Nuestra Señora de Randol (Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de Triors (Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de Donezan (reemplazó a la Abadía de Nuestra Señora de Gaussan, ambas situadas en Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación de Clear Creek (Estados Unidos de América). 

– Abadía de San Pablo de Wisques  (Francia).
(ii) Abadía de Santa Magdalena del Barroux (Francia), de la cual depende además el Priorato de Nuestra Señora de la Guarda (Francia).

(iii) Instituto de la Santa Cruz de Riaumont (Francia).


(iv) Abadía de San José de Clairval (Francia). 


(iv) Monasterio de San Benito (Francia).


(v) Monasterio de San Benito (Italia). 


(vi) Benedictinos de la Inmaculada (Italia). 


(vii) Priorato de Silverstream (Irlanda). 
 
(b) Fundaciones femeninas. 
 
(i) Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación del Barroux (Francia).

(ii) Abadía de Nuestra Señora de la Fidelidad de Jouques (Francia). 

De ella dependen:


-Abadía de Nuestra Señora de la Misericordia de Rosans (Francia).


– Monasterio de Nuestra Señora de la Escucha (Benin). 


(iv) Monasterio de María, Madre de los Ángeles (Estados Unidos). 
 
4. Comunidades de espiritualidad trapense y cisterciense. 

(i) Abadía de Mariawald (Alemania) [véase aquí la entrada respectiva]. Cerrada en 2018.
(ii) Monasterio de Vyšší Brod (Polonia) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 Fraternidad de San Vicente Ferrer

5. Comunidades de espiritualidad dominicana. 

 
(a) Comunidades masculinas. 
 
Fraternidad de San Vicente Ferrer (Francia) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
(b) Comunidades femeninas.
 
Dominicanas del Espíritu Santo (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].


6. Canónigos regulares. 

 
(a) Canónigos regulares de la Madre de Dios (Francia). 

(b) Canónigos regulares de la Nueva Jerusalén (Estados Unidos de América). 

(c) Canónigos regulares de San Juan de Kenty (Estados Unidos de América) [véase aquí la entrada respectiva].

7. Otras comunidades religiosas

(a) Hermanas de la Preciosa Sangre (Suiza) [véase aquí la entrada respectiva]. 

(b) Los Hijos del Santísimo Redentor (ex Redentoristas Transalpinos) [véase aquí la entrada respectiva].


8. Asociaciones privadas de fieles.
(a) Federación Internacional Una Voce (véase aquí la entrada respectiva).(b) Asociación Totus Tuus (Lyon, Francia) [véase aquí la entrada respectiva].(c) Fœderatio Internationalis Juventutem.(d) Militia Templi – Christi pauperum Militum Ordo. 
Primera reunión formal de la Federación Internacional Una Voce (FIUV) en Zúrich (1967)
(Foto: FIUV)
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Las comunidades tradicionales de reconocimiento diocesano
 

Fuera de las recién mencionadas y que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, existen algunas comunidades con reconocimiento diocesano que celebran la liturgia tradicional, sea de forma exclusiva, sea de forma alternada con el rito reformado.

Tales es el caso de: 

1. El Monasterio de la Santísima Virgen María del Monte Carmelo (Montañas Rocosas, Wyoming) [véase aquí la entrada respectiva].
 
2. Los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (Sao Paulo, Brasil) [véase aquí la entrada respectiva].
 
3. Los Misioneros de la Misericordia Divina (Toulon) [véase aquí la entrada respectiva].
 
4. Las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón (Marsella) [véase aquí la entrada respectiva].
 
5. Las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón (Marsella) [véase aquí la entrada respectiva].
 
6. La Fraternidad de Santo Tomás Becket (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].
 
7. Las Clarisas de St. Laurenzen [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
8. Las Reparadoras del Espíritu Santo[véase aquí la entrada respectiva].  
 
9. Las Esclavas Reparadoras de la Sagrada Familia, ligadas al Instituto del Buen Pastor en la Arquidiócesis de Bogotá [véase aquí la entrada respectiva].
 
10. El Oasis de Jesús Sacerdote [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
11. Las Hermanitas Discípulas del Cordero (Buxeuil, Francia) [véase aquí la entrada respectiva]. 

Fraternidad San Tomás Becket
 
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El eremitismo tradicional
 
Dentro el mundo tradicional ha florecido también la llamada a la vida eremítica. En esta entrada hemos hablado de ella.

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Las peregrinaciones tradicionales
 
El mundo tradicional se cuenta con algunas peregrinaciones de ya asentada acostumbre, como ocurre con aquellas que tienen como punto de destino la Catedral de Chartres (Francia), el Santuario de Nuestra Señora de Luján (Argentina) y la Basílica de San Pedro del Vaticano (Roma) (véase las referencias que hemos hechos a las peregrinaciones de 2014, 2015, 2016 y 2017). 

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Las Misas celebradas conforma al motu proprio Summorum Pontificum
Todo lo dicho es sin perjuicio de aquellas Misas tradicionales oficiadas por sacerdotes pertenecientes al clero regular o secular en todo el mundo, sea de forma exclusiva, sea de forma alternada con la Misa reformada. De la situación de la Misa tradicional en Chile hemos dado cuenta en este directorio

Por su parte, Acción litúrgica ofrece aquí una relación de las parroquias personales existentes en el mundo y dedicadas a la forma extraordinaria. 


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La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X
 
Finalmente, y aunque todavía no cuente con un reconocimiento canónico oficial, cabe mencionar dentro de la órbita tradicional a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, a la cual la Sede Apostólica ha ido concediendo paulatinamente diversos privilegios relacionados con los sacramentos que imparte. Sobre ella y tales concesiones hemos tratado aquí
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Actualización [11 de diciembre de 2017]: La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha puesto a disposición de cualquier interesado la colección completa de la Revista Notitiae. Esta publicación, subtitulada originalmente Commentarii ad nuntia de re liturgica edenda (desde 2004 reducido simplemente a Commentarii), es la revista oficial y de frecuencia mensual que publica dicho dicasterio desde 1965. Ella contiene documentos oficiales de la Sede Apostólica, comentarios, artículos científicos, reformas de los textos litúrgicos, reportes de reuniones, respuestas a las dubia formuladas a la Congregación y alocuciones del Santo Padre relacionadas con la liturgia de rito romano.  Comporta, pues, un material de mucha importancia para quien desee estudiar la reforma litúrgica posconciliar. La colección es accesible desde este enlace.

ARTÍCULO: ¿POR QUÉ LA ÉPOCA MODERNA NECESITA LA MISA TRADICIONAL?

A continuación, ofrecemos a nuestro lectores otro artículo-entrevista al profesor Peter Kwasniewski, traducido y publicado en la web de la asociación hermana hispana, Magnificat Una Voce Chile, que nos brinda unos argumentos muy sólidos para responder a la pregunta: ¿Por qué la época moderna necesita la Misa tradicional?:

La entrevista original (aquí, en inglés) fue publicada en el sitio New Liturgical Movement.

 

 

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¿Por qué la época moderna necesita la Misa de Siempre?

Entrevista con Peter Kwasniewski, por Roseanne T. Sullivan

Agradecemos a Roseanne T. Sullivan por compartir con nosotros su entrevista con el Dr. Peter Kwasniewski sobre el nuevo libro que éste acaba de publicar.

En su nuevo libro, “Noble belleza, santidad trascendente: por qué la época moderna necesita la Misa de Siempre” (Angelico Press, 2017), usted ha hecho una apología nada tímida en favor de la Misa tradicional. Y afirma con seguridad no sólo que la “Misa de Siempre” es muy superior a la nueva Misa, que Benedicto XVI ha llamado “la forma ordinaria”, sino también que la Iglesia católica debiera regresar a la “forma extraordinaria”. ¿Podría resumir aquí por qué la Iglesia debiera regresar a la “forma extraordinaria”?

La razón es, sencillamente, que somos deudores de nuestra tradición, que estamos atados a nuestra herencia, y somos malagradecidos y nos convertimos en arrogantes ruinas cuando la tiramos por la borda. La actitud verdaderamente humilde consiste en aceptar que la sabiduría y piedad acumuladas de la Iglesia debiera continuar guiándonos y moldeándonos. Así es como siempre han sido las cosas, cualquiera sea el siglo que se mire. Pero sólo en el siglo XX pudo aparecer, en el pináculo del engaño evolucionista, un grupo de necios que osaron meter mano en el rico y sutil culto de la Iglesia a fin de introducir ahí, a la fuerza, sus imaginarias categorías de relevancia o eficacia. Su obra ha terminado, muy apropiadamente, castigada con desolación y apostasía.

Para decirlo brevemente, la liturgia tradicional expresa la plenitud de la Fe católica y preserva intacta la piedad de los cristianos. Esta es una razón más que suficiente para adherir a ella y para insistir en que ella sea la norma, siempre y en todas partes.

 

 

¿Cuáles son algunos de los modos en que la forma más antigua del rito romano da expresión a la plenitud de la fe?

El rito antiguo es impresionantemente teocéntrico, focalizado en Dios y en la primacía de su Reino. Está repleto de palabras y gestos de auto rebajamiento y de penitencia, de atenta reverencia y de adoración, de aceptación de las absolutas exigencias que nos hace Dios. Sus oraciones y ceremonial son testigos por igual de la trascendencia y la inmanencia de Dios: Él es Emanuel, Dios con nosotros, pero es también el Uno que habita en una profunda oscuridad, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Él es nuestra Alfa y Omega, es para nosotros todo en todo. La liturgia tradicional no transige en este aspecto. Incluso en aquellos momentos suyos que pudiéramos llamar “instructivos”, como la lectura o canto de la Escritura, permanece fija en el Señor, como si leyéramos no tanto para nosotros mismos como para recordar qué nos ha dicho Él, como si le estuviéramos pidiendo que lo repita de nuevo entre nosotros, de acuerdo con su promesa. La Misa tradicional nunca se desvía de la mirada del Señor, permanece siempre ante sus ojos, vuelta hacia Él conscientemente, y nos sumerge en la necesidad de la oración, que es algo de vida o muerte. El padre Pío decía que “la oración es el oxígeno del alma”. Nosotros respiramos ese oxígeno en la Misa antigua.

