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LISTADO DE INSTITUTOS Y COMUNIDADES RELIGIOSAS TRADICIONALES AHORA DEPENDIENTES DE LA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

A través de un motu proprio de 17 de enero de 2019, el papa Francisco decidió suprimir la Pontificia Comisión Ecclesia Dei (núm. 1), confiando su cometido a una sección creada al efecto al interior de la Congregación para la Doctrina de la Fe (núm. 2). La competencia de esa sección es continuar con la función de vigilancia, promoción y tutela que tenía dicha comisión (núm. 2).

Las comunidades tradicionales reconocidas por la Santa Sede

Por fuerza de las facultades dadas por los Sumos Pontífices, la sección existente en la Congregación para la Doctrina de la Fe ejerce jurisdicción sobre los distintos institutos y comunidades religiosas erigidas por la Sede Apostólica, que tienen como uso propio la forma extraordinaria del rito romano y conservan las tradiciones precedentes de la vida religiosa.

Se encuentran bajo su dependencia:


1. Administraciones territoriales.


Administración Apostólica Personal de San Juan María Vianney, situada en la diócesis de Campos, Brasil (véase aquí la entrada que le dedicamos en su oportunidad).


2. Sociedades de vida apostólica.


(a) Internacionales. 
(i) Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (véase aquí la entrada respectiva).

(ii) Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (véase aquí la entrada respectiva). Su rama femenina son las Adoratrices del Real Corazón de Jesucristo Sumo Sacerdote (véase aquí la entrada respectiva). 

(iii) Instituto del Buen Pastor (véase aquí la entrada respectiva).


(b) Locales. 
(i) Instituto de San Felipe Neri (Berlín, Alemania) [véase aquí la entrada respectiva].

(ii) Servidores de Jesús y María (Austria) [véase aquí la entrada respectiva].


Santa Misa en la abadía de Le Barroux
(Foto: New Liturgical Movement)

3. Fundaciones de espiritualidad benedictina [véase aquí la entrada respectiva]

(a) Fundaciones masculinas. 
(i) Abadía de Nuestra Señora de Fontgombault (Francia). 

De ella dependen los siguientes monasterios:

– Abadía de Nuestra Señora de Randol (Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de Triors (Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de Donezan (reemplazó a la Abadía de Nuestra Señora de Gaussan, ambas situadas en Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación de Clear Creek (Estados Unidos de América). 

– Abadía de San Pablo de Wisques  (Francia).

(ii) Abadía de Santa Magdalena del Barroux (Francia), de la cual depende además el Priorato de Nuestra Señora de la Guarda (Francia).

(iii) Instituto de la Santa Cruz de Riaumont (Francia).

(iv) Abadía de San José de Clairval (Francia). 

(iv) Monasterio de San Benito (Francia).

(v) Monasterio de San Benito (Italia). 

(vi) Benedictinos de la Inmaculada (Italia). 

(vii) Priorato de Silverstream (Irlanda).

 
(b) Fundaciones femeninas. 
(i) Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación del Barroux (Francia).

(ii) Abadía de Nuestra Señora de la Fidelidad de Jouques (Francia). 

De ella dependen:

-Abadía de Nuestra Señora de la Misericordia de Rosans (Francia).

– Monasterio de Nuestra Señora de la Escucha (Benin). 

(iv) Monasterio de María, Madre de los Ángeles (Estados Unidos).


4. Comunidades de espiritualidad trapense y cisterciense. 

(i) Monasterio de Vyšší Brod (Polonia) [véase aquí la entrada respectiva].


Fraternidad de San Vicente Ferrer
(Foto: Divina Vocación)

5. Comunidades de espiritualidad dominicana. 

(a) Comunidades masculinas. 
Fraternidad de San Vicente Ferrer (Francia) [véase aquí la entrada respectiva]. 


(b) Comunidades femeninas.
Dominicanas del Espíritu Santo (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].

6. Canónigos regulares. 


(a) Canónigos regulares de la Madre de Dios (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].

(b) Canónigos regulares de la Nueva Jerusalén (Estados Unidos de América) [véase aquí la entrada respectiva]. 

(c) Canónigos regulares de San Juan de Kenty (Estados Unidos de América) [véase aquí la entrada respectiva].

(d) Canónigos de la Abadía de San Miguel en Orange County (Estados Unidos de América) [véase aquí la entrada respectiva]. 

7. Otras comunidades religiosas

(a) Hermanas de la Preciosa Sangre (Suiza) [véase aquí la entrada respectiva]. 

(b) Los Hijos del Santísimo Redentor (ex Redentoristas Transalpinos) [véase aquí la entrada respectiva].


8. Asociaciones privadas de fieles.

(a) Federación Internacional Una Voce [véase aquí la entrada respectiva].

(b) Asociación Totus Tuus (Lyon, Francia) [véase aquí la entrada respectiva].

(c) Fœderatio Internationalis Juventutem [véase aquí la entrada respectiva].

(d) Militia Templi – Christi pauperum Militum Ordo [véase aquí la entrada respectiva].


Primera reunión formal de la Federación Internacional Una Voce (FIUV) en Zúrich (1967)
(Foto: FIUV)

Las comunidades tradicionales de reconocimiento diocesano


Fuera de las recién mencionadas y que dependen de la Sede Apostólica, existen algunas comunidades con reconocimiento diocesano que celebran la liturgia tradicional, sea de forma exclusiva, sea de forma alternada con el rito reformado.

Tales es el caso de: 

1. El Monasterio de la Santísima Virgen María del Monte Carmelo (Montañas Rocosas, Wyoming) [véase aquí la entrada respectiva].
2. Los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (Sao Paulo, Brasil) [véase aquí la entrada respectiva].
3. Los Misioneros de la Misericordia Divina (Toulon) [véase aquí la entrada respectiva].
4. Las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón (Marsella) [véase aquí la entrada respectiva].
5. Las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón (Marsella) [véase aquí la entrada respectiva].
6. La Fraternidad de Santo Tomás Becket (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].
7. Las Clarisas de St. Laurenzen [véase aquí la entrada respectiva]. 
8. Las Reparadoras del Espíritu Santo[véase aquí la entrada respectiva].  
9. Las Esclavas Reparadoras de la Sagrada Familia, ligadas al Instituto del Buen Pastor en la Arquidiócesis de Bogotá [véase aquí la entrada respectiva].
10. El Oasis de Jesús Sacerdote [véase aquí la entrada respectiva]. 
11. La Fraternidad de San José Custodio [véase aquí la entrada respectiva]. 

12. Las Hermanitas Discípulas del Cordero (Buxeuil, Francia) [véase aquí la entrada respectiva]. 

13. La Fraternidad Sacerdotal de la Familia Christi, FSFC (Arquidiócesis de Ferrara-Commachio, Italia), la que, desde 2016, cuenta además con reconocimiento de la Sede Apostólica concedido por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei. Desde el 1° de diciembre de 2018 se encuentra sometida a un comisario plenipotenciario designado por la misma Comisión, Mons. Daniele Libanori SJ, obispo auxiliar de Roma.


Fraternidad Santo Tomás Becket
(Foto: Le Télégramme)

El eremitismo tradicional
Dentro el mundo tradicional ha florecido también la llamada a la vida eremítica. En esta entrada hemos hablado de ella.

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Las peregrinaciones tradicionales
El mundo tradicional se cuenta con algunas peregrinaciones de ya asentada acostumbre, como ocurre con aquellas que tienen como punto de destino la Catedral de Chartres (Francia), el Santuario de Nuestra Señora de Luján (Argentina) y la Basílica de San Pedro del Vaticano (Roma) (véase las referencias que hemos hechos a las peregrinaciones de 2014, 2015, 2016 y 2017). 

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Las Misas celebradas conforme al motu proprio Summorum Pontificum
Todo lo dicho es sin perjuicio de aquellas Misas tradicionales oficiadas por sacerdotes pertenecientes al clero regular o secular en todo el mundo, sea de forma exclusiva, sea de forma alternada con la Misa reformada. De la situación de la Misa tradicional en Chilehemos dado cuenta en este directorio

Por su parte, Acción litúrgica ofrece aquí una relación de las parroquias personales existentes en el mundo y dedicadas a la forma extraordinaria. 

***La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X
Finalmente, y aunque todavía no cuente con un reconocimiento canónico oficial, cabe mencionar dentro de la órbita tradicional a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, a la cual la Sede Apostólica ha ido concediendo paulatinamente diversos privilegios relacionados con los sacramentos que imparte. Sobre ella y tales concesiones hemos tratado aquí

FUENTE: ASOCIACIÓN LITÚRGICA MAGNIFICAT (UNA VOCE CHILE)

ARTÍCULO RECOMENDADO:”LA MISA TRADICIONAL Y EL IMPULSO DE LOS SACERDOTES”

Los fieles que desean la Misa tradicional se enfrentan no con poca frecuencia a la oposición de su respectivo párroco. El Dr. Peter Kwasniewski presenta la situación inversa en el siguiente artículo que hemos traducido para nuestros lectores: ¿qué ocurre cuando la iniciativa para celebrar la Misa de Siempre proviene no de la congregación, sino de su pastor? ¿Debería un sacerdote ofrecer la Misa tradicional sin que nadie se lo haya pedido?
El artículo fue publicado en New Liturgical Movement. La traducción ha sido hecha y publicada por la Redacción de la Asociación Litúrgica Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce.

El autor.

¿Debiera un sacerdote introducir el usus antiquior en una parroquia que no lo ha solicitado?

Peter Kwasniewski

Comencemos con lo que, aunque obvio, hay que decirlo. Desde Summorum Pontificum, si los fieles piden que se celebre la Misa tradicional, el cura debe acceder a ello o, al menos, tomar las medidas necesarias para que otro sacerdote la celebre. Simplemente no se le permite negarse. Es posible que responda: “Sí, pero primero tengo que aprender a celebrarla” (en cuyo caso los fieles, que han de estar preparados para ello, le dirán que ellos asumen los gastos del caso); o dirá: “De acuerdo, pero estamos en una coyuntura complicada: con una nueva escuela básica, con la atención de los presos, con la casa para ancianos y con la reciente muerte del sotacura, no voy a poder aprenderla, por lo que voy a hacer averiguaciones y tratar de que el próximo mes tengáis una Misa”. Y, por cierto, siempre el cura dará estas respuestas con una sonrisa y agradecido por la devoción de sus fieles a las ricas tradiciones de la Iglesia católica.
Pero, ¿qué ocurre en el caso de que la gente esté básicamente satisfecha con lo que tiene? Está acostumbrada a la forma ordinaria y no conoce otra cosa, ni pide otra cosa. Supongamos, para seguir con este planteamiento, que la parroquia está en el extremo superior del ranking de Ratzinger y está comenzando a poner en práctica los ideales de la “reforma de la reforma”, tales como la Misa ad orientem, el uso del latín y del canto gregoriano, buena música sagrada, hermosos ornamentos, arrodillarse para recibir la comunión y otras cosas análogas. ¿Hay algo que le “haga falta” a esa comunidad? ¿Existe alguna razón para que el propio cura introduzca el usus antiquior?
Sí. Tiene básicamente dos razones para hacerlo.
Primero, el bien del propio cura. En un artículo publicado en Catholic World Report e intitulado“Finding What Should Never Have Been Lost: Priests and the Extraordinary Form” [“En busca de algo que jamás debió perderse: los sacerdotes y la forma extraordinaria”] (uno de muchos artículos de este tipo actualmente en Internet), nos encontramos con testimonios de sacerdotes sobre el efecto que ha tenido en ellos celebrar el usus antiquior y por qué lo han encontrado tan emocionante. Dice un sacerdote: “Tiene una cualidad mística, contemplativa y misteriosa, con su empleo del latín, los gestos, la posición del altar, y las oraciones, que son más ornamentadas que las que tenemos hoy”. Otro sacerdote anota: “He sido católico toda la vida, y jamás había experimentado una Misa así. No me imaginé que existiera semejante Misa. Me cautivó. Cuando la celebro, es algo que tiene menos que ver conmigo, el sacerdote, y más que ver con Dios”. Un tercer sacerdote declara: “La Misa tridentina me ha transformado. Me gusta su reverencia, y me ha ayudado a ver que la Misa es un sacrificio, no un mero memorial”.
Todos los sacerdotes que conozco y celebran la Misa tradicional -y he conversado con cientos de ellos a lo largo de los años- experimentan, de un modo poderoso, visceral, lo tremendo del Santo Sacrificio de la Misa y del misterio del sacerdocio, debido a muchos elementos de la liturgia que fueron, desgraciadamente, suprimidos en las reformas de la década de 1960: el humilde aproximarse al altar, al comienzo, empapado de la humildad y piedad que conviene a “los asuntos de mi Padre”; las muchas veces que el sacerdote se inclina o hace genuflexiones, que besa el altar y traza bendiciones; la atención exquisita a los significativos detalles de su postura, de su actitud, de su disposición; las profundas oraciones del Ofertorio; la inmersión en el silencio del Canon, que se enfoca tan agudamente en el misterio por el cual la inmolación de Cristo se renueva entre nosotros; el cuidado que rodea a la manipulación en cada momento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, desde el juntar los dedos según los cánones hasta las abluciones hechas concienzudamente; el Placeat tibi y el Último Evangelio, que nos hacen presente la magnitud de lo que acaba de tener lugar, es decir, nada menos que la Encarnación redentora que continúa en medio de nosotros. ¿Cómo podría todo esto no hacer bien a la vida interior del sacerdote y hacerlo avanzar en el camino de su vocación y santificación?
La segunda razón para que un sacerdote ponga el usus antiquior a disposición de los fieles, aun si éstos no se lo han pedido, es el bien espiritual de los mismos. Uno de los sacerdotes entrevistados en el mencionado artículo señala: “Noventa por ciento de los católicos actuales no ha tenido la experiencia de lo que fue la Iglesia antes del Concilio Vaticano II. No sabe nada de su arte, de su arquitectura, de su liturgia tradicionales”. Como lo lamentó más de una vez Joseph Ratzinger, se produjo ciertamente una ruptura en los hechos, si no en la teoría: se separó a los católicos de las tradiciones de la Iglesia; adherir a esas tradiciones llegó a ser considerado, en verdad, una especie de infidelidad para con dicho Concilio y con el nuevo espíritu que éste trajo, supuestamente destinado a enlazar nuevamente con la modernidad y a cosechar los frutos de una nueva evangelización. Nada de esto parece haber tenido lugar, o no, al menos, con la plenitud que se había deseado y prometido. En el mejor de los casos, lo que ocurrió fue un fomento del escepticismo hacia todo lo que fuera preconciliar y de ciertas prometeicas tentaciones de remodelar la Iglesia de acuerdo con las últimas modas y teorías.

