EL DIARIO ABC DE SEVILLA SE HACE ECO DE LA CELEBRACIÓN DE LA «MISA EN LATIN» EN NUESTRA CIUDAD

Con un artículo titulado: «¿Donde se puede escuchar Misa en latín en Sevilla«, escrito por el periodista y redactor don Javier Macías, el periódico más leído en nuestra ciudad, ABC de Sevilla, en su edición digital, hoy se ha hecho eco de la celebración de la Misa tradicional-gregoriana que organiza la Asociación Una Voce Sevilla de forma ininterrumpida cada Domingo y día de precepto desde el año 2007 conforme al motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, y que sigue experimentando un crecimiento de fieles que asisten con frecuencia a su celebración en el Oratorio Escuela de Cristo, sito en el Barrio de Santa Cruz.

Son ya numerosas las referencias que la prensa escrita de nuestra ciudad ha realizado en los últimos años de la Misa tradicional en Sevilla y de nuestra Asociación, a las que pueden acceder en el siguiente enlace de nuestra página web: http://www.unavocesevilla.com/prensa/

 

PARA LEER EL ARTÍCULO PUBLICADO EN ABC DE SEVILLA PINCHAR AQUÍ.

 

¿LA MISA A LA QUE ASISTIMOS REGULARMENTE NOS ACERCA VERDADERAMENTE A CRISTO?

A continuación, les ofrecemos un nuevo e interesante artículo del Prof. Peter Kwasniewski, titulado: «Cómo la liturgia puede abrir o cerrar las puertas a Cristo«. El original del artículo fue publicado por la web  New Liturgical Movement y traducido al español por la redacción del blog Magnificat Una Voce Chile:

 

 

«El Concilio Vaticano II afirmó que la Santa Misa es el centro y raíz de la vida cristiana. Esta expresión, pese a que se repite constantemente, entraña una pregunta que puede resultar incómoda y desconcertante. ¿La Misa a la que asistimos regularmente nos acerca verdaderamente a Cristo? La respuesta parece obvia si se considera que en cada Misa se obra el milagro de la transustanciación y Cristo se hace presente en medio de nosotros. Sin embargo, el punto exige un análisis más profundo, dado que en la Misa no sólo se debe entender lo que está diciendo el sacerdote. La participación activa que deseaba el Concilio exige mucho más, pues requiere un compromiso cabal de la persona y una compenetración en el sentido que tienen el rito dentro de la economía de la salvación. Porque si ser católico es seguir a Jesucristo, la liturgia necesariamente debe ayudar a que ese encuentro sea más fácil de conseguir. Al menos, puesto que de por medio está la libertad humana, ella debería crear un ambiente de recogimiento y apartamiento del mundo que facilite el encuentro personal con Cristo. 

En este artículo el Prof. Peter Kwasniewski se hace precisamente esta pregunta y deja la respuesta a una serie de testimonios de personas que han conocido la Misa de siempre. Todos acaban coincidiendo en que la sobriedad que transmite el rito ayuda al recogimiento personal, de manera que buscar a Dios resulta algo casi natural. El artículo fue originalmente publicado La traducción ha sido preparada por la Redacción.

 

 

Cómo la liturgia puede abrir o cerrar las puertas a Cristo

Peter Kwasniewski 

Cada vez hay más y más información sobre cómo la juventud abandona masivamente el cristianismo, cosa que afecta a todas las denominaciones. Algunos estudios recientes, como el Shell-Jugenstudie, revelan que las iglesias no son lugares donde, por lo general, se reúna la juventud.

¿Cuál es, en rigor, el problema? Como siempre, existen varias teorías, pero me parece que debemos prestar especial atención a lo que dice Dom Karl Wallner, de la Abadía de Heilignkreusz, en su conferencia “La profanación de lo sagrado y la sacralización de lo profano”. He aquí algunos extractos.

La experiencia de lo sagrado es más fundamental que la noción de lo divino. Esto quiere decir que la religiosidad se basa, en primer lugar, en dejarse tocar por algo que existe y que trasciende lo cotidiano, por una cierta pureza y majestad; algo que impone respeto, algo inesperado. Es sólo sobre la base de esta experiencia que el hombre busca en Dios el origen de semejante sentimiento. […] Repitámoslo: la necesidad de ser afectado por aquello que se cree “sagrado”, incluso hasta el punto de que nos erice los cabellos, es fundamental para el hombre, porque el hombre está predestinado a lo sagrado […] Si no cultivamos lo que es sagrado y digno en nuestras iglesias, si nos olvidamos de lo tremendum y de lo fascinosum, se puede esperar que la psicología humana vaya a buscar en otros lugares lo que satisfaga su necesidad de temblar ante lo majestuoso. Si degradamos nuestras ceremonias litúrgicas hasta el nivel de simples ceremonias mundanas, si las banalizamos, no debiera tomarnos por sorpresa el que la gente se vaya a otras partes a satisfacer su deseo innato de lugares, símbolos, textos y personas sagrados que se pueda venerar[1].

Aunque el Pater Wallmer no lo dice, podría perfectamente haber dicho que el movimiento de desacralización en nombre de la modernización es precisamente lo que caracteriza a la liturgia católica reformada, tanto en su concepción como en su ejecución.

Digámoslo del siguiente modo. El Novus Ordo actúa como la niñera de los fieles; las parroquias podrían perfectamente distribuir chupetes y mantas en la puerta. La acción es palabrería “de pared a pared”, desde el “Buenos días. Hoy es el domingo número tal del Tiempo Ordinario. Comenzaremos con el canto ‘Oh, Dios, que horrible es este himno’ y terminaremos con ‘La Misa ha terminado, que tengan un excelente día’”[2]. ¿Es posible imaginarse que haya muchos adultos jóvenes, en este mundo posmoderno, que quieran tener algo que ver con semejante cosa? ¿Habrá alguien que se imagine que va a haber mucha gente deseosa de que se le hable así en el rito inicial, en las tres lecturas, en la homilía, en las normalmente anémicas y sentimentales oraciones de los fieles, la plegaria eucarística, la comunión, y los comentarios finales? ¡Qué mala receta para atraer a con-versos y re-versos! No vamos a lograr que lleguen los indiferentes con una liturgia que dirige sus encantos a bibliotecarios de clase media. Los indiferentes preferirán ayunar en el silencio Zen, o tomar drogas que alteren la conciencia a hartarse con un menú de palabras estilo “todo lo que pueda comer”.

En el capítulo I de mi libro Noble Beauty, Trascendent Holiness [Noble belleza, santidad trascendente], cito varios testimonios de cómo algunos encuentros con la liturgia tradicional fueron dramáticos instantes de descubrimiento, un inesperado “shock de belleza”, una teofanía. Tales testimonios aumentan a medida que año tras año esta parroquia o aquella diócesis empiezan a albergar el antiguo rito romano. Echar una mirada a cinco de esos testimonios (que son nuevos y no incluí en mi libro) nos dará mucho que pensar.

Un laico me envió el siguiente correo electrónico:  

Actualmente estamos asistiendo a la Misa tradicional como nuestra Misa habitual. Fue un poco abrumador al comienzo, pero pasados apenas un par de meses, se nos ha hecho más normal. Mi mujer y yo estamos asombrados de que, aunque al comienzo no teníamos idea de qué era lo que tenía lugar, pudimos rezar más durante el primer mes de Misa tradicional que en los 10 años anteriores de diversas liturgias Novus Ordo (al menos, tal fue la sensación).

A lo cual lo único que pude responder fue: “Sé exactamente a lo que se refiere”.

Una mujer me escribió: 

Tengo 38 años y toda mi vida la he vivido con la Misa Novus Ordo. Fui siempre muy tibia hasta que, hace unos 4 años, la Virgen me acercó a su Hijo a través del rosario. […] Finalmente fui a la Misa tradicional por primera vez hace un mes, y me impresionó tanto la solemnidad y belleza de la Misa que estallé en lágrimas.

Esta persona es una de las innumerables que han reaccionado de este modo -y, obviamente, no por nostalgia (alguien de 38 años no tiene suficiente edad para ello, a menos que se tome “nostalgia” en el sentido filosóficamente enrarecido que le dan Wojtyla y Ratzinger)-. Como hicieron los Padres del Desierto, debiéramos meditar en el significado de las lágrimas. En los 25 años que llevo dirigiendo música sagrada para el Novus Ordo, en sólo dos oportunidades he visto a alguien irse llorando de Misa debido a la emoción que le ha causado la liturgia. Pero ocurre a menudo que a gente de edad mediana y a ancianos se les llenan de lágrimas los ojos por la “solemnidad y belleza” de la Misa solemne. Esto lo sabemos bien los músicos, debido quizá a que esas personas se nos acercan posteriormente. Esas lágrimas significan que se han conmovido profundamente, a pesar de todo el ruido que hacen los puntos de vista y los prejuicios, y son manifestación de un alivio y descanso interior, de un entrar y un salir de sí mismo, de algo enteramente diferente de una simulación o de una autoimposición de la voluntad “porque es bueno para uno”, como el aceite de bacalao. 

 Una nueva vida en Cristo, una nueva vida en la Tradición

Mi tercer ejemplo está tomado de un artículo publicado en The Chant Café, en que una escritora describe cómo percibe y experimenta el usus antiquior. Este testimonio es tanto más valioso cuanto que la escritora en cuestión se presentaría a si misma, me parece, como adherente al movimiento “reforma de la reforma”, no obstante lo cual escribe en términos emocionantes sobre lo que es asistir a una Misa tradicional

Este sabor a cielo, este tiempo fuera del tiempo, fortalecen mi corazón, frente a los rigores del Evangelio, como nunca nada lo ha hecho. La receptividad tiene que ver con cierto silencio y paz. Experimento silencio, silencio interior, incluso cuando hay gran actividad, por ejemplo, en la Misa solemne, con sus movimientos y sonidos que se traslapan, con sus oraciones que se repiten, se susurran, se proclaman. Todo es muy pacífico. Respiro más profundamente. Qué sosiego, qué paz. Este sosiego puede darse en la forma ordinaria, postconciliar, del rito. Puede darse, pero no es lo normal. Lo que es más normal para mí es una experiencia de velocidad y apuro. La atmósfera informal y sin esmero se hace parte de mi propia experiencia de tratar de orar en la Misa. En lugar de una paz compartida, comparto las distracciones del entorno. Me parece que hay aquí una jerarquía que se ha invertido. La Misa dominical debiera ser la experiencia de oración por excelencia, una experiencia que nuestras Misas diarias y nuestra oración privada debieran reflejar, aunque sin nunca alcanzar la misma profundidad. En cambio, encuentro que mis oraciones privadas son más devotas y solemnes que las de la Misa diaria en la forma ordinaria, que es, a su vez, más intensa y menos distractiva que la Misa dominical de dicha forma [3].   

Un cuarto ejemplo proviene de un discurso de final de año pronunciado por el estudiante más destacado en la Gregory the Great Academy:  

Aunque fue extraño al comienzo, rápidamente me enamoré de la estructura y la poesía de la Misa [tradicional] y, sobre todo, por las tradiciones musicales que unen a Oriente y Occidente en un coro de alabanza divina. Caí de nuevo en la cuenta de algo que había sabido siempre, sin entenderlo: la tradición de mi Fe. Tal como comencé a apreciar las muchas bellezas de la Divina Liturgia, fui atraído a una nueva comprensión del rito romano, viendo en su estructura un propósito común de salvación y de profundidad de las sagradas tradiciones. A través de estas tradiciones y de experimentar la liturgia, fui atraído a una nueva experiencia de mi lugar en la familia divina y de mi patrimonio hereditario espiritual… Me sentí lanzado de cabeza en un nuevo mundo de tremendo significado y misterio.

Un quinto testimonio proviene de una carta escrita a un monje por uno de sus amigos de la época de colegio. Tanto el monje como el amigo me autorizaron para incluirla aquí. 

Escribo a mitad de la octava de Pentecostés y he asistido a tres Misas tradicionales esta semana (N ha asistido a dos), y espero ir tanto a la de mañana como a la del domingo de la Santísima Trinidad. Este ha sido un período lleno de gracias en mi vida. Desde hace mucho tiempo no he sentido esta paz y energía para trabajar bien. Probablemente ello se debe a que está por fin terminando la escuela, pero estoy convencido de que también el Espíritu Santo ha estado produciendo esto en mí mediante la Misa tradicional.

Se podría agregar tantos más a estos cinco testimonios. Podríamos resumir todas estas reacciones con las palabras de Dom Alcuin Ried, quien dice del usus antiquior: 

Sus exigencias producen en nosotros una respuesta. Encontramos que la sobriedad y belleza del ritual, el silencio en que hallamos espacio para orar internamente, la música que no trata de imitar el mundo o acariciar las emociones sino que nos desafía y nos facilita la adoración de lo sagrado, encontramos, en fin, que la experiencia de lo numinoso y de lo sagrado nos elevan y nos alimentan. Me impresionó tanto la solemnidad y belleza de la Misa que estallé en lágrimas. Este sabor a cielo, este tiempo fuera del tiempo, fortalecen mi corazón, frente a los rigores del Evangelio, como nunca nada lo ha hecho. Un nuevo mundo de tremendo significado y misterio. Desde hace mucho tiempo no he sentido esta paz y energía para trabajar bien. Sus exigencias producen en nosotros una respuesta.

Oh, vosotros que proponéis una Nueva Evangelización (incluido el Obispo Barron); oh, vosotros que montáis los pseudo-Sínodos de la Juventud; oh, vosotros, envejecidos vendedores ambulantes de trastos de antaño, ¿estáis oyendo? ¿Estáis oyendo el sensus fidelium, la vox populi Dei? “Quien tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap 2, 17).

 

[1] Pater Wallner prosigue con una ilustración de los sucedáneos de prácticas religiosas en que la gente trata de encontrar o crear para sí un sentido, tomando contacto con cosas que están “separadas” de lo cotidiano, tales como peregrinajes a la sepultura de personajes famosos, obsesiva dedicación a los deportes, culto de personalidades “estrella”, dramaturgia de películas y de festivales de rock, fervorosa dedicación a movimientos políticos, prácticas supersticiosas. Recomiendo vivamente esta breve conferencia ya que contiene valiosas intuiciones del curso que tomó el último medio siglo y de las perspectivas y peligros del presente. La recomiendo, en particular, a quienes trabajan con los jóvenes: léanla cuidadosamente.

[2] Véase, sobre este tema Noble Beauty, Trascendent Holiness [Noble belleza, santidad trascendente], cap. 10, «The Peace of Low Mass and the Glory of High Mass» [«La paz de la Misa rezada y la gloria de la Misa solemne»].

[3] Esta es una sorprendente confesión que me resulta verosímil: “encuentro que mis oraciones privadas son más devotas y solemnes que las de la Misa diaria en la forma ordinaria, que es, a su vez, más intensa y menos distractiva que la Misa dominical de dicha Forma”. El católico que rece a solas Laudes o Prima en la mañana adquirirá un más poderoso sentido de la devoción y de la solemnidad de una oración sobria y seria que el que encontrará en la Misa Novus Ordo, excepto en casos muy excepcionales. Y lo peor será la Misa dominical, o sea, será lo que está más lejos del espíritu de devoción y de oración.». 