¿Pero no lo hacemos también en la Misa nueva?

Podríamos también hacerlo en ella, pero es mucho más difícil. Es más difícil conseguir oxígeno. Se silencian las necesidades y exigencias de la vida espiritual, se las barre debajo de la alfombra en esta liturgia en vernáculo despojada, de cara al pueblo, colmada de banales cantos, de anuncios, de constante parloteo: ella fue diseñada para ser populocéntrica, para conectar a la gente entre sí y con el sacerdote alrededor de una mesa, en una comida. Como decía Ratzinger, Dios desaparece en ese escenario. Puede que Él esté ahí, sobre el altar, pero la mente y el corazón de la gente está en otra parte. ¿Debiera acaso sorprendernos que, según reiteradas encuestas, la mayor parte de los católicos que asisten al Novus Ordo no creen en la Presencia Real –no saben siquiera que es enseñanza de la Iglesia-? La liturgia no los ayuda a ver, a experimentar esa verdad. No se trata sólo de una adecuada catequesis. De lo que se trata es de si la liturgia expresa vívidamente las verdades de la Fe.

Para poner sólo un ejemplo: las oraciones de la liturgia antigua subordinan, sin excepción, la vida terrena a la vida celestial, repudian las pompas y vanidades de la vida profana caída. La nueva liturgia rehúsa hacer lo mismo y, de hecho, sus redactores sistemáticamente eliminaron las antiguas oraciones que hablaban de “despreciar las cosas terrenales” en favor de las del Cielo. ¿Habrá existido, desde la creación de Adán y Eva, una generación que necesitara oír este mensaje más que la nuestra en la actualidad? El hedonismo materialista es la amplia vía por la que incontables almas caminan hacia su propia destrucción –y la Iglesia, mientras tanto, les sonríe y saluda diciéndoles “Que Dios los bendiga”–.

Usted dice en uno de sus libros que estos problemas tienen que ver con determinada actitud ante la modernidad.

Exactamente. O, quizá mejor, con determinada actitud de la modernidad. En su origen, la modernidad es anti-sacral, anti-religiosa, anti-incarnacional y, por tanto, anti-clerical, anti-ritual, anti-litúrgica. Esto se puede ver en los muchos filósofos de la Ilustración que rechazan tanto la Revelación divina como la religión organizada. Unos pocos siglos después, nosotros, los modernos que hemos bebido todo este bagaje filosófico, no tenemos ni siquiera una pista de cómo debiera ser un ritual religioso público solemne, formal, objetivo. Estamos totalmente perdidos en todo lo que se refiere a un culto colectivo en que el ego individual se subsume en la gran comunidad de la Iglesia, que se despliega en el tiempo y el espacio. Esa es la razón por qué debemos aferrarnos a la liturgia tradicional como a la vida. Ella es, desde todo punto de vista, pre-moderna, tan antigua que no se ve afectada por nuestra superficialidad contemporánea, por nuestras inclinaciones y prejuicios: ella respira un realismo, una espacialidad, una fuerza, una caballerosidad incluso, que han llegado a ser ajenas a nuestra época y, precisamente por todo esto, la necesitamos desesperadamente. No hay nada que el hombre moderno necesite más que ser liberado de la prisión del modernismo prometeico: necesita ser desafiado por aquello que es más antiguo, más profundo, más sabio, más fuerte, más amable, más feliz. El hombre moderno necesita ser ignorado, no mimado; mistificado, no ilustrado; silenciado, no descorchado.

Estoy de acuerdo. Pero me pregunto: ¿con qué fundamento cree usted que un regreso a la Misa de Siempre es en absoluto posible?

Ignoro lo que nos depara el futuro, pero hoy, viendo el virtual cisma en la Iglesia católica sobre aspectos básicos de fe y de moral, es difícil evitar la conclusión de que se están preparando poderosas conmociones, y de que muchas cosas que parecían imposibles hace poco tiempo pueden resultar súbitamente posibles. En mi opinión, el movimiento en pro de la ortodoxia católica y el movimiento en pro de la tradición litúrgica se están acercando constantemente y ya se han hecho, de varios modos, un solo movimiento. Ha de llegar el momento, me parece, en que los católicos que profesan el credo niceno-constantinoplitano, que adhieren a la moral sexual tradicional de la Iglesia, y que aceptan el celibato sacerdotal como disciplina querida por el Señor, van a celebrar el usus antiquior sea exclusiva o predominantemente. Por cierto, no tengo cómo probar esto, pero considerémoslo una suposición fundada.

En todo caso, necesitamos una sólida perspectiva histórica basada en el estudio de los movimientos reformadores en la historia de la Iglesia, de los cuales casi cada centuria nos proporciona brillantes ejemplos. Todo movimiento reformador comenzó con unas pocas personas que, escandalizadas con justicia por la falta de fe o la inmoralidad de su época, y animadas por el fervor del amor divino, trabajaron incansablemente y se organizaron eficazmente para promover la conversión personal y el cambio institucional. Siempre las cosas han ocurrido así, y nuestra época no va a constituir una excepción. Tenemos que estar atentos a cierta sutil forma de consecuencialismo, en virtud del cual creemos que obramos correctamente porque tenemos éxito, o que en la medida en que hagamos lo correcto no podemos dejar de tener éxito. No. Hacemos lo que es correcto aunque ello sea improbable, difícil, quijotesco y nos conduzca al martirio. El éxito que el Señor quiere es para las almas que aspiran a que por Él regrese la sagrada liturgia en su modo no corrupto, sea que nos apoyen y aplaudan por esta fidelidad, sea que nos resistan y persigan. Él ha de hacer por nosotros todo lo demás. No contamos con nuestra superioridad numérica o nuestra fuerza, sino con los recursos de Él, con su intervención, con su multiplicación de los panes.

Ahora, la realidad es que el movimiento tradicional está creciendo. Ahí están las cifras, para quien quiera examinarlas: van en aumento los sacerdotes y seminaristas en las órdenes y comunidades tradicionales, así como el número de apostolados que les son encomendados. Aumenta el número de familias asociadas a esos apostolados. Si alguien quiere ver, en Occidente, una iglesia llena de familias numerosas, ¡no tiene más que visitar las colectividades tradicionales, porque le será difícil encontrarlas en otros lugares! Los libros, revistas, panfletos, catálogos y objetos religiosos tradicionalistas son numerosísimos, lo cual revela, al menos, que existe para ellos un mercado. Los intelectuales y los artistas, hasta donde existen en la Iglesia contemporánea, están decidamente en favor del tradicionalismo.

 

 

Cuando la Misa tradicional se hizo más asequible, muchos de nosotros esperábamos que su belleza y reverencia serían su propia vía de propagación. Después de diez años, yo misma y muchos otros hemos advertido que la forma extraordinaria no ha logrado mucha aceptación entre quienes adhieren a la forma ordinaria. Incluso en aquellos casos en que está al alcance, muy pocos asisten a ella. Por ejemplo, más de un año después de que el arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone, ordenara al párroco de la bella y centralmente ubicada iglesia “Estrella del Mar” que aprendiera la Misa tradicional y comenzara a decirla todos los domingos antes de mediodía, conduje desde donde vivo, en San José, que dista una hora, hasta la ciudad y, para mi desilusión, vi que, de hecho, muy poca gente asistía a esa Misa, que se dice en una ubicación casi ideal. Mi experiencia no es aislada. Por ejemplo, incluso cuando se dijo regularmente la Misa tradicional en la iglesia de Nuestro Salvador, en Nueva York, por el conocido Padre Rutler, sólo fue capaz de atraer a un pequeño grupo, según él mismo ha dicho.

No me llama la atención. Como lo dijo Benedicto XVI en su carta a los obispos de 7 de julio de 2007: “El uso del Misal antiguo presupone cierto grado de formación litúrgica y algún conocimiento del latín. No es fácil encontrarse hoy con ambas cosas”. Dicho simplemente: hay mucha gente que no está preparada para él. Es cierto que hay quienes asisten una vez y quedan atrapados para siempre, pero para otros hay una escarpada ladera de aprendizaje que escalar: son aquellos que son víctimas de prácticas y hábitos litúrgicos tan malos que no saben qué hacerse cuando se los enfrenta súbitamente con el acantilado de un abismo infinito de oración, sin nadie que los lleve de la mano, y con un ritual que se despliega con lo que parece ser una altanera indiferencia o una gélida lejanía, y que resulta seriamente perturbador para el católico corriente. Esta es, dicho sea de paso, la razón por la que siempre digo que si se quiere traer a alguien a la Misa tridentina, hay que invitarlo a una Misa cantada o incluso a una Misa solemne, si hay alguna al alcance. La Misa Solemne es mucho más fácil de entender, puesto que apela a todos los sentidos y hace al fiel navegar por una suave corriente.

Sí, lo comprendo. ¿Piensa usted, por lo tanto, que no es justo decir que la Misa tradicional es un “fenómeno boutique” entre los católicos estadounidenses?

Esperemos primero a que esté al alcance en todas partes, durante muchos años, y sólo entonces podremos evaluar este juicio. Pero, volviendo a lo que le decía hace un momento: la Misa tradicional es sólida, es catolicismo en plenitud, sin atenuantes. La liturgia es más larga y más compleja. La música es verdadera música: canto gregoriano, polifonía. La homilética probablemente es también más exigente, más cercana a lo que se esperaría de una religión que proclama ser inspirada por Dios y único camino de salvación. Las mujeres usan velos de Misa, la gente se viste formalmente. El conjunto entero se opone a los usos de los estadounidenses contemporáneos, incluyendo (triste es decirlo) a los mismos católicos, quienes están usando anticonceptivos y divorciándose a un ritmo muy semejante al de sus pares paganos. Detesto tener que decir esto, pero la versión-simulacro del catolicismo es como una religión diferente si se la compara con la versión del catolicismo histórico, auténtico, dogmático y ascético-místico, tal como se lo encuentra incorporado en la liturgia tradicional y en todas las devociones que florecen en su ámbito. Así es que, ¿llamaremos a esto “fenómeno boutique”, o tendremos el valor de aceptar que el catolicismo está en un estado de acelerada descomposición y que lo que casi todo el mundo llama “catolicismo” es, cuando mucho,  una sombra de la realidad, si no una negación de ella?