Foto: New Liturgical Movement

Aunque lo peor de la “época estúpida” ya haya pasado (al menos en la mayoría de los lugares), el Pueblo de Dios sufre los efectos de este amplio desenraizamiento. ¿Qué mejor modo de enraizarlo de nuevo en esos dos milenos de catolicismo que enriquecerlo con la forma de culto que alimentó a los grandes santos de la Edad Media, del Renacimiento, del Barroco y de todo el período tridentino, que se extiende por más de cuatro siglos y medio? Según las memorables palabras de Benedicto XVI en la carta a los obispos Con grande fiducia, que acompaña a Summorum Pontificum, “[n]os corresponde a todos preservar las riquezas que se han desarrollado en la fe y en la oración de la Iglesia y darles el lugar que les corresponde”.
Lo anterior no puede ser sino ganancia para los fieles de una parroquia, si se lo hace de buen modo, porque habrá de desarrollar nuevos hábitos de oración meditativa y contemplativa; confirmará poderosamente el dogma de que la Misa es propiamente un verdadero sacrificio; intensificará la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del sacerdocio ministerial (lo cual no es una especie de clericalismo); abrirá las mentes a un mundo más amplio de cultura y de teología católicas; y, por último, algo que no es menor: apoyará el esfuerzo por celebrar el Novus Ordo de un modo más tradicional al dejar en evidencia de dónde se originó la “reforma de la reforma”, es decir, al mostrar por qué hacemos ciertas cosas de este modo y no de otro.
Concluiremos esta parte de nuestra exposición con estas impactantes palabras del cardenal Darío Castrillón Hoyos (q.e.p.d.), pronunciadas cuando fue presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei:  

“Permítanme ser claro: el Santo Padre quiere que el antiguo uso de la Misa se transforme en algo de habitual ocurrencia en la vida litúrgica de la Iglesia, de modo que todos los fieles, viejos y jóvenes, puedan familiarizarse con los ritos más antiguos y obtener provecho de su tangible belleza y trascendencia. El Santo Padre quiere esto por motivos tanto pastorales como teológicos” (Londres, 14 de junio de 2008).
Cuando se le preguntó en una conferencia de prensa aquel mismo día “¿quisiera el Papa ver que muchas parroquias se preparan para el rito gregoriano?”, Su Eminencia respondió:  

“Todas las parroquias, no sólo muchas, porque esto es un don de Dios. El Papa da acceso a estas riquezas, y es muy importante que las nuevas generaciones conozcan el pasado de la Iglesia. Esta forma de culto es tan noble, tan bella; es la forma teológicamente más profunda de expresar nuestra fe. El ceremonial, la arquitectura, la pintura, componen un todo que es un tesoro. El Santo Padre está dispuesto a ofrecer a todo el mundo esta posibilidad, no sólo a unos pocos grupos que lo soliciten, para que todos puedan conocer este modo de celebrar la Eucaristía en la Iglesia católica”.

Foto: New Liturgical Movement

Consideraciones prácticas.
Una de las preguntas que a menudo me hacen laicos y clérigos es la siguiente: “¿Cómo debiera introducirse la forma extraordinaria en lugares donde hasta ahora no ha existido?”. Pienso que lo que les preocupa es en gran medida una cuestión práctica: cuándo, con qué frecuencia, y con qué preparación o apoyos.
Mi consejo ha sido siempre hacerlo gradualmente: comenzar tranquilamente (o sea, sin fanfarrias), programando una Misa al mes; luego, una vez que se sepa que se celebra esta Misa y existe público para ella, ofrecer catequesis al resto de los miembros de la parroquia a través de homilías, y hacer una amable invitación. Después de que esto haya tenido éxito y se lo haya aceptado, puede aumentarse la frecuencia a una vez cada quince días o una vez a la semana. Aquí el cura se enfrenta a una encrucijada: si le parece que los fieles responderán favorablemente y no entregarán su cabeza en bandeja al obispo, podría celebrar el usus antiquior varias veces en la semana. He visto programas habituales de parroquias en que se lo incluye como Misa diaria los martes, jueves y sábados, o en que se lo celebra como Misa dominical y otra vez más en la semana.
Para ir a más detalles, a menudo ha resultado bien introducir una Misa tradicional los sábados en la mañana, debido a que es un momento de la semana “de poco tráfico” y es poco probable que se hiera susceptibilidades. En muchas parroquias no hay siquiera Misa los sábados por la mañana, por lo que no hay que suprimir nada para hacerle lugar. Otras posibilidades son los primeros viernes y los primeros sábados, ya que éstas son devociones muy queridas y al mismo tiempo, tradicionales, y la Misa tradicional puede ser entendida como su complemento natural: se ve como algo especial que se hace con motivo de una devoción especial. Otro párroco que conozco introdujo una Misa vespertina sólo para hombres y muchachos, como parte de un programa que incluía adoración, rosario, Misa y convivencia, y pronto va a introducir una Misa mensual sólo para mujeres y niñas.
La introducción del usus antiquior en el domingo o en los días de fiesta es el paso más importante y el más difícil. Es importante darlo, eventualmente, porque sólo de este modo puede el tesoro de la antigua liturgia llegar al mayor número de fieles posible. Es un paso obviamente difícil por la necesidad (en muchas partes) de que un solo sacerdote diga muchas Misas, como también por el desafío que representa un horario ya establecido, que los fieles detestan ver modificado. Pero incluso aquí puede haber una forma de abrirse paso: por ejemplo, si existe ya una tranquila Misa matinal, podría convertírsela en una tranquila Misa rezada, tomando la precaución de repetir desde el púlpito las lecturas en vernáculo, antes de la homilía. Si ya existe una “Misa para jóvenes”, ¿por qué no llevar a cabo el experimento atrevido y loco de la Nueva Evangelización, de reemplazarla por una Misa cantada con gregoriano?  Hay muchos jóvenes que se aburren o desincentivan con la música pseudo-pop y con el aguarlo todo que muchos planificadores litúrgicos creen necesario para la generación de los teléfonos “inteligentes”. Como siempre, algunos jóvenes dejarán de asistir, pero otros encontrarán en esa Misa una experiencia radicalmente nueva que los atrae por misteriosos caminos. Aparecerá gente nueva, que traerá consigo más gente. Podría todo terminar de modo muy exitoso.
En todas estas ideas, estoy penosamente consciente de la realidad del terreno que se pisa. Hay muchos sacerdotes que se sienten con las manos atadas a causa de la hostilidad del obispo, de la curia episcopal, del presbiterio o de la parroquia hacia todo lo tradicional. Esto es un aspecto deplorable de nuestra decadente situación, pero no es un callejón sin salida. En tales casos, el sacerdote se hace un bien, a pesar de todo, aprendiendo el usus antiquior, puesto que puede celebrarlo privadamente una vez a la semana, o en su día libre. Esto será para su propio beneficio espiritual por las razones que ya he dado y, al conectarlo con la riqueza de la tradición, influirá para mejor en su modo de entender lo que es la liturgia y cómo debiera celebrársela, cualquiera sea el rito o la forma.

ARTÍCULO: “MOSEBACH NOS CONVOCA A UN NUEVO Y GRAN ESFUERZO POR LA LITURGIA TRADICIONAL”

Les ofrecemos a continuación, un interesante texto del escritor alemán Martin Mosebach, escrito para servir de prólogo al folleto que recoge los once sondeos realizados entre 2000 y 2017, primero en Francia y después en siete países de Europa (Italia, Suiza, Alemania, España, Portugal, Polonia y Gran Bretaña) y, finalmente, en Brasil, por Paix Liturgique respecto de la situación de la Misa tradicional. El texto ha sido publicado en francés por dicho sitio y publicada su traducción por la Redacción del blog de la Asociación Litúrgica Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce:

El escritor Martin Mosebach

Prefacio de Martin Mosebach

“Quien desee en Alemania hablar de sus experiencias en materia de liturgia católica tiene que comenzar por mencionar su edad y su origen, porque este país, dividido en lo relativo a la religión, presenta tales diferencias entre las regiones que lo componen, que no se puede hablar de “catolicismo alemán” sino en un sentido extremadamente superficial, aun cuando en los últimos tiempos una reciente y muy nueva evolución ha tenido una influencia poderosamente unificadora.

Así, cuando digo que nací en 1951 en Fráncfort del Meno, significa que nací en una gran ciudad, de mayoría protestante, que forma parte de la diócesis de Limburgo, la cual siempre ha mantenido una cierta distancia frente a Roma. Yo no conocí, por otra parte, la “cultura católica” de antes del Concilio: destruidas durante la guerra, las iglesias fueron posteriormente reconstruidas en un estilo que las despojó de su esplendor. Las liturgias que conocí en mi infancia desaparecían casi totalmente tras un biombo de cantos y lecturas de textos alemanes proclamados ante la asamblea, los cuales, en su mayor parte, no eran ni siquiera traducciones de las oraciones en latín. Esta “Misa rezada y cantada”, como se la llamaba entonces en Alemania, con cantos que se había autorizado que reemplazaran las partes más importantes del Ordinario -el Gloria, el Sanctus- contribuyó de modo decisivo a socavar todo sentimiento litúrgico. Entre los simples creyentes, eran muchos los que, ganados por la emoción, cantaban durante el Ofertorio versos llenos de piedad, compuestos en melodías agradables al oído, pero que, simplemente, hacían caso omiso de importantes partes de la Santa Misa. A los que eramos monaguillos se nos entrenaba para recitar a toda velocidad las respuestas en latín, con un sacerdote, a cuyo cargo estábamos, que medía la velocidad con un cronómetro. Es muy elocuente el que, más tarde, a fin de hacer aceptar la reforma de la Misa de Pablo VI, este mismo sacerdote celebrara “Misas Coca-Cola” en su parroquia.

Puede ser que, en algunos lugares, las cosas se hayan dado de modo diferente, quizá en las viejas regiones católicas de Alemania, en los territorios que han pertenecido desde siempre a Baviera, en la región de Münster, en Maguncia; pero forzosamente hay que constatar que, desde mucho antes del Concilio Vaticano II, la práctica litúrgica en Alemania estaba estaba, casi siempre, muy lejos de ser satisfactoria. Desde la década de 1920, los movimientos juveniles católicos organizaban “Misas experimentales” que se parecían asombrosamente a lo que la reforma de Pablo VI instauró más adelante. Desde muy temprano este “movimiento litúrgico”, especialmente floreciente en Alemania, fue más propiamente un “movimiento antilitúrgico”, impulsado por teólogos importantes que estaban lejos de ser todos progresistas. El propio Romano Guardini, que tanto veneraban los católicos conservadores, tuvo en este campo un influjo cargado de pesadas consecuencias.