 

SEVILLA: AVISO CAMBIO HORARIO MISA TRADICIONAL-GREGORIANA DOMINGO 3 JUNIO

Les informamos, que, con carácter excepcional y por razones ajenas a nuestra voluntad, el próximo domingo 03 de junio, II después de Pentecostés, la Santa Misa según el Rito romano-tradicional o gregoriano, se oficiará a las 13:00 horas, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, y no en el horario de costumbre.

Disculpen las molestias.

 

UNA VOCE SEVILLA

 

SEVILLA: JUEVES 31 MAYO MISA TRADICIONAL-GREGORIANA FESTIVIDAD CORPUS CHRISTI

Nos complace anunciarles que, fieles a la tradición secular de la Iglesia, el próximo JUEVES 31 DE MAYO, con ocasión de la festividad del CORPUS CHRISTI y en su honor, se oficiará –D.m.- Santa Misa según la Forma tradicional del Rito Romano, a las 20:00 horas, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, sito en el Barrio de Santa Cruz.

A su finalización, solemne Procesión Claustral con Su Divina Majestad.

UNA VOCE SEVILLA

 

 

 

 

 

IN MEMORIAM: CARDENAL CASTRILLÓN HOYOS (1929-2018). UN GRAN DEFENSOR DE LOS DERECHOS DE LA MISA TRADICIONAL

En la madrugada del pasado 18 de mayo, ha fallecido en Roma el Cardenal Darío Castrillón Hoyos (1929-2018), quien asumiera, entre otras importantes responsabilidades pastorales y de la curia romana, la presidencia de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei entre los años 2000 y 2009.

Cardenal Darío Castrillón Hoyos

(Reporteros Asociados)

 

El Cardenal Castrillón Hoyos nació el 4 de julio de 1929 en Medellín, Colombia, hijo de don Manuel Castrillón Castrillón y doña María Hoyos Salas. Estudió en los seminarios de Antioquía y de Santa Rosa de Osos, para luego continuar sus estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo su doctorado en Derecho Canónico, y cursó estudios de sociología en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Fue ordenado sacerdote por Monseñor Alfonso Carinci el día 26 de octubre de 1952 en la Basílica de los Santos Apóstoles de Roma, incardinándose para la diócesis de Santa Rosa de Osos. Se desempeñó inicialmente en diversas labores como vicario parroquial y colaboró con diversas iniciativas diocesanas, como director de los Cursillos de Cristiandad, la juventud obrera católica y la Legión de María.

En 1966, fue nombrado secretario general de la Conferencia Episcopal colombiana, asumiendo además el cargo de catedrático de Derecho Canónico en la Universidad Libre con sede en Bogotá. Asimismo, participó como delegado en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín, el año 1968.

 

 

Su Eminencia celebrando Misa Pontifical

(Misa Tradicional en La Plata)

 

El 2 de junio de 1971 el papa Pablo VI lo nombra obispo titular de Villa del Re y obispo coadjutor, con derecho a sucesión, de la Diócesis de Pereira. Fue consagrado obispo el 18 de julio de ese mismo año por Angelo Palmas, entonces nuncio de Su Santidad en Colombia. Asumió como obispo de Pereira el 1 de julio de 1976. En 1979 participó en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla. Fue secretario general del CELAM desde 1983 hasta 1987 y presidente del mismo organismo desde ese año hasta 1991 y colaborando en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo (1992). Destacó en todos sus encargos un estricto apego a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, aún en medio de los aires de cambio y progresismo dominantes en la época.

El 16 de diciembre de 1992 fue promovido a la sede metropolitana de Bucaramanga como su arzobispo. En tales años, asumió una lucha frontal contra el narcotráfico y el terrorismo imperantes en dicho país, denunciando las atrocidades cometidas por todos los grupos guerrilleros de entonces. Popularmente conocida es la acción que desarrolló en la escena política colombiana, ya que emprendía largas caminatas por la montaña para visitar a líderes guerrilleros con el fin de explicarles las bondades de deponer su acción violentista. Se dice que incluso visitó disfrazado a Pablo Escobar, para convencerlo de entregarse a la justicia.

 

Su Eminencia recibiendo la birreta cardenalicia de manos de San Juan Pablo II

(Héctor Gómez)

El 15 de junio de 1996, el papa San Juan Pablo II lo nombra Pro-prefecto de la Congregación para el Clero, por lo que renuncia al gobierno de su arquidiócesis el 15 de junio de 1996. Dos años más tarde, el 21 de febrero de 1998, fue creado cardenal en el séptimo Consistorio de San Juan Pablo II, recibiendo la diaconía del Santísimo Nombre de María en el Foro Trajano, y nombrado Prefecto de la Congregación para el Clero. Como prefecto impulsó la modernización tecnológica de su dicasterio, promoviendo iniciativas como la página clerus.org y “bibliaclerus”. En otras responsabilidades encomendadas por el Papa San Juan Pablo II, se le encomendó servir como enviado especial de Su Santidad para la firma del Acuerdo Definitivo entre Perú y Ecuador para resolver su disputa fronteriza en Brasilia el 26 de octubre de 1998.

El 14 de abril de 2000 fue nombrado por el papa San Juan Pablo II como presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei. Bajo su administración se promulgó el Motu Proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, el cual permitió la libertad del uso del Misal y los demás libros litúrgicos editados el año 1962, reconociendo que el rito romano nunca había sido abrogado. Durante esos años, realizó una infatigable labor por lograr un acuerdo práctico para regularizar la situación canónica de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, así como servir de pastor y vínculo con la curia vaticana de numerosas agrupaciones religiosas surgidas al alero de la Pontificia Comisión que él presidía.

 

Su Eminencia celebrando Misa Tradicional

(Veritas Vincit)

Su actividad no estuvo restringida solamente a la vida de la curia vaticana, sino que continuó sirviendo como representante de Su Santidad en diversos eventos de la vida de la Iglesia hispanoamericana. En nuestro medio, valga recordar su misión como enviado especial del Papa San Juan Pablo II para la clausura del Congreso Eucarístico Nacional en Chile y la dedicación de la nueva Catedral en la diócesis de San Bernardo, el mes de noviembre del año 2000.

El 8 de julio de 2009, el Santo Padre Benedicto XVI, acepta su renuncia como presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei por motivos de edad, tras haber cumplido 80 años de edad el 4 de julio, sucediéndole el Cardenal William Joseph Levada. Tras su retiro de la actividad pública, permaneció residiendo en la ciudad del Vaticano, donde falleció en la madrugada del pasado 17 de mayo, a sus 88 años, producto de problemas hepáticos y dolencias propias de su avanzada edad.

 

Como Asociación nos sumamos a las muestras de pesar suscitadas con ocasión de su fallecimiento y nos adherimos con nuestras oraciones en sufragio del alma de un pastor que dedicó tantos esfuerzos por el reconocimiento del debido lugar de la Santa Misa tradicional en la vida de la Iglesia. Que el Señor reconforte a sus seres más queridos, y que a él lo recompense abundantemente y le conceda la Gloria de la visión beatífica. Requiescat in Pace. Amen

 

Fuente: Asociación litúrgica Magnificat (Una Voce Chile)

 

A continuación, les ofrecemos una interesante alocución del Cardenal Castrillón Hoyos a la «Latin Mass Society» de Inglaterra y Gales , a la que fue invitado en 2008 a oficiar la Santa Misa tradicional, sobre los motivos de la publicación del motu proprio Summorum Pontificum por S.S. Benedicto XVI, y que publicamos en su momento en nuestra antigua web. Para acceder pinchar aquí

 

 

Acompañado del entonces presidente de la Federación Internacional Una Voce (Leo Darroch) y del presidente en funciones de Una Voce Sevilla (Juan Manuel Rodriguez), en la Basílica de San Pedro (Roma), durante la Asamblea General de la FIUV. Año 2011.

(Fotografía Una Voce Sevilla)

 

 

 

 

SEVILLA: JUEVES 10 MAYO MISA TRADICIONAL-GREGORIANA FESTIVIDAD ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Les informamos que, fieles a la tradición secular de la Iglesia, el próximo JUEVES 10 DE MAYO, festividad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR, se oficiará –D.m.- Santa Misa según el Rito romano tradicional o gregoriano, a las 20:00 horas, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, sito en el Barrio de Santa Cruz.

El uso legítimo de los libros litúrgicos vigentes en 1962 decretada por S.S. Benedicto XVI en Summorum Pontificum incluye el derecho a la utilización del calendario intrínseco a estos libros litúrgicos, y, por tanto, a los fieles que lo deseen, a celebrar la festividad de la Ascensión del Señor en Jueves asistiendo a Misa tradicional.

 

«Hay tres domingos en el año que relucen más que el sol«.

UNA VOCE SEVILLA

 

HEMEROTECA: «LA MISA TRADICIONAL». Leopoldo E. Palacios. (ABC 16/04/1976)

LA MISA TRADICIONAL

Por Leopoldo E. Palacios.

 

 

Uno de los espectáculos que ofrece el mundo religioso contemporáneo es el empeño que tienen algunos laicos en hacer entrar por las puertas de la iglesia las cosas que los clérigos han arrojado por la ventana. Ved lo que pasa con la misa tridentina latina de San Pío V, alma y centro del catolicismo, hoy tirada al desamparo para dar lugar a un nuevo rito en lenguas vernáculas.

La defenestración de la misa tradicional ha suscitado un plantel de personas fervientes, en su mayor parte laicos, que piden con vehemencia su restauración.

Quizá esto sea una compensación divina al desvío con que han tratado la misa tradicional los hombres que debían custodiarla.

¿Es así como se trata un modo de orar consagrado por una tradición de siglos? Primero han babelizado su lengua, después han deformado su rito. La caída del latín les ha dejado indiferentes. Era la pérdida de la unidad católica en beneficio de las divergencias nacionales, y además arrastraba consigo las maravillas del canto gregoriano y de la polifonía sagrada. ¡Qué importa!

Antes de que fuera asestado este golpe, preparado desde hace tiempo en la sombra, un presentimiento de infortunio cruzó la frente de la intelectualidad europea, y algunos hombres de letras y algunos artistas, no todos adictos a la Iglesia católica, unieron su voz para pedir a Roma la conservación del latín y del canto gregoriano, que encerraban inestimables valores de nuestra cultura. Ingmar Bergman, Pablo Casáls, Giorgio de Chirico, Carl Theodor Dreyer, Julien Green, Gertrud von Lefort, Salvador de Madariaga, Gabriel Marcel, Jacques Maritaín, Francois Mauriac, Luigi dalla Piccola, Salvatore Ouasimodo y otros no menos ilustres abogaban por la conservación de «uno de los mayores legados culturales de Occidente».

Desconocer lo que pedían estas voces fue un crimen de lesa cultura. Pero los reformadores de la liturgia cayeron en un error todavía más grave, perpetraron un desafuero contra la religión. Pues además de su valor cultural y humano las palabras litúrgicas tienen para el católico otra valía superior: la eficacia de impetrar el bien que pedimos de los poderes sobrenaturales del cielo. Aquí ya no se mira la lengua litúrgica a la manera de un lenguaje literario o como la letra de una música excepcional, sino como un conjunto de fórmulas públicas que tienen la virtud de hacer que los cielos nos sean propicios y nos colmen de dádivas sobrenaturales.

Por eso hay que proteger esta lengua contra toda posible variación, hay que inmunizarla contra la locura de los tiempos, hay que tenerla por vehículo fijo e inmutable, incluso sacrificando a esta seguridad la facilidad de ser entendida de las muchedumbres. Y también por eso ni para la misa ni para las fórmulas sacramentales (salvo en el matrimonio y en casos excepcionales del bautismo), sirven las lenguas vulgares, que son mudables, están en evolución y son inalcanzables por la autoridad, siquiera sea por la razón meramente cuantitativa de su número. En nuestros días, a fuerza de traducir el latín litúrgico a los idiomas de todas las gentes ya se ha empezado a perder el sentido de la lengua original, y hay sobrado peligro de que las fórmulas religiosas vayan perdiendo insensiblemente su misteriosa eficacia sobrenatural.

Este escollo era uno de los que más frenaban a la Iglesia para no dar el paso fatal que hoy han dado sus reformadores. En el Concilio de Trento (sesión 22, capítulo 8) se prohíbe que la misa sea celebrada de ordinario en lengua vulgar, es decir, se prohíbe la misma cosa que ahora se hace.

Mucho después de Trento el Magisterio condenó varías veces por boca de Clemente XI y de Pío VI, la proposición de introducir lenguas vulgares en las preces litúrgicas: proposición que «es falsa, temeraria, perturbadora del orden prescrito para la celebración de los misterios y fácilmente causante de mayores males».

Nunca como en nuestros días las circunstancias daban tanto la razón a la praxis secular de la Iglesia. Nunca como hoy ha sido tan necesaria una lengua nacionalmente neutra para el comercio espiritual de los hombres. Además, habiendo hoy muchos menos analfabetos que en la edad postridentina, un libro con el texto latino y la traducción era accesible a casi todos los fieles. Hoy se viaja también muchísimo más. Un libro con el texto latino y la traducción en una sola lengua podía servir para recorrer los templos católicos del mundo entero. Ahora nada de esto es posible, ni siquiera en España, donde las misas se dicen en cuatro idiomas: castellano, vascuence, catalán y gallego. Antes de la reforma los católicos peregrinantes se sentían extranjeros en todas partes, menos en el templo; y ahora, sin salir de su patria, se sienten extranjeros hasta en tos templos de su propia nación.

La caída del latín litúrgico, que arrastró consigo el canto gregoriano y la polifonía,  sagrada, tenía un móvil clandestino: facilitar con la excusa del cambio la imposición del nuevo rito de Pablo VI. A primera vista nada puede decirse contra el nuevo rito considerado en absoluto.

Pero comparado con la misa tradicional se ve que es cosa distinta. El canon de la misa original es único; en la nueva ceremonia es cuádruple. Y aun escogiendo de los cuatro cánones el más favorable a la equiparación se notan las diferencias.

El resto es labor de tijera sobre la misa originaria, y a la poda se ha unido a veces la intromisión. Fueron cortadas a cercén las más bellas preces del ofertorio y otras que vienen detrás del «Pater noster» y de la comunión. Y ya al principio se han suprimido también las oraciones introductorias al pie del altar, «al Dios que alegra mi juventud», sin duda porque el altar ha cambiado de signo y ha sido sustituido por otra mesa, a la manera de los oficios protestantes.