Pero seamos honestos también en este aspecto: la principal razón por la que la antigua Misa no ha entrado más, es la falta de oferta y la falta de apoyo eclesiástico. El papa Benedicto XVI la liberó en beneficio de todos los sacerdotes y de los fieles a quienes ellos sirven, pero una inmensa cantidad de sacerdotes han sido concientizados, amenazados, ostracizados y expulsados del ministerio debido a los conflictos respecto de Summorum Pontificum. Sé, por experiencias de primera mano, lo que estoy diciendo. Son demasiados los obispos y párrocos que se oponen a ella, y el clero joven que puede desde ya celebrar la liturgia antigua o que desea aprenderla, es reprimidos, y forzado a entrar en el molde de la revolución posconciliar. La falta de crecimiento a que usted se refiere es resultado de una estrategia deliberada de “contención”, que se analiza e implementa desde las conferencias episcopales. No oficialmente, obvio, sino tras bambalinas. Gracias a Dios hay todavía algunos obispos y sacerdotes heroicos aquí y allá, quienes, a pesar de las presiones políticas, se las arreglan para ser fieles a su propia línea y para promover la recuperación de la tradición litúrgica en sus diócesis y parroquias. Ello es algo que está teniendo lugar hoy día, lentamente, por todo el mundo: he estado en muchos de esos lugares y he visto la fuerza de la fe de ese clero y de ese laicado. Pero es algo que podría y debería estar ocurriendo en todas partes. Se ha impuesto una artificial limitación por parte de los monopolistas. Si en torno a la Misa de Siempre tuviéramos una “economía de libre mercado”, por decirlo así, tendríamos un cuadro sumamente distinto.

Insisto: esta situación no carece de precedentes, ya sea en la historia de la salvación o en la historia de la Iglesia (que sigue, siempre, el camino de la historia de la salvación). ¿Recuerda usted la historia de Gedeón, en el capítulo 7 del libro de los Jueces? Gedeón tenía consigo un ejército de 32.000 soldados para ir a enfrentar a los Madianitas. El Señor le dijo: “Son demasiados los soldados que tienes para que yo ponga en tus manos a los Madianitas, porque Israel se vanagloriaría frente a Mí diciendo: “Me he librado por mi propia mano””. El Señor logró reducir el número de soldados primero a 10.000, luego a 300. Con esta “élite” Gedeón obtuvo una victoria total sobre sus enemigos, que eran “tantos como langostas”. Pareciera que el Señor prefiere ganar victorias improbables, de modo que la gloria le pertenezca a Él y no a nosotros. “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da gloria”. Esto es algo que me consuela mucho.

Las probabilidades de que la Misa tradicional reemplace a la Misa de 1969 me parecen, a veces, sumamente remotas, por lo que me temo que lo que los tradicionalistas proponen es como gritar en medio de una ventolera. Pero, de repente, me topé con lo siguiente, escrito por un blogger laico: “Todo aquello que vale la pena gritar, vale la pena gritarlo aunque el viento haga mucho ruido. Porque si hay suficiente gente atenta, muy a menudo la palabra se difunde, cambian los estándares, el viento se desvanece. Si hay suficiente gente que se interesa, cambia la cultura. Es muy fácil auto persuadirnos de que el momento apropiado para hacer cambios es cuando llega el momento. Pero eso nunca es verdad. El momento adecuado para hacer que algo ocurra es antes de su momento. Porque eso es, precisamente, lo que significa “hacer”… Sí, hay viento, siempre hay viento. Pero eso no quiere decir que tenemos que dejar de gritar”.

No podría estar más de acuerdo con todo eso. Sólo añadiría que no necesitamos estar siempre gritando. Necesitamos practicar el arte de la persuasión, de la buena propaganda y, obviamente, de la mejor conducta. Lo cierto es que tenemos mucho trabajo que hacer para ganar a nuestros hermanos para el catolicismo tradicional, por su propio bien y por la salud de la Iglesia. Esto es algo que va a suceder, en cierta forma, naturalmente, a medida que las cosas empeoren en la Iglesia y en el mundo. Quienquiera que tome en serio la Fe, habrá de preguntarse: “¿Dónde se enseña y se vive esta fe? ¿Dónde hay un sacerdote que tenga esta Fe y la predique? ¿Dónde se celebra la liturgia de modo tal que alimente y refuerce mi Fe?”. Tenemos que estar ahí para toda esa gente, en el momento en que comience a hacerse estas preguntas, y no alejarla porque, al comienzo, está vestida inapropiadamente, o se arrodilla en el momento equivocado, o canta mal, o tiene ideas confusas.

 

 

Usted ha escrito que muchos seminaristas y sacerdotes recién ordenados han aprendido a celebrar la Misa tradicional, y eso le da esperanzas. También me las da a mí. Pero, ahora último, algunos liberales han comenzado a decir que los seminaristas amantes de la Tradición, que usan sotana y que llegaron en los tiempos de Benedicto, podrían verse reemplazados por una nueva ola de sacerdotes influidos por el papa Francisco.  

Me imagino que esto es verdad hasta cierto punto. Pero pienso que ello no sería un irse el péndulo al otro extremo, tal como ha ocurrido con el actual residuo de confusión posconciliar, que ha polucionado el pensamiento de casi todo el mundo. Además, si quienes están dirigiendo los seminarios son progresistas, saben muy bien cómo filtrar y excluir a los candidatos “excesivamente rígidos”, o sea, aquéllos que creen en el catecismo, rezan el rosario, se arrodillan para comulgar, y otras cosas semejantes. Por lo tanto, en algunos seminarios el “efecto Francisco” se mostrará a sí mismo como el rechazo o despido de candidatos perfectamente aceptables, pero “rígidos”.

Pero el cambio de mentalidad iniciado por Benedicto XVI no debería ser en absoluto mirado en menos: Benedicto elevó el perfil intelectual, espiritual y litúrgico de la Iglesia a un nivel que no había tenido desde antes del Concilio, y dejó tras de sí una riquísima estela de escritos, especialmente sobre la sagrada liturgia, que serán leídos durante décadas y posiblemente durante siglos. El “efecto Benedicto” puede que sea menos ruidoso, pero es más profundo y de efectos más amplios. Donde quiera que uno encuentra una diócesis que rebosa de vocaciones y de asistencia a Misa, se hallará la influencia ratzingeriana en plena actividad.

Conozco a un sacerdote que, gradualmente, suprimió, por más de una década, la mayor parte de los abusos litúrgicos en su parroquia, con una paciencia mucho mayor que la que yo hubiera tenido, y en pago de todos esos trabajos, no recibió más que rencor. Con el tiempo, y a pesar de toda la paciente catequesis con sus feligreses, su superior religioso lo trasladó a otra parte. Y esto ocurrió con un obispo bien dispuesto. Tengo mucho temor de lo que los sacerdotes amigos de la Tradición han de encontrar en sus parroquias, luego de su ordenación.

Sí. No quiero aparecer como una Pollyanna que le quita importancia a las dificultades, que son muy reales. Por una parte, la persecución de católicos ortodoxos está empeorando durante este pontificado. Quien quiera que cuestione Amoris Laetitia, por ejemplo, se transforma instantáneamente en persona non grata. Es muy probable que un sacerdote que predique desde el púlpito contra la homosexualidad o la anticoncepción sea “llamado al orden”. Y el sacerdote que comienza a celebrar la Misa tradicional es como si hiciera grabar en la espalda de su camisa un letrero con las palabras “¡Dispárenme!”. Pero esto no puede ser ni será la última palabra. Al presente estamos en sólo una etapa de una larga batalla. No hay papa ni obispo que dure para siempre, las generaciones pasan, hay problemas que terminan y otros que surgen para tomar su lugar.

Lo que está claro es, al menos, esto: los sacerdotes fieles a su ministerio sacerdotal, los que predican la verdad “con oportunidad o sin ella”, que celebran la liturgia con la máxima reverencia, que dan nuevamente vida a la Tradición, todos esos sacerdotes serán bendecidos aun en medio de muchas cruces, y se convertirán en bendición para sus fieles. Nuestro Señor se preocupará de ellos, y hará con ellos lo que Él decida. Conozco a sacerdotes que han pasado por situaciones terribles, que resultaron ser un preludio para su llegada a mejores lugares, a hacer un trabajo importante. Tenemos que confiar en que Dios se preocupará de los suyos cuando éstos hagan lo que deben hacer. Conozco a un sacerdote que ha sido castigado por su decisión de no dar jamás la comunión en la mano, debido a que va contra su conciencia el contemplar el Cuerpo de Cristo manipulado de modo tan descuidado, con peligro de que se pierdan algunas partículas (para no mencionar la pérdida de fe en la Presencia Real y en la distinción ontológica entre los cristianos ordenados y los no ordenados). Yo lo admiro, y también a otros como él: todos ellos son como el grano de trigo que cae a la tierra y muere, a fin de que pueda surgir una abundante cosecha.