La reforma de la Misa llegó, pues, a un terreno bien preparado: grandes sectores de la sociedad ignoraban del todo qué era la liturgia; el sentido del acontecimiento sobrenatural que se produce en el misterio sacramental se había grandemente debilitado, especialmente entre las clases cultivadas. Como consecuencia, el efecto producido por esta reforma no fue sino más sorprendente todavía: ella fue en su mayor parte bien acogida, a pesar del modo brutal e irrespetuoso en que se la llevó a la práctica; pero, al mismo tiempo, las iglesias se vaciaron. El católico medio aceptó, es cierto, la reforma; pero, simultáneamente, renunció a ir a la iglesia. Fue como si, según suele ocurrir en los fenómenos físicos, la reforma hubiera disuelto el magnetismo del rito. Las heridas profundas inferidas al culto, incomparables con cualesquiera otras en la historia de la Iglesia, fueron justificadas por necesidades pastorales, pero fue precisamente en este aspecto que fracasaron. Incluso hay algunos altos dignatarios actuales de la Iglesia que afirman que, sin esta reforma, la pérdida de amor por la Iglesia hubiera sido más dramática todavía; pero este argumento no es satisfactorio, porque la historia no conoce el tiempo condicional.

Dos soldados caminan por la Catedral de Colonia, dañada por los bombardeos (George Silk, 1945) (Foto: Pinterest)

No me explico cómo, en circunstancias como las descritas, un significativo número de católicos alemanes pudo permanecer fiel al rito tradicional, ni cómo esos católicos pudieron interesarse en éste. Me refiero sobre todo a la nueva generación de sacerdotes, hombres jóvenes, que jamás conocieron lo que se podría llamar “una cultura católica”, quienes parecen atisbar que, sin una liturgia transmitida, el sacerdocio queda incompleto. Pero, incluso entre los laicos, se siente crecer algo así como un sentimiento de inmensa pérdida, sin que puedan discernir lo que la provoca. Los representantes oficiales de la Iglesia se mantienen en su actitud de rechazo, aunque han renunciado a gran parte de su furor ideológico. Se constata que es evidente que la reforma post-Vaticano estuvo lejos de provocar un nuevo Pentecostés y que, al contrario, fue causa de una profunda incertidumbre y debilidad. Poco a poco parece imponerse la idea de que no se puede eliminar en Alemania una práctica milenaria mediante un simple decreto administrativo. La historia alemana sabe de muchas profundas rupturas, pero sabe también de otras tantas continuidades que duran más que aquéllas, y puede ser que este nuevo apego al rito tradicional de la Iglesia surja de este hecho.

El creciente favor que encuentra la liturgia antigua no debe, con todo, engañarnos con cifras, por mucho que éstas impresionen. La verdad teológica y mística del culto tradicional no depende de su aceptación por grandes mayorías. En la Iglesia, el rito tradicional no deriva su legitimidad de que “agrade” a un número cada vez más grande de creyentes, ni del hecho de que les “interese”, ni tampoco de que cada vez haya más creyentes que “puedan imaginarse que eventualmente podrían celebrarlo”. Es cierto, empero, que esas cifras pueden hacer que reflexionen aquellos que en las diócesis son responsables del modo cómo se administra los sacramentos. Ellos tienen, o más bien debieran tener, el papel de hacer que los sacerdotes y obispos, en estos tiempos en que la Iglesia pierde peso, reflexionen sobre cómo enfrentar el proceso, no poniendo trabas, por ejemplo, a quienes solicitan con convicción la celebración regular del rito antiguo, sino, por el contrario, obedeciendo el motu proprio de Benedicto XVI y accediendo generosamente y en toda la línea a esas solicitudes.

Misa tradicional en la Catedral de Espira (Speyer) (Foto: Wikimedia Commons)

Sin embargo, cualquiera que haya penetrado de verdad y profundamente en el pensamiento del rito tradicional no tiene necesidad alguna de encontrar consuelo en el creciente número de fieles que lo redescubren. La verdad del rito tradicional no depende de adhesiones masivas sino que, por el contrario, es totalmente independiente de ellas. Tampoco hay que dejarse engañar por esta adhesión que crece sin cesar: el rito antiguo es difícil, exige ser frecuentado a lo largo de toda una vida, y lo digo por experiencia propia. Luego de haber pasado más de 30 años en temas de liturgia, todavía hoy descubro en él cosas nuevas que se me habían escapado. La religión cristiana puede ser vivida a diferentes niveles, cada uno de los cuales tiene su explicación: tanto la fe ingenua de los niños como la meditación filosófica; la ascesis vivida lejos del mundo como el amor de la belleza y los sentidos vivido en el mundo; y la liturgia de la Iglesia puede ser celebrada tanto por analfabetos como por intelectuales de las grandes ciudades; pero nada de esto cambia el hecho de que ella es, en su misma esencia, un misterio iniciático que no se revela a la primera mirada, ni a la segunda, ni siquiera a la tercera, sino que se abre, siempre más profundamente, a quien busca, y también a quien estudia. Y aunque no fuera más que por esta causa, ella no podrá jamás depender del sufragio de la mayoría. Lo cual nos muestra también lo esencial de lo que se juega en los círculos que se esfuerzan por hacer perdurar el rito antiguo, es decir, la formación litúrgica de los creyentes, que no deberían quedarse en un vago sentimiento de bienestar ni en una especie de inclinación instintiva hacia él, si es que el nuevo arraigo de la liturgia tradicional ha de triunfar a largo plazo. Son demasiado numerosos los que hoy frecuentan la Misa del rito antiguo sin siquiera saber hasta qué punto tienen razón al hacerlo y cuán bien hacen con ello. He aquí por qué el número sorprendente de fieles que en Alemania declaran gustar de la antigua liturgia es, sobre todo, un llamado a un nuevo y gran esfuerzo.

Las comunidades de sacerdotes que se consagran exclusivamente al rito antiguo, y también el número creciente de sacerdotes que lo celebran de vez en cuando, deben, en sentido literal, en el sentido más estricto del término, ser considerados misioneros. Así es como podrá ser aceptado, con el reconocimiento que merece, el milagro de que, cincuenta años después de una reforma litúrgica introducida a paso forzado, y nacida en gran parte en Alemania, la chispa de la liturgia tradicional no haya cesado jamás de brillar”.

ARTÍCULO: “LA LITURGIA TRADICIONAL: FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA CRISTIANA”

Ofrecemos a nuestros queridos lectores un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski publicado en el blog de la Asociación Litúrgica Magnificat (Una Voce Chile). El argumento es que la Misa de siempre constituye en realidad ese paradigma con que los Padre conciliares definieron la Santa Misa, vale decir, es ella de la cual puede predicarse el ser en verdad la fuente y cumbre de la vida cristiana (Lumen Gentium, núm. 11). Esto se debe a que es la Misa tradicional la que atrae vocaciones, alimenta la vida contemplativa y apoya al sacerdocio, y su demostración de que así es resulta evidente incluso desde un punto de vista estadístico.

La entrada fue publicada originalmente en New Liturgical Movement, y la traducción ha sido preparada por la Asociación Litúrgica Magnificat.

 

 Monjes en Clear Creek: ¡Aquí no faltan las vocaciones!

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La liturgia tradicional atrae vocaciones, alimenta la vida contemplativa y apoya al sacerdocio

Peter Kwasniewski

En mi artículo “La existencia de modelos políticos divergentes en las dos “formas” del rito romano” sostengo quienes llegan al Novus Ordo con una bien desarrollada vida de fe están equipados para derivar de él beneficios espirituales, en tanto que quienes asisten a la Misa tradicional se ven confrontados con una espiritualidad fuerte y definida que los hace profundizar en los misterios de la fe y en el ejercicio de las virtudes teologales. La forma nueva es un campo de juego vagamente demarcado donde se realizan ejercicios litúrgicos de puertas adentro, mientras que la forma antigua es una arena ascético-mística que educa a los soldados del Señor. La primera supone virtudes; la segunda, las produce.

¿Existen pruebas externas de que este análisis es correcto?

Yo diría que sí. Una señal de su acierto es la frecuencia con que uno encuentra gente joven que, o bien se ha convertido a la fe, o bien ha descubierto que tiene una vocación religiosa precisamente gracias a la liturgia tradicional: ha sido la liturgia misma la que los ha atraído poderosamente. Las historias de conversiones y de vocaciones en el Novus Ordo tienen mucho más que ver con “conocí a una persona maravillosa”, o “al leer la Biblia”, o “descubrí un gran libro de Ignatius Press”, o “pude conocer a las monjas de mi colegio”, o “su dedicación a los pobres era tan emocionante”.

Todas estas motivaciones son realmente buenas, y el Señor quiere servirse de todas ellas. Aun así, resulta notable que el Novus Ordo raramente actúa como un imán poderoso que atrae a las personas: lo que hace es que quienes han sido atraídos por otras causas sigan adelante y lo cultiven como el servicio usual de oración. Esto equivale a la diferencia entre confiar en la ayuda de un vecino y enamorarse. Hoy los jóvenes confían en la ayuda del Novus Ordo, pero se enamoran de la liturgia tradicional. También se puede decir que es como la diferencia entre actuar por deber y actuar por placer. Asistimos al Novus Ordo cumpliendo un deber, porque se lo considera “bueno para uno”, como comer avena al desayuno; pero nos entusiasmamos cuando tenemos una Misa tradicional a nuestro alcance, porque es deliciosa para el paladar espiritual.

Quizá los lectores piensen que estoy exagerando el contraste. Puede que tengan razón. Pero sólo puedo hablar desde mi propia experiencia y desde las conversaciones que, como profesor, director de coro o peregrino, he tenido con cientos de jóvenes durante los últimos veinte años. Me parece que hay una gran diferencia en la percepción de cuánto atrae o cuán deseable es la antigua liturgia si se la compara con la nueva. Y tanto es así que un colegio o universidad que quisiera aumentar la asistencia a la Misa diaria, lo que tendría que hacer sería ofrecer la Misa antigua, u ofrecerla más frecuentemente: el número de los asistentes se incrementaría significativamente. Pareciera que esto es contrario a lo que uno intuye que debiera ser el caso, pero la experiencia lo confirma una y otra vez en las capellanías de todo el mundo.

 

 

Un psicólogo o un sociólogo diría que esto puede tener muchas causas, pero lo que aquí me interesa es que existe una explicación teológica real. Es posible ver por qué, en términos litúrgicos, la forma antigua de la Misa (y del Oficio y de los sacramentos y de los sacramentales, etcétera), resulta poderosamente atractiva para la juventud de hoy que la descubre. Esas formas viejas de siglos, pre-industriales, pre-democráticas son mucho más ricas y densas, más simbólicas, envolventes y misteriosas, y apuntan más obviamente pero, al mismo tiempo, más oscuramente a lo sobrenatural, a lo divino, a lo trascendente, a lo gratuito, a lo inesperado: seducen, como sólo Dios puede seducir. Seduxisti me, Domine, et seductus sum: fortior me fuisti, et invaluisti (Jer. 20, 7). Esto es, al cabo, lo que tenía en mente Benedicto XVI cuando escribió a todos los obispos del mundo: “Se ha demostrado claramente que también los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo, y han encontrado en ella un modo de relacionarse con el Misterio del Santísimo Sacramento que les resulta particularmente apropiado”.

La liturgia reformada, en su simplicidad ginebrina, no ha ganado jamás un premio por ser seductora. La gente apenas puede observarla cara a cara sin sentirse embarazada por su desnudez, sin tratar de revestirla con todos los adosamientos que puede encontrar o inventar. Tenemos que aportarle la devoción o la seriedad que ya tenemos nosotros mismos, si es que vamos a poder beneficiarnos con el divino sacramento que ella alberga espartanamente. Si no se existe un previo amor por el Señor, esa liturgia resulta ser un asunto tedioso, ingrato, como cuando tratamos de convencer de que se haga amigo nuestro a alguien a quien le resultamos indiferentes. Es una lucha cuesta arriba desde que empieza. ¿Por qué habrían de interesarse los jóvenes en algo que se parece tanto a una aburrida conferencia, lógica y eficiente, o que necesita endulzantes artificiales, como la música sagrada popular? La mayor parte de ellos preferiría estar en cualquier otra parte.

 

Una monja de la congregación tradicional de las benedictinas de María

 

Cuando se trata de comprender cómo la liturgia ayuda u obstaculiza las vocaciones sacerdotales y religiosas, hay que tomar en cuenta las exigencias de la vida activa y de la vida contemplativa. Actualmente las comunidades religiosas sienten un fuerte atractivo hacia la vida activa, realizando apostolados en el mundo. Como lo han observado Dom Chautard y otros autores, los hombres modernos son poderosamente tentados a caer en la “herejía del activismo”, según la cual creemos que, con trabajar duramente, vamos a construir el reino de Dios en la tierra. La teología de la liberación es un ejemplo extremo de esta tendencia, pero ella ha estado operando desde, por lo menos, la herejía del americanismo, diagnosticada por León XIII en Testem benevolentiae, de acuerdo con la cual las denominadas “virtudes activas” del trabajo en el mundo han dejado atrás, en valor y relevancia, a las denominadas “virtudes pasivas” de la vida religiosa y contemplativa.