Ante esta mesa nos muestra sin cesar su rostro, no siempre placentero, el «presidente de la asamblea», que ya no da la cara a Dios, sino al pueblo. John Epstein, en su bello libro titulado «¿Se ha vuelto loca la Iglesia católica?», pone de relieve la extrema vaguedad de las nuevas rúbricas comparadas con las exactísimas reglas de la misa tridentina, las cuales, de acuerdo con el sagrado carácter y función del celebrante, dirigían todos sus gestos y ademanes, adaptándolos a la expresión simbólica de la oración, la alabanza, el recogimiento o la adoración». Y recuerda la espléndida elevación de los brazos del sacerdote cuando, a la cabeza de su pueblo, entonaba el «Gloria in excelsis». Son innumerables las personas que advierten la superioridad de la misa tradicional sobre el nuevo rito, pero que no se atreven á decirlo por acatamiento al orden vigente. Luego vienen los otros y les motejan de pusilánimes. Quizá el caballo de batalla del actual catolicismo galopa por un círculo vicioso: unos dan a entender que hay que aceptar el nuevo rito porque lo ha promulgado este Papa, y otros contestan que no hay que aceptar este Papa, puesto que ha promulgado el nuevo rito. Es claro que los descontentos anteponen su propio juicio al juicio de la autoridad. Pero responden que, a pesar de la infalibilidad pontificia, los Papas sólo tienen derecho a la obediencia cuando transmiten inalterado el depósito de la fe.

Además citan la palabra de Cristo relativa a los falsos profetas. «Por su frutos los conoceréis» (Mt. 7, 16), señalando los males en que paran las reformas posconciliares: liturgia deformada, clima de confusión, catecismos ambiguos, seminarios que se cierran, congregaciones religiosas que languidecen.

Los descontentos aguantan con tesón estos males que consideran castigo de la Providencia. Su postura no es fácil. Desamparados de la mayor parte del alto clero, pero obedientes al mandato de Dios manifiesto en la tradición sagrada, procuran estar firmes en medio del espiritual cataclismo, apoyados en las escasas columnas de la Iglesia que todavía resisten a los embates del infierno.

Es una noche horrible. La cólera del cielo se desata y el huracán arrecia, y ya se han derrumbado preciosos techos y columnas vivas. Se dice que hay fuertes muros que aún pueden resistir hasta que asome la aurora, y estos católicos esperan con paciencia el amanecer, aunque tengan que pernoctar entre ruinas.

Publicado en diario ABC (Madrid) 16/04/1976, Página 3

 

ARTICULO: «ACERCA DE LA VERDADERA VIDA LITÚRGICA»

Compartimos a continuación con nuestros lectores un excelente artículo del Prof. Peter Kwasniewski, del cual se han publicado en este blog diversos artículos, en la que se rescata la idea de la vita liturgica, es decir, aquel modo de vivir la vida cristiana que pone en el centro de ella la Sagrada Liturgia, que es consciente de los tiempos litúrgicos y de lo propio de cada uno de ellos y que, en definitiva, vive «desde la Misa y para la Misa».

En sus reflexiones, el Prof. Kwasniewski comparte con nosotros su experiencia como profesor universitario en un college católico norteamericano, en la que ha podido comprobar a lo largo de los años cómo esa vita liturgica se da de un modo mucho más natural y evidente en aquellos estudiantes que provienen de un entorno tradicional, cercano a la Misa de Siempre, mientras que en aquellos estudiantes que no han conocido otra cosa más que la liturgia reformada la vita liturgica está por regla general ausente. Ello no es sorpresa, pues sin grandes dificultades puede comprobarse que la falta de sacralidad y de ritualidad de la liturgia reformada y la banalidad con la que con frecuencia ésta se celebra no puede sino favorecer dicha ausencia.

Nota: El artículo fue publicado en la web New Liturgical Movement. La traducción sido ha elaborada por la redacción de la Asociación Litúrgica Magnificat de Una Voce Chile. Las imágenes son las que acompañan al artículo original.

 

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Vivir la Vita Liturgica: condiciones, obstáculos, perspectivas

Peter Kwasniewski

Desde hace unos 20 años soy profesor, en la universidad, de adultos jóvenes, tanto en pregrado como en postgrado. Ello ha sido para mí no sólo infinitamente beneficioso sino también infinitamente desafiante. Año tras año -y mucho más década tras década- advierto constantes novedades en lo que esos jóvenes dan por supuesto, en lo que advierten o no advierten, en lo que ponen en duda o cuestionan o asumen o esperan o pretenden. No creo ser el mejor analista de estos fenómenos, pero he tomado nota de esquemas que se repiten y que no pueden no ser significativos.

Una de las cosas que por más tiempo me ha causado perplejidad es cuán difícil resulta, en los comienzos al menos, persuadir a los adultos jóvenes católicos de que vivan una vita liturgica, es decir, una vida centrada en la sagrada liturgia [1]. Me refiero, con estos términos, a una vida que incluye seguir el calendario litúrgico, los tiempos litúrgicos, los días de ayuno y los de fiesta; prestar atención a los santos en sus celebraciones anuales; hacer de la Misa el centro del día; rezar las horas del Oficio Divino cada vez que es posible. Algunos autores del Movimiento Litúrgico resumían todo esto diciendo “vivir desde la Misa y para la Misa”.

Mi perplejidad desapareció cuando, con el correr de los años, comencé a tener entre mis alumnos un número creciente que provenía de un medio más tradicional (como, por ejemplo, las parroquias de la Fraternidad San Pedro o del Instituto de Cristo Rey). Descubrí que esos alumnos, en mayor o menor grado, ya vivían una vita liturgica. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de cuál era la esencia del problema.

Si todo lo que uno ha llegado a conocer es la liturgia reformada celebrada de un modo horizontal, el concepto mismo de vita liturgica resulta foráneo y, lo que es peor, imposible de alcanzarse. Si uno pide a quien ha crecido en ese medio que centre su vida en la Misa, probablemente reaccionará como ante alguien que viene de otro planeta: “¿Centrar en qué mi vida?” Es lo mismo que pedir a alguien que reconozca el mérito de cultivar la vida intelectual cuando jamás ha experimentado el gozo del pensamiento filosófico, o que persuadirlo del valor de dedicar cuatro años a estudiar los Grandes Libros cuando sólo ha leído con dificultad manuales de clase.

Cuando la liturgia que se celebra es muelle, rutinaria, hablada en el vernáculo de todos los días y con el tipo de música hoy al uso, ciertamente no nos parece -peor aun, no puede parecernos- ser la suprema actividad definitoria de la vida cristiana, el centro de gravedad, la acción más grave, más especial, más importante que podemos realizar mientras estamos despiertos. El mayor impedimento para vivir una vita liturgica es la propia liturgia reformada, precisamente por estar asimilada a una modernidad que es anti-sacramental, anti-ritual y anti-trascendencia. Cuando se asiste a la nueva liturgia, uno comienza a alienarse cada vez más del espíritu de la liturgia pura y simple, tal como ella está encarnada en la auténtica tradición, y la vita liturgica comienza a retroceder, a debilitarse, hasta que, al cabo, se disuelve en miasmas de sentimientos que derivan cualquier agarre que puedan tener del estímulo emocional.

No me sorprende, por tanto, que se pueda descubrir con bastante precisión cuáles estudiantes fueron criados en el Usus antiquior y cuáles en el Novus Ordo. Los jóvenes que se interesan en los tiempos litúrgicos y tratan de observarlos, que prestan atención a la fiesta del santo del día y que desean a sus amigos un feliz onomástico, que saben qué son las Témporas y qué son en realidad las vigilias, que regularmente ayunan y practican la abstinencia de carne, ésos son los que, con toda probabilidad, crecieron con la Misa tradicional o, al menos, lo hicieron en un medio influido por el Usus antiquior.

Por el contrario, los que consideran la Misa como “algo a lo que hay que ir los domingos” y tienen poca noción de las cosas que hemos mencionado recién, muy probablemente son huérfanos eclesiásticos separados, al nacer, de su propia tradición y, habiendo crecido en algún país lejano con una liturgia madrastra, son incapaces de hablar la lengua de sus antepasados. Excepto el caso de súbitas conversiones (las he visto, Deo gratias), la curva de aprendizaje para ellos es empinada: los progresos pueden ser lentos, con saltos y conatos, con regresiones, y raramente se logrará fluidez. A veces quienes están en esta situación parecen no interesarse en absoluto: consideran que lo que tienen “es suficientemente bueno”, y no sienten ninguna necesidad de retomar contacto con su familia, su patrimonio hereditario, su lengua nativa. Tal es el trágico resultado del laboratorio del Consilium: un hombre sin raíces, e ignorante de que carece de ellas.

 

“No se anteponga nada a la obra de Dios” (Regla, cap. 43). Este principio soberano del monasticismo cenobítico se transformó en el principio fundamental de la Cristiandad y de Europa. En cambio, ¿qué hemos hecho nosotros? Pues, hemos puesto docenas de cosas antes que el opus Dei: ecumenismo, diálogo interreligioso, servicio a la juventud, trabajo social, evangelización, en fin. No deja de ser irónico que la Prelatura del Opus Dei parece poner la vocación, la actividad y el espíritu de cuerpo antes que lo que se llama, con propiedad, “opus Dei” [2]. La causa de la gradual desaparición de la Cristiandad en Occidente no es otra que este eclipse de nuestra primera obligación, de nuestro primer amor.

Si un cónyuge traiciona al otro, no tiene importancia el número de hijos que tienen, o cuán grande es su casa, o cuánto éxito mundano han conseguido: el matrimonio está viciado en la raíz, y todo el resto se vuelve cenizas. La Esposa de Cristo tiene, como su deber principal y permanente, honrar y obedecer a su Esposo, y esto lo hace, del modo más puro, profundo y poderoso, en la liturgia. Todo lo demás fluye desde aquí y regresa aquí para incrementarlo, como la propia Sacrosanctum Concilium lo ha dicho (núm. 10), y se puede creer que muchos tuvieron de hecho esta convicción, antes de ser ella abandonada en calidad de estorbo medieval, aventada durante el Gran Despertar. Pero el Reich de Mil Años de piedad purificada y de exultante participación no se concretó jamás. Procurar el nirvana de la participación no sólo careció de todo contenido inteligible, sino que operó activamente para impedirla. Los fieles que no abandonaron la Iglesia fueron recompensados con décadas de banalidad, de mediocridad, de engaños mundanos, cosas todas que quedaron epitomizadas en las iglesias a medio llenar por católicos a medias comprometidos que cantaban a medias las tonaditas lideradas por el geriátrico Grupo Juvenil. Si éste era el “misterio escondido por siglos”, mejor hubiera sido que siguiera escondido. No es para sorprenderse que el agudo grito de los muecines y el disciplinado silencio de los budistas siga infiltrando a Occidente: ninguno de ellos encuentra resistencia espiritual, y reclaman como suelo propio el territorio abandonado por quienes alguna vez fueron católicos litúrgicos [3].

En su encíclica Au Milieu des Sollicitudes, de 1891, León XIII abogó por la política del ralliement, y urgió a los católicos franceses a abandonar sus aspiraciones monárquicas y lanzarse a la política secular por el bien de la nación. Décadas más tarde, Pablo VI decretó un ralliement a los católicos para abandonar el misticismo medieval y lanzarse a la liturgia moderna por el bien de la Iglesia. Pero esta liturgia moderna, al menos en las manos de sus más ardientes promotores, demostró ser tan secular en sus supuestos y metas como el republicanismo sin Dios de Francia. Pío X se vio finalmente compelido a condenar, de una vez por todas, el principio de la separación de Iglesia y Estado en Vehementer Nos (1906). Estamos todavía a la espera de nuestro “Pío X” en lo que se refiere al republicanismo litúrgico y al “principio de separación” que se ha encarnado en la lex orandi de los nuevos libros litúrgicos.

Es posible que, para que ello ocurra, tengamos que esperar mucho tiempo. Pero la vida interior de cada individuo ha quedado entregada a sus propias manos. Se espera que cada uno de ellos viva una vida litúrgica, y necesitamos encontrar las condiciones adecuadas -o crearlas- para que ello sea posible, ayudando en ello a los demás. Un primer e insustituible paso en despertar las almas de los huérfanos litúrgicos a las grandezas del culto divino es, simplemente, invitarlos a que asistan a la Misa tradicional de vez en cuando y animarlos a que lo hagan. Tendrán en ella la experiencia de algo que es extraño e incómodo, algo que se dirige a Dios trascendente, y que no se inclina hacia ellos para incluirlos e instruirlos; algo que es curiosamente no moderno e incluso indiferente a su entorno, pero que es absolutamente en serio; y puede que logren gustar algo de lo que se siente en la adoración, en la súplica, en el arrepentimiento: verán, en efecto, que se ofrece un sacrificio.

La liturgia católica tradicional beneficia al hombre moderno precisamente porque acentúa lo que es profundamente no moderno: verdades y símbolos que nos vienen desde el Antiguo Testamento, de la época apostólica, de la Iglesia de los Padres, de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco, de todos los siglos que ha atravesado la Esposa de Cristo creyendo y adorando, ofreciendo al Señor -ofreciéndose ella misma- un sacrificio de alabanza. Como ha dicho el obispo Mons. Athanasius Schneider, la reforma litúrgica, con su implacable alejamiento de este vasto y viviente repositorio (a pesar de algunos guiños retóricos a ciertas fuentes antiguas, redactados en pesados términos), ha herido el Cuerpo Místico de Cristo en la tierra y le ha infligido una amnesia que crece cada vez más. Durante cincuenta años hemos privado al Señor de un culto adecuado, y nos hemos privado a nosotros mismos de sus beneficios; un culto que lo tenga a Él como único objeto y a nosotros como los humildes servidores de sus sagrados misterios. No sólo debemos reparar este daño sino que, como lo diría Aristóteles, inclinar el fiel en la dirección contraria, agarrándonos con todas nuestras fuerzas a las formas, cargadas de piedad, que hemos heredado de la Edad de la Fe.

Pero la liturgia tradicional hace más que volver a conectarnos con la sabiduría y el amor que reina en la comunión de los santos: ella beneficia al hombre en cuanto hombre, al homo liturgicus que fue creado para “adorar al Señor en la belleza de la santidad”, con el oro de la música sagrada, el incienso del ceremonial majestuoso, la mirra del silencioso homenaje, a fin de que podamos ejercer en plenitud la virtud de la religión.

Lo que está oculto a los sabios y entendidos y es obvio para los pequeños, es que, mientras más rico es el contenido de la liturgia, mayor es el incentivo -y la recompensa- de nuestro esfuerzo por entrar en ella. Si nos educamos a nosotros mismos en la tradición católica, perderemos algo, sí: perderemos nuestro analfabetismo contemporáneo y nuestra ilusión de ser superiores. Pero ganaremos, en cambio, algo que es muchísimo más precioso: la realidad, sólida como roca, de una herencia bimilenaria, la escuela exigente y deleitosa de los santos. Y encontraremos que comenzamos a vivir en serio la vita liturgica.

 

 

[1] La expresión vita liturgica proviene de Sacrosanctum Concilium, núm. 18: “Que se ayude por todos los medios adecuados a los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, que ya trabajan en la viña de Señor, a comprender cada vez más plenamente qué es lo que realizan cuando celebran los ritos sagrados, y que se los ayude a vivir la vida litúrgica y a compartirla con los fieles encomendados a su cuidado”.

[2] Esta no es la explicación teórica que el Opus Dei daría de sí mismo. Sin embargo, no es difícil ver que la organización no está, en los hechos, centrada en el opus Dei tal como éste ha sido tradicionalmente definido y practicado, y en esta medida el nombre es perturbadoramente equívoco.