Quisiera agregar que los jóvenes que sienten la vocación al sacerdocio necesitan ser astutos como serpientes e inocentes como palomas (cfr. Mt 10, 16). Debieran quizá pensar si no sería mejor para ellos ingresar a una sociedad de vida apostólica o a una comunidad religiosa que use solamente los viejos libros litúrgicos. En estos libros está depositada la Tradición de la Iglesia. Y los sacerdotes que tienen la obligación de usarlos no enfrentan el mismo tipo de oposición y de malos tratos que a menudo recibe el clero secular. Y diría lo mismo, a propósito, a las jóvenes que tienen vocación religiosa: en realidad es todavía más importante para ellas ingresar a una comunidad que esté atendida exclusivamente por sacerdotes que celebren según el usus antiquior.

¡Oremos de rodillas al Señor para que envíe operarios a su mies!

¿Cree usted que existe el peligro del desaliento entre los católicos tradicionales?

Absolutamente sí. Uno encuentra ese peligro por todas partes. Los fieles se escandalizan especialmente por lo que ocurre en las jerarquías más altas de la Iglesia, y predicen que el cielo se vendrá abajo y nos aplastará. Quizá lo haga, pero eso no será todavía el fin del mundo. Ni tampoco será el fin de nosotros. Tenemos que luchar muy duro contra el desaliento. Santa Teresa decía: “El desaliento es una forma de orgullo”. Es orgullo en el sentido de que comenzamos dudar de la Divina Providencia y a echar al Señor la culpa de no intervenir o de no resolver éste o aquel problema en la forma que lo hubiéramos hecho nosotros. Pero es Dios quien tiene el mando, y sus caminos no son nuestros caminos. Nuestra tarea es realizar, lo mejor que podamos, lo que fuera que Él nos ha iluminado para que hiciéramos, dándonos fuerzas para ello. Todos conocemos las famosas palabras de la Madre Teresa: “No estamos llamados a tener éxito, sino a ser fieles”. Dios ha de bendecir y multiplicar el bien de nuestra fidelidad a Él, a la Iglesia, a la tradición católica, sea que veamos los frutos en nuestra vida o no.

En agosto pasado, el papa Francisco declaró que no existe la posibilidad de reconsiderar las decisiones relativas a los cambios litúrgicos, y que todo lo que debiéramos hacer ahora es procurar comprender las razones por las que se los llevó  cabo. Dijo: “Podemos afirmar con certeza y autoridad magisterial que la reforma litúrgica es irreversible”. ¿Qué piensa de esto?

No es fácil entender lo que el Santo Padre espera que esta frase produzca,  ya que no es una declaración doctrinal, sino una evaluación de un hecho histórico contingente, es decir, del proceso de reforma que comenzó luego de Sacrosanctum Concilium y culminó en los diversos libros litúrgicos del Novus Ordo. Es lo mismo que decir: “El euro está irreversiblemente establecido en Europa”. ¿Por qué habríamos de creer semejante cosa? O: “El ecumenismo de los últimos cincuenta años es un hecho irreversible”. Por cierto, nadie puede negar que el ecumenismo ha tenido lugar y que, como tal, no puede ser deshecho. Pero ello no nos dice nada sobre lo que el futuro nos depara. Todo ello, nuevos ritos litúrgicos o ecumenismo o cualquier otra cosa, podría ser anulado o, al menos, drásticamente “corregido”, por un futuro papa León XIV o Benedicto XVII o Pío XIII.

Podría también recordarse que un papa, Clemente VII, autorizó el nuevo breviario compuesto por el Cardenal Quiñones, otro papa, Pablo III, lo aprobó, pero un tercer papa, Pablo IV, lo suprimió, considerando que rompía con la Tradición y estaba excesivamente influido por la teología protestante. Algunos papas, según otros papas, pueden equivocarse en materias litúrgicas. Los concilios no son tampoco en absoluto infalibles en materia de recomendaciones sobre llevar o no llevar a cabo determinadas cosas prácticas. Nadie pone en duda que los Padres Conciliares deseaban cambios menores en la liturgia, y muchos autores notables, incluyendo a Joseph Ratzinger y Louis Bouyer, han planteado serios cuestionamientos al modo en que esos cambios efectivamente se hicieron.

Gracias por esta entrevista. Me complace especialmente el que usted haya estado dispuesto a abordar con franqueza algunos de los problemas que me inquietaron cuando leí sus elocuentes y convincentes ensayos en “Noble belleza”. Como usted lo dice, “muchas cosas que parecía imposibles hace un momento, se pueden volver súbitamente posibles”. Y estoy de acuerdo en que tenemos que luchar mucho contra el desaliento. Debemos ser personalmente humildes y santos para que Dios pueda actuar por medio de nosotros y lograr sus propósitos. Espero,  y rezo por ello, que muchos lectores encuentren en su libro, como me ha pasado a mí, mucho que pensar, mucho que los consuele, y mucho que los fortalezca.

Muchas gracias. Oremus pro invicem. 

ARTÍCULO: ¿TIENE SENTIDO EN LA ACTUALIDAD LA CELEBRACIÓN DE LA MISA TRADICIONAL?

A continuación, ofrecemos a nuestro lectores un artículo-entrevista al profesor Peter Kwasniewski, traducido y publicado en la recomendable web de la asociación hermana hispana, Magnificat Una Voce Chile, que nos brinda unos argumentos muy sólidos para responder a la pregunta: ¿tiene sentido en la actualidad la celebración de la Misa tradicional?:

Una entrevista al Profesor Peter Kwasniewski sobre el sentido de la Misa tradicional

 
 
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La página católica croata Bitno acaba de publicar una sustanciosa entrevista con nuestro colaborador, el Dr. Peter Kwasniewski, sobre el descubrimiento de la antigua Misa, los liturgistas progresistas, las objeciones más comunes, la postura ad orientem, la opcionitis, el arqueologismo y otros temas. La entrevista se grabó en Nursia (Umbria, Italia) en julio pasado, y fue luego transcrita y traducida al croata por el entrevistador (lo cual explica el tono coloquial que aparece a veces). Su historia es la de muchos de nosotros, porque muestra cómo el descubrimiento de la Misa tradicional nos cambió para siempre la vida y cómo se dieron posteriormente las cosas. 

 
Se ha ofrecido a Rorate Coeli la traducción al inglés. Las fotos son las que aparecen en el sitio croata.
 
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Entrevista al Prof. Peter Kwasniewski 
 
Antes de comenzar hoy las preguntas, Dr. Kwasniewski, diga por favor algo a los lectores sobre sí mismo. ¿Dónde hizo usted sus estudios y dónde enseña?
 
Nací en Chicago, Illinois, y crecí en Nueva Jersey, donde asistí a una escuela primaria católica, y luego a una escuela secundaria para niños dirigida por benedictinos. Durante este período canté en el coro de varias parroquias y escuelas, y comencé a estudiar música. Luego fui al Thomas Aquinas College, en California, para obtener el grado de licenciado (bachelor) en artes liberales, y posteriormente a la Catholic University of America para los grados de MA y PhD en filosofía, con especial énfasis en Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. El International Theological Institute de Gaming, en Austria, me contrató a continuación, en la época del cardenal Schönborn, y ahí enseñé filosofía y teología durante casi 8 años. Volví a los Estados Unidos a colaborar en el establecimiento de una nueva escuela de artes liberales inspirada en el movimiento de los “grandes libros” [Nota de la Redacción: véase aquí lo que hemos dicho sobre ese movimiento y su adopción por parte de John Senior], denominada Wyoming Catholic College. Durante la última década, he dado cursos de filosofía, teología, historia del arte y música. Para mí, la actividad más gratificante es dirigir el coro del college y las “scholas” en la liturgia.
 
¿Cómo conoció la Misa tradicional? ¿De dónde surgió su interés por ella?
 
Las cosas se dieron gradualmente, ya que yo no crecí con esa Misa. Nací en 1971, de modo que nunca asistí a ella. Ni siquiera sabía que existiera, como le ocurre a muchos de mi generación y a otros más jóvenes. Nosotros somos aquéllos a quienes se refería Benedicto XVI en su carta a los obispos de 7 de julio de 2007 cuando dice “que se pensaba, al comienzo, que los interesados en la antigua liturgia irían desapareciendo con las generaciones de más edad, en tanto que se ha demostrado ahora que los jóvenes han descubierto en esta forma un encuentro con el misterio de la Eucaristía que les resulta particularmente adecuado”. Esto es lo que me ocurrió a mí. Descubrí, al terminar la secundaria, cuando tenía entre 17 y 18 años, que existía algo llamado liturgia tradicional en latín. Como no la había en la región en que yo vivía, mi conocimiento de ella fue de tipo teórico. Hacia aquel tiempo, cada vez me interesaba más en la fe, y comencé a estudiarla detenidamente y a procurar vivirla más plenamente. Así, cuando se me dio la oportunidad en el college de comenzar a asistir periódicamente a la liturgia tradicional, ella empezó a hablarme en los hechos.
 
¿Qué le impresionó cuando comenzó a asistir a ella?
 
Sentí que había un profundo sentido del misterio de la Misa, de la reverencia que le debemos. Y me impresionó realmente la seriedad de la liturgia. Naturalmente sabemos que una Misa que se celebra con la intención adecuada y con la materia adecuada es una Misa válida, pero en muchas liturgias a la que había asistido en mi vida, se tenía la impresión de que las personas no tomaban realmente en serio lo que hacían. Y cuando comencé a ir a la Misa antigua, me pareció que había en ella un absoluto enfocarse en Dios y en Nuestro Señor Jesucristo. Esto fue algo que me atrajo y me motivó, porque me hizo pensar “¿si realmente creemos en lo que decimos que creemos de la Misa y la Eucaristía, por qué no deberíamos siempre tratarlas con esta profunda adoración y reverencia y devoción y cuidado y seriedad? ¿Qué motivos habría para no hacerlo?”
 

Comenzó así, para mí, un viaje de varios años, al término de los cuales simplemente me encontré yendo a la liturgia tradicional cada vez que podía, y yendo a la nueva sólo cuando tenía obligación de hacerlo, o cuando me sentía capacitado para influir positivamente en el modo en que se la celebraba, normalmente por medio de la dirección de la música sagrada.