Puesto que el Novus Ordo valoriza lo activo y denigra lo pasivo, parece calzar bien con la mentalidad activista o americanista. Por ello, pareciera que las órdenes religiosas activas podrían, de algún modo, encontrarlo aceptable, siempre que pudieran inyectarle una vida interior cultivada mayormente con otros recursos. Pero el sacerdocio, que necesita estar enraizado en los misterios del altar a fin de permanecer robusto y fructífero, y la vida contemplativa, que se concentra en el ofrecimiento de un sacrificio de alabanza y no en el apostolado exterior, no pueden florecer con una dieta de subsistencia. Lo que puede parecer “suficiente” para el trabajador en la viña, es peligrosamente inadecuado para el sacerdote y el contemplativo, que necesitan una liturgia auténticamente sacerdotal y contemplativa si es que han de poder responder a su gran vocación.

He aquí por qué se advierte, en todo el mundo, que los sacerdotes y contemplativos serios “tradicionalizan” el Novus Ordo todo lo que pueden, o adoptan la Misa y el Oficio tradicional, o hacen ambas cosas. Podemos encontrar ejemplos de esta actitud, amigable con la Tradición, en comunidades como la Abadía de San José de Clairval, los Canónigos Regulares de San Juan de Kenty, la Comunidad de San Martín y los monjes de Nursia, Fontgombault, Clear Creek y Heiligenkreuz.

¿Quiere esto decir que las comunidades religiosas con buena salud (relativamente pocas) que usan el Novus Ordo estarían muchísimo mejor con el Vetus Ordo? Sí, absolutamente. El bien de que gozan se mutiplicaría, su poder de atraer y su poder de intercesión se verían grandemente intensificados. Sin embargo, por desgracia, incluso aquéllos que llegan a reconocer la superioridad de la Tradición, se desaniman por el clima hostil que el actual pontificado ha creado frente al regreso de la auténtica lex orandi de la Iglesia. Y procuran evitar la suerte que corrieron los Hermanos Franciscanos de la Inmaculada, o los Trapenses de Mariawald. En estas señales de oposición oficial a la restauración de la tradición católica, que necesitamos desesperadamente, se puede ver los típicos signos del implacable odio del Diablo hacia el celibato sacerdotal y la vida religiosa contemplativa.

Pero ni la oposición de los hombres ni de los ángeles debiera impedir a cualquier comunidad introducir, silenciosa y prudentemente, la liturgia tradicional en su vida cotidiana. “Este es un llamado a la resistencia y a la fe de los santos” (Apoc., 13, 10). Los antiguos ritos y usos litúrgicos latinos han alimentado a los santos de la Iglesia de occidente por más de 1600 años, y tienen el mismo perenne poder de hacer lo mismo con todos los santos que el Señor desea suscitar hoy día. Jamás la liturgia tradicional dejó de atraer vocaciones de todo tipo, o de sostener la vida cristiana del laicado, y sigue produciendo la misma fascinación y fortalecimiento entre nosotros. El rito litúrgico recientemente manufacturado está fallando, igual que el mundo americanista en el cual se inculturó. Está comenzando a reaparecer una Iglesia más sana, una más saludable ciudad espiritual.

 

Seminaristas de las FSSP en Alemania

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Crédito de las fotografías: Todas las imágenes de esta entrada acompañan al artículo original en New Liturgical Movement.

 

ARTÍCULO: “LA LITURGIA COMO TEMPLO: ¿OBRA DE DIOS U OBRA DEL HOMBRE?”

Les ofrecemos un nuevo artículo del Prof. Peter Kwasniewski, ya conocido de nuestros lectores –publicado por la web hermana chilena MAGNIFICAT (UNA VOCE CHILE)- donde aborda el sentido que tiene la liturgia como verdadero templo del cristiano. De esta manera, la crisis que atraviesa la Iglesia constituye una oportunidad para darse cuenta de la gracia que hemos recibido al haberse preservado la Misa tradicional, la cual, lenta pero perceptiblemente, comienza a mostrar frutos de recuperación de la verdadera piedad cristiana.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive. La versión que ahora publicamos ha sido preparada por MAGNIFICAT.

Foto: One Peter Five

 

La liturgia como templo:

¿obra de Dios u obra del hombre?

Peter Kwasniewski

Acercándose el fin de sus días en la tierra, Nuestro Señor caminaba una vez por el templo de Jerusalén, vasta estructura de noble diseño, construida por manos humanas, moldeada por judíos que osaban soñar que ésta era la “casa de Dios”, tal como el palacio de Herodes era la casa de Herodes. El hecho de que el primer templo, construido por Salomón, hubiera sido arrasado hasta sus cimientos por el ejército babilonio, no parece haber convencido a los judíos de que su sueño estaba destinado al fracaso.

Mientras caminaba por el templo, uno de sus discípulos le dijo: “Maestro, observa estas piedras y estos edificios”. Y Jesús, respondiendo, le dijo: “¿Ves estos grandes edificios? Todos serán destruidos y no quedará de ellos piedra sobre piedra” (Mc. 13, 1-2).

Aquel templo siempre tuvo el propósito de ser sólo una señal provisoria de la inhabitación de Dios en Israel, unión destinada a realizarse en el Verbo hecho carne, templo no hecho por manos humanas, en que Dios y el hombre son uno, indisolublemente y para siempre. El cuerpo de Cristo es el tabernáculo del Altísimo, el lugar donde mora su gloria. Y así, según el plan de la Divina Providencia, los romanos destruyeron el año 70 d.C. el templo que era obra del hombre, despejando la vía para el templo universal del Cuerpo Místico de Cristo.

Esto no significa que la religión cristiana sea una religión desencarnada, como lo han proclamado ciertas tendencias espiritualistas en la Cristiandad, de fuerte impulso iconoclasta, especialmente en los siglos VIII, XVI y XX. Por el contrario, tenemos un templo nuevo y mejor, el Cuerpo de Cristo, que -o más bien, Quien- está real, verdadera y sustancialmente presente en cada tabernáculo existente en cualquier parte del mundo.

La capilla de Nôtre Dame du Haut, en Ronchamp (Francia), obra arquitectónica realizada por Le Corbusier entre 1950-1955

(Imagen: Arquiscopio)

Cada iglesia católica es el lugar en que “la plenitud de la divinidad reside corporalmente” (Col 2, 9), lo que hace de la más humilde capilla algo más valioso y más glorioso que el primer templo de Salomón o el segundo templo de Herodes. Lo que el Señor dice de los lirios del campo puede aplicarse a las iglesias católicas: “Os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de éstos” (Mt 6, 29), porque “he aquí alguien mayor que Salomón” (Mt 12, 42).

Es conveniente, pues -y en realidad es más que conveniente: es algo exigido por la virtud de la religión- que nuestras iglesias sean diseñadas y ornamentadas de tal forma que proclamen, de modo no ambiguo, claro, el templo que es Jesucristo, el Verbo hecho carne, y el templo que es su Cuerpo Místico, la Iglesia católica. De esta manera, cada iglesia imita y continúa la misión del Precursor que gritó: “¡He aquí al Cordero de Dios! ¡He aquí al que quita los pecados del mundo!”

También la sagrada liturgia debiera mostrar a Cristo y proclamarlo. Como opus Dei, o sea, como obra de Dios, como primariamente un acto de Dios y para Dios, ella debiera participar ya de los propios atributos de Dios, tal como Él nos los ha revelado en la historia de la salvación, y hacérnoslos presentes para que los internalicemos. La liturgia debiera presentársenos como lo mismo que Él es: antigua, estable, indestructible, permanente, fuerte, santa, trascendente, misteriosa y, a veces, desconcertante. Sobre todo, no debe parecernos “obra de manos humanas”, o sea, hecha en un plano meramente humano, temporal, intramundano, secular, porque, de otro modo, la estimaríamos con toda razón como algo despreciable y estaría destinada a sufrir el mismo destino que los templos de Salomón y de Herodes. Por el contrario, deberíamos poder poner en labios de la liturgia, realidad viva moldeada por manos divinas en el seno de la Iglesia, las palabras del salmista: “Tú formaste mis entrañas, tú me tejiste en el seno de mi madre… No se te ocultaban mis huesos cuando fui modelado en secreto y bordado en las profundidades de la tierra. Todavía informe, ya me veían tus ojos, pues todo está escrito en tu libro. Mis días estaban todos contados, antes de que ninguno existiera” (Sal 138, 13, 15-16).

¡Cuán diferente de esto -cuán escandalosamente diferente- es el Novus Ordo (Seclorum, dan ganas de decir), en que la liturgia es, y se presenta a sí misma, como obra de manos humanas, refaccionada según las ideas modernas, sometida a manipulaciones humanas, en medio de una cacofonía de lenguas vulgares, dando lugar a siempre nuevos compuestos culturales, como un elemento inestable!

“Y al ver que algunos decían del templo que estaba adornado con preciosas piedras y donativos, les dijo: Llegará el día en que todo esto que veis será demolido y no quedará piedra sobre piedra” (Lc 21, 5-6).

Al leer estas ominosas palabras, ¿cómo podría uno no recordar los ritos reformados, construidos por comités, por expertos ataviados con las filacterias de la erudición, que adornaron la liturgia (así pensaban ellos) con “preciosas piedras y donativos” concebidos especialmente para el Hombre Moderno? Estos “grandes edificios”, todos ellos, serán demolidos, porque no son un templo formado con el paso de los tiempos por el Espíritu Santo en el seno de la Santa Madre Iglesia, en el cual los ritos litúrgicos tradicionales, con toda su maravillosa extravagancia, fueron tejidos y bordados y formados en secreto.

“Una casa dividida contra sí misma no puede subsistir” (Mt 12, 25). La nueva liturgia es una casa dividida contra sí misma; ya no es el tradicional rito romano tal como se desarrolló orgánicamente a lo largo de los siglos, sino una nueva manufactura hechas de retazos y pedazos antiguos y modernos. Es como la visión interpretada por el profeta Daniel: “Tú, oh rey, estabas mirando y apareció una gran estatua: esta estatua, de gran tamaño y altura, estaba frente a ti, y su vista era terrible. La cabeza de la estatua era de oro fino, pero el pecho y los brazos eran de plata, y el vientre y los muslos, de bronce, y las piernas de hierro, y los pies, en parte de hierro y en parte de barro” (Dan 2, 31-33).

Ilustración del sueño de Nabucodonosor (Francia, s. XV)

(Imagen: Wikimedia Commons)

Semejante a esto es la nueva liturgia, una imponente obra de manos humanas que está fatalmente dañada por su falta de unidad, integridad, coherencia y cohesión. Ella no es el único rito romano de todos los tiempos, sino un producto voluntarístico de centenares de “expertos” que trabajaron paralelamente en pequeños comités, matando para viviseccionar. La única “unidad” de que goza su producto es la aprobación positivística de Pablo VI, que es incapaz de fundir la estatua en una sola sustancia y de infundirle un soplo de vida. Por esta razón es que algunos hablan de la “Misa Frankenstein”.

En la Vida de los Padres del desierto, leemos lo siguiente de Juan el Ermitaño: “Su único alimento era la comunión que el sacerdote le traía los domingos. Su norma de vida no le permitía otra cosa. Pero he aquí que un día Satán tomó la forma del sacerdote y llegó donde Juan, haciendo como que le traía la comunión. El bienaventurado Juan, dándose cuenta de quién era realmente, le dijo: ‘Oh, padre de todas las sutilezas y maldades, enemigo de la rectitud, ¿no sólo no cesarás jamás de engañar el alma de los cristianos sino que osas atacar los Misterios mismos?’”[1].

Esto es lo que, a gran escala, el padre de todas las sutilezas y maldades, enemigo de toda rectitud, se ha atrevido a hacer en nuestros tiempos: ha atacado, en su raíz y en todas sus ramas, los Misterios de nuestra salvación. Y lo ha hecho induciendo a algunos hombres a corromper los ritos litúrgicos de todos los sacramentos y sacramentales, y el Oficio Divino, y a adherir a éstos como si fueran mejores que la imagen visible del Dios invisible que habíamos recibido de nuestros antepasados. Ha sembrado dudas, errores y confusión en el dogma y la moral, encontrando para esto muchos cómplices bien dispuestos que alardean orgullosamente de la superioridad de los tiempos modernos y de los modos modernos de pensar y obrar.

Sabemos lo que le ocurrió a la gran estatua del sueño de Nabucodonosor: “Seguías mirando, hasta que una piedra se desprendió de una montaña sin intervención de mano alguna, y vino a golpear la estatua en los pies que estaban hechos de hierro y barro, y los hizo añicos. Y a continuación se quebraron el hierro y el barro y el bronce y la plata y el oro, y fueron como el tamo en una era de verano, y el viento se los llevó y desaparecieron sin dejar rastro alguno; pero la piedra que golpeó a la estatua se transformó en una gran montaña, que llenó toda la tierra” (Dan 2, 34-35).