[3] Para argumentos a favor, véase una serie de excelentes “PositionPapers” publicados por la Federación Internacional Una Voce sobre la Forma Extraordinaria y China, la Forma Extraordinaria y África, la Forma Extraordinaria y el Islam, la Forma Extraordinaria y el movimiento New Age, etcétera. Yo no sostengo que todos los católicos anteriores a la revolución litúrgica estuvieran bien instruidos o que toda la práctica de entonces fuera ideal: estoy lejos de ello. Pero el Movimiento Litúrgico ya había calado de modo significativo, el método Ward, y otros semejantes, había enseñado a innumerables niños y adultos a cantar gregoriano, los seminarios y casas religiosas rebosaban, se tenía normalmente a la confesión en un lugar de honor como parte de la vida cristiana, y la lista podría extenderse indefinidamente. Quien no pueda ver que esta situación fue, de lejos, superior a nuestra enfermedad actual, vive en una situación de rechazo causada por ignorancia de los registros históricos, o por la influencia enceguecedora de la ideología, o por miedo a caer en la depresión. Pero el Señor nos dice que conocer la verdad nos hará libres, y ello ha de ocurrir también en este caso. Antes de que podamos rectificar el empecinado curso del postconcilio, debemos admitir que tomamos la curva equivocada y estamos extraviados. Sólo después se podrá hacer algo al respecto.

AVISO: HORARIOS TRIDUO SACRO TRADICIONAL-GREGORIANO EN SEVILLA

Les informamos que los horarios del Triduo Sacro que se celebrará –D.m.- durante la próxima Semana Santa en Sevilla, según el Rito Romano tradicional o gregoriano, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, sito en el Barrio de Santa Cruz, al final  del callejón Carlos Alonso Chaparro s/n -a la altura del nº 20 de la calle Ximénez de Enciso-, serán:

 

 

 

–      JUEVES SANTO: 18,00 horas. Misa ´In Coena Domini´ y Hora Santa ante el Monumento.

–      VIERNES SANTO: 18,00 horas. Oficio de la Pasión del Señor.

–      SÁBADO SANTO: 23,00 horas. Vigilia Pascual.

 

El celebrante será el Rvdo. P. Pablo Díez Herrera y los cantos correrán a cargo de la Schola Gregoriana Laudate Dominum de nuestra asociación.

 

Promueven: Asociación Una Voce Sevilla y Grupo Joven Sursum Corda.

 

 

AVISO: HORARIO MISA CANTADA TRADICIONAL-GREGORIANA DOMINGO RAMOS EN SEVILLA 12:30 H.

Les informamos que el horario de la Santa Misa gregoriana-tradicional del próximo Domingo de Ramos será a las 12:30 horas en el Oratorio Escuela de Cristo, y se iniciará con la bendición y procesión de los ramos por la plaza por la que se accede al Oratorio. 

 

Será interpretado en sus melodías gregorianas el propio de la festividad y el ordinario de la Misa de Angelis.

 

El servicio del altar y el canto correrán a cargo de la Escuela de Acólitos Servite Dómino y la Schola Laudate Dominum, respectivamente; ambas pertenecientes a nuestra asociación.

 

En breve daremos detalles sobre el Triduo Sacro según el Rito romano tradicional a celebrar este año en nuestra ciudad.

Hosánna Fílio David: benedictus qui venit in nómine Dómini”

 

UNA VOCE SEVILLA

 

SEVILLA: LUNES 19 MARZO MISA TRADICIONAL SAN JOSÉ (PRECEPTO)

Nos complace anunciarles que el próximo lunes 19 de marzo, festividad de San José, Esposo de la Virgen, Confesor y Patrono de la Iglesia Universal, se oficiará –D.m.- Santa Misa en su honor según el Rito Romano tradicional o gregoriano, a las 19:30 horas, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, sito en el Barrio de Santa Cruz.

 Se recuerda que es día de precepto la festividad de San José, y por ende, la obligación que tienen los fieles de participar en la Santa Misa.

 

UNA VOCE SEVILLA

 

 

WEB RECOMENDADA: «LA MISA DE SIEMPRE». EL PORTAL DE LA FORMA EXTRAORDINARIA EN ESPAÑA

Tenemos la enorme alegría de anunciarles que se ha creado una interesante iniciativa de ámbito tradicional en torno a la Misa gregoriana o Forma extraordinaria del rito romano, cuya plataforma es una web. Su nombre: «La Misa de Siempre»: www.lamisadesiempre.com

Les invitamos a conocerla, difundirla y participar del Encuentro «Vayamos Jubilosos» que a nivel nacional se llevará a cabo, Dios mediante, en Toledo, el próximo mes de junio.

A continuación, transcribimos de la citada web su presentación:

Portal sobre la Forma Extraordinaria en España

Quienes somos

«Somos un grupo de sacerdotes y laicos vinculados a la liturgia romana en la forma extraordinaria. Diez años después del regalo que Benedicto XVI hizo a la Iglesia con la publicación del Motu Proprio Summorum Pontificum, surge la iniciativa de colaborar con la propuesta que el Papa nos hacía a todos los creyentes de contribuir a la renovación de la Iglesia recuperando lo grande y valioso que sirvió para la santificación de las generaciones pasadas que también es de gran utilidad para las futuras generaciones.

Con humildad y sencillez hemos creado este portal para promover la formación Católica de acuerdo con la doctrina, liturgia y devociones tradicionales de la Santa Iglesia Católica Romana.   Con nuestra actividad inicial queremos ofrecer la posibilidad de participar en un encuentro de familias y amigos de la liturgia romana tradicional, para que nos ayude a enriquecer nuestra vida espiritual y avanzar en el camino de la fe».

 

 

 

ARTÍCULO: «CARTA A UN JOVEN CATÓLICO TRADICIONAL ATRIBULADO»

Presentamos a nuestros lectores otra traducción de un interesante artículo publicada por la web de la Asociación Litúrgica Magnificat (Una Voce Chile),  esta vez, un intercambio epistolar entre un joven anónimo de gran fe y piedad y el Prof. Peter Kwasniewski, a quien nuestros lectores han tenido la fortuna de poder leer habitualmente en este blog. El joven interlocutor enfrenta las dudas y conflictos que acompañan probablemente a toda persona cercana a la Misa tradicional en el mundo contemporáneo, donde por regla general resulta difícil encontrar comprensión y apoyo incluso de otros católicos de buena fe, pero habituados a la liturgia reformada, y hasta al interior de la propia familia.

¿Es conveniente para un católico tradicional asistir a la Misa reformada en días que no son de precepto cuando no hay otra a su disposición? ¿Cuál ha de ser la postura de un católico tradicional ante los esfuerzos que iniciara Benedicto XVI en pos de una Reforma de la Reforma que dé más dignidad a la liturgia reformada y la acerque más a la tradición litúrgica de la Iglesia? Con sabiduría y prudencia, el Prof. Kwasniewski intenta orientar al joven en estas y otras interrogantes.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive.

 

 

 (Imagen: One Peter Five)

 

Solución de problemas de adhesión en la liturgia

Peter Kwasniewski

Un adulto joven, de sólida fe y admirable piedad familiar, me envió una carta el verano pasado con ciertas preguntas y preocupaciones que, me parece, harán eco en muchos lectores de OnePeterFive. Voy a reproducir esa carta y, enseguida, mi respuesta (he suprimido los detalles que podrían permitir identificar al remitente).

***

Querido Dr. Kwasniewski:

Quiero hacerle algunas preguntas sobre la tensión entre el usus antiquior y el usus recentior. Durante este verano no he tenido tantas oportunidades de asistir a la Misa antigua como en la universidad. Afortunadamente, hay una Misa tradicional en nuestra diócesis los domingos después de almuerzo, celebrada por diferentes sacerdotes que la conocen. Sin embargo, mi familia es fiel a nuestra parroquia que celebra, casi siempre de modo reverente, el Novus Ordo. He estado asistiendo casi todos los domingos a la Misa en la mañana con mi familia y, después de mediodía, a la Misa tradicional solo. Ir a ésta significa a menudo que no puedo compartir el almuerzo familiar. Mis padres no ponen objeción, pero a veces me doy cuenta de que eso les molesta. ¿Es egoísta querer asistir a la Misa tradicional en vez de estar con mi familia?

También he oído decir a muchos tradicionalistas que es mejor no asistir jamás a la Misa Novus Ordo a menos que se deba hacerlo. Por ejemplo, dicen que uno debiera dejar de ir a Misa los días de semana si sólo se celebra la forma ordinaria. No creo estar de acuerdo con esto, pero quisiera saber qué piensa usted, que asiste a ambas formas en la universidad. ¿No sería mejor ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa y comulgar todos los días, aunque no sea ofrecido del modo más reverente posible? ¿O es para Dios una ofensa que uno participe en Misas irreverentes? ¿Depende todo de cuán reverente sea la Misa Novus Ordo?

Finalmente, ¿qué piensa de la mentalidad “reforma de la reforma”? ¿Cree que el Novus Ordo debiera celebrarse siempre o que va a estar siempre con nosotros, por lo que debiéramos adherir a él y tratar de hacerlo lo más reverente posible? ¿O aspira usted a reformarlo para que sea lo más reverente posible al mismo tiempo que alienta a la gente a que se acerque cada vez más a la antigua Misa, de modo que ésta pueda algún día ser de nuevo la forma ordinaria o la única forma? Algunos amigos míos que lo han escuchado a usted o leído sus artículos me preguntan en qué posición está exactamente. Y por eso es que me pareció que tenía que preguntárselo antes de responderles.

Un afectuoso saludo,

N.N.

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El Prof. Peter Kwasniewski
(Foto: Aurelio Porfiri)

Querido N.N.:

Con honradez y perspicacia ha puesto usted el dedo en la llaga de algunas de las más difíciles preguntas que hoy se hacen los católicos cultos. Y cuando digo “cultos” me refiero a los católicos que han estudiado y experimentado la gran distancia que separa a la situación aproblemada y pluralista de la Iglesia de hoy respecto de la claridad de su constante enseñanza doctrinal y del tesoro de su liturgia, que nos ha sido transmitido a través de los siglos. No hay respuestas fáciles porque estamos viviendo en un período de desarraigo, de amnesia, de confusión.

Recuerdo que, cuando tenía más o menos la misma edad de usted, pasé exactamente por igual situación. Yo crecí en una parroquia importante de Nueva Jersey, y descubrí documentos magisteriales como Mediator Dei y teólogos como Santo Tomás de Aquino que me hicieron ver cuán confundida estaba mi parroquia. Mis padres seguían asistiendo a ella, pero a partir de cierto momento, yo no pude seguir haciéndolo. Por lo cual comencé a ir a otras partes, asistiendo tanto a la Misa Novus Ordo como a la tradicional. Fue una situación muy tensa. No creo que mis padres me hayan entendido nunca cabalmente, a pesar de mis esfuerzos -quizá no muy exitosos, ahora que lo pienso- de explicarme. Pero usted es una persona más amable, más gentil y más inteligente que yo a la misma edad, y probablemente sus padres sean católicos más serios que los míos, por lo que usted podrá tener más éxito en sus esfuerzos de explicarles por qué ama la Misa antigua y desea asistir a ella. Me parece, además, una señal de humildad y de piedad filial el que siga asistiendo a Misa con ellos, quienes no podrían reprocharle, en realidad, ser usted antisocial o “elitista”.

Lo más importante es lo siguiente: jamás es egoísmo el querer alimentar la propia vida espiritual con el sustancioso alimento de la liturgia tradicional. Como siempre, se requiere tomar en cuenta las circunstancias. San Francisco de Sales dice que es preferible que una mujer cuide a sus hijos a que los desatienda por pasar más tiempo rezando en la iglesia. Pero, por otra parte, una mujer que sólo se preocupara de sus hijos y no se hiciera nunca tiempo para la oración personal terminaría siendo una mala madre y, posiblemente, una mala cristiana. Tenemos, pues, que tomar muy en serio las necesidades de nuestra alma, y creo que una vez que uno experimenta la belleza de la Misa antigua (y de todas las demás liturgias y devociones que la rodean), es casi imposible seguir subsistiendo con una dieta mezquina, con una papilla aguada. No se olvide que Benedicto XVI dijo a los obispos en su carta de 7 de julio de 2007 lo siguiente, refiriéndose al usus antiquior: “También los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo y han encontrado en ella un modo de encontrarse con el Misterio de la Sagrada Eucaristía que les resulta particularmente apropiado”.

¿Sería posible que sus padres aceptaran asistir a Misa con usted? Quizá ello los atraería a amar lo que usted ya ha llegado a amar.

En todo caso, hay otras preguntas, que usted ha formulado muy bien. ¿Cuándo y dónde trazar la línea? ¿Debiera uno ir diariamente a Misa, sin que importe cómo se la celebra? ¿Existe jamás alguna razón para no ir a Misa? ¿Podría existir algún motivo para dejar de asistir al Novus Ordo y simplemente asistir sólo al Vetus Ordo? Estos son temas prudenciales, pero podemos estar seguros de que una Misa que no se celebra correcta y reverentemente es una ofensa a Dios en aquellos aspectos en que resulta deficiente (después de todo, la liturgia está relacionada con la práctica de la virtud moral de la religión, por la que damos a Dios lo que en justicia le pertenece, y en esto podemos fallar de muchos e importantes modos). Además, semejante Misa nos es espiritualmente perjudicial en cuanto que nos forma mal. Y cuando nos distraemos o nos irritamos, nos preparamos muy mal para adorar a Dios y comulgar, cosas para las que se nos pide tener una disposición de viva fe y devoción.

Creo que podemos aprender algo de la tradición oriental, que habla de “días no litúrgicos”, es decir, días en que no se celebra la liturgia, a los cuales se refiere usando la analogía del ayuno: nuestro deseo del Santísimo Sacramento se intensifica mediante otras formas de oración. El sacrificio de la Misa es la joya principal de la corona, pero necesita estar puesta en una corona de oro, que es el Oficio Divino y nuestra oración personal. El Oficio Divino es también oración litúrgica, pero tiene la ventaja de ser algo que cualquier cristiano puede llevar a cabo, aunque sea solo o en un grupo pequeño. Cuando se reza Laudes o Prima en la mañana y Vísperas o Completas al atardecer, y cualquiera otra “hora menor” si se logra encontrar el momento para ello, se consagra al Señor el día de un modo muy semejante a cuando se asiste a Misa. El Oficio es parte del gran sacrificio de alabanza que Nuestro Señor, como Eterno y Sumo Sacerdote, ofrece a su Padre en el Espíritu Santo.

También Joseph Ratzinger habló, más de una vez, de los beneficios de hacer “ayuno eucarístico” (véase el siguiente artículo que publicaré al respecto), diciendo que, en unos tiempos como los nuestros, demasiado inclinados a tomar la Eucaristía como algo obvio y reduciéndola a una rutina sin profunda hambre y sed de Dios, podemos beneficiarnos y reparar por otros no yendo a comulgar sino, en su lugar, practicando un acto de deseo, una comunión espiritual. Esto es un modo de entender positivamente los días sin Misa, ya sea porque no se puede encontrar una Misa compatible con el horario propio o porque, desgraciadamente, no se dispone de una Misa reverente.