 El Prof. Dr. Peter Kwasniewski
 
La narrativa litúrgica común de algunos profesores es que, antes del Concilio Vaticano II, los tiempos fueron malos: la liturgia era distante, incomprensible para los fieles, concebida casi como un ritual mágico: el sacerdote realizaba su acto de magia y los fieles eran observadores pasivos, como en una obra de teatro o una ópera. Básicamente, la abuela rezaba el rosario y en eso consistía toda su participación. Entonces llegó el Concilio y sus reformas, que barrieron con las repeticiones inútiles y todas las adherencias e impurezas medievales que se habían colado en la liturgia original y pura de la primitiva Iglesia. El Vaticano II insistió en que se vernaculizara la Misa para que se hiciera comprensible, y se dio vuelta los altares hacia el público para que éste pudiera comprender lo que estaba ocurriendo y participara activamente en ello. Estamos ahora, pues, viviendo en los buenos tiempos nuevos. Pero usted no adhiere a esta narrativa, ¿no es cierto?
 
No. Y, por cierto, usted ha tocado una cantidad de tópicos diversos, por lo que le pido que me permita abordar varios de ellos.
 
El primero y más básico es que jamás entenderemos el misterio de la sagrada liturgia, jamás lo comprenderemos, porque es de Dios y para Dios. San Agustín dice: “Si lo comprendes, no es de Dios”. Es obvio que queremos tener alguna noción de lo que estamos haciendo, de aquello en que estamos involucrados; pero la idea de hacerlo totalmente inteligible a la gente conduce a un cierto rebajamiento de la liturgia, en la que, de pronto, las oraciones recurren al lenguaje cotidiano y el misterio se evapora, es decir, se evapora la idea de que estamos participando en un sacrificio portentoso, que trasciende al tiempo, cósmico, más importante que cualquier otra cosa que hagamos, más misterioso que cualquier otra cosa que hagamos, algo que es verdaderamente trascendente, que debiera dejarnos mudos, llenos de estupor.
 
La idea de que uno puede envolver todo eso como un paquete y entregárselo a la gente diciendo “Ya está. Ahí lo tienen. Nosotros hemos cumplido con nuestro encargo”, es algo que contraría profundamente la naturaleza de la liturgia. Por eso es que, cuando observamos la historia de la liturgia en todas las épocas y en todas partes, vemos que siempre hay rasgos de la liturgia que enfatizan su solemnidad, su sacralidad, su particularidad, el hecho de que es algo que está separado del curso de la vida cotidiana.
 
La liturgia bizantina rebosa de esto. Y aunque la liturgia bizantina se celebra en el idioma del pueblo, tiene su iconostasio, hay en ella una cantidad de cosas que están reservadas al clero, hay muchas oraciones que se dicen en silencio, existe todo tipo de señales de reverencia y temor que nos indican que no estamos en la plaza del mercado, que esto no es un lugar para hacer negocios, que no es una sala de clases: estamos en un tiempo especial, sagrado. Y la liturgia necesita tener elementos que nos transmitan todo esto. Uno de ellos, para nosotros en Occidente, fue el latín. Sí: hubo un tiempo en que el pueblo hablaba latín, pero no hablaba el latín de la liturgia, que es un latín muy formal, elevado, pulido, elegante, elocuente, poético. Y con el correr del tiempo, el latín se transformó en una especie de distintivo de lo especial que es la liturgia: “este es el único lugar donde existen estas oraciones dichas de este modo”. Y poco a poco ello se transformó, me atrevería a decir, en una especie de sacramental, como el agua bendita o el rosario, transformándose en algo que nos acercaba a lo santo, aun cuando, en sí mismo, el latín no es más que una lengua. Pero el latín de la liturgia se transformó en un vehículo sagrado que nos conectaba con lo divino.
 
Quisiera decir también, en relación con esto, que los liturgistas de la décadas de 1950, 1960 y 1970 fueron a menudo culpables de cierto desprecio por el pueblo, en el sentido de que se referían a él como si fuera incapaz de comprender, simplemente ignorante, iletrado, poco pulido, un desastre… En cambio nosotros, que éramos inteligentes, liturgistas expertos, teníamos que entrenarlo nuevamente y mostrarle lo que significaba realmente ser cristianos. Fue una arrogancia increíble. La fe católica floreció durante siglos y siglos entre personas que “no entendían de liturgia”. ¿Florece, acaso, ahora, con todos los consejos de los expertos? A mí me parece que no. No se puede culpar solamente a la reforma litúrgica, pero ciertamente lo que entonces se predijo no ha tenido lugar sino que ocurrió todo lo contrario. Ahora, si ella es una causa o una coincidencia, habría que discutirlo en otra ocasión. 
 
El Catecismo de la Iglesia Católica cita al Cura de Ars. Hay una famosa historia del Cura de Ars, que encontró un día a un hombre en su iglesia, que se sentaba ahí, simplemente, durante largos ratos, hasta que el Cura le preguntó un día: “¿Qué hace usted?”. Y el hombre contestó: “Yo lo miro, y Él me mira”. El Catecismo cita esto como ejemplo de oración contemplativa, que es la esencia de la oración. Tal es el tipo de oración que la gente encontraba en la antigua liturgia, y eso es lo que la abuela hacía la mayor parte del tiempo, no un mero repasar inconscientemente las cuentas el rosario. 
 
Me parece que tenemos que recapturar o reconocer la profunda piedad que tenía el pueblo, alimentada por la liturgia. Hay varias otras cosas que usted mencionó: ¿quiere que me refiera a ellas una por una?
 
Lo que voy a hacer es simplemente mencionarle algunas típicas objeciones que se oye, para que usted pueda responderlas. Una de ellas es más o menos esta: El Concilio Vaticano II pidió más participación activa. Pero uno no puede participar a menos que comprenda las oraciones y lecturas y lo que está teniendo lugar. Necesitamos por ello una liturgia en vernáculo.
 
De acuerdo [eso es lo que se dice]. Puedo ser ahora más específico en relación con esto. El Concilio Vaticano II define “participación activa” fundamentalmente como la compenetración de la inteligencia y del corazón con lo que está teniendo lugar. De modo que lo primero que presupone la participación activa es que uno entienda lo que es la Misa, lo que es la liturgia, es decir, el santo sacrificio de la cruz, y que la participación de uno es en la pasión redentora del Señor y en todos los misterios de su vida. Así, si uno no entiende eso, si la liturgia no alimenta esa honda comprensión en la mente y en el corazón, no tiene mayor importancia cuántas veces uno se ponga de pie, o se siente, o se arrodille, o hable, o cante, o aplauda. No tiene importancia lo que se hace activamente en lo exterior, si en la Misa uno no tiene esa participación interior.
 
Creo que es verdad que hubo épocas y lugares en que el pueblo pudo haber estado más involucrado en la liturgia, pudo haber tenido una mayor comprensión de las oraciones, pudo haber entonado los cantos como Pío X lo pidió –y lo pidieron Pío XI, Pío XII y muchos otros papas- y como ocurría en muchos lugares; o sea, es verdad que a la participación exterior le corresponde un lugar, pero no le corresponde el lugar más importante. Lo que hemos presenciado es una transición desde un mundo católico en que la participación fue real, pero principalmente silenciosa e interior, a un mundo en que la participación es exterior y verbal, pero no muy interior, y sin mucha comprensión, o sin experimentar el espíritu de la liturgia del modo en que se refieren a ella Guardini o Ratzinger. Está claro que necesitamos una participación tanto interior como exterior, y que ambas constituyen la participación activa. Existe un auténtico peligro en la comprensión simplista de “activo”.
 
A veces se dice que quizá una mejor traducción de la expresión “participación activa” sería “participación real”, ya que la palabra latina “actuosa” significa real, no actividad en el sentido de que “hago estas cosas”.
 
Sí, creo que eso es verdad: “participar activamente” quiere decir estar completamente comprometido, con todas las fuerzas.
 
Analicemos lo siguiente: el idioma original del rito romano fue el griego, y sólo se lo tradujo al latín cuando el pueblo dejó de entender el griego. Por lo que los reformadores, lo que hicieron, es básicamente lo mismo. Hicieron comprensible la liturgia, o al menos, más accesible a la gente, por una preocupación pastoral. ¿Por qué habríamos de desear algo que la mayor parte de las personas no entiende?
 
Interesante pregunta. La Iglesia primitiva oraba en griego. Este no era necesariamente el lenguaje de todo el mundo, pero sí era una lengua muy extendida, y era la lengua de la intelligentsia, de modo que en esta lengua la liturgia pudo celebrarse de un modo formal. Y parece que la Iglesia, que siempre actúa de modo profundamente conservador, titubeó por largo tiempo antes de hacer el cambio del griego al latín. Me refiero a la Iglesia de Roma, la Iglesia de Occidente, para decirlo así. Y cuando se hizo el cambio, el tipo de latín a que se tradujo la liturgia fue, como acabo de decir, una versión noble y elevada de la lengua latina. No fue el latín de la calle, no fue el vernáculo en el sentido de lengua de todos los días.
 
Lo interesante de todo esto es que, habiéndose hecho ese cambio, un cambio fundamental, la Iglesia jamás –jamás hasta fines del siglo XX- lo cuestionó seriamente. Debemos respetar el hecho de que el ritmo del cambio en la historia litúrgica se va haciendo más lento a medida que pasan los siglos. Se añade algunas cosas, pero se preserva lo que ya existe. Y, como católicos, creemos que el Espíritu Santo guía el desarrollo de la liturgia, el desarrollo orgánico de la liturgia. Así pues, si hubiera sido realmente necesario o al menos aconsejable que la Iglesia cambiara del latín a otras lenguas, ella lo hubiera llevado a cabo, y además mucho más tempranamente. El hecho de que no lo hizo ni siquiera luego de que otras lenguas evolucionaran a partir del latín –especialmente las lenguas romances- ni tampoco cuando los misioneros trajeron la liturgia en latín al Nuevo Mundo o a las tribus de África que no tenían idea alguna del latín. El hecho de que la Iglesia adhirió firmemente a ese legado litúrgico latino significó que éste se había transformado para ella en algo más que una convención de carácter práctico: se había convertido en algo sagrado, precioso, algo extremadamente valioso que no era una pura cosa externa, no era como el color de ojos o de pelo de una persona, o como el estilo de su vestimenta.
 