Como todas las visiones simbólicas, ésta admite múltiples realizaciones y aplicaciones. Daniel la interpretó como una sucesión de reinos que culminaba en uno que no será jamás destruido, pero ¿puede decirnos algo a nosotros hoy día?

La piedra que golpea la gran manufactura del ingenio humano “se desprendió de una montaña sin intervención de mano alguna”. El monolito gigante y aterrador que se nos impone, producto de febriles escuadrones de trabajadores, queda reducido a añicos por una pequeña piedra que debe su existencia a un escultor sobrenatural; piedra que crece hasta transformarse en una gran montaña que cubre toda la tierra.

¿Acaso no nos recuerda esto al movimiento católico tradicionalista? Este comenzó pequeño, pero está creciendo, y su crecimiento, producido por el Espíritu Santo, no puede ser detenido, y ama, defiende y promueve no la “banal fabricación prêt-à-porter” producida por comités, sino el tesoro acumulado y heredado desde hace siglos, vaso valiosísimo del Verbo Encarnado, testigo que canta en silencio la gloria de Dios. Este movimiento se transformará en una gran montaña que llenará toda la tierra, al tiempo que el monumental experimento de greda se desmorona, década tras década.

(Foto: Regina)

 

Adaptando un antiguo texto litúrgico, podríamos exclamar: “¡O culpa feliz, que nos preservó tan gran liturgia!”. El radicalizado Movimiento Litúrgico de mediados del siglo XX se encarnizó en sus intrusiones en la liturgia romana, desnaturalizándola lentamente y desintegrándola, especialmente desde 1948 en adelante. Por paradojal que suene, ¿no deberíamos agradecer que los partidarios de los cambios llegaran hasta donde lo hicieron? La escandalosa magnitud de la revolución litúrgica fue permitida por la Divina Providencia a fin de hacer posible el regreso a la plenitud de la tradición, gracias a que el clero y el laicado fiel vieron con el paso del tiempo la corrupción y la repudiaron totalmente, incluyendo en ello las simplificaciones, propias de anticuarios, y las desfiguraciones introducidas en la década de 1950 por Pío XII, que fue un Pablo VI en cámara lenta. El movimiento tradicional en todo el mundo está, por fin, tomando conciencia de la magnitud del daño producido, y viendo, cada vez con mayor claridad, la única salida: una adhesión total al rito romano en su forma tridentina, anterior a las arrogantes intrusiones de expertos miopes.

El santo sacrificio de la Misa en toda su poderosa pureza y la liturgia tradicional, en general, exorcizan de la Iglesia el espíritu del modernismo. No hay nada más urgente que este exorcismo, que ya está comenzando a ocurrir dondequiera que la Tradición ha tendido un puente hacia el territorio enemigo.

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[1] Traducción de Norman Russell (Kalamazoo, Cistercian Publications, 1981), p. 93.

ARTICULO: “ACERCA DE LA VERDADERA VIDA LITÚRGICA”

Compartimos a continuación con nuestros lectores un excelente artículo del Prof. Peter Kwasniewski, del cual se han publicado en este blog diversos artículos, en la que se rescata la idea de la vita liturgica, es decir, aquel modo de vivir la vida cristiana que pone en el centro de ella la Sagrada Liturgia, que es consciente de los tiempos litúrgicos y de lo propio de cada uno de ellos y que, en definitiva, vive “desde la Misa y para la Misa”.

En sus reflexiones, el Prof. Kwasniewski comparte con nosotros su experiencia como profesor universitario en un college católico norteamericano, en la que ha podido comprobar a lo largo de los años cómo esa vita liturgica se da de un modo mucho más natural y evidente en aquellos estudiantes que provienen de un entorno tradicional, cercano a la Misa de Siempre, mientras que en aquellos estudiantes que no han conocido otra cosa más que la liturgia reformada la vita liturgica está por regla general ausente. Ello no es sorpresa, pues sin grandes dificultades puede comprobarse que la falta de sacralidad y de ritualidad de la liturgia reformada y la banalidad con la que con frecuencia ésta se celebra no puede sino favorecer dicha ausencia.

Nota: El artículo fue publicado en la web New Liturgical Movement. La traducción sido ha elaborada por la redacción de la Asociación Litúrgica Magnificat de Una Voce Chile. Las imágenes son las que acompañan al artículo original.

 

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Vivir la Vita Liturgica: condiciones, obstáculos, perspectivas

Peter Kwasniewski

Desde hace unos 20 años soy profesor, en la universidad, de adultos jóvenes, tanto en pregrado como en postgrado. Ello ha sido para mí no sólo infinitamente beneficioso sino también infinitamente desafiante. Año tras año -y mucho más década tras década- advierto constantes novedades en lo que esos jóvenes dan por supuesto, en lo que advierten o no advierten, en lo que ponen en duda o cuestionan o asumen o esperan o pretenden. No creo ser el mejor analista de estos fenómenos, pero he tomado nota de esquemas que se repiten y que no pueden no ser significativos.

Una de las cosas que por más tiempo me ha causado perplejidad es cuán difícil resulta, en los comienzos al menos, persuadir a los adultos jóvenes católicos de que vivan una vita liturgica, es decir, una vida centrada en la sagrada liturgia [1]. Me refiero, con estos términos, a una vida que incluye seguir el calendario litúrgico, los tiempos litúrgicos, los días de ayuno y los de fiesta; prestar atención a los santos en sus celebraciones anuales; hacer de la Misa el centro del día; rezar las horas del Oficio Divino cada vez que es posible. Algunos autores del Movimiento Litúrgico resumían todo esto diciendo “vivir desde la Misa y para la Misa”.

Mi perplejidad desapareció cuando, con el correr de los años, comencé a tener entre mis alumnos un número creciente que provenía de un medio más tradicional (como, por ejemplo, las parroquias de la Fraternidad San Pedro o del Instituto de Cristo Rey). Descubrí que esos alumnos, en mayor o menor grado, ya vivían una vita liturgica. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de cuál era la esencia del problema.

Si todo lo que uno ha llegado a conocer es la liturgia reformada celebrada de un modo horizontal, el concepto mismo de vita liturgica resulta foráneo y, lo que es peor, imposible de alcanzarse. Si uno pide a quien ha crecido en ese medio que centre su vida en la Misa, probablemente reaccionará como ante alguien que viene de otro planeta: “¿Centrar en qué mi vida?” Es lo mismo que pedir a alguien que reconozca el mérito de cultivar la vida intelectual cuando jamás ha experimentado el gozo del pensamiento filosófico, o que persuadirlo del valor de dedicar cuatro años a estudiar los Grandes Libros cuando sólo ha leído con dificultad manuales de clase.

Cuando la liturgia que se celebra es muelle, rutinaria, hablada en el vernáculo de todos los días y con el tipo de música hoy al uso, ciertamente no nos parece -peor aun, no puede parecernos- ser la suprema actividad definitoria de la vida cristiana, el centro de gravedad, la acción más grave, más especial, más importante que podemos realizar mientras estamos despiertos. El mayor impedimento para vivir una vita liturgica es la propia liturgia reformada, precisamente por estar asimilada a una modernidad que es anti-sacramental, anti-ritual y anti-trascendencia. Cuando se asiste a la nueva liturgia, uno comienza a alienarse cada vez más del espíritu de la liturgia pura y simple, tal como ella está encarnada en la auténtica tradición, y la vita liturgica comienza a retroceder, a debilitarse, hasta que, al cabo, se disuelve en miasmas de sentimientos que derivan cualquier agarre que puedan tener del estímulo emocional.

No me sorprende, por tanto, que se pueda descubrir con bastante precisión cuáles estudiantes fueron criados en el Usus antiquior y cuáles en el Novus Ordo. Los jóvenes que se interesan en los tiempos litúrgicos y tratan de observarlos, que prestan atención a la fiesta del santo del día y que desean a sus amigos un feliz onomástico, que saben qué son las Témporas y qué son en realidad las vigilias, que regularmente ayunan y practican la abstinencia de carne, ésos son los que, con toda probabilidad, crecieron con la Misa tradicional o, al menos, lo hicieron en un medio influido por el Usus antiquior.

Por el contrario, los que consideran la Misa como “algo a lo que hay que ir los domingos” y tienen poca noción de las cosas que hemos mencionado recién, muy probablemente son huérfanos eclesiásticos separados, al nacer, de su propia tradición y, habiendo crecido en algún país lejano con una liturgia madrastra, son incapaces de hablar la lengua de sus antepasados. Excepto el caso de súbitas conversiones (las he visto, Deo gratias), la curva de aprendizaje para ellos es empinada: los progresos pueden ser lentos, con saltos y conatos, con regresiones, y raramente se logrará fluidez. A veces quienes están en esta situación parecen no interesarse en absoluto: consideran que lo que tienen “es suficientemente bueno”, y no sienten ninguna necesidad de retomar contacto con su familia, su patrimonio hereditario, su lengua nativa. Tal es el trágico resultado del laboratorio del Consilium: un hombre sin raíces, e ignorante de que carece de ellas.

 

“No se anteponga nada a la obra de Dios” (Regla, cap. 43). Este principio soberano del monasticismo cenobítico se transformó en el principio fundamental de la Cristiandad y de Europa. En cambio, ¿qué hemos hecho nosotros? Pues, hemos puesto docenas de cosas antes que el opus Dei: ecumenismo, diálogo interreligioso, servicio a la juventud, trabajo social, evangelización, en fin. No deja de ser irónico que la Prelatura del Opus Dei parece poner la vocación, la actividad y el espíritu de cuerpo antes que lo que se llama, con propiedad, “opus Dei” [2]. La causa de la gradual desaparición de la Cristiandad en Occidente no es otra que este eclipse de nuestra primera obligación, de nuestro primer amor.

Si un cónyuge traiciona al otro, no tiene importancia el número de hijos que tienen, o cuán grande es su casa, o cuánto éxito mundano han conseguido: el matrimonio está viciado en la raíz, y todo el resto se vuelve cenizas. La Esposa de Cristo tiene, como su deber principal y permanente, honrar y obedecer a su Esposo, y esto lo hace, del modo más puro, profundo y poderoso, en la liturgia. Todo lo demás fluye desde aquí y regresa aquí para incrementarlo, como la propia Sacrosanctum Concilium lo ha dicho (núm. 10), y se puede creer que muchos tuvieron de hecho esta convicción, antes de ser ella abandonada en calidad de estorbo medieval, aventada durante el Gran Despertar. Pero el Reich de Mil Años de piedad purificada y de exultante participación no se concretó jamás. Procurar el nirvana de la participación no sólo careció de todo contenido inteligible, sino que operó activamente para impedirla. Los fieles que no abandonaron la Iglesia fueron recompensados con décadas de banalidad, de mediocridad, de engaños mundanos, cosas todas que quedaron epitomizadas en las iglesias a medio llenar por católicos a medias comprometidos que cantaban a medias las tonaditas lideradas por el geriátrico Grupo Juvenil. Si éste era el “misterio escondido por siglos”, mejor hubiera sido que siguiera escondido. No es para sorprenderse que el agudo grito de los muecines y el disciplinado silencio de los budistas siga infiltrando a Occidente: ninguno de ellos encuentra resistencia espiritual, y reclaman como suelo propio el territorio abandonado por quienes alguna vez fueron católicos litúrgicos [3].

En su encíclica Au Milieu des Sollicitudes, de 1891, León XIII abogó por la política del ralliement, y urgió a los católicos franceses a abandonar sus aspiraciones monárquicas y lanzarse a la política secular por el bien de la nación. Décadas más tarde, Pablo VI decretó un ralliement a los católicos para abandonar el misticismo medieval y lanzarse a la liturgia moderna por el bien de la Iglesia. Pero esta liturgia moderna, al menos en las manos de sus más ardientes promotores, demostró ser tan secular en sus supuestos y metas como el republicanismo sin Dios de Francia. Pío X se vio finalmente compelido a condenar, de una vez por todas, el principio de la separación de Iglesia y Estado en Vehementer Nos (1906). Estamos todavía a la espera de nuestro “Pío X” en lo que se refiere al republicanismo litúrgico y al “principio de separación” que se ha encarnado en la lex orandi de los nuevos libros litúrgicos.

Es posible que, para que ello ocurra, tengamos que esperar mucho tiempo. Pero la vida interior de cada individuo ha quedado entregada a sus propias manos. Se espera que cada uno de ellos viva una vida litúrgica, y necesitamos encontrar las condiciones adecuadas -o crearlas- para que ello sea posible, ayudando en ello a los demás. Un primer e insustituible paso en despertar las almas de los huérfanos litúrgicos a las grandezas del culto divino es, simplemente, invitarlos a que asistan a la Misa tradicional de vez en cuando y animarlos a que lo hagan. Tendrán en ella la experiencia de algo que es extraño e incómodo, algo que se dirige a Dios trascendente, y que no se inclina hacia ellos para incluirlos e instruirlos; algo que es curiosamente no moderno e incluso indiferente a su entorno, pero que es absolutamente en serio; y puede que logren gustar algo de lo que se siente en la adoración, en la súplica, en el arrepentimiento: verán, en efecto, que se ofrece un sacrificio.

La liturgia católica tradicional beneficia al hombre moderno precisamente porque acentúa lo que es profundamente no moderno: verdades y símbolos que nos vienen desde el Antiguo Testamento, de la época apostólica, de la Iglesia de los Padres, de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco, de todos los siglos que ha atravesado la Esposa de Cristo creyendo y adorando, ofreciendo al Señor -ofreciéndose ella misma- un sacrificio de alabanza. Como ha dicho el obispo Mons. Athanasius Schneider, la reforma litúrgica, con su implacable alejamiento de este vasto y viviente repositorio (a pesar de algunos guiños retóricos a ciertas fuentes antiguas, redactados en pesados términos), ha herido el Cuerpo Místico de Cristo en la tierra y le ha infligido una amnesia que crece cada vez más. Durante cincuenta años hemos privado al Señor de un culto adecuado, y nos hemos privado a nosotros mismos de sus beneficios; un culto que lo tenga a Él como único objeto y a nosotros como los humildes servidores de sus sagrados misterios. No sólo debemos reparar este daño sino que, como lo diría Aristóteles, inclinar el fiel en la dirección contraria, agarrándonos con todas nuestras fuerzas a las formas, cargadas de piedad, que hemos heredado de la Edad de la Fe.

Pero la liturgia tradicional hace más que volver a conectarnos con la sabiduría y el amor que reina en la comunión de los santos: ella beneficia al hombre en cuanto hombre, al homo liturgicus que fue creado para “adorar al Señor en la belleza de la santidad”, con el oro de la música sagrada, el incienso del ceremonial majestuoso, la mirra del silencioso homenaje, a fin de que podamos ejercer en plenitud la virtud de la religión.

Lo que está oculto a los sabios y entendidos y es obvio para los pequeños, es que, mientras más rico es el contenido de la liturgia, mayor es el incentivo -y la recompensa- de nuestro esfuerzo por entrar en ella. Si nos educamos a nosotros mismos en la tradición católica, perderemos algo, sí: perderemos nuestro analfabetismo contemporáneo y nuestra ilusión de ser superiores. Pero ganaremos, en cambio, algo que es muchísimo más precioso: la realidad, sólida como roca, de una herencia bimilenaria, la escuela exigente y deleitosa de los santos. Y encontraremos que comenzamos a vivir en serio la vita liturgica.

 

 

[1] La expresión vita liturgica proviene de Sacrosanctum Concilium, núm. 18: “Que se ayude por todos los medios adecuados a los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, que ya trabajan en la viña de Señor, a comprender cada vez más plenamente qué es lo que realizan cuando celebran los ritos sagrados, y que se los ayude a vivir la vida litúrgica y a compartirla con los fieles encomendados a su cuidado”.

[2] Esta no es la explicación teórica que el Opus Dei daría de sí mismo. Sin embargo, no es difícil ver que la organización no está, en los hechos, centrada en el opus Dei tal como éste ha sido tradicionalmente definido y practicado, y en esta medida el nombre es perturbadoramente equívoco.

[3] Para argumentos a favor, véase una serie de excelentes “PositionPapers” publicados por la Federación Internacional Una Voce sobre la Forma Extraordinaria y China, la Forma Extraordinaria y África, la Forma Extraordinaria y el Islam, la Forma Extraordinaria y el movimiento New Age, etcétera. Yo no sostengo que todos los católicos anteriores a la revolución litúrgica estuvieran bien instruidos o que toda la práctica de entonces fuera ideal: estoy lejos de ello. Pero el Movimiento Litúrgico ya había calado de modo significativo, el método Ward, y otros semejantes, había enseñado a innumerables niños y adultos a cantar gregoriano, los seminarios y casas religiosas rebosaban, se tenía normalmente a la confesión en un lugar de honor como parte de la vida cristiana, y la lista podría extenderse indefinidamente. Quien no pueda ver que esta situación fue, de lejos, superior a nuestra enfermedad actual, vive en una situación de rechazo causada por ignorancia de los registros históricos, o por la influencia enceguecedora de la ideología, o por miedo a caer en la depresión. Pero el Señor nos dice que conocer la verdad nos hará libres, y ello ha de ocurrir también en este caso. Antes de que podamos rectificar el empecinado curso del postconcilio, debemos admitir que tomamos la curva equivocada y estamos extraviados. Sólo después se podrá hacer algo al respecto.

ARTÍCULO: “LAS RAZONES DE LA MISA TRADICIONAL DIARIA, POR HILAIRE BELLOC”

Hilaire Belloc (1870-1953) fue un prolífico escritor y destacado intelectual y apologista católico franco-británico. Dentro de su inmensa producción, destaca su libro El camino de Roma (The Path to Rome, 1902), el cual era considerado por Belloc y por muchos críticos y lectores como su mejor obra. El libro relata su viaje a pie desde Toul (Francia) hasta Roma, cruzando los Alpes, cumpliendo un voto de ver, como lo manifestó el mismo Belloc, “toda la Europa que la Fe cristiana ha salvado”. Intercaladas con el relato del viaje, se encuentran numerosas digresiones, que contribuyen al interés del libro. De este libro existen dos traducciones recientes, una de El Buey Mudo y otra de la Editorial Gaudete.

A continuación publicamos para nuestros lectores un pequeño pasaje de este libro, referido a las razones para oír diariamente y por la mañana la Misa de siempre, esa que tanto gustaba a Leon Bloy, el que esperamos los anime a aventurarse a leer la obra completa y a asistir frecuentemente a la Santa Misa.

 

George Inness, Basílica de San Pedro (detalle, 1857)

 

El camino de Roma

 
Hilaire Belloc
 
En el primer pueblo averigüé que ya había concluido la Misa, lo que me enojó considerablemente, porque ¿qué es una peregrinación en que no se oye Misa todas las mañanas? De cuantas cosas yo leyera de San Luis, haciéndome lamentar no haberle conocido y hablado, la que más me complacía era su costumbre de oír Misa diariamente según viajaba hacia el sur.
 
Pero el porqué ello me parece tan delicioso, es cosa que no acierto a explicar. Hay desde luego una gracia y una influencia inherentes a esa usanza, pero yo no hablo de esto ahora, sino de la grata sensación de orden y cosa cumplida que va aneja al día que uno inicia asistiendo a Misa. Tal sensación de consuelo yo la atribuyo a varias causas. (Verdad que arriba digo que no acierto con una explicación, más ¿qué importa?). Y esas causas son:
 
1) Que durante media hora al empezar el día está uno silencioso y recogido, olvidando cuidados, intereses y pasiones mientras repite un acto familiar. Esto, sin duda, es muy beneficioso y entonador para el organismo.
 
2) Que la Misa es un ritual minucioso y rápido. Y la fundación de todo ritual consiste en aliviar el ánimo de sus responsabilidades e iniciativas, concentrando la individualidad en sí misma, haciéndonos vivir sólo para nosotros durante el tiempo que la ceremonia dura. Así se experimenta un singular reposo tras el cual estoy seguro de que uno está más apto para la acción y el juicio
 
3) Que lo que nos rodea en la Misa nos inclina a pensamientos buenos y razonables, extinguiendo por el momento la comezón e inquietud de esa malhadada actividad que se agita en nosotros mismos y a la par recibimos del prójimo, y a la que cabe tener por verdadera fuente de todas las miserias humanas. De manera que el tiempo pasado en Misa es, en cierto modo, como descansar en el seno de una profunda y bien construida biblioteca, donde el ánimo se siente seguro contra toda turbación del mundo exterior.
 

4) Y la causa más importante del sentimiento que analizo es que uno hace lo que miles y miles de gentes han hecho durante miles de años. ¡Qué buena filosofía es esta, y cuánto más valdría que las personas ricas, en vez de gastar su influencia y dinero en ligas para promover tal o cual cosa, invirtiesen una y otro en convertir a la clase media, haciéndola seguir la vida ordinaria y tradicional de la raza! En verdad aseguro que, si yo tuviese autoridad, por ejemplo, durante unos treinta años, me ocuparía en atender a que las gentes pudieran seguir en todas las cosas sus instintos innatos, cazando, bebiendo, cantando, bailando, navegando y cavando; y quienes no lo hiciesen de grado serían compelidos a ello por fuerza.

 Adolph von Menzel, Primera Misa matutina en una iglesia de Salzburgo (1855)
(Imagen: Pinterest)
 
En la Misa de la mañana uno hace todo lo que la raza necesita hacer y ha hecho durante eras completas, en lo que a religión concierne. En la Misa tenemos la zona separada y sacra, el altar, el sacerdote revestido, el ritual canónico, la antigua y jerárquica lengua, y todo, en fin, cuanto la naturaleza humana pide a gritos en materia de adoración.
 
Estas consideraciones subrayarán lo muy decepcionado que me encontré al perder la Misa en la primera mañana de mi peregrinación.
 
Nota de la Redacción: El texto transcrito está tomado de Belloc, H., El camino de  Roma, trad. española, Madrid, El Buey Mudo, 2011, pp. 49-50. y ha sido extraído para esta publicación del blog de la Asociación Litúrgica Chilena Magnificat.

ARTICULO: EL TESTIMONIO DE UN SACERDOTE QUE CELEBRA LA MISA TRADICIONAL

Les ofrecemos a continuación, extraída de la web del capítulo chileno de la Federación Internacióna Una Voce, la Asociación Litúrgica Magnificat, una traducción propia de un valioso testimonio aparecido en el sitio norteamericano Liturgy Guy (el original puede leerse aquí, en inglés). En él, un sacerdote nos cuenta cómo el haber aprendido a celebrar la Misa tradicional lo ha hecho un mejor sacerdote. Conservando la celebración birritual, el sacerdote da cuenta de cómo el conocimiento de la Misa tradicional lo ha ayudado también a celebrar la Misa de Pablo VI de un modo más digno y con mayor recogimiento, proceso de enriquecimiento anhelado por S.S. Benedicto XVI al promulgar el motu proprio Summorum Pontificum. Ojalá testimonios como estos conduzcan a los obispos a atender al llamado del Papa emérito de poner a disposición de los seminaristas la posibilidad de aprender la liturgia perenne de la Iglesia.

 
La Misa tradicional me ha hecho un mejor sacerdote
 
Al aproximarse la Iglesia al décimo aniversario del señero motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, ha tenido lugar otro aniversario en la Iglesia de Santa Ana, en Charlotte, Carolina del Norte: se cumplieron 9 años desde que se volvió a celebrar la Misa tradicional en Charlotte. Desde aquella primera Misa rezada, de un sábado 31 de mayo de 2008 en la mañana, la Misa tradicional no ha dejado de hacerse más disponible y más popular en la ciudad. 
 
Recientemente pregunté al párroco de Santa Ana, el P. Timothy Ried (metodista converso, que apareció hace poco en el programa “The Journey Home”, de EWTN) cómo le ha impactado el antiguo rito en su calidad de sacerdote:
 
“Después de 9 años de celebrar la Misa tradicional, puedo decir que ella me ha hecho un mejor sacerdote. Me ha hecho amar estar sumergido en su tradición, y ser formado por sus rúbricas y oraciones. Lo más importante es que, celebrar la Misa tradicional, me ha hecho mejorar la forma en que celebro la Misa Novus Ordo. La disciplina que exige la Misa tradicional en su celebración se ha trasladado al modo como celebro la Misa Novus Ordo. Ciertamente he experimentado el mutuo enriquecimiento que Benedicto XVI esperaba que se produjera cuando se celebraran, una al lado de la otra, la Misa tradicional y la Misa Novus Ordo, y pienso que lo mismo ha experimentado nuestra parroquia. Creo firmemente tener un nuevo y mayor aprecio por la inmensa dignidad de la Misa”.
 
Esta respuesta del P. Ried no debiera sorprendernos. De hecho, he oído a otros sacerdotes expresar los mismos sentimientos cuando celebran la Misa tradicional. Unánimemente han declarado una mayor comprensión del Santo Sacrificio y de su sacerdocio, debido a haber tenido la experiencia del rito antiguo.
 
Cabe recordar que el Arzobispo Alexander K. Sample, de Portland, Oregon, analizó estos mismos beneficios al dirigirse a la Conferencia Sacra Liturgia en Roma, en 2013. En esa ocasión dijo: “Estas son las razones por las que urjo a los obispos a que se familiaricen con el usus antiquior como un medio para lograr para sí mismos una formación litúrgica más profunda y más sólida, que sirva como punto de referencia para llevar a cabo la renovación y reforma de la liturgia en la Iglesia local. Por experiencia propia puedo decir que mi estudio de los antiguos ritos litúrgicos y su celebración han tenido un enorme impacto en mi propio aprecio de nuestra tradición litúrgica, y han fortalecido mi comprensión de los nuevos ritos y su celebración”.
 