En lo personal, para mí es muy difícil orar en la forma ordinaria por una serie de razones. Se me hace más fácil orar cuando puedo cantar el Propio y los cantos gregorianos con la schola, como ocurre en la universidad, porque entonces puedo entrar en el espíritu de la liturgia a través de esos cantos auténticos de nuestra tradición, que fueron “compuestos para orar”. Pero aun así es un desafío. Además, como usted sabe, en el usus antiquior el celebrante importa menos que en el usus recentior, en que se exhibe inevitablemente la personalidad del sacerdote, sobre todo por la postura versus populum y el requisito de que todo sea dicho en voz alta. Por tanto, quién sea el celebrante constituye una enorme diferencia en cuanto a si puedo o no asistir a una Misa Novus Ordo con provecho espiritual.

Estas son realidades que hay que tomar en cuenta. En modo alguno sería correcto forzar a alguien a ir a Misa diaria “porque sí”. No existe el “porque sí” en la vida espiritual: tenemos que estar conscientes de lo que hacemos, de cómo nos afecta y de cómo puede agradar o desagradar al Señor. La Misa no es un simple “método de distribución de la Comunión”, sino un acto de culto formal, estructurado, que consiste en oraciones, cantos, lecturas, ceremonias y gestos, encaminados a actos del alma tales como la adoración, la glorificación, la acción de gracias, la súplica y el arrepentimiento. No se trata simplemente de “estando presente Jesús, Dios se complace”: se trata de qué es lo que hacemos, qué estamos ofreciendo a Dios de nosotros mismos, y cómo, y por qué.

Cristo dio a los Apóstoles la Misa que llega a nosotros a través de una acumulación de tradiciones, por un camino que Él quiso que nos enriqueciera con la fe y la santidad de cada época de la Iglesia. Nada podría ser más falso que pensar que, con tal que la Eucaristía esté presente, la liturgia es indiferente. La Eucaristía está presente en una misa satánica, que es un acto supremamente sacrílego. Y está presente también en muchas Misas lícitas y válidas que, no obstante ello, son una ofensa a Dios y nos hacen daño precisamente por el modo como tratan (o dejan de tratar) la Presencia de Dios. La Eucaristía es el punto culminante, pero no quita su importancia a todo lo demás.

Lo que queremos es evitar dos extremos: el esnobismo litúrgico, para el cual nada es “suficientemente bueno”, porque de hecho nada que no sea la visión beatífica nos resultará perfectamente satisfactorio, aunque en sus mejores momentos la sagrada liturgia puede y debiera ser un anuncio del cielo. Por otro lado, debemos evitar una falsa humildad que pretende no advertir la diferencia entre lo que conviene y lo que no, entre lo bello y lo feo, lo noble y lo banal, lo reverente y lo irreverente; diferencias todas que tienen serias implicaciones para nuestra vida espiritual y para el ejercicio de las virtudes de la fe, la esperanza, la caridad y la religión. El primer extremo puede transformarse en un descontento duro y lleno de irritación, y el segundo, a un relativismo que debilita los esfuerzos, siempre necesarios, por mejorar la vida de nuestra Iglesia.

Si los grandes santos reformadores hubieran tenido la actitud de “está bien así, no más” o de “¿quién son yo para juzgar?”, jamás hubiera tenido lugar, a lo largo de los siglos, la renovación católica. Pero si hubieran sido demasiado impacientes o severos, habrían terminado en la desesperación. Como siempre, la virtud está en el medio, en la media o posición central, y como insiste Aristóteles en su Ética, encontrar el medio no es tarea fácil. Con todo, debemos siempre perseverar en su búsqueda.

Yo no me retraigo del esfuerzo por mejorar el Novus Ordo cuando se me lo pide, pero mi corazón y mi mente están firme y permanentemente del lado del clásico rito romano, que es nuestro patrimonio hereditario, nuestro tesoro, nuestra línea vital, nuestra piedra de toque y nuestra gloria como católicos romanos. Restablecer esta magnífica lex orandi y participar profundamente en ella es la meta que debiéramos proponernos, tanto para nuestro propio beneficio como para el de incontables hermanos nuestros en la fe que están deshidratados de lo divino, y tienen hambre de lo sagrado.

 

Fuente: Asociación Litúrgica Magnificat

ARTÍCULO: «SI VAS A MISA PORQUE ES BUENO PARA TI, NO TE SERÁ ÚTIL»

A continuación recomendamos a nuestros queridos lectores, un destacado artículo de Anthony Esolen en Crisis Magazine que aborda el papel primordial de la alabanza en la liturgia católica, por definición teocéntrica, publicado en español por la web católica Religión en libertad hace unos meses.

 

La liturgia, según Dietrich von Hildebrand: «si vas a misa porque es bueno para ti, no te será útil»

La influencia de Dietrich von Hildebrand (1889-1977) en el pensamiento católico del siglo XX se prolonga más allá de esa centuria. Filósofo y teólogo que centró su visión del mundo en la relación del hombre con Dios, siempre consideró la liturgia como el lugar definitorio de ese encuentro.

 

Dietrich von Hildebrand, uno de los grandes maestros del pensamiento católico en el siglo XX.

Sobre la adecuada disposición del hombre hacia Dios durante la misa
A todo el que le llegue a sus manos la obra de Dietrich von Hildebrand Liturgia y personalidad y piense que es un manual sobre cómo imbuir la liturgia con la propia personalidad, o sobre cómo no hacerlo, encontrará que esta obra es sorprendentemente inquietante y saludable. En primer lugar, es metafísica: no podemos discutir la relación entre liturgia y personalidad hasta que hayamos identificado, ante todo, qué significa poseer una personalidad.

Los Cuadernos Phase del Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona publicaron en 2013 algunos capítulos de Liturgia y personalidad, cuya edición completa publicó la editorial Fax en 1966.
La personalidad no es peculiaridad, o patología, o incluso la posesión de asombrosos dones naturales, como los que marcaron la genialidad de Goethe o Beethoven. «Una personalidad en el verdadero sentido de la palabra», escribe Hildebrand, «es el hombre que se eleva sobre la media sólo porque es la encarnación de las actitudes humanas clásicas, porque su conocimiento es más profundo y original que el del hombre medio, porque ama de manera más profunda y auténtica, porque su fuerza moral es más clara y correcta que la de los otros, porque hace un uso total de su libertad; en una palabra, es el hombre completo, profundo y verdadero«. No es una cuestión sólo de comportamiento, como por ejemplo, la compasión de Cicerón o la sobria melancolía de Séneca. Debemos recordar las palabras de Jesús: quien quiera salvar su vida, la perderá.

No es una condición impuesta al hombre extrínsecamente. Es una ley intrínseca del ser contingente. Cuando aceptamos nuestra total dependencia de Dios y le dirigimos, a Él y a sus obras, las alabanzas que son debidas, entonces, en este olvido de nuestro yo, en esta salida de la prisión del propio ego, de las «inhibiciones, infantilismos y represiones» del hombre medio, nos acercamos al Creador. La alabanza es la respuesta justa y la participación más fiel en el poder, la sabiduría y el amor de Dios. Dios envía su Espíritu, como dice el salmista, y son creados: la creación es, si se me permite utilizar la analogía, una sobreabundancia de olvido de nuestro yo, en Dios.

La verdadera personalidad, que Hildebrand ve en hombres como San Francisco o San Agustín incluso antes de sus conversiones, contempla el valor objetivo en cada cosa y, en la plenitud del propio corazón, responde en consecuencia. El arroyo que se filtra entre las rocas no es, para él, una oportunidad para hacer bonitas fotografías, sino una misteriosa fuente de melodía: su corazón grita «¡Qué bello es que tú existas!».

Y aquí la liturgia empieza nuestra instrucción, conformándonos a la altura total de Cristo. Es demasiado fácil para el hombre que está ante el arroyo seguir su camino, pensar que ése es sólo un riachuelo sin consecuencias. No es así con la liturgia, porque en ella encontramos no sólo lo que no hemos hecho, sino a Dios que nos ha hecho a nosotros y que nos ha dado la liturgia como forma y consumación de nuestra alabanza.

Misa Mayor en un pueblo pesquero del Zuiderzee (Holanda), en un cuadro del pintor inglés George Clausen (1852-1944).

 

En otras palabras, la liturgia nos saca de nosotros mismos. No empezamos nosotros esta transformación de manera directa, dice Hildebrand. Esto sería una contradicción. No podemos olvidarnos de nosotros mismos mientras medimos diligentemente nuestro progreso espiritual. No participamos en la liturgia por la experiencia: el embeleso llega «de una manera totalmente gratuita». La actitud adecuada del hombre transformado por la liturgia «es la del amor que está completamente dirigido hacia su objeto, un amor que en su verdadera esencia es una pura respuesta al valor, que existe sólo como respuesta al valor del amado». Si Dante hubiera dicho: «Creo que voy a enamorarme de esta chica, Beatriz, porque ella me hará escribir gran poesía», hubiera acabado siendo uno de los muchos poetas petulantes que existen, y no hubiera escrito su Divina Comedia. Hildebrand insiste acerca de la necesidad del amor. Si decimos: «Debo asistir a esta misa porque será bueno para mí», no será de ninguna utilidad. Sería como intentar obtener el amor de una mujer mirando en un espejo.

«La liturgia», dice Hildebrand, «es Cristo rezando«. Entonces, ser transformado por la liturgia es ser transformado en Cristo, algo que el filósofo dice es la vocación de todo ser humano. Esto significa una transformación en Aquel que, como dijo el Papa Benedicto, fue todo don: todo ser-para, en obediencia al Padre y por amor al hombre. Mas observen la paradoja de la que el mundo no se apercibe. César Augusto, astuto, moralista e implacable, pensaba de él mismo que tenía personalidad y, sin embargo, ¡qué aspecto más soso y vacío tienen sus monumentos conmemorativos, corroídos por la arena, en comparación con la simple conmemoración de la Última Cena de Cristo en una pequeña iglesia rural en las colinas de Italia o en la cabaña de bambú de la jungla de Timor!

Y así debe ser, porque «cuanto más el hombre se convierte en ‘otro Cristo’, más se da cuenta del irrepetible pensamiento original de Dios que Él encarna«. Cuando imitamos a otro hombre, observa Hildebrand, acabamos siendo serviles y perdemos nuestra individualidad; pero cuando imitamos a Cristo, imitamos a Aquel en el que está contenida toda la humanidad y la plenitud de la divinidad.

Esto explica la brusca y, a la vez, dulce personalidad de los santos, quienes han sido plenamente transformados en Cristo. Consideren los toques precisos que conforman la singularidad de los santos y santas representados en el Juicio Final de Fra Angelico: con la precisión de un ilustrador trabajando en los más pequeños detalles de un manuscrito, el pintor retrata el amable semblante del Papa Gregorio Magno, la pasión de San Francisco, la juguetona inocencia de los niños santos. El mundo sabe algo del «genio puramente natural», pero incluso un hombre con dones modestos, con una capacidad natural sencilla de maravillarse ante la grandeza de una hermosa obra de arte o de la naturaleza, se distinguirá de ese hombre de genio al ser transformado en Cristo.

                                                                                          Juicio Final de Fra Angelico (c. 1395-1455), actualmente en el museo San Marcos de Florencia.

 

Hildebrand recuerda al humilde Cura de Ars, San Juan María Vianney, a quien llamar hombre importante es «revelar una total falta de comprensión del mundo de lo sobrenatural». El santo, patrono de los que tienen dificultades en sus estudios, nunca esculpió un David o compuso un Fausto. Y, sin embargo, «el hombre medio, con sus pequeñas limitaciones, está más lejos del mundo del santo más simple… de lo que lo está del rico mundo intelectual de un Goethe».

Los santos moran en un mundo de colores tan brillantes que hacen que el genio natural parezca gris en comparación. ¿Cómo entrar en ese mundo? Olvídense de entrar en él y déjense guiar por la liturgia, pensando sólo en la belleza del Amado.

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

ARTÍCULO: «SOBRE LA PRIORIDAD DE LA RELIGIÓN Y LA ADORACIÓN RESPECTO DE LA COMUNIÓN» (EN LA MISA TRADICIONAL)

De nuevo damos a conocer a nuestros lectores otro excelente artículo del profesor de Teología y Filosofía estadounidense Peter Kwasniewski, traducido y publicado en español por la web Magnificat de la asociación hermana Una Voce Chile , en la que pone de relieve cómo en la Misa tradicional el carácter sacrificial del acto de culto -religión y adoración- es principal frente al carácter de banquete o acontecimiento social que prevalece en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI.

 

Sobre la prioridad de la religión y la adoración respecto de la comunión

Una vez más, y siguiendo con el artículo anterior que les hemos ofrecido, el Prof. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores, nos recuerda la importancia de poner las cosas en su debido lugar. En este caso se refiere a la prioridad que tiene la virtud de la religión y la adoración respecto de la comunión en la Santa Misa, la cual muchas veces tiende a olvidarse, diluyendo el Sacrifico eucarístico en una cena comunitaria o en un acto de oración del Pueblo de Dios que se reúne en torno a sí. El artículo fue publicado originalmente en inglés por el sitio New Liturgical Movement y puede verse aquí.

 

(Foto: Una Voce Canada)

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Prioridad de la religión y la adoración por sobre la comunión

Peter Kwasniewski

El Concilio de Trento hizo, sobre el “verdadero y singular sacrificio”, la siguiente declaración, muy famosa, encareciendo que se la enseñara a los fieles: 

El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna, con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte, para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino […] Esta es finalmente aquella oblación que se figuraba en varias semejanzas de los sacrificios en los tiempos de la ley natural y de la escrita, pues incluye todos los bienes que aquellos significaban, como consumación y perfección de todos ellos” (Sesión XXII, capítulo I).

El Concilio se refiere a continuación a los efectos de este sacrificio:

“Y por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el ara de la cruz, enseña el santo Concilio que este sacrificio es con toda verdad propiciatorio, y que se logra por él que, si nos acercamos al Señor contritos y penitentes, con sincero corazón, y recta fe, con temor y reverencia, conseguiremos misericordia, y hallaremos su gracia por medio de sus oportunos auxilios […] De aquí es que no sólo se ofrece con justa razón por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles que viven, sino también, según la tradición de los Apóstoles, por los que han muerto en Cristo sin estar plenamente purgados” (Sesión XXII, capítulo 2).

Asimismo, el mismo Concilio no dudó en afirmar, contra los errores de los protestantes, la adorable Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo:

“En primer lugar enseña el santo Concilio, y clara y sencillamente confiesa, que después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles” (Sesión XIII, capítulo 1).