He aquí una buena comparación: las vestimentas de la liturgia se desarrollaron un poco en unos cuantos siglos. Como se sabe, los ornamentos de la liturgia son adaptaciones de la antigua vestimenta romana, de la vestimenta romana común. Pero a partir de cierto momento, el desarrollo de la vestimenta litúrgica se detuvo. Entre tanto, la vestimenta secular siguió desarrollándose, y ha habido cientos de diferentes estilos de vestidos; pero la vestimenta litúrgica apenas se desarrolló. Hay varios tipos diferentes, diferentes cortes, diferentes estilos, pero todos ellos son fundamentalmente iguales: siempre está el alba, y la casulla, y el amito, y el manípulo, aunque se den en diferentes formas y colores. Así, en la historia de la liturgia hubo un mayor desarrollo al comienzo, y un menor desarrollo posteriormente. Esto, para mí, tiene mucho sentido porque, a medida que la liturgia arriba a una cada vez mayor plenitud y perfección, ya no debería necesitar cambiar mucho más.  
 
Me resulta curioso que nunca tuvimos quejas serias de nadie sobre el latín, salvo de parte de los expertos. El experto, que se auto titulaba como tal, insistía en que “Oh, no, tenemos que cambiar esto en pro del pueblo común”. Pero el pueblo común no andaba por ahí clamando o firmando peticiones o marchando con pancartas que dijeran “Necesitamos liturgia en italiano, o castellano, o francés, o alemán”. Al pueblo le gustaba el hecho de que fuera siempre lo mismo y que, donde quiera que fuera uno, se encontrara siempre con la misma liturgia.
 
Quizá un punto relevante aquí sería que la propia Constitución conciliar sobre reforma litúrgica, Sacrosanctum Concilium, dice que debiera conservarse, no abolirse, el latín.
 
Exacto. Dice que los límites del vernáculo podían extenderse, podía extenderse su uso pero, a continuación, dice que ello sólo tendría sentido en el caso de las partes de la Misa que cambian día a día. 
 
Así pues, otra forma de abordar su pregunta es la siguiente: la mayor parte de la liturgia de la Iglesia es estable, se repite. No hace falta más que oír el Kyrie o el Gloria unas pocas veces para entender qué es lo que se está diciendo. Sé por experiencia que mis hijos, y los de muchas otras familias en las comunidades en que he vivido, pueden cantar, y recitar y comprender sin dificultad las oraciones en latín de la liturgia que se repiten.
 
Lo cual nos remite a ese desprecio por la inteligencia de los católicos comunes y corrientes. La liturgia de la Misa puede imprimirse en unas pocas páginas, no es un texto largo. Y, aparte de eso, por cierto, tenemos el hecho de que, a medida que pasa el tiempo, disminuye el analfabetismo, y un aspecto del Movimiento Litúrgico, en su fase más sana, fue la introducción del pueblo a las oraciones de la liturgia mediante los misales individuales impresos. Hacia mediados del siglo XX, todo el que podía leer podía seguir la liturgia al revés y al derecho, de comienzo a fin, sin necesidad de seguirla paso a paso, aunque podía hacerlo, y a menudo lo hacía precisamente así. En realidad, de lo que se trata es de educar a la gente sobre las riquezas que ha heredado y no de cambiarlo todo presuponiendo que la gente no tiene ni va a tener nunca educación. Tal cosa me parece una actitud derrotista.
 
¿Cree usted que el éxodo de fieles que se produjo a mediados de las décadas de 1960 y de 1970 tuvo que ver con la reforma litúrgica?
 
Creo que hubo una cantidad de causas culturales, pero no cabe duda alguna de que el número, la magnitud y el rápido ritmo de los cambios jugaron un papel enorme en la desorientación y desencanto y pérdida de la propia herencia que experimentaron los católicos por obra de su propia Iglesia. Fue como si, de improviso, el clero le comenzara a imponer una nueva religión, con nuevos “valores” y nuevas “prioridades”. Algunos se adaptaron de buena gana, otros lo hicieron a regañadientes, y hubo demasiados que se marcharon por las puertas abiertas para no volver jamás. Bill Buckley, un famoso  periodista político estadounidense, decía que quería creer que los cambios que la jerarquía dejaba caer desde lo alto eran, de algún modo, buenos para el pueblo, pero añadía que ello constituía el más exigente acto de fe que jamás se le había pedido hacer, cuyos frutos nunca llegó a ver. Podría hablarse aquí de una transubstanciación al revés: teníamos el cuerpo vivo de la Tradición católica, con toda su belleza y nobleza, y ahora la Iglesia lo transformaba de nuevo en pan común y corriente. Pero lo que deseamos en nuestro corazón es el cuerpo viviente. El mundo está lleno de pan y lo da con generosidad a quienes sirven a sus intereses. La Iglesia está para darnos lo que el mundo no puede. Estoy, al cabo, simplemente haciendo variaciones sobre la sobria frase de Ratzinger: “La crisis en la Iglesia ha sido, en gran medida, causada por la crisis en la liturgia”.
 
El cardenal Sarah ha venido diciendo algo parecido sobre el controvertido punto de la orientación litúrgica. Uno de los argumentos que se esgrimen en favor de “versus populum” es que el laicado debe unirse al sacrificio de la Misa, pero el laicado tiene también un carácter real y sacerdotal, aparte del sacerdocio ministerial del sacerdote. Y por eso, el laicado tiene derecho a ver lo que ocurre sobre el altar, y ello implica que “versus populum” es la mejor alternativa.
 
Si me lo permite, creo que ese argumento es muy débil. Los fieles no tienen un “derecho” a ver lo que ocurre sobre el altar porque, en cierto sentido, no hay nada que ver. El milagro de la transubstanciación no se ve y, como dijo alguien, cuando el sacerdote cambió de postura y se dio vuelta, y cuando el pueblo comenzó a ver lo que el sacerdote había estado haciendo, de pronto el pueblo se dio cuenta de que no era gran cosa, después de todo. En realidad, la Misa se dirige a nuestra fe, no a nuestra vista. No se trata de mirar un espectáculo, como podría ser una demostración culinaria que se desarrolla ahí adelante, en que se pone un poco de aliño o de hierbas, y uno aprende cómo mezclarlas uno mismo. No, nunca uno va a poder a hacer esas cosas a menos que uno sea un sacerdote, por lo que no necesita “verlas”.
 
La cuestión de fondo aquí es que, cuando el sacerdote mira hacia el oriente, está mirando en la misma dirección que el pueblo. O, más bien, el pueblo mira en la misma dirección que el sacerdote. Y queda claro que todos están ofreciendo el sacrificio: el sacerdote, en su forma sacerdotal propia, y el pueblo en su forma bautismal, con su sacerdocio bautismal. Todos se unen para ofrecer el sacrificio hacia el Oriente, y la Escritura dice que el Oriente es un símbolo de Cristo que ha de venir, y llegará a nosotros desde el Oriente. Así, este signo escatológico es el signo de nuestro anhelo de Cielo, de que Cristo regrese. Como dice el Apocalipsis, “Maranatha”, “El Señor Jesús viene”. Ese simbolismo en su conjunto hace, de acuerdo con mi experiencia, que el pueblo se sienta más involucrado en el ofrecimiento de la Misa, no menos involucrado.
 
Si el sacerdote se vuelve para ponerse de cara al pueblo, surge de pronto una dinámica en que el sacerdote y el pueblo se enfrentan mutuamente, y el sacerdote se convierte en alguien que está frente al pueblo como quien tiene que entretenerlo o animarlo o llamar su atención y tener cuidado de cómo se le ve el pelo o la cara. Surge de pronto una dicotomía, incluso un antagonismo entre ambas partes, en tanto que, cuando el sacerdote se da vuelta al revés, se hace anónimo, es un ícono de Cristo, y todo el pueblo puede, para decirlo de algún modo, ascender al cielo encaramado en su casulla. Creo que ésta es, exactamente, la experiencia del pueblo que asiste a una Misa que se celebra ad orientem. 
 

Cuando la gente va a Misa y ve que el sacerdote no está vuelto hacia ella, puede que le resulta incómodo al principio, pero le ayuda a darse cuenta de que todo esto no gira en torno a nosotros: el sacerdote no nos habla a nosotros, le habla a Dios. El sacerdote ofrece a Dios un sacrificio, del cual nos beneficiamos. Y por tanto, es muy importante para nosotros que la Misa no se dé vuelta hacia nosotros: ello es un error fundamental; es lo que llamamos antropocentrismo. 

 
¿Fue Ratzinger quien dijo que el sacerdote “no le da la espalda al pueblo”, sino que más bien actúa encabezándolo? 
 
Exactamente. Alguien, con buen humor, preguntaba un vez: “¿quiere usted que en el avión el piloto esté vuelto hacia la cabina o vuelto hacia adelante?”. Cada vez que un grupo va hacia alguna parte, todos deben mirar en la misma dirección.
 
A menudo se les dice a los partidarios de la “reforma de la reforma” y a los tradicionalistas: “Vosotros insistís en el desarrollo orgánico, y objetáis que sean unos comités los que tomen las decisiones. Pero lo que hizo Trento no fue desarrollo orgánico, sino que hizo exactamente lo mismo que los reformadores, luego del Vaticano II: obrando lo mejor posible, consiguió algunos expertos y procuró restaurar la liturgia de los Padres. Y luego impuso el rito, resultado del trabajo de los expertos”.  
 