Haciéndose eco de los mismos sentimientos expresados por el P. Ried, el Arzobispo Sample agregó: “El obispo debería también animar a sus seminaristas a que se familiaricen con ese usus antiquior, no sólo por la posibilidad de que puedan ser llamados a celebrar esta forma de la Misa para beneficio de los fieles, sino también para que, como futuros sacerdotes, puedan apreciar la profunda y rica tradición litúrgica de la que derivan los ritos reformados…”.
 
La verdad es que el rito romano tiene en la actualidad dos formas: la forma ordinaria (la Misa introducida en 1970), y la forma extraordinaria (una liturgia que data de los primeros siglos, y que ha permanecido casi intacta desde el primer milenio).
 
¿No es ya tiempo de que la Iglesia escuche a estos hombres que celebran ambas formas del Rito Romano, como el Arzobispo Sample y el P. Ried? ¿No habrá llegado el momento de que todos los sacerdotes del Rito Romano, en especial los seminaristas, profundicen en su conocimiento del Sacrificio del Altar aprendiendo la Misa tradicional?

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Religión en libertad ha publicado un vídeo de la cuarta edición del congreso Ars Celebrandi, celebrado en la basílica de Nuestra Señora de Lichen (Polonia), durante el cual cuarenta sacerdotes polacos con destinos pastorales en todo el mundo aprendieron a celebrar la Misa tradicional y un centenar de laicos aprendieron a servirla, adquiriendo además una formación básica en gregoriano y polifonía.

Fuente: ASOCIACIÓN LITÚRGICA MAGNIFICAT

El P. Timothy Reid celebrando una Misa rorate en diciembre de 2015
(Foto: Liturgy Guy)
 
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ARTÍCULO: “LO QUE APRENDÍ DE UN FRANCÉS SOBRE LA MISA TRADICIONAL”

Un interesante artículo publicado en el sitio Liturgy Guy, (traducido en la recomendada web chilena Magnificat), “retrata admirablemente una de las ventajas más notorias de la Misa tradicional: su carácter intrínsecamente católico en su sentido etimológico, es decir, su universalidad. (CEC 811 y ss.) Hasta la reforma litúrgica un católico podía asistir a una Misa de rito romano en cualquier rincón del mundo y seguirla y comprenderla a la perfección, pudiendo participar en ella sin traba alguna. Asimismo, recogemos el llamado del autor a todos quienes participan en la Misa tradicional a ser embajadores de ella, sabiendo acoger a todos aquellos que se acercan por primera vez a la liturgia perenne de la Iglesia, tratando siempre de sumar y no de restar“.

A continuación, les ofrecemos el referido artículo:

Lo que aprendí de un francés sobre la Misa tradicional
Brian Williams

Hace unas semanas conocí a un francés, de nombre Paul, en la Misa tradicional. Había venido esa semana a Charlotte, Carolina del Norte [Nota de la Redacción: en los Estados Unidos de América], en viaje de trabajo. Pero fue la Misa tradicional lo que lo trajo a mi parroquia de Santa Ana aquel domingo.

Me di cuenta de la presencia de Paul apenas llegué a la iglesia: era una cara no familiar entre los asistentes a la Misa Solemne de cada semana. Luego de la Misa, me acerqué, en el patio de la iglesia, para saludar a nuestro visitante.

Contrariamente a lo que se cree, la mayor parte de los tradicionalistas no son ni más ni menos acogedores que los católicos corrientes. Dicho lo cual, debo añadir que los que asistimos normalmente a la Misa tradicional tenemos que ser embajadores de la liturgia tradicional, querámoslo o no. Si somos el rostro del tradicionalismo para nuestros amigos, nuestra familia y el resto de los miembros de la parroquia, tenemos que tener caras sonrientes y amistosas.

Luego de presentarme a Paul, supe que venía de Nantes, en Francia, y me contó que era casado, que tenía poco más de treinta años, y que no era probable que su trabajo lo trajera de nuevo a Charlotte en el futuro próximo. De hecho, tenía programado volar de vuelta a Francia ese mismo día. Como era domingo, sin embargo, había buscado una iglesia para asistir antes a Misa.

Paul me explicó que, de vez en cuando, suele asistir a la Misa tradicional en Francia, pero que allá se la celebra en muy pocas parroquias. Además, fue su conocimiento previo de la liturgia tradicional, y su familiaridad con ella, lo que lo impulsó a buscar esta Misa. Dicho brevemente, quiso que su experiencia de la Misa trascendiera el contexto geográfico y cultural en que vivía. Aquel domingo, el lenguaje, los movimientos y la música de la Misa tradicional eran para él cosa familiar, en medio de lo desacostumbrado de una visita a un país extranjero.

Es que así es el genio de la liturgia tradicional: su constancia y su universalidad. Trascendiendo límites y culturas, la Misa tradicional nos recuerda, al cabo, que somos extranjeros. Nuestro hogar es el Cielo.

Para muchos, es su intemporalidad y universalidad lo que constituye el atractivo de la Misa tradicional. No es liturgia estadounidense, no es liturgia francesa. Es, simplemente, liturgia católica. Esto fue lo que atrajo a Paul, un francés de Nantes, a esa pequeña parroquia de Charlotte, North Carolina.

Fuente: Asociación Litúrgica Magníficat. Capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce.

 

Misa tradicional en la Catedral de Notre Dame (París)

INFORME FIUV: “EL MODO DE RECIBIR LA COMUNIÓN”

Esta semana traemos a la web de Una Voce Sevilla otro interesante informe sobre liturgia tradicional publicado por la Federación Internacional Una Voce (F.I.U.V), en esta ocasión el nº3 de los denominados por ésta “paper position”, dedicado al “modo de recibir la comunión”, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de abril de 2012 por la F.I.U.V., y ha sido traducido recientemente al español por la asociación litúrgica hermana Magnificat, de Chile. A continuación, el texto de dicho informe:

 

EL MODO DE RECIBIR LA COMUNIÓN

 
Sumario
 
La Instrucción Universae Ecclesiae deja en claro que la comunión debe recibirse de rodillas y en la lengua en la celebración de la forma extraordinaria. La recepción en la lengua es, de hecho, la ley universal de la Iglesia, a la cual determinadas Conferencias Episcopales han hecho excepciones. El valor de arrodillarse para expresar humildad en presencia de lo sagrado está afirmado en innumerables textos de la Escritura y enfatizado por el Papa Benedicto XVI en su libro El espíritu de la liturgia. El momento de recibir la comunión es el más apropiado de todos para demostrar esta actitud. La recepción en la lengua, aun cuando no fue universal en la Iglesia primitiva, se universalizó rápidamente, reflejando la gran preocupación de los Padres de que no se perdieran partículas de la hostia, preocupación reiterada por el Papa Pablo VI en la Instrucción Memoriale Domini. En conclusión, la forma tradicional de recibir la comunión, que muestra tanto humildad como receptividad de niños, prepara al comulgante para una recepción fructífera. Además, se conforma perfectamente con la actitud general de reverencia hacia las Sagradas Especies, tal como se encuentra en la forma extraordinaria.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.
Texto:
1.Tal como ocurre con el servicio de hombres y niños en el altar[1], la cuestión del modo de recibir la comunión en las celebraciones de la forma extraordinaria del rito romano ha sido resuelta por la Instrucción Universae Ecclesiae (2011), que sostiene la obligatoriedad, en las celebraciones de la forma extraordinaria, de las leyes litúrgicas vigentes en 1962 [2]. Ellas especifican que la comunión ha recibirse por los fieles de rodillas y en la lengua.
2.Mientras que el servicio del altar por mujeres ha sido permitido en la forma ordinaria, según el parecer del Ordinario del lugar, la prohibición de recibir la Comunión en la mano por los fieles fue expresamente reiterada por el papa Pablo VI[3], quien estableció que las solicitudes de derogación de la ley deberían hacerse a la Santa Sede por una Conferencia Episcopal. Explicar el valor de esta práctica, como lo aspira a hacer este ensayo, es explicar el valor de la legislación propia de la Iglesia.
De rodillas.
3.Como lo ha hecho ver el papa Benedicto XVI, “[a]rrodillarse no es algo propio de una sola cultura, sino que proviene de la Biblia y de su experiencia de Dios” [4]. Y sigue explicando que arrodillarse es algo que se encuentra en numerosos pasajes de la Escritura como la actitud conveniente a la oración de petición y de adoración en presencia de Dios. Al arrodillarnos seguimos el ejemplo del mismo Señor [5], cumplimos con el Himno de Cristo de la Carta a los Filipenses [6] y nos adecuamos a la liturgia celestial que se deja entrever en el Apocalipsis [7]. El Santo Padre concluye: “Resulta probable que el arrodillarse sea extraño a la cultura moderna, en la medida que ella constituye una cultura, porque esta cultura ha dado las espaldas a la fe y ya no conoce al Uno, delante del cual arrodillarse es lo propio, es, en realidad, la postura intrínsecamente necesaria. El hombre que aprende a creer aprende también a arrodillarse, y la fe y la liturgia para la cual arrodillarse no fuera lo normal estaría enferma en lo más íntimo. Donde el arrodillarse se ha perdido, debe recuperárselo de modo que, en nuestra oración, permanezcamos en la compañía de los apóstoles y los mártires, en la compañía de todo el cosmos, en unión, efectivamente, con el mismo Jesucristo [8].
4.Es necesario agregar que el momento de la recepción del Cuerpo del Señor en el Santísimo Sacramento es el momento apropiado para arrodillarse, y hacerlo es una muy antigua tradición en Occidente [9], que reemplazó otros gestos de reverencia [10]. San Juan Pablo II nos recuerda que la actitud correcta para recibir la Comunión es “la humildad del Centurión del Evangelio” [11]: esta actitud se expresa por y se alimenta de la postura de la humildad, el arrodillamiento. La exigencia, en la disciplina actual de la Iglesia, de que se haga “un gesto de reverencia” cuando se recibe la Comunión [12] se cumple de un modo muy natural y no forzado recibiéndola de rodillas.
En la lengua
5.La recepción de la comunión en la lengua y no en la mano, aunque no fue una práctica exclusiva en la Iglesia primitiva, se remonta a los tiempos más antiguos. De ello da testimonio San Efrén el Sirio [13] y la antigua liturgia de Santiago [14], y se la menciona al menos como una posibilidad por el papa San Gregorio Magno [15], y fue mandada por el Concilio de Rouen alrededor del año 878 [16]. Parece que el Señor puso el pan directamente en la boca de Judas en la Última Cena [17], y es posible que haya hecho lo mismo con las Especies Consagradas. La difusión de este método en la Iglesia (con variantes distintas en Oriente y Occidente) deriva naturalmente de la gran preocupación de los Padres de que no se perdiera ninguna partícula de la Hostia. San Cirilo de Jerusalén (citado invariablemente por su descripción de la Comunión en la mano [18]) advierte que los fragmentos de Hostia debieran ser considerados más preciosos que el polvo de oro [19], e igual preocupación muestran Tertuliano [20], San Jerónimo [21], Orígenes [22], San Efrén [23] y otros más [24]. Esta preocupación de funda en la Escritura, en el mandamiento del Señor a los discípulos luego de alimentar a la multitud, tipo de la Eucaristía: “Recojan los fragmentos que hayan sobrado, para que no se pierdan” [25].
6.Esta preocupación se reitera, y se la vincula con la recepción en la lengua, por la Instrucción Memoriale Domini (1969), que resume una serie de consideraciones en favor de la forma tradicional de distribuir la comunión: “En vistas del estado de la Iglesia en general hoy día, debe observarse este modo de distribuir la comunión, no sólo porque está respaldada por una tradición de muchos siglos sino especialmente porque es un signo de reverencia de los fieles hacia la Eucaristía. Esta práctica no disminuye de modo alguno la dignidad personal de quienes que se acercan a este gran Sacramento, y es parte de la preparación que se necesita para una fructífera recepción del Cuerpo del Señor” [26]. Esta reverencia es un signo de que no se comulga con “el pan y la bebida ordinaria” [27] sino con el Cuerpo y la Sangre del Señor […] Además, esta manera de comulgar, que hoy debe ser considerada como prescrita por la costumbre, da una seguridad más efectiva de que la comunión será distribuida con la apropiada reverencia, decoro y dignidad; de que se evitará todo peligro de profanación de las Especies Eucarísticas, en las que “el Cristo todo y entero, Dios  y hombre, está sustancialmente contenido y permanentemente presente de un modo único” [28] y, finalmente, de que se mantendrá el diligente cuidado que la Iglesia ha recomendado siempre para cada fragmento del pan consagrado: “Si permitís que algo se pierda, considerad que perdéis uno de vuestros miembros” [29].
7.La posibilidad de que la comunión en la mano conduzca a “una deplorable falta de respeto hacia las Especies Eucarísticas” fue confirmada por San Juan Pablo II [30]. El peligro de una profanación deliberada del Santísimo Sacramento, advertida asimismo en Memoriale Domini, se ha hecho también tristemente evidente en una época en que los actos sacrílegos pueden hacerse públicos en Internet, para escándalo de los católicos de todo el mundo. Este tema es abordado de nuevo por la Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004), que se refiere otra vez a la distribución del Santísimo Sacramento sólo en la lengua como el remedio efectivo: “Si hay riesgo de profanación, la Comunión no debe ser dada a los fieles en la mano” [31].
8. San Juan Pablo II planteó un problema relacionado cuando escribió que “[t]ocar las sagradas especies y distribuirlas con sus manos es un privilegio de los ordenados” [32], y vincula esto con la consagración de las manos del sacerdote [33]. Esto trae a la memoria el famoso pasaje de Santo Tomás de Aquino, citado en relación con esto en una declaración oficial de la Oficina para lasCelebraciones Litúrgicas del Supremo Pontífice [34]: “[…] por reverencia hacia el Sacramento, nada lo toque, a menos de estar consagrado; de ahí que el corporal y el cáliz están consagrados, y del mismo modo las manos del sacerdote, para tocar este Sacramento. Por ello no es lícito para nadie más tocarlo, salvo por necesidad como, por ejemplo, si fuera a caer al suelo, o en algún caso de urgencia” [35].
9.El que este método tradicional se haya desarrollado a través del tiempo, no es un argumento en su contra, sino un testimonio de las importantes consideraciones que, de un modo reiterado, condujeron a su adopción. Como el Papa Pío XII lo afirmara en Mediator Dei(1948) de modo bien conocido, las prácticas más antiguas no son ipso facto preferibles a otras que se han desarrollado bajo la guía del Espíritu Santo a lo largo de muchos siglos [36].

 

Conclusión

10.La importancia de la actitud interior de humildad, recalcada por San Juan Pablo II, y la exigencia de un “gesto de reverencia” [37], no son sólo una cuestión de decoro ante la Presencia Real del Señor, por muy importante que esto sea. Más bien, la gracia recibida por quien comulga depende de su disposición, y el cultivo de la disposición correcta, la de humildad e infantil receptividad, se facilita por la recepción de rodillas y en la lengua. Como lo enfatizó Pablo VI: se trata de una “parte de la preparación necesaria para la recepción fructífera del Cuerpo del Señor” [38].

11.El valor de este método tradicional fue reiterado por la decisión de Benedicto XVI de distribuir él mismo la comunión en la lengua a los fieles durante las celebraciones pontificias. El comentario oficial a esta decisión menciona tanto la preocupación por la pérdida de partículas de la Hostia Consagrada como por aumentar entre los fieles la devoción a la Presencia Real de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía [39]. Además, el método tradicional es llamado “un signo exterior” que “promueve la comprensión del misterio de este gran Sacramento” [40].

12.En el contexto específico de la forma extraordinaria del rito romano, la práctica exclusiva de recibir la comunión de rodillas y en la lengua va de la mano con la gran reverencia del sacerdote celebrante hacia el Santísimo Sacramento en dicha forma. Dos ejemplos de ello serían la doble genuflexión del sacerdote en la Consagración, y el mantener unidos el pulgar y el índice desde la Consagración hasta la purificación del cáliz. La recepción de la comunión en la mano crearía una dañina disonancia con otros elementos de la liturgia. El tema está bien expresado en la Instrucción Il Padre, incomprensibile(1996), dirigida a las Iglesias Orientales, sobre la importancia de continuar con el modo de recibir la comunión tradicional en esas Iglesias: “Aun si esto impide poner de relieve el valor de otros criterios, también legítimos, e implica renunciar a cierta expedición, cambiar el uso tradicional tiene el riesgo de incurrir en una intrusión no orgánica en el marco espiritual a que se refiere” [41].

[1] Federación Internacional Una Voce, Position Paper 1: El servicio del altar de hombres y niños.

[2] Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Instrucción Universae Ecclesiae (2011), núm. 28.

[3] Instrucción Memoriale Domini (1969): “el Supremo Pontífice juzgó que la antigua forma de administrar la Comunión a los fieles no debía ser cambiada”.

[4] Ratzinger, J., El espíritu de la liturgia (Madrid, Cristiandad, 2001), p. 228.

[5] Lc. 22, 41 (durante la agonía en Getsemaní): “y se retiró de ellos la distancia de un tiro de piedra. Y arrodillándose, oraba” (et ipse avulsus est ab eis quantum iactus est lapidis et positis genibus orabat).

[6] Flp. 2, 10: “Al nombre de Jesús toda rodilla se doble” (ut in nomine Iesu omne genu flectet).

[7] Apoc. 5, 8: “Y cuando hubo abierto el libro, las cuatro criaturas vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero” (et cum peruisset librum quattuor animalia et viginti quattuor seniores ceciderunt coram agno).

[8] Ratzinger, El espíritu de la liturgia, cit., p. 228.

[9] En Occidente el desarrollo del arrodillarse para la comunión data de al menos el siglo VI: véase Schneider, A., Dominus est (Pine Beach NJ: Neman House Press, 2008) p. 27. [hay traducción española: Dominus est. Reflexiones de un obispo de Asia Central sobre la Sagrada Comunión, Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2009]. Arrodillarse se hizo general y luego universal entre los siglos XI y XVI: Joseph Jungmann, The Mass of the Roman Rite: its origins and developments (trad. inglesa, New York, Benzinger, 1955), p. 376.

[10] Jungmann cita ejemplos de aproximarse a la comunión descalzos, haciendo una genuflexión y una reverencia tres veces repetida y besando el suelo, o el pie del sacerdote (The Mass of the Roman Rite, cit., II, p. 377-8).

[11] Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003), núm. 48: “cum demissione centurionis in Evangelio”.

[12] Instrucción General del Misal Romano (2002), núm. 160.

[13] San Edrén el Sirio, Sermones in Hebdomada Sancta 4, 5: “Isaías me vio [Cristo] como vosotros me veis ahora extendiendo mi mano derecha y poniendo en vuestras el pan vivo”. Se hace referencia a la visión de Isaías del ángel que le tocó los labios con un carbón encendido (Isaías 6, 6-7).

[14] Bozestwennaya Liturgia Swjatago Apostoloa Iakowa Brata Boziya I perwago bierarcha Ierusalima (Roma, Grottaferrata, 1970) p. 151: “El Señor os bendiga, y os haga dignos con el toque de nuestros dedos puros de llevar el carbón encendido y ponerlo en la boca de los fieles […]”.

[15] San Gregorio Magno, Diálogos 3, c. 3: “después de que le puso el Cuerpo del Señor en la boca, esa lengua, que por largo tiempo no había hablado, fue desatada”. El contexto es la curación de un hombre enfermo, que posiblemente no podía ponerse la Hostia en la boca: era la lengua, entre otras cosas, que necesitaba curación. Con todo, el texto no indica sorpresa ante el hecho de que se ponga la hostia directamente en la boca del hombre.

[16] Concilio de Rouen, cap. 2: “que no ponga [el sacerdote] la Eucaristía en las manos de laico alguno, hombre o mujer, sino que él la ponga sólo en la boca con las siguientes palabras: “Corpus Domini et Sanguis prosit tibi ad remissionem peccatorum et ad vitam aeternan” (nulli autem laico aut feminae eucharistian in manibus ponat, sed tantum in os eius). Mansi 10: 1199 ss. Cfr. Jungmann, The Mass of the Roman Rite, cit., II, pp. 381-2.

[17] Jo. 13, 26-27: “Jesús respondió: es aquel a quien Yo dé el pan untado. Y untando el pan, se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón. Y con ese bocado, Satán entró en él”.

[18] San Cirilo de Jerusalén, Mystagogical Catechesis, 5, 21 y ss.

[19] San Cirilo de Jerusalén, Mystagogical Catechesis, 5, 2.

[20] Tertuliano, De Corona, 3: “Nos duele que el pan o el vino, aun el nuestro, caiga al suelo”.

[21] San Jerónimo, In Ps, 147, 14: “hay peligro si algo cayera al suelo”.

[22] Orígenes, In Exod. Hom., 13, 3: “cuando recibas el Cuerpo del Señor, cuida reverentemente de que no caiga ni la más mínima partícula”.

[23] San Efrén, Sermones in Hebdomada Sancta 4, 4: “no piséis ni siquiera los fragmentos. El menor de estos fragmentos de este Pan puede santificar a millones de hombres […]”.

[24] En especial los cánones de la Iglesia Copta (Collationes canonum Copticae): “No permita Dios de que ninguna de estas perlas o fragmentos consagrados se adhiera a los dedos o caiga al suelo” (Denzinger, Ritus Orientalium, I, p. 95).

[25] Jo. 6, 12. Cf. Mt 14, 20 y 15, 37; Mc. 6, 43 y 8, 9; Lc. 9, 17.

[26] [Nota 6 al pie en Memoriale Domini]. Cfr. San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 98, 9 (PL 37, 1264-1265).

[27] [Nota 7 al pie en Memoriale Domini]. Cfr. San Justino, Apologia, I, 66 (PG 6, 427), y San Ireneo, Adversus Haereses, 1, 4, c. 18 n. 5 (PG 7, 1029-1029).

[28] [Nota 9 al pie en Memoriale Domini].

[29] [Nota 10 al pie en Memoriale Domini] Cirilo de Jerusalén, Catecheses Mystagogicae, V. 21 (PG 33, 1126).

[30] San Juan Pablo II, Carta Dominicae Coenae (1980), núm. 11.

[31] Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004), núm. 92, donde se reitera la respuesta de la Congregación para el Culto Divino a un dubium de 1999, registrada en Notitiae 35 (1999), pp. 160-161.

[32] Juan Pablo II, Carta Dominicae Coenae, núm. 11.

[33] Juan Pablo II, Carta Dominicae Coenae, núm. 11: “Pero no debe olvidarse el oficio primer de los sacerdotes, que han sido consagrados por su ordenación para representar a Cristo Sacerdote: por esta razón sus manos, igual que sus palabras y su voluntad, se han convertido en instrumentos directos de Cristo”.

[34] Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Supremo Pontífice: “Comunión recibida en la lengua y de rodillas” (2010) [el texto sólo está disponible en inglés: véase aquí].

[35] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, IIIa q. 82, a. 3 c: “in reverentiam huius sacramenti, a nulla re contingitur nisi consacrata, unde et corporales et calix consecrantur, similitere et mabus sacerdotis, ad tangendum hoc sacramentum. Unde nulli alii tangere licet, nisi in necessitate puta si caderet per terram, vel in aliquo alio necessitatis casu”.

[36] Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1948), núm. 61: “La liturgia de los primeros siglos es ciertamente digna de toda veneración. Pero los usos antiguos no deben ser estimados más adecuados o convenientes, ya sea en sí mismos o por su significado, para épocas posteriores y nuevas situaciones, sobre la mera base de que tienen el sabor y aroma de la antigüedad. Los ritos litúrgicos más recientes también merecen reverencia y respeto. Ellos también deben su inspiración al Espíritu Santo, que asiste a la Iglesia en cada época, hasta la consumación del mundo (Mt. 28, 20]. Ellos son igualmente recursos que la ínclita Esposa de Jesucristo usa para promover y procurar la santidad del hombre” (Haec eadem iudicandi ratio tenenda est, cum de conatibus agitur, quibus nonnulli enituntur quoslibet antiquos ritus ac caeremonias in usum revocare. Utique vetustas aetatis Liturgia veneratione procul dubio digna est; veruntamen vetus usus, non idcirco dumtaxat quod antiquitatem sapit ac redolet, aptior ac melios existimandus est vel in semetipso, vel ad consequentia tempora novasque rerum condiciones quod attinet. Recentiores etiam liturgici ritus reverentia observantiaque digni sunt, quoniam Spiritus Sancti afflatu, qui quovis tempore Ecclesiae adest ad consummationem usque saeculorum (cf. Mt. 28, 20) orti sunt; suntque iidem pariter opes, quibus ínclita Iesu Christi Sponsa utitur ad hominum sanctitatem excitandam procurandamque).

[37] Véase el párrafo 4.

[38] Pablo VI, Memoriale Domini.

[39] Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Supremo Pontífice, Comunión recibida en la lengua y de rodillas (2010).

[40] Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Supremo Pontífice, Comunión recibida en la lengua y de rodillas (2010).

[41] Congregación para las Iglesias Orientales, Instrucción Il Padre, incomprensibile”(1996), núm. 53.