Después de declarar que la Eucaristía fue instituida no sólo como alimento espiritual sino también como memorial de las riquezas del divino amor de Cristo, para que pudiéramos venerar Su memoria y anunciar su Muerte hasta que venga a juzgar al mundo, los Padres prosiguen:

“No queda, pues, motivo alguno de duda de que todos los fieles cristianos hayan de venerar a este santísimo Sacramento, y prestarle, según la costumbre siempre recibida en la Iglesia católica, el culto de latría que se debe al mismo Dios. Ni se le debe tributar menos adoración con el pretexto de que fue instituido por Cristo nuestro Señor para recibirlo; pues creemos que está presente en él aquel mismo Dios de quien el Padre Eterno, introduciéndole en el mundo, dice: Adórenle todos los Ángeles de Dios; el mismo a quien los Magos postrados adoraron; y quien finalmente, según el testimonio de la Escritura, fue adorado por los Apóstoles en Galilea” (Sesión XIII, capítulo 5).

Es del modo de celebrar la Misa que se había desarrollado en Occidente mucho antes del Concilio de Trento –especialmente en lo relativo al Canon en silencio y a las elevaciones- que surgen estos dogmas, al mismo tiempo que lo confirman. El silencio y las elevaciones permiten que uno se conecte con los venerables misterios y los venere en sí mismos, porque son dignos de toda veneración, y porque nuestra salvación está simbolizada y resumida en ellos. De este modo se nos hace ver el propósito intrínseco de asistir a Misa, además del de recibir la comunión: se nos da en ella la oportunidad de plegarnos a la adoración celeste del Cordero, ante quien se postran los ancianos y los ángeles frente al trono, y los Magos frente al pesebre. La transubstanciación es la analogía litúrgica de la encarnación. Es una reivindicación para el Reino de Dios de un rincón del mundo material: como lo ha expresado alguien, Dios establece una cabeza de puente en la playa de un territorio enemigo, o abre para nosotros un corredor por el cual podemos ascender en espíritu hasta el Cielo. Nosotros ansiamos los atrios del Señor y le pedimos que nos conduzca a ellos, como se ruega en tantas oraciones de poscomunión.

Cada vez que se celebra la Misa en forma de cena, versus populum, sin silencio, sin elevaciones realizadas con gravedad ni doble genuflexión, con una aclamación conmemorativa que interrumpe el acto de adoración de la fe, y con un ars celebrandi que tiene como tónica general la informalidad, estos rasgos socavan los dogmas tridentinos antes citados y debilitan el sensus fidelium. No resulta extraño que, en tales circunstancias, recibir la comunión se convierta en la culminación de la ceremonia y, en realidad, en su único objetivo, de modo que si uno no la recibe, queda “excluido”. Si no se comulga, ¿para qué ir a Misa?

En cambio, si el centro focal es el ofrecimiento hecho por el sacerdote del santo sacrificio, como un acto propio de la virtud de la religión –dar a Dios, en justicia, el recto culto que se le debe, que todo ser humano le debe eternamente, cualquiera sea su estado o condición-, entonces todos y cada uno tienen un motivo profundo, obligatorio, ineludible para ir a Misa. De hecho, la Misa es el único modo por el cual podemos satisfacer nuestra deuda con Dios de ofrecerle un culto que lo satisfaga perfectamente, incluso con independencia de si recibimos o no el alimento espiritual en la comunión. 

 (Foto: New Liturgical Movement)

 

Si se analiza la cuestión desde esta perspectiva, logramos comprender, al cabo, un hecho hagiográfico que puede parecernos, en un comienzo, sorprendente: el que tantos santos hayan asistido a Misa dos o más veces al día, a menudo sin comulgar. Santo Tomás de Aquino celebraba una Misa que era ayudada por su secretario Reginaldo y, a continuación, cambiaban los papeles y Tomás ayudaba la Misa de Reginaldo. San Luis Rey oía Misa dos veces al día. Este modo de actuar se hace perfectamente comprensible a la luz de los dogmas tridentinos. Puesto que la Misa es un verdadero y adecuado sacrificio que, por sí mismo, agrada infinitamente a Dios, asistir a ella y unirse con un homenaje interior al que presta el sacerdote, es un acto perfecto de la más excelente de las virtudes morales, la virtud de la religión, que honra a Dios como lo ordena el primer Mandamiento. Y puesto que el Señor Jesucristo está real, verdadera y sustancialmente presente bajo las formas de pan y de vino, somos llevados ante la sala misma del trono del Rey de Reyes y Señor de los Señores a fin de ofrecerle el acto de adoración que Él merece y Él mismo recompensa. 

Sólo por estas dos razones –ejercitar la virtud de la religión y adorar al Señor en privilegiada intimidad-, el asistir a Misa es la mejor acción que puede realizar un católico. Por cierto, hay que equilibrar las prácticas religiosas con los demás deberes que se tiene en la vida, pero si Santo Tomás, que escribió 50 volúmenes in folio, y San Luis, que gobernada un reino y peleaba en las Cruzadas, encontraron el tiempo suficiente para oír dos Misas al día, es muy difícil encontrar excusas para no asistir a una Misa al día (suponiendo que tengamos a nuestra disposición una Misa verdaderamente devota y reverente, cosa con que, por desgracia, no se puede contar siempre hoy). Y todo esto al margen de considerar todavía aquel acto, el más maravilloso y benévolo de la condescendencia divina, por el cual se nos permite y, más todavía, se nos invita, si estamos rectamente preparados, a aproximarnos con temor y temblor al altar del “sacrificio total y último” y a tomar parte de los misterios santísimos y vivificantes de Cristo, de la carne y sangre de Dios. 

Sobre todo en estos confusos tiempos que vivimos, parece de vital importancia no tergiversar el orden inherente de estos elementos, ni ponerlos cabeza abajo, ni confundirlos.

  1. La Misa es el primer acto en que, por medio del sacrificio de Cristo, rendimos, como es nuestro deber, culto a Dios Uno y Trino por ser Él quien es, porque es digno de Él y porque nos infligimos un daño si no enderezamos hacia Él nuestras mentes y nuestros corazones[1].  Como dice Santo Tomás, ofendemos a Dios con nuestros pecados no porque le causemos un daño a Él sino porque dañamos a la criatura racional, que Él ama (es decir, a aquélla cuyo bien Él quiere). Este culto comprende los actos asociados con el ofrecimiento de la Misa, es decir, adoración, contrición, súplica, acción de gracias y alabanza, cada uno de los cuales tiene aspectos interiores y exteriores, como lo explica Santo Tomás en la Secunda Secundae de la Suma.
  1. Debido a que la Misa es el augusto sacrificio de Cristo, nos pone en la presencia misma del divino Redentor, “el Cordero que fue degollado”, quien “es digno de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición” (Ap. 5, 12). Es por esto que San Agustín dice que antes de recibir, debemos adorar: pecaríamos si no adoráramos[2].
  1. La Misa, en tercer lugar, es el banquete sacrificial del Cordero, en que participamos de su carne y de su sangre para nuestra santificación y salvación, siempre que no estemos conscientes de algún pecado mortal no confesado, el cual implica vivir en un estado de vida que la ley divina no permite.
  1. A continuación, muy en cuarto lugar, se podría hablar de la Misa como un acontecimiento social en que el pueblo de Dios se presenta como tal pueblo, en el que la unidad de la Iglesia se representa y realiza, y en que se satisface algunas de nuestras necesidades como entes sociales.

Pero lo que hemos venido viendo en los últimos cincuenta años es precisamente la inversión de estos cuatro elementos, de modo que se pone en primer lugar la Misa como acontecimiento social; comulgar es puesto en segundo lugar; la idea de adoración es puesta, en sordina, en tercer lugar, y la noción de la Misa como sacrificio propiciatorio e impetratorio es puesta tan lejos que se hace ininteligible.

A la luz de esta total inversión podríamos considerar de nuevo la provocativa propuesta de Joseph Ratzinger de un “ayuno eucarístico”: ¿no existen, acaso, ocasiones en que, para evitar el sutil peligro de recibir el sacramento como algo obvio o de recibirlo para solidarizar con los demás, debiéramos abstenernos de comulgar, aun pudiendo hacerlo? ¿No debiéramos en algunas ocasiones intensificar nuestra hambre eucarística y obligarnos, así, a vencer la rutina, y la distracción y la trivialización? No debiera entenderse esto en contradicción con la recomendación de la comunión frecuente hecha por Pío X, ni tampoco con el hecho de que la Eucaristía se instituyó como alimento espiritual para nosotros: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre está en Mí y Yo en él”; “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Como regla general, quienes están debidamente preparados, debieran comulgar: los sedientos en el desierto deben beber el agua que se les da. Ratzinger, sin duda, estaría de acuerdo con esto.

El punto central que sostenemos aquí es que existen varios misterios esencialmente relacionados con el santo sacrificio de la Misa y que ellos, tal como han sido definidos con máxima claridad por el Concilio de Trento, debieran configurar nuestra comprensión de la naturaleza de la sagrada liturgia y de nuestra participación en ella. Existe un nexus mysteriorum, una red de misterios en que se iluminan unos a otros y en que hay una interdependencia entre ellos, según cierto orden[3]. La forma de la liturgia y el ars celebrandi del celebrante o bien reflejarán y ampliarán fielmente estos misterios, en beneficio del pueblo cristiano, o bien introducirán concepciones equivocadas, distracciones, obstáculos e incluso errores a su respecto, lo cual tendrá dañinas consecuencias para toda la Iglesia militante.

[1] Es falso decir que la Misa es, ante todo, una comida, o que es una comida y un sacrificio al mismo nivel. Es, más bien, un sacrificio en el que se nos permite participar de la víctima, tal como en el Antiguo Testamento existieron sacrificios de los que los sacerdotes podían comer. Una comida en sí misma no es un sacrificio, pero un sacrificio sí puede ser comida. Esta es la razón por la que la Misa no es una actualización de la Ultima Cena, como creen muchos protestantes (y muchos católicos no instruidos), sino un hacer presente la oblación del Hijo de Dios en la Cruz el Viernes Santo. Por esto es que es no solamente engañoso sino incluso herético el enfatizar la mesa del Cuerpo y de la Sangre de Cristo tanto, o incluso más, que el altar sobre el cual esta víctima es sacrificada sacramentalmente, y celebrar la liturgia de un modo tal que el elemento cena toma precedencia sobre el elemento oblación. Es por una buena razón que el Concilio de Trento, cuando define la Misa, la llama reiteradamente sacrificio antes de referirse al uso que hacen de él los hombres como alimento y remedio. 
[2] Enarr.in Ps. 98:9 (CCSL 39:1385).

[3] El método cartujo de participar en la Misa, publicado recientemente en New Liturgical Movement por Gregory DiPippo, proporciona un vívido ejemplo de este nexus mysteriorum al conducir al fiel a través de las diversas partes y oraciones de la Misa, y le muestra cómo hay que unirse a Cristo en cada una de ellas. Esto es ver toda la liturgia como un prolongado acto de comunión, incluso con anticipación a aproximarse al altar para recibir la hostia.

AVISO: MISA TRADICIONAL MIERCOLES DE CENIZA EN SEVILLA

Nos es grato informarles que el próximo día 14 de febrero, Miércoles de Ceniza, -D.m.- se oficiará la Santa Misa y se impondrá la ceniza según el rito romano tradicional, a las 8 de la tarde, en el Oratorio Escuela de Cristo de Sevilla, sito en el Barrio de Santa Cruz.

 

Se recuerda la obligación de guardar ayuno y abstinencia en este día de penitencia según la disciplina vigente.

 

UNA VOCE SEVILLA

 

ARTÍCULO: «¿TENDRÍAN LA GENTILEZA DE DEVOLVERNOS LOS SAGRARIOS?»

El blog EL BÚHO ESCRUTADOR ha traducido al español un interesante artículo del escritor y comunicador italiano Aldo Maria Valli, que versa sobre la importancia que tiene para la fe de los fieles la centralidad del Sagrario o Tabernáculo en nuestras iglesias. Las columnas de Valli suelen estar salpicadas de una sutil ironía, encierran intuiciones profundas y contienen una saludable dosis de sentido común. Esta mezcla las vuelve particularmente atractivas y sugerentes para el lector.

A continuación el citado artículo:

 

POR FAVOR, DEVUÉLVANNOS LOS TABERNÁCULOS

Aldo Maria Valli

 

«No sé si os sucede también a vosotros. Cuando entro en una iglesia, cada vez me cuesta más encontrar dónde está el sagrario. Tengo que buscarlo, como en una búsqueda del tesoro. Y a veces no me parece justo.

Así como la imaginación de los arquitectos se entrega a diseñar y edificar iglesias que parecen cualquier cosa menos iglesias católicas (pueden estar muy bien como espacios deportivos o como salas protestantes, pero no como lugares de culto católicos), del mismo modo los diseñadores de interiores, presos de un deseo incontrolable de novedad y cambio, mueven el tabernáculo a los rincones más extraños y a veces más escondidos.

Ahora bien, soy consciente de no tener ojos de halcón. Soy miope; y cuando vengo de la luz de afuera, necesito un poco de tiempo para adaptarme a la penumbra de la iglesia. Pero por lo general no se trata de una cuestión de mala visión o escasa luminosidad. En muchas iglesias, desafortunadamente, el tabernáculo está en lugares inverosímiles, como si no fuera el dueño de la casa, como si se quisiera esconderlo como se hace con alguien de quien se está un poco avergonzado.

También me ha sucedido hoy. Entro y no veo. Está bien, me digo, serán los ojos. Miro, observo; y no lo encuentro. Es que el tabernáculo no está allí. O, al menos, no está donde debería estar. Está desplazado hacia un lado, muy lejos, sin la luz roja, escondido dentro de una especie de jaula de acero. Porque también hay que decir esto: mientras más marginado se coloca, el tabernáculo, como objeto, se vuelve más extraño y adopta formas inverosímiles y absurdas.

Conforme; después de la reforma conciliar, con el altar y el celebrante vueltos hacia la asamblea, el tabernáculo ya no puede estar más sobre la mesa. Pero, ¿queremos decirlo claramente? En el presbiterio, el tabernáculo tiene que permanecer en el centro, porque su contenido es el centro de todo. Al centro no puede estar la sede, que a veces parece un trono del celebrante. Yo no quiero adorar una silla. No, al centro tiene que estar el tabernáculo, la casa de nuestro Señor. Porque tabernáculo significa casa pequeña y el entero edificio de la iglesia, visto con atención, no es más que un lugar construido para recibir y proteger aquella pequeña casa con su contenido infinitamente grande.

Sé que en este punto personas muy expertas encontrarán el modo de explicar que «sí, pero…, está bien…, sin embargo…». No. Pido que el tabernáculo vuelva a colocarse en el centro, que sea inmediatamente identificable, que tenga su pequeña luz roja bien  clara, que le sea dado el honor que se merece. Y que el fiel no deba jugar a buscar el tesoro para descubrir dónde está. Porque cuando entras en un lugar, es el dueño de casa el que sale a tu encuentro, y no tú el que deba ponerse a buscarlo por las habitaciones.

¿Sabéis cuál es mi duda? Que quien coloca el tabernáculo en los costados no crea en el fondo que allí está la presencia real de Jesús. De lo contrario no se explica una elección semejante. Si sabes que Jesús está allí, si crees que aquella es su santa casa, te surge natural ponerlo en el centro.

Me parece oír ya la objeción: pero si tantas historias enseñan que el Señor está presente en cualquier parte del mundo y del universo, en cualquier lugar del corazón de la gente, entonces no hay necesidad de construirle una casa y exponerla. Sin embargo, sí que hay necesidad. Si creemos que allí no hay un símbolo, una recuerdito, un souvenir, sino Él mismo en persona, entonces debemos concluir que al tabernáculo le está reservada una posición central.

Alguno dirá: bien, pero disculpa un momento; cuando la cena ha terminado, la mesa se levanta, ¿por qué entonces el pan debería permanecer allí, al centro? ¿Acaso no es verdad que, terminada la comida, todo se coloca en otra parte?

Por supuesto que sí. Pero para nosotros los católicos aquello no es solo pan. Es el pan de la vida, es nuestro Señor en persona. Luego no debe colocarse en un rincón, como una sobra cualquiera.

También se suele olvidar que en cada iglesia el fiel hace un recorrido, como una verdadera y propia peregrinación, un camino espiritual cuyo clímax no es la sede del celebrante, ni siquiera el altar, ni tampoco la imagen de un santo. Es nuestro mismo Señor.

¿Y cómo no notar que esta tendencia a marginar a nuestro Señor va de la mano con la tendencia a no arrodillarse? Demasiado a menudo se ingresa a la iglesia como a un simple salón de actos, en el cual uno charla y se entretiene con los demás fieles. Sin embargo todo esto un católico no puede aceptarlo. El acto de arrodillarse refleja la disposición del espíritu. Es un acto de adoración. No se ingresa a la iglesia para encontrarse con el señor párroco o con los amigos. Uno entra para adorar a nuestro Señor. Por esta razón me enferma cuando las personas no se arrodillan en la iglesia, no hacen bien la señal de la cruz y no están en silencio, sino hablando entre ellas, formando corrillos, saludándose como si se encontraran en la calle.

Vuelvo a repetirlo: los católicos no entramos a la iglesia como si fuera un salón de actos para reuniones de la comunidad. Entramos en la casa del Señor, donde tenemos que tributarle todo nuestro respeto y toda nuestra adoración. Y si la Iglesia es la casa de Dios, todo debe estar en función de Dios que se ha hecho hombre y ha muerto y resucitado por nosotros. No debe estar en función de nosotros, los fieles que allí entramos.

Querría, por tanto,  hacer una modesta propuesta a obispos, párrocos, religiosos: por favor, devuélvannos el tabernáculo. Esté claramente visible y reconocible, en el centro del ábside. A los lados, pongamos la sede del celebrante, que es un ministro, un servidor, no el protagonista de un espectáculo. En las paredes no pongamos carteles, afiches o consignas; procuremos más bien que sean un lugar exclusivo para las imágenes sagradas, sobre todo de María y también de los santos, de tal modo que puedan sostenernos en la adoración y en la oración. Todo esto, como se lee en el «Misal Romano», debe inspirarse en una noble simplicidad y dignidad. La iglesia no es un lugar para ir acumulando objetos, imágenes, libros o artefactos varios. Y el Santísimo Sacramento, dentro del tabernáculo, sea colocado «en una parte de la iglesia de gran dignidad, eminente, bien visible, decorada con dignidad y adecuada para la oración». En el caso de que este lugar sea una capilla, que se haga de modo que también ella sea bien visible, adecuada para la adoración y la oración, estructuralmente unida al resto de la iglesia, para que no parezca como un añadido. Y junto al tabernáculo permanezca siempre encendida una lámpara (no un foco de equipo cinematográfico o de estudio televisivo, como he visto en algunos casos).

Parecen medidas de poca monta, pero no es así. Es respeto, es coherencia, es fe.

Benedicto XVI, en la exhortación postsinodal «Sacramentum Caritatis», lo explica así: es necesario que «el lugar donde se guardan las especies eucarísticas sea fácilmente reconocible, también por medio de una lámpara permanentemente encendida, a cualquiera que entre en la iglesia». Al fiel hay que ayudarle y facilitarle el descubrimiento de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. En esto no puede ser engañado, obstaculizado, o impedido

A menos que lo que se pretenda sea engañar y obstaculizar».

Aldo Maria Valli

Texto original: www.aldomariavalli.it

 

ARTÍCULO: «LA PONTIFICIA COMISIÓN ECCLESIA DEI Y EL MUNDO TRADICIONAL»

Una semana más, traemos a colación un importante artículo publicado en la web de la Asociación Litúrgica Magnificat (Una Voce Chile). En esta ocasión dedicado a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y su relación con el denominado «mundo tradicional», constituido por muchas comunidades dependientes de ella. Comisión vaticana a la que el Sumo Pontífice ha conferido desde 1988 potestad ordinaria vicaria para la materia de su competencia, especialmente para supervisar la observancia y aplicación de las disposiciones del motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 12), y, por lo tanto, a quien se debe dirigir en última instancia cualquier consulta, observación o petición de ayuda relacionada con la Liturgia tradicional y la Misa vetus ordo.

La Pontificia Comisión «Ecclesia Dei» y el mundo tradicional

El mundo tradicional ha ido creciendo paulatinamente, especialmente después del impulso que significó el motu proprio Summorum Pontificum (2007). En la actualidad se encuentra integrado por diversas comunidades religiosas dependientes de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el organismo de la Sede Apostólica creado en 1988 para acoger a aquellos grupos que deseasen la plena comunión canónica después de las consagraciones episcopales de monseñor Marcel Lefebvre, y por otras erigidas por los respectivos ordinarios del lugar. También existe una incipiente vida eremítica asociada a la Misa tradicional. Sin embargo, y como debería ser, el grupo más importante de Misas es oficiada por sacerdotes del clero secular o regular que hacen uso del derecho que les concede el motu proprio antes citado para celebrar según la forma extraordinaria del rito romano, sea de manera exclusiva, sea conjuntamente con la Misa del beato Pablo VI. Como parte de la vida de piedad, son numerosas las peregrinaciones que los fieles tradicionales organizan por el mundo. Las dos más numerosas son la que se hace desde París a Chartres y aquella que congrega cada año a los fieles tradicional en Roma junto al Santo Padre. Dentro de Hispanoamérica destaca aquella que acaba en el Santuario de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina. Por cierto, y con una presencia considerable en el mundo, dentro del mundo tradicional comparece también la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, cuyo reconocimiento canónico por parte de la Sede Apostólica es todavía una cuestión pendiente. 

***


La Pontificia Comisión Ecclesia Dei


La Pontificia Comisión Ecclesia Dei es el organismo de la Santa Sede que se relaciona con los institutos tradicionales y tiene a su cargo la aplicación de la así llamada forma extraordinaria del rito romano. 


Origen 

 

La Pontificia Comisión Ecclesia Dei fue constituida por San Juan Pablo II a través del motu proprio del mismo nombre dado en Roma el 2 de julio de 1988 tras las consagraciones episcopales realizadas dos días antes por S.E.R. Marcel Lefebvre, Arzobispo-Obispo emérito de Tulle, en el seminario internacional de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X situado en Écône (Suiza). Ahí se señala que ella tenía “la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica”. Desde este inicio concreto, la mentada comisión ha pasado a constituir la estructura por la cual la Santa Sede se relaciona con los institutos tradicionales y con los fieles que participan de la liturgia de siempre. 

 
Imagen de las consagraciones episcopales de Écône (1988)
 
Competencia
 
A través del motu proprio Ecclesiae Unitatem, promulgado el 2 de julio de 2009, el papa Benedicto XVI quiso actualizar la estructura de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, con el propósito de adaptarla  a la nueva situación que se creó con la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por S.E.R. Marcel Lefebvre ocurrida el 21 de enero de ese año. Esta remisión fue un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica para liberar a las personas del peso de la más grave de las sanciones eclesiásticas, aun sabiendo que las cuestiones doctrinales permanecen y que, hasta que no sean esclarecidas, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X no puede disfrutar de un estatuto canónico en la Iglesia como le correspondería (véase lo que hemos dicho en estas dos entradas: aquí y aquí). Siendo los problemas de naturaleza esencialmente doctrinal, el Santo Padre determinó una unión más estrecha entre la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y la Congregación para la Doctrina de la Fe.
 
De esta manera, la tarea del Cardenal Presidente, con la ayuda de su Secretario, es la de presentar los casos principales y las cuestiones de naturaleza doctrinal al examen y al juicio de las instancias ordinarias de la Congregación para la Doctrina de la Fe (consulta y miembros de la sesión ordinaria y plenaria) y someter los resultados a las supremas disposiciones del Sumo Pontífice. También se constituyó una comisión, integrada por el P. Karl Joseph Becker SJ, S.E.R. Guido Pozzo, el P. Charles Morerod OP y monseñor Fernando Ocáriz (vicario general del Opus Dei), para llevar adelante las conversaciones doctrinales con la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. 
 
Con el nuevo motu proprio, además, el Santo Padre quiso mostrar una solicitud particular y paterna para con la referida hermandad sacerdotal fundada por monseñor Lefebvre, con el fin de superar las dificultades que aún subsisten para alcanzar la comunión plena con la Iglesia a través de su reconocimiento canónico. 
Composición 
 
Originalmente, el motu proprio Ecclesia Dei estableció que la Pontificia Comisión de igual nombre estaría formada por un cardenal Presidente y por otros miembros de la Curia Romana, en el número que se considerase oportuno según las circunstancias. Después del motu proprio Ecclesia Unitatem, ella conserva la configuración actual, con algunos cambios en su estructura. Ella está compuesta de:
 
1. Un Presidente. 
 
El Presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei es el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de suerte que hoy ejerce ese cargo S.E.R. Luis Francisco Ladaria Ferrer SJ.
 
Históricamente han ocupado la presidencia de la Pontificia Comisión los cardenales Paul Augustin Mayer OSB (entre el 2 julio de 1988 y el 1° de julio de 1991), Antonio Innocenti (entre el 1° de julio de 1991 y el 16 de diciembre de 1995), Angelo Felici (entre el 16 de diciembre de 1995 y el 13 de abril de 2000), Darío Castrillón Hoyos (entre el 14 de abril de 2000 y el 8 de julio de 2009), William Joseph Levada (entre el 8 de julio de 2009 y el 1 de julio de 2012) y Gerhard Ludwig Müller (entre el 2 de julio de 2012 y el 1° de julio de 2017). 
 
El 26 de junio de 2012, el papa Benedicto XVI decidió reforzar todavía más la Pontificia Comisión nombrando un vicepresidente, función que había correspondido a monseñor Camille Perl entre 2008 y 2009. Este segundo vicepresidente fue S.E.R. Joseph Augustine Di Noia OP, quien se desempeñó como tal hasta el 21 de septiembre de 2013. El cargo no ha vuelto a ser proveído. 
 S.E.R. Mons. Guido Pozzo 
(Foto: FSSP)
 
2. Un Secretario. 
 
Al Secretario corresponden las funciones administrativas y de despacho de la Pontificia Comisión. El cargo es ejercido por S.E.R Guido Pozzo desde el 3 de agosto de 2013, habiéndolo desempeñado antes entre el 8 de julio de 2009 y el 3 de noviembre de 2012. Previamente habían cumplidos esa función monseñor Camille Perl (1988-2008) y monseñor Mario Marini (2008-2009). Este último se desempeñó además como secretario adjunto entre 2007 y 2008.
 
3. Varios oficiales. 
 
La Comisión tiene también un número variable de oficiales encargados de los distintos asuntos que a ella corresponden. Hoy la integran cuatro especialistas, un actuario y dos oficiales. 
La relación de la Pontificia Comisión con los fieles
 
Según el motu propio Ecclesia Dei, la Pontificia Comisión de ese nombre debía “respetar en todas partes la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica [entonces el decreto Quattuor Abhinc Annos, de 1984], para el uso del misal romano según la edición típica de 1962”. Su cometido principal era, por tanto, acompañar e instar el cuidado pastoral de los fieles, ligados con la tradición litúrgica latina multisecular, presentes en distintas partes del mundo, que encuentran en ella un punto de referencia para sus necesidades. 
 
Con el motu proprio Summorum Pontificum, publicada el 7 de julio de 2007, el papa Benedicto XVI extendió las facultades de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei afirmando que ella, “además de las facultades de que ya disfruta, ejercerá la Autoridad de la Santa Sede, vigilando sobre la conformidad y la aplicación de estas disposiciones”(artículo 12). El mismo documento preveía que la Comisión “tenga la forma, las tareas y las normas, que le quiera atribuir el Romano Pontífice” (artículo 11). Dicha tareas y funciones vienen establecidas por la instrucción Universae Ecclesia, dada por la propia Comisión el 30 de abril de 2011 (artículos 9-11).
 
Las comunidades dependientes de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei
 
Por fuerza de las facultades dadas por los Sumos Pontífices, la Pontificia Comisión Ecclesia Dei ejerce la autoridad de la Santa Sede sobre los distintos institutos y comunidades religiosas erigidas por ella misma, que tienen como uso propio la forma extraordinaria del rito romano y conservan las tradiciones precedentes de la vida religiosa.
 
Se encuentran bajo su dependencia: 
 
1. Administraciones territoriales.
 
Administración Apostólica Personal de San Juan María Vianney, situada en la diócesis de Campos, Brasil (véase aquí la entrada que le dedicamos en su oportunidad). 
 
2. Sociedades de vida apostólica.
 
(a) Internacionales. 
 
(i) Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (véase aquí la entrada respectiva). 

(ii) Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (véase aquí la entrada respectiva). Su rama femenina son las Adoratrices del Real Corazón de Jesucristo Sumo Sacerdote (véase aquí la entrada respectiva). 

(iii) Instituto del Buen Pastor (véase aquí la entrada respectiva). 
 
(b) Locales. 
 
(i) Instituto de San Felipe Neri (Berlín, Alemania) [véase aquí la entrada respectiva].
(ii) Servidores de Jesús y María (Austria) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 Santa Misa en la abadía de Le Barroux
 
3. Fundaciones de espiritualidad benedictina [véase aquí la entrada respectiva] 
 
(a) Fundaciones masculinas. 
 
(i) Abadía de Nuestra Señora de Fontgombault (Francia). 

De ella dependen los siguientes monasterios:


– Abadía de Nuestra Señora de Randol (Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de Triors (Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de Donezan (reemplazó a la Abadía de Nuestra Señora de Gaussan, ambas situadas en Francia).

– Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación de Clear Creek (Estados Unidos de América). 

– Abadía de San Pablo de Wisques  (Francia).
(ii) Abadía de Santa Magdalena del Barroux (Francia), de la cual depende además el Priorato de Nuestra Señora de la Guarda (Francia).

(iii) Instituto de la Santa Cruz de Riaumont (Francia).


(iv) Abadía de San José de Clairval (Francia). 


(iv) Monasterio de San Benito (Francia).


(v) Monasterio de San Benito (Italia). 


(vi) Benedictinos de la Inmaculada (Italia). 


(vii) Priorato de Silverstream (Irlanda). 
 
(b) Fundaciones femeninas. 
 
(i) Abadía de Nuestra Señora de la Anunciación del Barroux (Francia).

(ii) Abadía de Nuestra Señora de la Fidelidad de Jouques (Francia). 

De ella dependen:


-Abadía de Nuestra Señora de la Misericordia de Rosans (Francia).


– Monasterio de Nuestra Señora de la Escucha (Benin). 


(iv) Monasterio de María, Madre de los Ángeles (Estados Unidos). 
 
4. Comunidades de espiritualidad trapense y cisterciense. 

(i) Abadía de Mariawald (Alemania) [véase aquí la entrada respectiva]. Cerrada en 2018.
(ii) Monasterio de Vyšší Brod (Polonia) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 Fraternidad de San Vicente Ferrer

5. Comunidades de espiritualidad dominicana. 

 
(a) Comunidades masculinas. 
 
Fraternidad de San Vicente Ferrer (Francia) [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
(b) Comunidades femeninas.
 
Dominicanas del Espíritu Santo (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].


6. Canónigos regulares. 

 
(a) Canónigos regulares de la Madre de Dios (Francia). 

(b) Canónigos regulares de la Nueva Jerusalén (Estados Unidos de América). 

(c) Canónigos regulares de San Juan de Kenty (Estados Unidos de América) [véase aquí la entrada respectiva].

7. Otras comunidades religiosas

(a) Hermanas de la Preciosa Sangre (Suiza) [véase aquí la entrada respectiva]. 

(b) Los Hijos del Santísimo Redentor (ex Redentoristas Transalpinos) [véase aquí la entrada respectiva].


8. Asociaciones privadas de fieles.
(a) Federación Internacional Una Voce (véase aquí la entrada respectiva).(b) Asociación Totus Tuus (Lyon, Francia) [véase aquí la entrada respectiva].(c) Fœderatio Internationalis Juventutem.(d) Militia Templi – Christi pauperum Militum Ordo. 
Primera reunión formal de la Federación Internacional Una Voce (FIUV) en Zúrich (1967)
(Foto: FIUV)
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Las comunidades tradicionales de reconocimiento diocesano
 

Fuera de las recién mencionadas y que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, existen algunas comunidades con reconocimiento diocesano que celebran la liturgia tradicional, sea de forma exclusiva, sea de forma alternada con el rito reformado.

Tales es el caso de: 

1. El Monasterio de la Santísima Virgen María del Monte Carmelo (Montañas Rocosas, Wyoming) [véase aquí la entrada respectiva].
 
2. Los Hermanos Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (Sao Paulo, Brasil) [véase aquí la entrada respectiva].
 
3. Los Misioneros de la Misericordia Divina (Toulon) [véase aquí la entrada respectiva].
 
4. Las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón (Marsella) [véase aquí la entrada respectiva].
 
5. Las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón (Marsella) [véase aquí la entrada respectiva].
 
6. La Fraternidad de Santo Tomás Becket (Francia) [véase aquí la entrada respectiva].
 
7. Las Clarisas de St. Laurenzen [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
8. Las Reparadoras del Espíritu Santo[véase aquí la entrada respectiva].  
 
9. Las Esclavas Reparadoras de la Sagrada Familia, ligadas al Instituto del Buen Pastor en la Arquidiócesis de Bogotá [véase aquí la entrada respectiva].
 
10. El Oasis de Jesús Sacerdote [véase aquí la entrada respectiva]. 
 
11. Las Hermanitas Discípulas del Cordero (Buxeuil, Francia) [véase aquí la entrada respectiva]. 

Fraternidad San Tomás Becket
 
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El eremitismo tradicional
 
Dentro el mundo tradicional ha florecido también la llamada a la vida eremítica. En esta entrada hemos hablado de ella.

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Las peregrinaciones tradicionales
 
El mundo tradicional se cuenta con algunas peregrinaciones de ya asentada acostumbre, como ocurre con aquellas que tienen como punto de destino la Catedral de Chartres (Francia), el Santuario de Nuestra Señora de Luján (Argentina) y la Basílica de San Pedro del Vaticano (Roma) (véase las referencias que hemos hechos a las peregrinaciones de 2014, 2015, 2016 y 2017). 

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Las Misas celebradas conforma al motu proprio Summorum Pontificum
Todo lo dicho es sin perjuicio de aquellas Misas tradicionales oficiadas por sacerdotes pertenecientes al clero regular o secular en todo el mundo, sea de forma exclusiva, sea de forma alternada con la Misa reformada. De la situación de la Misa tradicional en Chile hemos dado cuenta en este directorio

Por su parte, Acción litúrgica ofrece aquí una relación de las parroquias personales existentes en el mundo y dedicadas a la forma extraordinaria. 


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La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X
 
Finalmente, y aunque todavía no cuente con un reconocimiento canónico oficial, cabe mencionar dentro de la órbita tradicional a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, a la cual la Sede Apostólica ha ido concediendo paulatinamente diversos privilegios relacionados con los sacramentos que imparte. Sobre ella y tales concesiones hemos tratado aquí
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Actualización [11 de diciembre de 2017]: La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha puesto a disposición de cualquier interesado la colección completa de la Revista Notitiae. Esta publicación, subtitulada originalmente Commentarii ad nuntia de re liturgica edenda (desde 2004 reducido simplemente a Commentarii), es la revista oficial y de frecuencia mensual que publica dicho dicasterio desde 1965. Ella contiene documentos oficiales de la Sede Apostólica, comentarios, artículos científicos, reformas de los textos litúrgicos, reportes de reuniones, respuestas a las dubia formuladas a la Congregación y alocuciones del Santo Padre relacionadas con la liturgia de rito romano.  Comporta, pues, un material de mucha importancia para quien desee estudiar la reforma litúrgica posconciliar. La colección es accesible desde este enlace.

SERMÓN DE CLAUSURA DEL X ANIVERSARIO SUMMORUM PONTIFICUM EN ROMA

Sermón de clausura de la peregrinación Summorum Pontificum a Roma con motivo del X aniversario del Motu Proprio de S.S. Benedicto XVI

por el padre Louis-Marie de Blignières. Fundador de la Fraternidad de San Vicente Ferrer.

Roma, Iglesia de la Santísima Trinidad de los Peregrinos, 17 de septiembre de 2017

 

 

El Concilio de Trento, para dar razón de las ceremonias del Santo Sacrificio de la Misa, recuerda que la naturaleza humana tiene necesidad de ayudas externas y signos visibles para elevarse a la contemplación de lo divino (1). De ello se puede extraer una definición de rito: «Rito es lo que hace  sensible   una verdad». El rito del sacrificio de la Misa pone al alcance de la naturaleza humana la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre Cristo. En su forma latina tradicional vuelve tangibles con una eficacia insuperable estos   tres aspectos.

La verdad sobre Dios: Dios es trinitario

Quien asiste por primera vez a la Misa según el rito tradicional queda impactado por el ambiente de sacralidad: la arquitectura majestuosa, la disposición espacial con un lugar reservado a los ministros de culto y otro a los fieles, la orientación al celebrar, la actitud recogida y hierática del celebrante, sus vestiduras apropiadas a la ocasión, la lengua desascostumbrada en que se expresa, sus gestos de reverencia en dirección al tabernáculo y a los oblatos consagrados, en particular las numerosas genuflexiones, y por último, el silencio misterioso del canon. Todo conduce a salir del mundo profano y pasar a la presencia de Alguien que trasciende al mundo.

Ahora bien, si quien asiste a esta Misa se toma la molestia de seguir en un misal lo que dice el sacerdote, queda conmovido por un aspecto asombroso de la oración. En efecto, se implora con gran respeto a Aquel a quien todas las tradiciones de la humanidad llaman «Dios», pero se hace con la segura confianza de un niño que se dirige a su padre. La unción inimitable de las antiquísimas oraciones latinas nos pone en relación, no con un impasible gran arquitecto del universo, sino con una realidad misteriosa y fascinante: la Trinidad. ¡Se le habla a Ella como si fuera de la familia! Se le habla con una audacia inaudita, nos presentamos a Ella junto a toda una nube de santos personajes que gozan de mucho prestigio ante Ella. Sobre todo, no se deja de hablar de su Hijo, y cada vez que se evoca su nombre se inclina la cabeza.

Efectivamente, los ritos de la tradición latina ponen sin lugar a dudas de relieve que nos dirigimos a la Trinidad por medio de gestos expresivos y de palabras en las que confluyen  la adoración y el amor. Así se ve, por ejemplo, en el ofertorio de la Misa según el rito dominico: «Recibe, santa Trinidad, esta ofrenda que os hago en memoria de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y concédenos que suba a vuestra presencia y os sea agradable, así como que  efectúe mi salvación eterna y la de todos los fieles».

 

 

La verdad sobre el hombre: el hombre está «perdido»

Casi enseguida, se manifiesta una segunda nota  para quien descubre el rito antiguo lo vuelve sensible a la verdad sobre el hombre. Esta verdad consiste en que, abandonado a sí mismo, el hombre está perdido. La búsqueda de sentido en una vida que muchas veces parece absurda, el escándalo del mal, y sobre todo el del sufrimiento de los inocentes, el sentimiento, como mínimo confuso, de culpabilidad personal: quien reflexione, en lugar de entretenerse experimenta eso… ¿Qué pasa con esa angustia existencial cuando se ve ve ante un rito rebosante  de la sabiduría de los siglos católicos? Tiene un nombre: el pecado. Tanto en las liturgias orientales como en las de Occidente, destaca algo sumamente conmovedor: el sacerdote, y con él todos los fieles que se unen al sacrificio, reconocen la verdad de su pequeñez.

Observad al celebrante en las oraciones preparatorias de la Misa romana: parece  que vacilase antes de subir al altar para reconocer de muchas maneras su indignidad: ¡con un salmo admirable, con una confesión de sus faltas, con versículos que parecen jaculatorias! Observad al sacerdote del rito dominico, cómo hace una profunda inclinación cada vez que reza el Confiteor, el suyo y el sus acólitos, ¡como si quisiera asumir también sobre él los pecados de ellos! Escuchad las oraciones del canon romano «de tal suerte puro de todo error, que nada se contiene en él que no sepa sobremanera a cierta santidad y piedad» (2), ese canon en el que varia veces el celebrante implora humildemente prosternado como un pecador que no puede apoyarse en sus propios méritos (Te igitur, Supplices te rogamus, Nobis quoque peccatoribus). ¡Escuchad las conmovedoras  oraciones del sacerdote antes de la comunión!

Una de las razones del prestigio que tienen los ritos antiguos en los convertidos –hablo por experiencia– es que asumen, con convincente clarividencia, esa parte de la verdad del hombre con excesiva frecuencia inadvertida: que es pecador y tiene necesidad de redención. Y estos ritos tienen el secreto de poner, con esperanza, a esta miseria  en contacto con  la misericordia.

 

 

La verdad sobre Cristo: su sacrificio, ofrecido por la Iglesia, reconcilia al hombre con Dios

El tono general de una celebración según un rito «de uso venerable y antiguo» (3), el acólito –¡cuántas veces no nos lo habrán dicho en confianza!–  siente «que pasa algo». En el centro del silencio sagrado del canon, los gestos que rodean la doble consagración ponen en cierta forma ante sus ojos el misterio de la fe. Pone de relieve en su misal que durante todo el canon el celebrante ha la señal de la cruz sobre los oblatos. Ve cómo los fieles reciben la Hostia consagrada de rodillas y en la boca y se quedan seguidamente rezando en silencio. Si pregunta al sacerdote después de la Misa, está en condiciones de aprender y entiende que, en esencia, la Misa es un sacrificio. Este sacrificio de alabanza a la Trinidad es un sacrificio propiciatorio «para [su]  salud eterna y la de todos los fieles».

Por otra parte, se da cuenta por los gestos del sacerdote y por la dirección en que oficia de que todo se centra, no en el propio sacerdote, sino en Cristo, en la presencia de Cristo en el tabernáculo y en los oblatos consagrados. Ve cómo el celebrante mantiene los dedos juntos después de haber tocado el Cuerpo de Cristo, y la amorosa precaución con que recoge en el corporal todas las partículas consagradas. Por un lado, se acentúa mucho la necesidad de la salvación; por otro, las palabras y los gestos nos ponen sensiblemente en contacto con la renovación mística e incruenta de un sacrificio. Así, en el rito dominico, después de la consagración el celebrante extienda al máximo los brazos, como Cristo en la Cruz. En el rito de la paz, besa primeramente el cáliz que contiene la preciosa Sangre de Cristo y sobre el que sostiene su Cuerpo inmaculado, para indicar claramente que la paz que transmite a los ministros procede del sacrificio de Cristo.

Los ritos antiguos se presentan a la naturaleza del hombre bajo el aspecto en que traducen la mediación histórica de la Iglesia. El canon romano en particular «consta él, en efecto, ora de las palabras mismas del Señor, ora de tradiciones de los Apóstoles, y también de piadosas instituciones de santos pontífices» (4). Es un consuelo de docilidad filial  para un sacerdote de rito latino saber que reza utilizando el mismo canon que San Gregorio Magno. Le brinda una gran certeza doctrinal y una alegría inmensa invisibilizarse en los ritos utilizados a lo largo de los siglos por tantísimos santos, y vivir ceremonias que han santificado a generaciones de fieles. Es sumamente conmovedor, por ejemplo, para un dominico, saber que los gestos y palabras que emplea al celebrar la Santa Misa hicieron llorar a nuestro padre Santo Domingo y al doctor eucarístico Santo Tomás de Aquino.

 

Conclusión

Efectivamente, el rito sensibiliza para captar la verdad, el rito latino tradicional pone magníficamente de relieve la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el sacrificio de Cristo. Ahora bien, ¿qués es la verdad que se hace sensible, sino la belleza? Demos gracias a Dios por poder «rezar en la belleza». Y demos gracias a la Iglesia por haber rendido, después de un largo periodo de confusión e injusticias, «el respeto debido» (5) a este rito que ha conducido de modo suave y firme, y habrá de conducir aún, sin duda hasta la Parusía, a tantos hombres al misterio insondable del sacrificio de Cristo.

Traducido por J.E.F. para Una Voce Sevilla. Original en francés en: https://www.chemere.org/formation/2017/9/30/sermon-de-clture-du-plerinage-summorum-pontificum

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(1) Concilio de Trento, Sesión XXII (17 de septiembre de 1562), Decreto sobre el Sacrificio de la Misa: «Cristo quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana) […] donde se representara el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuara hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicara a la remisión de los pecados que cometemos cada día (Concilio de Trento: DS 1740, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1366). «Y como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso la piadosa Madre Iglesia instituyó determinados ritos, como por ejemplo, que unos pasos se pronuncien en la Misa en voz baja y otros en voz algo más elevada; e igualmente empleó ceremonias, como misteriosas bendiciones, luces, inciensos, vestiduras y muchas otras cosas a este tenor, tomadas de la disciplina y tradición apostólica, con el fin de encarecer la majestad de tan grande sacrificio y excitar las mentes de los fieles, por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas» (DS, n° 943).

(2) Concilio de Trento, ibid., DS, n° 942.
(3) Benedicto XVI, Motu proprio Summorum Pontificum, 7 de julio de 2007, artículo 1.
(4) Concilio de Trento, ibid., DS, n° 942.
(5) Benedicto XVI, Motu proprio Summorum Pontificum, 7 de julio de 2007, artículo 1.