Este argumento es terriblemente falaz. Cualquiera que haya estudiado la historia de la liturgia sabe que la reforma que tuvo lugar después del Concilio de Trento consistió en reformas menores, en comparación con las que ocurrieron a mediados de la década de 1960. Por ejemplo, el orden la de la Misa contenida en el misal de Pío V, promulgado en 1570, es fundamentalmente el mismo que se encuentra en Roma en el siglo XV, el mismo que se encuentra en el siglo XIV, y así se puede seguir retrocediendo.
 
El corazón mismo de la Misa, el Canon Romano, data del siglo VI y de antes, aunque su forma definitiva ya se nos da en el siglo VI. Así es que, de hecho, los cambios efectuados en el período tridentino, en tiempos de San Pío V, son tales que cualquiera puede darse cuenta de que son cosméticos, cambios menores. Quizá el cambio mayor fue la abolición de la mayor parte de las Secuencias. Y hay quienes hoy lo lamentan. Pero lo que aquel comité pensó fue que, de todas las partes de la Misa, ellas eran la adición más reciente, y eran también las que estaban más restringidas a ciertas regiones, o sea, eran cosas que habían surgido mucho más recientemente, y a fin de preservar mejor lo que todos habían preservado hasta aquella época, se pensó que era aconsejable una simplificación de las Secuencias. Se puede estar o no de acuerdo con esto, pero lo interesante es que ellas fueron el único blanco importante o la única víctima, si se pudiera decir así, de aquel comité, o sea, algo que se había desarrollado hacía poco, no cosas que ya estaban asentadas desde hacía siglos, y que no se le hubiera pasado por la mente suprimir.
 
Otra cosa que hay que advertir es que la edición que hizo San Pío V del misal añadió algunas cosas al orden de la Misa. Por ejemplo, las oraciones al pie del altar, que son muy queridas por todos los católicos que asisten a la Misa antigua en cualquier parte del mundo (salmo 42, el doble Confíteor, el diálogo, las oraciones mientras se sube al altar). Esos elementos comenzaron como preparación privada del sacerdote, pero Pío V ordenó que se incluyeran en el orden de la Misa. Y ello constituyó un enriquecimiento de la Misa, no fue cambiar nada, o eliminar algo: fue un añadir algo. Esa es la forma general en que la historia de la liturgia opera, por adición, no por substracción. Del mismo modo, el último Evangelio se fusionó con la liturgia, en tanto que anteriormente había sido una devoción privada del sacerdote, a modo de acción de gracias.
 
Hay que distinguir entre cambios litúrgicos que consisten en enfatizar o añadir, y cambios litúrgicos que consisten en desordenar o incluso en demoler.
 
En el tópico del énfasis, ¿no podría alguien decir: la nueva Misa introdujo muchas, muchas opciones, incluso nuevos cánones y Plegarias Eucarísticas para Misas con niños y otras cosas por ese estilo, de modo que si la liturgia se desarrolla por vía de adición, he aquí que tenemos una cantidad de nuevas opciones? ¿Acaso no es bueno eso?
 
No, no, las opciones son terribles, terribles, terribles. Conduce a lo que se ha llamado “opcionitis”. En todas las liturgias tradicionales de Oriente y Occidente se puede observar lo siguiente, cualquiera de ellas que se considere –ya sea la mozárabe, o la sirio-malabar, o la bizantina, o la ambrosiana, o la romana, o cualquier otra-: se llega a un cierto punto en el tiempo después del cual (y ello ocurre harto tempranamente, por cierto en el primer milenio e incluso en la primera mitad del primer milenio) nos encontramos con el desarrollo de formas litúrgicas fijas, de modo que los sacerdotes y obispos reciben determinado cuerpo de oraciones, y textos, y cánticos, y lecturas, y son éstos los que se usa. Nadie mete mano en ellos, sino que se los perpetúa. Fuere lo que fuere que ocurrió en los primeros siglos –y tenemos testimonios muy escasos e incompletos de aquel período- el hecho es que se dio una tendencia inherente en la Cristiandad hacia la fijación de las formas litúrgicas. Y esto no es ningún tipo de corrupción tardo-medieval. Esto se puede ver desde muy temprano: se ve en San Gregorio Magno, que murió, me parece, en 604. De modo que esto es muy temprano. Y San Gregorio Magno es quien hace que muchas plegarias finalicen de tal modo que tengan nobleza y estabilidad formal.
 
La razón de esto, me parece, es muy sencilla: cuando uno enfrenta a las realidades más sagradas y solemnes de todas, uno quiere emplear las oraciones más nobles y bellas y ortodoxas y bien expresadas que se pueda. Y si se las ha heredado, ¿por qué habría de creerse que uno es mejor que sus antecesores, que uno puede inventar una oración mejor, o que se podría hacer espontáneamente algo mejor? De hecho, cada vez que alguien tiene que hacer algo extemporáneamente, ello es embarazoso, como se ve en las fiestas de matrimonio, cuando hay que hacer un brindis. Si en tales casos se pudiera memorizar algún brindis famoso, probablemente uno terminaría haciéndolo mucho mejor que si tuviera que inventar su propio brindis. Y se trata aquí de un simple brindis, que no tiene ningún significado perdurable. En cambio, cuando se trata del tremendo sacrificio de la Misa, o de un bautismo, o confirmación, o absolución, o cualquier otro sacramento, hay una razón para que el pueblo cristiano obre con su instinto de preservación y conservación, de fijeza y estabilidad. 
 
Lo que las modernas opciones han causado en la liturgia, y especialmente en las palabras iniciales del sacerdote, a quien se le dice que hable con sus propias palabras, o “use otras palabras similares”, es haber dado lugar a un montón de banalidades en la liturgia, a una pseudo-liturgia de estándares disminuidos, de segunda clase. Y nunca se sabe con qué se va a encontrar uno, lo cual es un problema. Es como ir a un McDonalds o un Burger King: ¿elegiremos esta opción, o esa otra, o la otra? En este sentido, ello es muy desconcertante para los fieles, que simplemente quieren ir y librarse de la confusión y complejidad del mundo profano y concentrarse solamente, todo lo que puedan, en el Señor y darle al Señor esos momentos. Si uno va y las cosas están constantemente cambiando, como un piso que se mueve bajo los pies, es muy difícil establecer una relación de oración. Esto es simplemente un aspecto muy inquietante de la nueva liturgia.
 
Supuestas las diversas opciones que son litúrgicamente legítimas en el misal de Pablo VI, se puede decir Misa de una forma (ad orientem, sólo en latín, cantando las lecturas) que, para un observador ajeno, la haría indistinguible de la antigua Misa. Pero también se la puede celebrar de un modo completamente diferente, que subraya las diferencias que existen entre lo que ahora llamamos “las dos formas”.  
 
Es verdad. Martin Mosebach ha escrito: “¿Se puede celebrar la Misa nueva reverente y bellamente? Sí. Pero constituye un problema el que ello sea posible”. En otras palabras, sería necesario celebrarla reverente y bellamente. Ocurre lo mismo con la liturgia antigua: si se obedece las rúbricas, se la celebrará como se debe, adecuadamente, como corresponde. Lo que Mosebach ha querido decir es que, con la Misa nueva, el sacerdote tiene que ser un santo. Por cierto que el sacerdote debiera siempre ser santo, pero con la Misa nueva, si no lo es, la liturgia puede transformarse en un desastre, mientras que si lo es, la celebrará devota y reverentemente.
 
La Misa tradicional, por el contrario, es como un avión de carga: es una máquina construida por genios que puede ser operada por idiotas. Es decir, es en cierto modo a prueba de bombas. No se la puede hacer depender de la personalidad del celebrante.
 
Dado que nos queda poco tiempo, permita que le presente un último argumento. Es ampliamente sabido que Benedicto XVI ha dicho que lo que una generación ha considerado sagrado, no puede súbitamente comenzar a ser considerado peligroso y a ser totalmente desechado. Pero la Misa nueva restauró muchas de las cosas que los antiguos tenían por sagradas en su liturgia, tales como la oración de los fieles, o la procesión del ofertorio (la procesión con las ofrendas) o la comunión en la mano. Estas, pues, no debieran ser consideradas peligrosas ni desechadas hoy día. 
 
Eso es lo que la gente llama un sofisma. Hay dos niveles diferentes para responder ese tipo de argumento. Uno de ellos es simplemente hacer ver, como lo hizo Pío XII en su gran encíclica Mediator Dei de 1947, que el solo hecho de que algunas cosas se practicaron en la Iglesia antigua y han caído en desuso durante muchos siglos, no es razón para poder o deber reintroducirlas automáticamente en la actualidad. De hecho, la Iglesia profundiza, crece en su comprensión de la liturgia y de lo que ella realiza. Tal es el motivo para que, para comenzar, tengamos un desarrollo litúrgico. 
 
En la primitiva Iglesia, si los fieles recibían la comunión en la mano –y, dicho sea de paso, existe un debate académico sobre cuán extendida estaba la costumbre e incluso sobre cómo interpretar ciertos textos patrísticos sobre ella-, lo hacían con mucha reverencia, se cubrían las manos con un paño, y se tomaban muchas precauciones para que no se perdiera miga alguna, precauciones que hoy ya no se toman. Así es que hemos revivido un remedo de algo que se hacía de un modo diferente en la Iglesia antigua. Ahora, el motivo de que esa práctica desapareciera fue que, en cierto momento, la gente pensó: “La verdad es que esto no está funcionando bien. Cambiémoslo por algo que funcione mejor”. Y de hecho, surgió un mejor modo de distribuir la comunión y nosotros, invocando prácticas arcaicas, hemos tratado de revivir esta práctica concreta, pero ni siquiera lo hemos hecho del modo en que lo hacían los antiguos. Y mientras tanto, le hemos dado las espaldas a una práctica superior que se desarrolló sabiamente.
 
Por tanto, lamento decir que hay un montón de… cómo decirlo… engaños en la formulación de ese tipo de argumentos. La gente quiere “regresar a las prácticas primitivas” no porque esté llena de respeto por los antiguos (eso se puede ver en la forma cómo se hace vista gorda de las prácticas ascéticas de los antiguos…), sino porque el pluralismo subdesarrollado de las prácticas primitivas le sirve de matriz para su agenda modernista –como la agenda de negar la Presencia Real, o de ponerla al mismo nivel que la presencia de Cristo en el pueblo-.
 

El otro tipo de respuesta a este argumento es que, a veces, de lo que los académicos o los expertos nos dicen que se hacía en la antigua Iglesia, se reconstruye esto o aquello sobre la base de pruebas fragmentarias, y luego vienen otros académicos y prueban que los primeros estaban equivocados. En la primitiva tradición latina no había procesión del ofertorio del tipo que tenemos hoy, en que una pareja trae pan y vino por el medio del pasillo central y se lo entrega al sacerdote, quien lo lleva al altar. Existen poquísimas pruebas de que jamás haya existido en las liturgias occidentales algo parecido. Por otra parte, e irónicamente, siempre existió algún tipo de rito de ofertorio, pero eso fue precisamente lo que Bugnini y el Consilium eliminaron de la liturgia cuando la reformaron. El modo como ahora se hace en el Novus Ordo no corresponde a nada que haya sido hecho jamás históricamente en la liturgia cristiana. Es una especie de arqueologismo artificial, no es siquiera la recuperación de nada real. 

 
¿Qué hay de la oración de los fieles?
 
Es la misma cosa: corresponde a una teoría que se encuentra en autores como Josef Jungmann, en el sentido de que cuando el sacerdote dice “Oremus” al comienzo del ofertorio, ello es una especie de remanente de introducción a una oración de los fieles. Pero hay otros buenos investigadores que dicen “No, no es en absoluto su propósito”, y dicen que las oraciones que encontramos, por ejemplo, en el Viernes Santo –esas largas intercesiones- se usaban en ocasiones especiales, no eran para todos los días, ni siquiera para todos los domingos (estamos hablando del rito romano y sus derivados; el rito ambrosiano tiene maravillosas intercesiones, afines a las de la liturgia bizantina).
 
Además de tener cuidado de no ignorar que el Espíritu Santo guía a la Iglesia e inspira el desarrollo de la liturgia, también hay que ser desconfiar de las teorías de los académicos porque ellas a menudo resultan falsas. Por ejemplo, hubo investigadores que alegaron que “versus populum” fue el formato original de la liturgia. Hoy casi nadie sostiene semejante cosa. Los investigadores tienen toda suerte de teorías al respecto, pero no ésa. Es peligroso comprometerse, conectarse con una carreta que está siendo arrastrada por los investigadores, porque podrían hacer que uno se desbarrancara. Pero si uno se conecta con la Tradición, se le garantiza que sigue la línea querida para la Iglesia por el Espíritu Santo.
 
Una última cuestión. ¿Es verdad que usted ha escrito un par de libros sobre la liturgia y que contribuye al New Liturgical Movement? ¿Podría contarnos algo sobre esto?
 
Por cierto, y gracias por la pregunta. Hace tres años publiqué un libro titulado Resurgent in the Midst of Crisis. El subtítulo es Sacred Liturgy, the Traditional Latin Mass, and Renewal in the Church [Nota de la Redacción: el título ha sido traducido al castellano como Resurgimiento en medio de la crisis. Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia]. Se trata de una serie de ensayos que tratan sobre diferentes aspectos importantes de la liturgia. Mi propósito es mostrar al público qué es lo que se juega en estas cuestiones. Hay mucho en juego. Por ejemplo, hay un capítulo sobre por qué fue tan mala idea el abandonar la celebración privada de la Misa en favor de las concelebraciones. Hay otro capítulo titulado “Latín, el lenguaje litúrgico ideal”, donde argumento que el latín no es simplemente una tradición del pasado sino algo vitalmente importante para la unidad, la auto-identidad, de la Iglesia católica en el mundo pluralista posmoderno.  Me alegra decir que este libro se ha publicado en checo, polaco y alemán, y pronto estará disponible en castellano y portugués [Nota de la Redacción: la traducción castellana ha sido preparada por nuestra Asociación y será publicada prontamente, habiéndose publicado como anticipo el capítulo 14 en esta bitácora (véase aquí y aquí)], y se lo está traduciendo al italiano, al francés y al bielorruso. Parece que ha dado en el clavo.
 
El libro más reciente apareció el verano pasado: Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages [Nota de la Redacción: el título podría traducirse al castellano como “Noble belleza, santidad trascendente: por qué la edad moderna necesita la Misa de siempre”; el libro puede ser adquirido aquí]. Yo describiría este libro como una apología, a alto nivel, de la recuperación de la liturgia tradicional para el mundo moderno y posmoderno. Es decir, suponiendo que la liturgia tradicional tuvo un rol central en el pasado, quiero plantear que ella es especialmente importante para el mundo actual, que responde a nuestras necesidades particulares ahora mejor que nunca. Eso suena paradojal, porque se podría pensar: “¿Cómo puede una complicada liturgia medieval responder a las necesidades del hombre del siglo XXI?”. Desarrollo extensamente mi argumentación al respecto: nuestros problemas, aquello que nos falta, que hemos perdido, que nos confunde, la liturgia tradicional los enfrenta de un modo que la nueva liturgia no lo hace. La nueva liturgia confirma o apoya en nosotros nuestros errores modernos y falsos conceptos modernos, no nos ayuda a disipar nuestro moderno malestar espiritual. “La Messe de toujours”, “la Misa de siempre”, ella sí nos provoca y nos desafía del modo que nos hace falta.    

 

INVITACIÓN II ENCUENTRO SUMMORUM PONTIFICUM ANDALUCÍA

EL SÁBADO 23 SEPTIEMBRE CÓRDOBA ACOGERÁ EL II ENCUENTRO SUMMORUM PONTIFICUM ANDALUCÍA

La ciudad de Córdoba acogerá el sábado 23 de septiembre un acontecimiento muy especial. Se trata del II ENCUENTRO SUMMORUM PONTIFICUM ANDALUCÍA. Organizado por la COMISIÓN MISA TRADICIONAL ANDALUCÍA, la jornada se dividirá en dos grandes actos. El primero consistirá en una conferencia-coloquio, que será pronunciada en el Salón de Actos del Palacio Episcopal, a las 12:30 horas, por el delegado diocesano para la Vida Consagrada de Córdoba, Monseñor Alberto-José González Chaves. Y llevará por título: “La Misa tradicional: Un gran legado litúrgico de Benedicto XVI”.

Ya en la jornada de la tarde (a las 19:00 horas), el altar mayor de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba será el centro de la celebración litúrgica. Allí se oficiará, por parte del obispo de Córdoba, el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Demetrio Fernández González, Misa prelaticia tradicional de acción de gracias por el X aniversario de Summorum Pontificum, que pondrá el broche de oro a este intenso día. Será la primera vez tras la reforma litúrgica que en España un Obispo celebre la Misa según el Rito romano tradicional en el Altar Mayor de una catedral.
 
En dicho Encuentro se darán cita fieles de todas las diócesis de Andalucía que promueven en ellas desde hace una década la celebración de la Santa Misa según la Forma Extraordinario del Rito Romano o Misa tradicional o gregoriana, cuyo uso no fue abrogado, como así establece el motu proprio Summorum Pontificum promulgado S.S. Benedicto XVI.

El programa detallado del Encuentro es:

 

– 12:30 horas: Salón de Actos del Palacio Episcopal (c/ Torrijos nº 12 -junto a Catedral-). Conferencia-coloquio: “La Misa tradicional: Un gran legado litúrgico de Benedicto XVI”. Por Monseñor Alberto-José González Chaves, delegado diocesano para la Vida Consagrada de Córdoba.

 

– 14:30 horas: Comida-menú de hermandad en lugar cercano al Salón de Actos (para más detalles y reserva escribir a misatradicionalandalucia@gmail.com o asociación@unavocesevilla.info)

 

– 19:00 horas: Altar Mayor de la Catedral de Córdoba. Santa Misa tradicional-gregoriana de acción de gracias oficiada por el  Excmo. y Rvdmo. D. Demetrio Fernández González, obispo de Córdoba.

Para más información pueden escribir a: misatradicionalandalucia@gmail.com o https://www.facebook.com/misatradicionalandalucia/Animamos a todos nuestros amigos, asociados y lectores a participar de tan importante celebración.

La COMISIÓN MISA TRADICIONAL ANDALUCÍA fue constituida el 04 de junio del año del Señor de 2016 en Montilla (Córdoba), ante las reliquias del apóstol de Andalucía, San Juan de Ávila, y en el marco de la celebración del I Encuentro Summorum Pontificum Andalucía, con el objetivo de unir y coordinar a las distintas asociaciones y grupos de fieles existentes en Andalucía amantes del tesoro litúrgico tradicional de la Iglesia Católica que, en concreto, promueven en sus respectivas diócesis la celebración de la Misa tradicional o gregoriana.

 

 

 

Con la carta apostólica motu proprio data “Summorum Pontificum”, promulgada el 7 de julio de 2007, y que entró en vigor el 14 de septiembre de ese mismo año, el Santo Padre Benedicto XVI promulgó una ley universal para la Iglesia con el fin de reglamentar el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, haciendo con ello más accesible a la Iglesia universal la riqueza de esta liturgia también llamada tradicional o gregoriana, e ilustrando de forma autorizada las razones de su decisión en la Carta a los obispos que acompañaba la publicación del referido motu proprio.  Desde entonces, la celebración de la Misa tradicional, conforme a Summorum Pontificum, se ha extendido a casi todas las diócesis de Andalucía, con el beneplácito de sus obispos y el crecimiento de fieles que la demandan.

 

Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser  improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y de darles el justo puesto” (Benedicto XVI. Carta a los Obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum)