LIBRO DE CONFERENCIAS EN ESPAÑA DEL DR. KWASNIEWSKI

De nuevo, pero en versión libro digital gratuito, tenemos el honor de publicar la recopilación de textos en español de las exitosas conferencias sobre la liturgia tradicional de rito romano impartidas por el doctor Peter Kwasniewski en seis lugares de nuestra geografía patria durante los días 18 al 25 de julio de 2025 (Sevilla, Córdoba, Toledo, Madrid, Segovia, Oviedo), y a las que han acudido centenares de personas amantes de la Misa tradicional.

Nuestro más profundo agradecimiento al profesor por facilitar este libro de forma gratuita para su publicación y lectura, con tan importantes conferencias que permiten descubrir el rico tesoro teológico y espiritual que es la liturgia de la Iglesia en el rito Romano tradicional.

VÍDEO DE LA CONFERENCIA DEL PROFESOR KWASNIEWSKI EN SEVILLA

A continuación, y por gentileza del canal de Televisión MARÍA VISIÓN, les ofrecemos el vídeo de la conferencia sobre liturgia tradicional ofrecida por el reconocido doctor Peter Kwasniewski el pasado 18 de julio en la sede social de Una Voce Sevilla y el Grupo Joven Sursum Corda, con el título: «Por qué es mejor no entenderlo todo inmediatamente – La sabiduría de la liturgia tradicional».

Asimismo, le ofrecemos el texto inglés – español de la conferencia.

La conferencia, en la que se abordó en profundidad el papel fundamental del misterio en la Misa tradicional, fue todo un éxito, asistiendo a ella más de medio centenar de personas.

Agradecemos de todo corazón al profesor Kwasniewski su presencia y conferencia en Sevilla, y sus palabras de aliento para los miembros de la Asociación Una Voce Sevilla en pos del apostolado de la Tradición, y a los técnicos de MARÍA VISIÓN SEVILLA que con la grabación de este vídeo contribuyen a difundir en España e Hispanoamérica la riqueza espiritual y litúrgica del rito Romano tradicional de la Iglesia.

TEXTOS DE LAS CONFERENCIAS DEL PROFESOR KWASNIEWSKI EN ESPAÑA

A continuación, tenemos el honor de publicar los textos en inglés – español de las exitosas conferencias sobre liturgia tradicional impartidas por el doctor Peter Kwasniewski en seis lugares de nuestra geografía patria durante los días 18 al 25 de julio, y a las que han acudido centenares de personas.

Nuestro más profundo agradecimiento al profesor por facilitarnos estos textos tan importantes para conocer en profundidad el rico tesoro teológico y espiritual que es la liturgia de la Iglesia en el rito Romano tradicional.

1-SEVILLA 17 julio y 6-OVIEDO 25 julio – Por qué es mejor no entenderlo todo inmediatamente – La sabiduría de la liturgia tradicional.

2-CÓRDOBA 19 julio – La genialidad del rito más antiguo del cristianismo

3-TOLEDO 21 julio – Cómo Nuestra Señora nos enseña el significado de la misa.

4-MADRID 22 julio – Por qué es bello el rito tradicional, y por qué necesitamos esta belleza.

5-SEGOVIA 23 julio – Por qué la misa tradicional es majestuosa y cortesana.

EL PROFESOR PETER KWASNIEWSKI OFRECERÁ EN SEVILLA UNA CONFERENCIA SOBRE LA LITURGIA TRADICIONAL

El Dr. Peter Kwasniewski ofrecerá en los próximos días varias conferencias en distintas ciudades españolas sobre la riqueza espiritual y teológica de la liturgia tradicional, con la colaboración de asociaciones Una Voce de España, entre ellas Una Voce Sevilla, y otras entidades relacionadas con la difusión y conservación del rito Romano tradicional, y, en concreto, la Misa tradicional.

La conferencia inaugural será en Sevilla el viernes 18 de julio a las 20:00 h, organizada en la sede social de Una Voce Sevilla y el Grupo Joven Sursum Corda, con el título “Por qué es mejor no entenderlo todo inmediatamente: la sabiduría de la liturgia tradicional”.
Dirección: Plaza Pintor Amalio García del Moral, nº 11, local 9. Entrada libre.

El profesor estadounidense Peter Kwasniewski, es un reconocido teólogo, liturgista, escritor, musicólogo y conferenciante, especialmente destacado en el ámbito del rito Romano tradicional, y, en concreto, la Misa tradicional.

En cada uno de las conferencias estarán disponibles para su adquisición los libros del profesor Kwasniewski traducidos al español.

-El calendario del resto de conferencias del profesor Kwasniewski en España es el siguiente:

Córdoba, sábado 19 de julio a las 20.00 horas:
“La genialidad del rito más antiguo del Cristianismo”.
Lugar: Hotel Córdoba Center, Avenida de la Libertad, 4.

Toledo, lunes 21 de julio a las 18.00 horas:
“Cómo Nuestra Señora nos enseña el significado de la misa”.
Lugar: Alcázar de Toledo, C/ de la Unión, s/n.

Madrid, martes 22 de julio:
Santa Misa a las 20.00 horas, conferencia a las 21.00 horas.
“Por qué es bello el rito tradicional y por qué necesitamos esta belleza”.
Lugar: Parroquia de la Sagrada Familia, C/ Antonio Toledano, nº 23.

Segovia, miércoles 23 de julio a las 19.00 horas:
“Por qué la misa tradicional es majestuosa y cortesana”.
Lugar: Casa de Espiritualidad «San Frutos», C/ Obispo Gandásegui, nº 7.

Oviedo, viernes 25 de julio a las 19.00 horas:
“Por qué es mejor no entenderlo todo inmediatamente: la sabiduría de la liturgia tradicional”.
Lugar: Hotel Gran Regente, C/ Jovellanos, 31.

Tras la última conferencia en Oviedo, el Dr. Kwasniewski participará la Peregrinación tradicional Oviedo – Covadonga, organizada por la asociación Nuestra Señora de la Cristiandad – España.

Recomendamos encarecidamente la asistencia a estas conferencias tan importante para la Liturgia Tradicional.

UNA VOCE SEVILLA

UNA VOCE SEVILLA

INFORME DEL VATICANO PONE EN DUDA LAS RAZONES DE TRADITIONIS CUSTODES PARA RESTRINGIR LA MISA TRADICIONAL

Exclusiva : INFORME OFICIAL DEL VATICANO QUE EXPONE IMPORTANTES DUDAS SOBRE LOS FUNDAMENTOS DEL MOTU «PROPRIO «TRADITIONIS CUSTODES» DEL PAPA FRANCISCO. (En Texto documentos informes para descarga en pdf). 1 Julio 2025.

por DIANE MONTAGNE (Artículo original)

Documentos no divulgados anteriormente plantean serias dudas sobre la justificación del decreto del papa Francisco de 2021 que restringe la misa tradicional en latín.

Ciudad Del Vaticano, 1 de julio de 2025 — Han salido a la luz nuevas pruebas que exponen importantes grietas en el fundamento de Traditionis Custodes, el decreto del papa Francisco de 2021 que restringió la liturgia romana tradicional.

Estaperiodista ha obtenido la valoración general del Vaticano sobre la consulta a los obispos que habría «incitado» al Papa Francisco a revocar Summorum Pontificum, la carta apostólica de Benedicto XVI de 2007 que liberalizaba el vetus ordo, más comúnmente conocido como la «Misa Tradicional en latín» y los sacramentos.

El texto no divulgado anteriormente, que forma una parte crucial del informe oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre su consulta de 2020 a los obispos sobre Summorum Pontificum, revela que «la mayoría de los obispos que respondieron al cuestionario declararon que hacer cambios legislativos a Summorum Pontificum causaría más daño que bien».

Por lo tanto, la evaluación general contradice directamente las razones expuestas para imponer la Traditionis Custodes y plantea serias dudas sobre su credibilidad.

Cuando, el 16 de julio de 2021, el Papa Francisco promulgó la Traditionis Custodes, dijo que las respuestas al cuestionario «revelan una situación que me preocupa y me entristece y me persuade de la necesidad de intervenir».

«Lamentablemente -dijo en una carta adjunta a los obispos del mundo- el objetivo pastoral de mis predecesores (…) a menudo ha sido seriamente ignorado. Una oportunidad ofrecida por san Juan Pablo II y, con mayor magnanimidad aún, por Benedicto XVI… fue explotada para ensanchar las brechas, reforzar las divergencias y alentar desacuerdos que dañan a la Iglesia, bloquean su camino y la exponen al peligro de la división».

Dijo a los obispos que estaba «constreñido» por sus «peticiones» de revocar no sólo el Summorum Pontificum sino «todas las normas, instrucciones, permisos y costumbres» que precedieron a su nuevo decreto.

Sin embargo, lo que revela la evaluación general del Vaticano es que las «brechas», «divergencias» y «desacuerdos» se derivan más de un nivel de nesciencia, prejuicio y resistencia de una minoría de obispos a Summorum Pontificum que de cualquier problema originado por los adherentes a la liturgia romana tradicional.

Por el contrario, el informe oficial de la CDF afirma que «la mayoría de los obispos que respondieron al cuestionario, y que han implementado generosa e inteligentemente Summorum Pontificum, finalmente expresan su satisfacción con él». Añade que «en los lugares donde el clero ha cooperado estrechamente con el obispo, la situación se ha pacificado por completo».

La evaluación general, que se puede ver al final de este artículo en el original italiano y en una traducción al inglés, también confirma la afirmación que informé en octubre de 2021: que Traditionis Custodes magnificó y proyectó como un problema importante lo que era meramente secundario en el informe oficial de la CDF.

Además, el texto muestra claramente que Traditionis Custodes ignoró y ocultó lo que el informe decía sobre la paz que Summorum Pontificum había restaurado, e hizo la vista gorda a una «observación constante hecha por los obispos»: que los jóvenes estaban siendo atraídos a la Iglesia Católica a través de esta forma antigua de la liturgia.

La evaluación general también predijo, sobre la base de las respuestas de los obispos, lo que sucedería si se suprimía el Summorum Pontificum, pronósticos que resultaron ser precisos.

Génesis y estructura del informe oficial

La tarea de elaborar el informe oficial fue confiada a la Cuarta Sección de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Hasta el TC, esta entidad, antes conocida como la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, se encargaba de supervisar la observancia y aplicación de las disposiciones establecidas en Summorum Pontificum. En consecuencia, la Cuarta Sección poseía una amplia experiencia y conocimientos para ver y analizar los resultados de la encuesta.

En la primavera de 2020, el entonces prefecto de la CDF, el cardenal Luis Ladaria, envió un cuestionario a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo, para su distribución a los obispos diocesanos; las respuestas fueron recibidas por la CDF hasta enero de 2021. El corpus del material, presentado en varios idiomas, fue procesado, analizado e incorporado por la Cuarta Sección a sus conclusiones.

Si bien no he visto el informe en su totalidad, se me ha informado de manera confiable que el informe final de 224 páginas, fechado en febrero de 2021, consta de dos partes principales. La primera parte ofrece un análisis detallado de los resultados y hallazgos de la encuesta continente por continente y país por país, e incluye cuadros y gráficos que ilustran datos y tendencias.

La segunda parte, titulada «Resumen» [Sintesi], es más breve e incluye una introducción, un resumen sobre cada continente, una evaluación global [Giudizio Complessivo] de los resultados de la encuesta, y una colección de citas extraídas de las respuestas recibidas de las diócesis y ordenadas temáticamente. Esta colección estaba destinada a proporcionar al Papa Francisco una muestra representativa de las respuestas de los obispos.

La evaluación general comienza señalando que Summorum Pontificum desempeñó «un papel significativo, aunque relativamente modesto, en la vida de la Iglesia». En 2021, «se había extendido a alrededor del 20% de las diócesis latinas del mundo, y su implementación fue «más serena y pacífica, aunque no en todas partes».

El Papa Francisco declaró en Traditionis Custodes que «ha considerado los deseos expresados por el episcopado y ha escuchado la opinión de la Congregación para la Doctrina de la Fe». La valoración global es precisamente la parte del informe que sintetiza e interpreta los resultados de la encuesta, ofreciendo una conclusión evaluativa extraída de la evidencia.

En otras palabras, refleja el juicio u opinión informada de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El Papa Francisco no solo tenía el informe, sino que, según fuentes confiables, literalmente arrebató una copia de trabajo de las manos del cardenal Ladaria durante una audiencia, diciéndole que la quería de inmediato porque tenía curiosidad al respecto.

Aunque el Vaticano nunca ha dado a conocer el contenido del informe oficial, en octubre de 2021 obtuve y publiqué la colección de citas incluida en la Parte II, indicando, sin embargo, solo el país o la región de donde se originaron las citas. Esta colección se puede ver en su totalidad al final de este artículo en italiano y en una traducción actualizada al inglés.

La evaluación general: 7 puntos clave

1. La falta de paz y de unidad litúrgica se debe más a la minoría de obispos que a los adeptos a la liturgia romana tradicional.

Donde falta la paz litúrgica, el informe muestra que se deriva más de un nivel de nesciencia, prejuicio y resistencia de una minoría de obispos a Summorum Pontificum que de cualquier problema originado por aquellos atraídos por la liturgia romana tradicional.

El informe de la CDF recuerda el deseo de Benedicto XVI de lograr, a través de la implementación de Summorum Pontificum, una «reconciliación litúrgica interna» dentro de la Iglesia, y su reconocimiento de la necesidad de «proceder no según una hermenéutica de la ruptura, sino más bien mediante una renovación en continuidad con la tradición».

«Esta dimensión eclesiológica de la hermenéutica de la continuidad con la tradición y con una renovación y un desarrollo coherentes aún no ha sido plenamente acogida por algunos obispos», observa el informe. «Sin embargo, allí donde ha sido recibida y puesta en práctica, ya está dando frutos, el más visible de los cuales está en la liturgia».

Además, el informe lamenta que «en algunas diócesis la Forma extraordinaria no es considerada como una riqueza para la vida de la Iglesia, sino como un elemento inapropiado, perturbador e inútil para la vida pastoral ordinaria, e incluso como ‘peligrosa’ y, por lo tanto, algo que no se debe conceder, o suprimir, o al menos controlar estrictamente para que no se extienda. con la esperanza de su eventual desaparición o abrogación».

Más específicamente, el informe encontró que los obispos en las regiones de habla hispana generalmente «parecen mostrar poco interés» en implementar Summorum Pontificum, a pesar de las solicitudes de los fieles. Del mismo modo, señaló, «las respuestas de los obispos italianos sugieren que, en general, no tienen en alta estima la Forma extraordinaria y sus disposiciones relacionadas, con algunas excepciones».

Con respecto a un malentendido o ignorancia entre una minoría del episcopado, el informe señaló: «Algunos obispos afirman que el MP Summorum Pontificum ha fracasado en su objetivo de promover la reconciliación y, por lo tanto, solicitan su supresión, ya sea porque la reconciliación interna dentro de la Iglesia aún no se ha logrado plenamente, o porque la Fraternidad Sacerdotal San Pío X no ha vuelto a la plena comunión con la Iglesia». En respuesta, los autores observan que el proceso de reconciliación en la Iglesia es a menudo «lento y gradual», y recuerdan, como hizo el mismo Benedicto XVI, que Summorum Pontificum no estaba destinado a la FSSPX.

Además, señaló el informe, algunos obispos temen una «división en dos Iglesias» y creen que los grupos vinculados a la Forma Extraordinaria «rechazan» el Concilio Vaticano II. El informe reconoce que este último punto es «parcialmente cierto», pero dice que «no se puede generalizar». También en este caso, añade, «la solicitud pastoral del obispo ha sido decisiva para calmar los ánimos agitados y clarificar el pensamiento de algunos miembros de los grupos estables».

Por último, el informe señala que «algunos obispos preferirían volver a la situación anterior del indulto para tener un mayor control y gestión de la situación».

2. La mayoría de los obispos que implementaron Summorum Pontificum expresaron su satisfacción con él.

Por el contrario, el informe encontró que «la mayoría de los obispos que respondieron al cuestionario, y que han implementado generosa e inteligentemente el MP Summorum Pontificum, finalmente expresan satisfacción con él». Añade que «en los lugares donde el clero ha cooperado estrechamente con el obispo, la situación se ha pacificado por completo».

Además, el informe constata que «los obispos más atentos a esta materia observan que la antigua forma de la liturgia es un tesoro de la Iglesia que hay que custodiar y conservar: constituye un bien encontrar la unidad con el pasado, saber avanzar por un camino de desarrollo y progreso coherentes, y encontrarse, en la medida de lo posible, las necesidades de estos fieles».

Según el informe: «La mayoría de los obispos que respondieron al cuestionario afirman que hacer cambios legislativos al MP Summorum Pontificum causaría más daño que bien».

Sobre la base de sus conclusiones, el informe predijo que «debilitar o suprimir el Summorum Pontificum dañaría gravemente la vida de la Iglesia, ya que recrearía las tensiones que el documento había ayudado a resolver».

Algunos obispos pensaron que un cambio legislativo a Summorum Pontificum «fomentaría la salida de los fieles decepcionados de la Iglesia hacia la Fraternidad San Pío X o hacia otros grupos cismáticos», fomentaría la desconfianza hacia Roma, daría lugar a «un resurgimiento de las guerras litúrgicas» e «incluso fomentaría el surgimiento de un nuevo cisma». Además, «deslegitimaría a dos Pontífices, Juan Pablo II y Benedicto XVI, que se habían comprometido a no abandonar a estos fieles».

3. Los obispos están agradecidos por la competencia de la Cuarta Sección de la CDF (la disuelta Comisión Pontificia Ecclesia Dei)

El informe subraya la importancia de que los grupos y comunidades estables tengan un «interlocutor competente» a nivel institucional, es decir, en la Santa Sede. El informe señala que una cuidadosa supervisión llevada a cabo por personas con experiencia y conocimientos ayuda a «prevenir formas arbitrarias de autogestión y anarquía dentro de los grupos, así como los abusos de poder por parte de algunos obispos locales».

Los obispos expresaron su «satisfacción y gratitud» a la Cuarta Sección de la CDF (y a la antigua PCED) por su trabajo.

4. Informar sobre la atracción confirmada de los jóvenes hacia la antigua forma de liturgia.

El informe de la CDF confirmó la intuición de Benedicto, expresada en Summorum Pontificum, de que los jóvenes encontrarían en la liturgia romana tradicional «una forma de encuentro con el misterio de la Sagrada Eucaristía particularmente adecuada para ellos». Señala:

«Una observación constante de los obispos es que son los jóvenes los que están descubriendo y eligiendo esta forma antigua de la liturgia. La mayoría de los grupos estables presentes en el mundo católico están compuestos por jóvenes, a menudo convertidos a la fe católica o que regresan después de un tiempo alejados de la Iglesia y de los sacramentos. Se sienten atraídos por la sacralidad, la seriedad y la solemnidad de la liturgia. Lo que más les impresiona, también en medio de una sociedad excesivamente ruidosa y verborrágica, es el redescubrimiento del silencio en las acciones sagradas, de las palabras sobrias y esenciales, de la predicación fiel a la doctrina de la Iglesia, de la belleza del canto litúrgico y de la dignidad de la celebración: un todo sin fisuras y profundamente atractivo».

5. El informe puso de relieve el crecimiento de las vocaciones en las comunidades ex-Ecclesia Dei desde Summorum Pontificum.

El informe de la CDF destacó el crecimiento de las vocaciones en las antiguas comunidades Ecclesia Dei desde la promulgación de Summorum Pontificum, pero señaló que algunos obispos diocesanos no están del todo satisfechos con esto. «Muchos jóvenes -decía- están optando por entrar en los institutos Ecclesia Dei para su formación sacerdotal o religiosa en lugar de en los seminarios diocesanos, para pesar manifiesto de algunos obispos…»

6. El informe recomendaba estudiar ambas formas de rito romano como parte de la formación en el seminario.

Por lo tanto, el informe sugiere, basándose en una idea propuesta por los obispos, que «las sesiones dedicadas al estudio de las dos formas del rito romano» se incorporen a la formación de los seminarios y otras facultades eclesiásticas, como medio para promover una mayor unidad y paz, aumentar las vocaciones diocesanas y preparar «sacerdotes convenientemente formados» para celebrar el rito romano.

7. El informe recomienda: «Que el pueblo sea libre de elegir».

Basándose en los resultados de la encuesta del episcopado, y citando a un obispo filipino, el informe de la CDF concluye recomendando: «Que el pueblo sea libre de elegir». Y recordando el papel insustituible, aunque a veces desafiante, del obispo ante Dios para apacentar el rebaño, el informe concluye con las palabras del Papa Benedicto XVI a los obispos de Francia en 2008 a propósito de Summorum Pontificum:

«Soy consciente de vuestras dificultades, pero no dudo de que, dentro de un plazo razonable, podréis encontrar soluciones satisfactorias para todos, no sea que la túnica sin costuras de Cristo se rasgue aún más. Todos tienen un lugar en la Iglesia. Todas las personas, sin excepción, deben poder sentirse como en casa, y nunca ser rechazadas. Dios, que ama a todos los hombres y no quiere que ninguno se pierda, nos confía esta misión nombrándonos pastores de sus ovejas. No podemos más que agradecerle el honor y la confianza que ha depositado en nosotros. Esforcémonos, pues, por ser siempre servidores de la unidad».

¿Guardianes de la tradición?

La evaluación general sale a la luz después de que la archidiócesis de Detroit (EE.UU.) se convirtiera en la última en sufrir una represión por parte del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (DDW) del Vaticano, el dicasterio encargado de hacer cumplir la Traditionis Custodes.

En abril, su recién nombrado arzobispo anunció que la misa tradicional en latín ya no estaría permitida en las iglesias parroquiales a partir del 1 de julio de 2025. Citando un rescripto del Vaticano de 2023 del prefecto de DDW, el cardenal Arthur Roche, el arzobispo informó a sus sacerdotes que los obispos locales ya no tienen la capacidad de permitir la forma antigua de la liturgia en una iglesia parroquial.

En su respuesta a la última pregunta de la encuesta vaticana de nueve puntos, que he obtenido, el ex arzobispo de Detroit, Allen Vigneron, resumió lo que —según el informe oficial— la mayoría de los obispos habían solicitado realmente.

La encuesta preguntó: «Trece años después del motu proprio Summorum Pontificum, ¿cuál es su consejo sobre la Forma Extraordinaria del Rito Romano?» El arzobispo Vigneron respondió:

«Mi consejo es mantener la disciplina y las normas establecidas en Summorum Pontificum, y tratar cualquier problema que surja llamando a los sacerdotes y a la gente a observarlas. El motu proprio nos ha dado un enfoque notablemente exitoso para resolver la disputa que existía en la Iglesia sobre el estatus de la Forma Extraordinaria. La disciplina que ha puesto en marcha está dando muy buenos frutos, especialmente en la vida de los fieles y en el restablecimiento de la paz eclesial. No hay duda en mi mente sobre la legitimidad de la Forma Extraordinaria como extraordinaria. Estas celebraciones ofrecen experiencias válidas de la sagrada liturgia de la Iglesia, pero complementan la Forma Ordinaria. Tales celebraciones no son de ninguna manera una amenaza para la Forma Ordinaria establecida después del Concilio, y en la Iglesia, la enriquecen en su diversidad. Desde mi punto de vista, Summorum Pontificum ha sido un éxito notable».

La justificación moral de la Traditionis Custodes siempre ha sido débil, dados los frutos positivos que han dado el rito romano tradicional, su creciente popularidad, especialmente entre los jóvenes, su influencia en la familia como «iglesia doméstica» y su capacidad para atraer vocaciones. Este nuevo descubrimiento de la evaluación general de la CDF sobre su consulta a los obispos sobre Summorum Pontificum sirve para arrojar más dudas sobre el fundamento y la credibilidad de Traditionis Custodes.

INFORMES para descarga en pdf:

Evaluación general de la CDF sobre la encuesta de 2020 a los obispos sobre la implementación de Summorum Pontificum – Inglés 177 KB – Archivo PDF

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https://dianemontagna.substack.com/…/9a37b1bb-b3e2-4d0d…

Evaluación general de la CDF sobre la Consulta Episcopal de 2020 sobre la aplicación del Summorum Pontificum – Inglés 161 KB – Archivo PDF

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https://dianemontagna.substack.com/…/79af796d-dd8e-42c5…

Colección de citas de la CDF Delegaciones de las respuestas de las diócesis – Inglés 100 KB – Archivo PDF

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https://dianemontagna.substack.com/…/7de5f3c7-8447-482c…

Antología de citas de las respuestas recibidas de las diócesis – Italiano

91,9 KB – Archivo PDF

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https://dianemontagna.substack.com/…/09d0ba36-9585-41da…

Cuestionario CDF 2020 sobre la implementación del Summorum Pontificum

66,7 KB – Archivo PDF

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https://dianemontagna.substack.com/…/5e696304-14b1-4b22…

(Fuente: https://dianemontagna.substack.com/…/exclusive-official… )

UNA VOCE SEVILLA PARTICIPARÁ EN LA 5ª PEREGRINACIÓN TRADICIONAL A COVADONGA

El Capítulo Ntra. Sra. de la Antigua de Una Voce Sevilla participará por quinto año consecutivo en la Peregrinación tradicional Oviedo-Covadonga, organizada por la asociación Nuestra Señora de la Cristiandad – España durante los próximos días 26 al 28 de julio, y que en la pasada edición alcanzó el millar y medio de participantes.

Se trata de una peregrinación anual desde la Catedral de Oviedo al santuario de Nuestra Señora de Covadonga (Asturias) organizada por un grupo de fieles católicos laicos, principalmente jóvenes, devotos de la celebración de la Santa Misa según el rito Romano tradicional, a semejanza a la peregrinación internacional París-Chartres. Tiene lugar en el fin de semana más cercano a la festividad del apóstol Santiago, patrón de las Españas (25 de julio). La distancia total a recorrer a pie en los 3 días es de aproximadamente 100 km a través de idílicos paisajes asturianos.

Este año estará la Peregrinación cuenta con 27 capítulos procedentes de toda España y 11 del extranjero (Méjico, Francia (3), Países Bajos, Portugal, Reino Unido, Estados Unidos, Polonia, Italia, Escocia).

La participación en la peregrinación puede hacerse también en familia (con niños de todas las edades y un recorrido más corto) o como voluntario que presta determinados servicios antes, durante y después de la Peregrinación (Liturgia, cantos, sanitarios, transporte, montajes, cocina, avituallamiento…etc.). Para más información: Nuestra Señora de la Cristiandad | España (nscristiandad.es).

También es recomendable, si no se puede participar de las formas anteriormente citadas, asistir a la Misas tradicionales que en esos días se celebran al aire libre y al acto de culto en la Basílica de Covadonga a la llegada de la peregrinación.

En estos últimos cuatro años, ha sido muchas las personas, principalmente jóvenes, que sin pertenecer a la comunidad de Una Voce Sevilla y su Grupo Joven Sursum Corda, nos han acompañado en tan profunda vivencia espiritual y de hermandad en torno al apostolado de la Tradición Católica, que tan importante es para promover la Misa tradicional en España. Por eso, os animamos de nuevo a participar en la Peregrinación -en cualquiera de las formas- y, si lo deseas, a hacerlo en nuestro Capítulo de Ntra. Sra. de la Antigua. Para ello, debes inscribirte en la siguiente dirección web: Inscripción | Nuestra Señora de la Cristiandad (nscristiandad.es) 

Más información sobre el Capítulo de Una Voce Sevilla: asociacion@unavocesevilla.info

Recuerda que el 1º plazo de inscripción finaliza el próximo 30 de junio. Pasado este plazo y hasta el 15 de julio, el precio se incrementará un 50%.

“El Señor nos llama, decía el pueblo antiguo al salir de Egipto tras de Moisés; iremos a tres jornadas de camino al desierto para sacrificar allí al Señor, nuestro Dios” Éxodo 3,18

¡Peregrina a Covadonga, la Santina te espera!

UNA VOCE SEVILLA

«POR LA VERDAD, LA JUSTICIA Y LA PAZ»: REFLEXIONES SOBRE EL FUTURO DE LA LITURGIA TRADICIONAL

Publicamos esta importante declaración de los organizadores de la peregrinación tradicional de Chartres (publicada en español por Infovaticana), que han estado bajo una fuerte presión de la jerarquía francesa para abandonar la orientación católica tradicional de la peregrinación, que acaba de completar su 43º edición. Esta declaración nos aportan unas importantes reflexiones sobre cual debe ser el futuro del rito Romano tradicional en la Iglesia católica.

Declaración de la Asociación Notre‑Dame de Chrétienté

Las cuestiones planteadas recientemente sobre el uso litúrgico del Vetus Ordo (o liturgia tradicional) durante la peregrinación de la cristiandad son una oportunidad para arrojar luz sobre la historia y el espíritu de nuestra peregrinación, y, más ampliamente, de nuestra familia espiritual vinculada a las «anteriores normas litúrgicas y disciplinarias de la tradición latina»¹.

Lamentamos que esta controversia se haya planteado pocos días antes de la peregrinación, con exigencias inéditas en un momento en que todos nuestros equipos se encuentran claramente en un periodo de intensa actividad con los preparativos finales de este gran evento espiritual. Pero, sobre todo, lamentamos que esto pueda oscurecer el mensaje esencial que busca transmitir la peregrinación a nuestros contemporáneos: este magnífico testimonio público de fe, gozoso y penitente, de una cristiandad sostenida por la esperanza del Reino de Cristo y deseosa de proclamar a Cristo en un mundo que se ha alejado de Él.

Lamentamos que no hayan prosperado propuestas de reunión planteadas hace meses. Esta falta de diálogo abierto y directo es preocupante. Nuevas restricciones —nunca antes impuestas desde el Motu Proprio Traditionis Custodes— se nos presentan ahora, sin esperar las directrices del nuevo pontificado sobre la delicada cuestión del lugar de la liturgia tridentina en la Iglesia, pues de eso se trata en realidad.

Quizás estemos, en efecto, ante un kairos, un momento especial que debemos aprovechar para superar disputas vanas y buscar juntos la paz que el Papa León XIV invocó el día de su elección, fruto del Espíritu Santo, que sabe superar los aparentes bloqueos:

«Sana nuestras heridas; renueva nuestra fuerza… Doblega el corazón y la voluntad obstinados… Guía los pasos extraviados» (Secuencia de Pentecostés).

Este es el sincero deseo expresado por la Asociación Notre-Dame de Chrétienté al desarrollar las siguientes reflexiones.

Un malentendido mediático

Una cierta simplificación mediática sugiere que todo se reduce a permitir o no que ciertos sacerdotes celebren el Novus Ordo para sus misas privadas durante la peregrinación. Pero ese no es el verdadero problema. Las cartas recibidas por la asociación son claras: se nos pide transformar a fondo el espíritu de nuestra peregrinación tradicional, haciendo del Novus Ordo la norma y del Vetus Ordo la excepción tolerada, sujeta a la autorización del obispo local o del Dicasterio para el Culto Divino.

Desde hace cuatro años, se exige este mismo cambio a toda nuestra familia espiritual, mal llamada «tradicionalista». Esta controversia, que podría parecer menor, debe comprenderse en el contexto de otros hechos que no hemos hecho públicos para no dificultar el diálogo con las autoridades jerárquicas.

Este año, para la peregrinación de Chartres, y para muchos peregrinos de diferentes regiones de Francia, se han multiplicado las restricciones al uso de la liturgia tridentina, con el fin de frenar el notable dinamismo de los apostolados que desean servir a la evangelización misionera de estas regiones. En algunas diócesis, el acceso a ciertos sacramentos según el rito antiguo está limitado o incluso prohibido.

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La amplitud de estas restricciones varía según la buena voluntad del obispo local, lo cual demuestra que es posible una interpretación tolerante del Traditionis Custodes. En otras diócesis, sin embargo, llueven decretos y prohibiciones, con una frialdad jurídico-canónica alejada del «cuidado pastoral y espiritual de los fieles» que evoca el mismo texto (art. 3 § 4).

Lo que se nos dice ahora, en efecto, es que la liturgia tridentina, en su unidad ritual, sacramental y espiritual, es un mal, una anomalía, de la que la Iglesia debe sanar y purificarse.¹

La fidelidad probada

«No se puede estar en comunión con la Iglesia si no se adopta el Novus Ordo, sea parcial o totalmente. Dura lex, sed lex. Obedezcan: la Iglesia ha hablado». Pero nosotros recordamos otra afirmación confiable de la Iglesia, que es además una promesa, en la cual nuestra familia espiritual ha depositado toda su confianza.

En 1988, cuando Mons. Lefebvre consagró cuatro obispos contra la voluntad de Roma, los organizadores laicos de la peregrinación de la cristiandad tomaron la dolorosa decisión de separarse de ese camino para permanecer en unidad visible con la Santa Sede. Fue en nombre de la unidad de la Iglesia —de la que hoy se nos acusa de atentar— que estos laicos y sacerdotes, profundamente apegados a la enseñanza tradicional de la fe, se dirigieron a San Juan Pablo II. Aquel día, el Santo Padre les dijo que su apego era “legítimo”; habló de la belleza y riqueza de ese tesoro de la Iglesia; y para honrar ese gesto filial, prometió garantizar y proteger, de forma amplia y generosa, las aspiraciones de los fieles apegados a las formas litúrgicas y disciplinares anteriores de la tradición latina, sin otra condición que el reconocimiento del Concilio Vaticano II y la validez del Novus Ordo

La Iglesia católica, teniendo en cuenta a las personas y su historia, nos dijo que al elegir la liturgia tridentina como camino auténtico de santificación, estábamos en comunión con la Iglesia. No podemos dudar de esta afirmación, cuyo valor permanece porque trasciende las circunstancias históricas dolorosas de 1988.

Incluso hoy, pese a numerosas injusticias, nuestra familia espiritual conserva una esperanza serena en las palabras de la Iglesia, de la que ha aprendido que, como cuestión de justicia natural, pacta sunt servanda (los pactos deben cumplirse). Se nos dice que hemos roto ese pacto endureciendo nuestras posiciones y rechazando manos tendidas. Pero desde 1988 no hemos cambiado nada en ese delicado equilibrio entre fidelidad a la Sede de Pedro y apego a la enseñanza tradicional de la Fe.

¿Qué es ese “apego”?

Poco se ha prestado atención a en qué consiste exactamente ese “apego” a la enseñanza tradicional de la Fe. Algunos lo minimizan, reduciéndolo a una sensibilidad, una categoría política, una nostalgia temerosa o un miedo a la modernidad. Otros lo exageran, acusándonos de hacer de la liturgia un fin en sí mismo.

Sin embargo, los peregrinos sabemos que el fin es el Cielo, que no debe confundirse con el camino que conduce a él, y que existen muchos caminos al santuario de la paz eterna. Creemos en la importancia y el valor intrínseco de las mediaciones en el orden de la salvación. Creemos en la libertad de los hijos de Dios para usar las riquezas que la Iglesia ha ofrecido durante 2000 años según sus necesidades y prudencia.

Para nuestra familia espiritual, la liturgia tradicional es el entorno sobrenatural para nuestro encuentro con Cristo. Sus palabras, sacramentos, Misa, oficios y catequesis han sido para muchos de nosotros la materia prima de nuestra fe, vehículo de la gracia, lengua materna para hablar con Dios y escucharlo.

Para otros, ha sido una causa providencial de conversión o renovación radical de la fe. Para muchos sacerdotes, esta liturgia se ha vuelto “visceral” en sentido bíblico, penetrando cada fibra de su ser sacerdotal. No es sentimentalismo estético, sino vida, aliento, expresión encarnada de la fe. Quienes creen que el cristianismo es religión de la Encarnación entienden que estas mediaciones no son accidentales ni intercambiables por decreto.

El peregrinaje, testimonio público

La peregrinación es un lugar dentro de la Iglesia donde laicos y sacerdotes experimentan esta atmósfera y lenguaje particular. Pero también es una magnífica oportunidad para que unos 19.000 peregrinos ofrezcan un testimonio radiante de la fe católica² y de su fervor espiritual, mediante procesiones, adoración, confesiones y Misas.

Es un espacio de fraternidad cristiana internacional, de vida en capítulos, encuentros, desapego, penitencia gozosa. Es donde se vive la cristiandad, convencidos de que es urgente promover la realeza social de Cristo sobre las sociedades temporales. Esta armonía no es un fin en sí misma, pero sus frutos espirituales lo demuestran.

Se nos recuerda que los laicos no tienen autoridad litúrgica, pero tienen derecho a fundar asociaciones, invitar y elegir temas para su apostolado: la renovación cristiana del orden temporal (*Apostolicam actuositatem*, 7). Citamos este texto del Vaticano II, que reconoce la autonomía del apostolado laico y sus opciones, protegiéndolo del clericalismo. No engañamos a nadie; sabemos que estas cuestiones no son universales. Pero la peregrinación de Chartres no es para todos los cristianos.

Nunca aspiramos a ser una respuesta universal. Estamos sorprendidos por su acogida. Afortunadamente, coexisten otras iniciativas eclesiales que complementan nuestra espiritualidad, con dinamismo misionero o caritativo.

Criando con otras expresiones de fe, pero sin diluir nuestras particularidades, porque la unidad del Verbo encarnado es demasiado rica para un solo lenguaje. Como dijo un teólogo ajeno a nuestra escuela: “Nada es más contrario a la verdadera unidad cristiana que la búsqueda de la unificación…”³

La libertad de una lengua espiritual

Esta expresión particular de la fe en Chartres está siendo asfixiada hoy por una violación de la conciencia. Sabemos el daño cuando se priva por la fuerza de la mediación connatural y sensorial. Eso ocurrió en 1969. Nada es más violento espiritualmente que decirnos que nuestro “lenguaje” solo puede hablarse en circunstancias excepcionales en el corazón de Chartres. O escucharlo sospechado de herejía, inválido, prohibido. Todo eso se nos ha dicho.

Pocos valoran el valor intrínseco de la liturgia tradicional y sus beneficios durante tres días. Nuestra especificidad es minimizada, incluso negada, considerada trivial o incidental, se nos presenta como una fijación generacional: “Los jóvenes no vienen por esto”.

Sin embargo, esto es lo que ofrecemos durante tres días desde hace 43 años, y no obligamos a nadie. Escuchar que una Misa según el Vetus Ordo puede ser sustituida por una Misa en latín ad orientem con incienso y canto gregoriano revela el desprecio hacia nuestra riqueza espiritual.

Se nos dice que la peregrinación será plenamente «de la Iglesia» cuando se abra al Novus Ordo. Lo recibimos con la misma violencia que una minoría a la que se le dice que solo será aceptada si renuncia a su cultura. Estamos convencidos de que la Iglesia puede proteger identidades minoritarias en nombre de la justicia natural y el respeto a las personas y culturas³.

No queremos cambiar la peregrinación, sino conservar su alma

Contrariamente a lo escrito, no imponemos restricciones litúrgicas en la peregrinación: ya hemos sufrido bastante. Pero queremos que siga siendo un lugar donde se ame y promueva la liturgia tradicional, especialmente por los organizadores y sacerdotes.

Este año, varios sacerdotes han manifestado su alegría por aprender esta liturgia para venir. Les pedimos:

  • Servir a todos los peregrinos, no solo a sus fieles.
  • Respetar el espíritu de estos tres días centrados en la Cristiandad y la liturgia tridentina.

Les solicitamos que se unan al espíritu de amor y celebración de estos tesoros espirituales, y no que intenten cambiar la peregrinación. Distinguiendo entre quienes rechazan estos principios —y no vienen por propia iniciativa— y aquellos que los aprecian pero aún no pueden celebrar el rito tridentino, por falta de tiempo o prohibición. Para estos últimos hemos ofrecido soluciones de hospitalidad litúrgica.

Tradición, Cristiandad, Misión

Si estamos apegados a los métodos tradicionales no es solo por apego emocional, sino porque reconocemos que la Iglesia atraviesa una grave crisis doctrinal y litúrgica. Esto plantea una dificultad: la existencia de comunidades tradicionales puede parecer un “reproche viviente” a otros métodos a los cuales se nos quiere asimilar.

Aclaramos: aceptamos plenamente el Concilio Vaticano II y el magisterio reciente. Lo estudiamos e interpretamos, según Benedicto XVI, a la luz de la Tradición, rechazando interpretaciones erróneas de pasajes conciliares ambiguos.⁴ No queremos ruptura entre Iglesia “pre” y “post” conciliar. Creemos en una Tradición viva y en el desarrollo orgánico del dogma, pero la Iglesia no puede alterar doctrina esencial en nombre del progreso.

Muchos peregrinos, incluso jóvenes, reconocen no haber recibido formación doctrinal, se sienten una generación sacrificada, con la fe oculta, y vienen en busca de respuestas claras. Este kairos requiere valorar y superar esta crisis de transmisión de la fe, porque la unidad de la Iglesia es primero unidad en la fe.⁴

Un rito no puede ser barrido por decreto

Litúrgicamente, reconocemos que la Misa de Pablo VI es plenamente válida y santificadora —como Carlo Acutis—. Sin embargo, siempre hemos expresado nuestras preocupaciones sobre el empobrecimiento expresivo de ciertas verdades en el Novus Ordo y sobre la reforma concebida más como construcción que desarrollo orgánico, según el cardenal Ratzinger.⁵

Desgraciadamente, en muchas celebraciones faltan los requisitos de la constitución Sacrosanctum Concilium, que sí se conservan en el rito antiguo. Como dijo Benedicto XVI, “la crisis actual de la Iglesia se debe en gran parte a la desintegración de la liturgia”. Esta es una razón principal para elegir y promover la liturgia tridentina en la peregrinación.

Una comunión viva y diacrónica

Muchos peregrinos participan de ambas formas del rito romano en sus parroquias y diócesis. Al mismo tiempo, otros manifiestan su dificultad espiritual con la nueva liturgia y la indignación ante abusos litúrgicos sin condena. Para un sector de cristianos, la nueva liturgia no es su lengua para hablar con Dios ni para escucharlo. Esto no cambiará con la fuerza.

¿Es una tragedia? No. La Iglesia cuenta con más de 20 ritos litúrgicos distintos, todos válidos para el encuentro con el Dios invisible. La unidad de la Iglesia nunca ha temido la diversidad.

Confiamos en la Iglesia

Iniciamos este nuevo capítulo con confianza en la bondad de nuestra Madre Iglesia y en la solicituid del Santo Padre. Creemos en el diálogo verdadero y respetuoso, que puede dar frutos. No queremos formar una Iglesia aparte. Solo pedimos servir a la Iglesia con nuestra identidad, apego y lengua materna.

Como decía el padre Coiffet en 1988: “No somos nosotros quienes salvaremos a la Iglesia; es la Iglesia la que nos salvará”. Con este espíritu acogimos el llamado del Papa León XIV a las Iglesias Orientales: “Conservad vuestras tradiciones sin diluirlas”.⁶

Quizá sea una vía para reconocer a nuestra familia espiritual un estatuto que desbloquee esta situación.

¿Y si la tradición fuera condición de comunión?

No se trata solo de proteger minorías por caridad. Planteamos esta pregunta:

¿Y si preservar la liturgia tradicional y proteger los lugares donde se aprecia fuera esencial, incluso indispensable, para la comunión de la Iglesia consigo misma?

Esta “comunión diacrónica” con el pasado fue central en el pensamiento de Benedicto XVI y quizá la razón teológica principal del Motu Proprio Summorum Pontificum.⁶

Hasta entonces, rezamos para que Nuestra Señora de la Buena Esperanza nos libre de la amargura y dureza de corazón, y nos mantenga en la alegría de servir a Cristo y su Iglesia. Las pruebas y contradicciones acompañan al peregrino; también la tentación de abandonar. Pero no queremos abandonar la única columna: la Iglesia que marcha hacia el Santuario deseado.

Nuestra reunión es única. A veces inquieta, habla un idioma peculiar y se expresa con voz fuerte, pero tiene su lugar en la inmensa peregrinación de la cristiandad. Quiere proclamar a Cristo con sus pilares: Tradición, Cristiandad, Misión. Para algunos, estos son su vínculo vital con Jesús. Por ellos pedimos que se cumpla la promesa de Juan Pablo II a nuestra familia espiritual. Y el día que dejemos de proclamar a Cristo para hablar de nosotros, se nos prohibirá: lo habremos merecido.

“Todos en la Iglesia deben conservar la unidad en lo esencial. Pero que todos, según sus dones, disfruten debida libertad, en sus formas de vida espiritual, diferentes ritos litúrgicos o elaboraciones teológicas. En todo prevalezca la caridad…” (Vaticano II, Unitatis Redintegratio 4, §7).

Asociación Notre-Dame de Chrétienté

7 de junio de 2025

(Original en francés)


[1]
 Juan Pablo II, Motu proprio Ecclesia Dei, 2 de junio de 1988.

[2] Juan Pablo II, Motu proprio Ecclesia Dei, 2 de junio de 1988 y Memorándum de entendimiento del 5 de mayo de 1988.

[3] Y. de MONTCHEUIL, « La liberté et la diversité dans l’unité », dansL’Église est une, Hommage à Moehler, éd.P. Chaillet, París, Bloud et Gay, 1939, p. 252.

[4] Como el Magisterio ha repetido en múltiples ocasiones: CIC 2105 sobre la libertad religiosa; nota de la CDF del 7 de julio de 2007 sobre la «subsistit in«; la declaración «Dominus Jesus» de la CDF del 6 de agosto de 2000 sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia.

[5] J. RATZINGER, Ma vie, Souvenirs 1927-1977, París, Fayard, 1997, p.134-135.

[6] J. RATZINGER, Discurso al final de las conferencias litúrgicas de Fontgombault (22-24 de julio de 2001), publicado en Une histoire de la Messe, por un monje de Fontgombault, La Nef, 2003: «Para subrayar que no ha habido una ruptura fundamental, que la continuidad y la identidad de la Iglesia permanecen intactas, creo que es esencial mantener la posibilidad de celebrar según el antiguo Misal como signo de la identidad perdurable de la Iglesia. Esta es la razón fundamental para mí: lo que hasta 1969 era la liturgia de la Iglesia, lo más sagrado para todos nosotros, no puede convertirse después de 1969 – con un positivismo increíble – en la cosa más inaceptable […]. No cabe duda de que un rito venerable como el rito romano vigente hasta 1969 es un rito de la Iglesia, un tesoro de la Iglesia y, por tanto, debe ser conservado en la Iglesia».

ARTÍCULO: EL REGRESO A LA SEMANA SANTA ANTERIOR A 1955

En este tiempo litúrgico de Semana Santa publicamos un interesante artículo escrito en el año 2021 por el profesor Peter Kwasniewski y traducido recientemente al español por el blog ´Una católica (ex) perpleja´, titulado: «El fin de setenta años de exilio litúrgico: el regreso de la Semana Santa anterior a 1955»

«¿Quién dará de Sion la salvación de Israel? Cuando el Señor haya apartado la cautividad de su pueblo, Jacob se regocijará e Israel se alegrará (Salmo 13:7). En el año 586 a. C., los judíos de la antigüedad fueron expulsados violentamente del Templo de Jerusalén y de su culto de sacrificio, y conducidos al exilio, donde sólo conservaban recuerdos de su culto divino tradicional. Setenta años después, en el año 516 a. C., comenzaron a regresar a la tierra de sus padres, aquellos que, escuchando a Esdras, anhelaban la verdadera adoración y estaban dispuestos a hacer una nueva vida en la antigua tierra.

En 1951, el 9 de febrero, la «nueva y mejorada» Vigilia Pascual de Pío XII se puso en marcha por primera vez «ad experimentum», una sencilla frase en latín que se haría cada vez más común a medida que el Vaticano tratara cada vez más la sagrada liturgia como un espécimen de laboratorioAunque el camino para esta drástica innovación fue allanado por la manipulación sin precedentes del venerable salterio romano por parte de Pío Xes correcto decir que 1951 marcó el comienzo de ese vuelco de la liturgia eucarística del rito romano que culminó dieciocho años después en el rito papal moderno de 1969, que, solo mediante un cierto esfuerzo imaginativo legal, puede llamarse el rito romano tal como se había conocido en la historia.

Sin embargo, el año 2021 parece ser el año en el que Roma (entendiendo aquí como aquellos que están discretamente a cargo de los asuntos relacionados con el usus antiquior) ha hecho un guiño global a aquellos que quieren utilizar la Semana Santa anterior a 1955 y, de hecho, recuperar las prácticas anteriores a 1955 de manera más general. No se está dando ningún permiso expreso, porque no se necesita para lo que es inmemorialmente sagrado y grandioso. Los católicos de rito romano, en pequeños grupos, aquí y allá, están regresando al templo litúrgico después de setenta años de exilio.

En su sermón del Domingo de Pasión (21 de marzo de 2021), el canónigo Francis Xavier Altiere, ICRSS, dijo lo siguiente:

«Recordaréis que el domingo de Septuagésima hablamos del exilio babilónico y del simbolismo del número 70. Escuchamos cómo los judíos sufrieron mucho por la suspensión de su culto tradicional cuando ya no pudieron frecuentar el Templo. Podemos tomar prestada esta analogía para hablar de nuestro propio culto católico, porque este año se cumple el 70 aniversario del inicio de la demolición gradual del rito romano [de la misa]. Sabéis que la nueva misa se introdujo en 1969, y probablemente sepáis que en 1955 se introdujo una nueva versión de las ceremonias de la Semana Santa, pero el primer globo sonda llegó en realidad en 1951, con la introducción de una nueva Vigilia Pascual experimental. De hecho, para los artífices de la reforma, este nuevo rito se consideró claramente como el primer paso de un proceso más largo, porque años más tarde, cuando promulgó un misal totalmente nuevo, el papa Pablo VI recordó esto y dijo: «El inicio de esta renovación fue obra de nuestro predecesor Pío XII, en la restauración de la Vigilia Pascual y del Rito de la Semana Santa, que constituyeron la primera etapa de la actualización del Misal Romano para la mentalidad actual» (Missale Romanum, 3 de abril de 1969). Mi propósito esta mañana no es hacer una crítica detallada de estas reformas, sino simplemente dar por sentado que, en lugar de «actualizar» la sagrada liturgia a los horizontes limitados de la mentalidad actual —sea lo que sea que eso signifique—, deberíamos apreciar los tesoros que hemos recibido de la tradición y tratar de adaptar nuestros pensamientos a ellos en su lugar. El hombre moderno está moldeado por la tecnocracia, por lo que si queremos obtener más frutos de la liturgia, debemos intentar que nuestras mentes se muevan en otro plano que nos es algo ajeno: el mundo del simbolismo».

A veces la gente todavía se pregunta por qué creemos que hay libertad para celebrar las ceremonias anteriores a 1955. La respuesta, para decirlo de manera sucinta, es que uno tiene que saber interpretar los «signos de los tiempos», como, muy notoriamente, nos pidió el último Concilio. Por ejemplo, durante tres años el PCED/CDF «dio permiso» al ICKSP y al FSSP para hacer el pre-55. Este año no se concedió permiso, no porque se negara, sino porque el CDF ya no quiere microgestionar estas cosas. Se puede deducir del Ordo impreso de 2021 (escrito en latín, por supuesto: el lenguaje de códigos definitivo de hoy), que incluye muchos pre-55ismos, aunque sin explicación de por qué están ahí; se puede ver en la tendencia de las respuestas que se han dado a consultas individuales en los últimos años; se puede ver en el hecho de que la Santissima Trinità dei Pellegrini en Roma, a tiro de piedra del Vaticano, lleva mucho tiempo haciendo y ha estado haciendo ceremonias pre-55, celebradas por obispos y cardenales. El Vaticano es muy consciente de que todo esto está sucediendo y lo permite, para algunos funcionarios, presumiblemente, por acuerdo y simpatía; para otros, porque no quieren la mala publicidad de una pelea o la inconveniencia de una intervención.

Sacerdotes y fieles de todo el mundo disfrutaron de la riqueza y el esplendor de las ceremonias de la Semana Santa anteriores a 1955 en mayor número que nunca, y sin duda podemos esperar que aquellos que lo han experimentado nunca desearán volver atrás. Aquellos que dudan por escrúpulos sobre el «permiso» deberían reflexionar sobre la triste suerte de la liturgia en las últimas décadas. Se han sucedido una mala decisión tras otra, en gran detrimento de los fieles, y a menudo en contra de la tradición ininterrumpida (por ejemplo, el intento de Pablo VI de desmantelar las órdenes menores y el subdiaconado, o el permiso de Juan Pablo II para las monaguillas, o el permiso para la comunión en la mano, que fue extorsionado por la desobediencia y tolerado por la cobardía y la fe tibia). Se podrían dar demasiados ejemplos de casos en los que se ha concedido permiso para cometer abusosmientras que se prohibía lo que es «sagrado y grande»La admisión de Benedicto XVI de que el usus antiquior nunca había sido derogado, contrariamente al modus operandi de todos sus oponentes durante décadas, debería ser suficiente para hacernos escépticos geniales sobre la línea «oficial».

Por el contrario, ningún católico puede creer con razón que una tradición inmemorial y venerable tiene que «justificarse» ante un tribunal de justicia. Lleva en sí misma su propia justificación para existir, porque nos la ha dado la generosidad de la Providencia y ha sido recibida y celebrada por innumerables católicos durante siglos, incluso milenios. ¿Podría alguien tomar en serio la propuesta de que una Semana Santa remodelada que no duró ni siquiera 14 años tiene mayor derecho a existir o a ser utilizada que las ceremonias que se han celebrado de forma ininterrumpida durante 500 o 1000 años o incluso más? Sí, la jerarquía de la Iglesia tiene la responsabilidad de regular estas cosas, pero el objetivo de regular la liturgia es garantizar que nos llegue intacta en su esplendor, no estrangularla o masacrarla. La autoridad se otorga para el bien común, no para el bien privado de sus detentadores, o para la promoción de filosofías extrañas.

En resumen: quien piense que se requiere un permiso explícito para la Semana Santa anterior a 1955 aún no ha comprendido la naturaleza de la tradición y los derechos inherentes a la costumbre inmemorial o los límites de la autoridad papal y curial.

En mi conferencia «El rito romano de una vez y para siempre: lo que perdimos de 1948 a 1962 y por qué deberíamos recuperarlo hoy» (libro en español disponible en Amazon), dedico la sección final a explicar por qué no es necesario ningún permiso para recuperar elementos como la Semana Santa, la verdadera Vigilia de Pentecostés, la octava del Corpus Christi, la octava de los Santos Inocentes, las casullas dobladas y las estolas anchas, las oraciones múltiples, la duplicación de las lecturas por parte del sacerdote, la recitación del Credo en varias fiestas y el uso de Benedicamus Domino en las misas sin Glorias (este enlace le llevará directamente a esa sección). Como he señalado, casi nadie en la actualidad, incluida la SSPX, sigue todas las rúbricas de 1960 cuando celebra con el misal de 1962, por lo que una «perfecta conformidad con la legislación» no se ha logrado ni se ha logrado nunca, ni habría ninguna razón de peso para intentarlo, especialmente ahora, con la perspectiva de la naturaleza de los cambios y la justificación (por no hablar del personal) que hay detrás de ellos.

Aquellos que objetan que «estamos tomando las cosas en nuestras propias manos y eso no nos hace mejores que los autores de otros abusos litúrgicos» están haciendo un paralelismo falsoUna cosa es reclamar una herencia que ya estaba fijada, especificada, reverente y santa (como la Semana Santa anterior a 1955); y otra muy distinta es desmantelarla, experimentar con ella o someterla a agendas políticas, como ocurre todo el tiempo con la plétora de abusos del Novus Ordo. En general, los argumentos basados en un modelo de «talla única» suelen fracasar. Se podría pensar, en un ámbito diferente, en el argumento de John Courtney Murray y otros de que la Iglesia debe tener una política coherente de libertad religiosa en lugar de pedir libertad de acción cuando sus miembros son minoría, pero ejercer su autoridad sobre la sociedad cuando sus miembros son mayoría. Eso es una tontería. Por supuesto que debe ejercer su autoridad cuando pueda y exigir libertad cuando no pueda. Las religiones falsas serán igualmente incoherentes en la medida en que también crean en afirmaciones de verdad absoluta (pensemos en el islam, que es «pacífico» cuando está en minoría y militante cuando está en mayoría), y deben ser rechazadas en cualquier caso como proveedoras de error y causas de naufragio espiritual.

En la práctica, nunca es demasiado pronto para empezar a pensar en la Semana Santa del año que viene, de modo que puedas tener un calendario para dar los pasos necesarios para celebrar las ceremonias solemnes anteriores a 1955. Por ejemplo, es posible que desees conseguir tu tricereo o triple vela, y asegurarte de que tendrás las casullas y estolas adecuadas. Por suerte, cada vez hay más vídeos de alta calidad de las ceremonias anteriores a 1955 (y se añaden más constantemente, ¡es difícil estar al día!), para que el clero y sus maestros de ceremonias puedan estudiarlos con antelación, lo que suele ser mucho más útil que las sesiones nocturnas con los ojos cansados con manuales de rúbricas. Algunos ejemplos de estos vídeos:

El Instituto de Cristo Rey Sacerdote Soberano ha publicado un vídeo titulado «La Semana Santa anterior a 1955: un tesoro litúrgico, espiritual y cultural». Taylor Marshall y Timothy Flanders debatieron el tema en una larga y amplia conversación aquí, aunque debo señalar que debemos tener cuidado de no exagerar el papel de Bugnini en las reformas de Pacelli; parece, por desgracia, que estas reformas fueron respaldadas por varias personas con ideas afines y que el joven Bugnini en ese momento era más un fanático y un portador de agua para ellos que un siniestro intrigante (véase «Holy Week Reforms Revisited — Some New Materials and Paths for Further Study», de Dom Alcuin Reid, en Liturgy in the Twenty-First Century: Contemporary Issues and Perspectives [Londres/Nueva York: Bloomsbury, 2016], 234-59). Lo cual no quiere decir que no fuera un siniestro intrigante más adelante…

Los lectores también deberían familiarizarse con dos excelentes sitios web que, aunque se superponen en cierta medida, no son redundantes en sus recursos: «Restore the 54» y «Pre-1955 Holy Week Resources».

Al recordar mi vida en el movimiento tradicionalista, me alegra pensar en las acuciantes preguntas que ocupaban a la mayoría de la gente en un momento dado. Allá por la década de 1990, la pregunta era simplemente: «¿Dónde voy a encontrar una misa según el misal de 1962?», ¡cualquier misa, baja, alta, legal, incompleta o lo que sea! Luego, en la década de 2000, se empezó a oír con más frecuencia hablar de misas pontificias aquí y allá, de ordenaciones y otros ritos sacramentales. Después de julio de 2007, el tema dominante se convirtió en el clero diocesano aprendiendo la Misa y hasta retomando el breviario preconciliar. En la última década, me parece que el movimiento se está ampliando para incluir la Semana Santa anterior a 1955 y otras riquezas perdidas bajo Pío XII. Predigo que en los próximos años, la recuperación del «Breviario de las Eras» (una mala traducción de «the Ages», «de siempre»), como lo llama el obispo Athanasius Schneider, será un asunto de creciente importancia.

En cualquier caso, ahora mismo el tema candente ya no es «¿deberíamos celebrar la Semana Santa anterior a 1955?», que es una cuestión obvia para aquellos que se han tomado el tiempo de estudiar la cuestión, sino «¿a qué hora del día deberían celebrarse?».

CALENDARIO TRADICIONAL 2025 (Digital)

Desde el año 2010, coincidiendo con la antigua tradición católica en la Epifanía del Señor, de anunciar solemnemente en las Catedrales e iglesias distinguidas la Pascua y las principales fiestas litúrgicas del año, la comunidad de Una Voce Sevilla pone a disposición de los fieles el calendario litúrgico del rito Romano tradicional en formato PDF correspondiente al año del Señor que acaba de comenzar.

En esta ocasión, hemos querido dedicar la portada del calendario a una de las cuatro postrimerías, la muerte, con un óleo sobre lienzo del pintor sevillano  Virgilio Mattoni de la Fuente, titulado: «Las postrimerías de Fernando III el Santo«, que se produjeron en la ciudad de Sevilla el día 30 de mayo de 1252. Cuadro que se encuentra en la pinacoteca del Museo del Prado (Madrid), existiendo una copia en el Real Alcázar de Sevilla.

Corresponde al Calendario Romano General del Missale Romanun de 1962, en latín, extraído del más amplio y completo que publica la Federación Internacional Una Voce en su web, para que pueda ser consultado y usado por los sacerdotes y seglares que celebran o asisten, respectivamente, a la Santa Misa tradicional o rezan el Breviarium Romanum en cualquier parte del mundo, aunque nos hemos permitido indicar al pie de cada mes, junto a las antífonas de la Santísima Virgen, las variaciones correspondiente al calendario común para todas las diócesis de España.

Como novedad, este año hemos señalado en el calendario los día de ayuno y abstinencia que prescribe la Iglesia.

PARA DESCARGAR GRATIS PINCHAR AQUÍCALENDARIO LITURGICO TRADICIONAL 2025 UNA VOCE SEVILLA

SOBRE EL CATECISMO CONTRARREVOLUCIONARIO DE MONS. SCHNEIDER (y IV)

Finalizamos con esta cuarta parte, los artículos publicados por don LUIS LÓPEZ VALPUESTA dedicados al interesante libro del obispo Athanasius Schneider titulado «CREDO. COMPENDIO DE LA FE CATÓLICA», y en concreto a la parte que aborda los Sacramentos y el Culto, titulada: «El culto divino: Ser santo»

Como explica a continuación «los actos de culto incluyen todos los medios de santificación, es decir, todas las formas en que honramos a Dios y nos santificamos» (III,1,2). Esos medios son la oración (entramos en comunión con Dios y suplicamos su Gracia), los sacramentos (que significan y producen esa misma Gracia), y la liturgia o el culto público de la Iglesia (que regula la oración pública y los sacramentos) (III,12,2). Señalaré a continuación algunos puntos importantes o clarificadores:

1º.- ERRORES sobre la GRACIA y la JUSTIFICACIÓN.- Frente al error moderno del naturalismo (exclusión y a veces la negación de todo el orden sobrenatural, lo que implica considerar al hombre y a la naturaleza como autosuficientes, II,1,11-12), Monseñor Schneider afirmará rotundamente la necesidad de la Gracia para elevarnos sobre nuestra condición humana, para disfrutar de la amistad y comunión con Dios y para nuestra salvación. La Gracia es un «don sobrenatural que Dios nos concede gratuitamente -sin que tengamos derecho a ella y sin que Dios esté obligado a concederla- por los méritos de Jesucristo para nuestra salvación o en orden a la realización de alguna tarea» (III,1,5). Aun así, Dios, por su inmensa bondad siempre la concede a todos los hombres para hacer lo necesario en las circunstancias de nuestra vida para alcanzar el cielo, aunque puede «frustrarse si nos resistimos culpablemente a ella» (III,1,23).  «Dios desea que todos los hombres se salven» (1 Tim. 2,4), pero «que correspondamos o no a ese don divino es cuestión de nuestra libre decisión» (III,1,31). Ahora bien, nos advierte Monseñor Schneider que la infidelidad a la gracia puede «disminuir la frecuencia y la fuerza de las gracias que nos dan”. «Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros» (St. 4,8) (III,1,30).

Vinculado con el naturalismo, nuestro autor citará el neopelagianismo«la noción de que el hombre es salvado simplemente por las buenas obras morales, con independencia de su cooperación con la gracia divina y la fe salvadora». Éste es el «error más común acerca de la Gracia en nuestro tiempo» (III,1,15), lo que puede constatarse haciendo una simple encuesta, y no precisamente entre ignorantes de nuestra fe, sino a cristianos que incluso frecuentan los sacramentos. Otro error, opuesto a éste y propio de los protestantes, es la negación de la cooperación humana a la Gracia, pues consideran que «la voluntad libre, sin ayuda de la gracia de Dios sólo puede pecar«. Ese grave yerro de naturaleza antropológica y teológica convierte al hombre en un títere, en un ser indigno sin libertad, y a Dios en un juez injusto que crea a seres humanos para castigarlos eternamente sin relación a sus actos libres pecaminosos. Fue fulminado este dislate en el Concilio de Trento.      

Para describir nuestro paso del estado de pecado al de gracia, se usa el término Justificación (III,2,45). Cada uno de los cristianos debemos ser conscientes (y más aún, llevarlo grabado a fuego en nuestras almas) que «La resurrección del hombre pecador y su paso al estado de gracia divina es un milagro mayor que la resurrección de los muertos a la vida; de hecho, es un milagro mayor que la creación del universo material» (III,1,47).

2º.- LA ORACION CRISTIANA.- La oración «es una elevación de la mente y del corazón a Dios para adorarle, darle gracias, pedirle perdón y solicitar su gracia» (III,3,64).  La importancia de la oración en la vida cristiana radica en el hecho de que «no podemos hacer nada sobrenaturalmente bueno sin ayuda de la gracia de Dios, que debe buscarse mediante la oración» (III,3,75). Por ello Nuestro Señor nos recuerda que «es necesario orar siempre» (Lc. 18,1), «sin cesar»  (1 Tes. 5,17) (III,3,77). Y esta necesidad de oración muestra el orden de la Providencia, pues «Dios da fertilidad a los campos, pero quiere que los labremos y cuidemos; nos da capacidades intelectuales, pero exige que estudiemos; y de manera similar, Dios quiere nuestra salvación, pero con la condición de que nosotros también la queramos, y operemos con su gracia a través de la oración» (III,3,76).

Remito a los espléndidos consejos sobre las circunstancias, características y cualidades de la oración cristiana en (III,3,78-105). Pero quiero destacar especialmente la prelación de bienes que debemos pedir en oración: el primero de todos es «la vida eterna y la caridad sobrenatural que nos conduce a ella». Todos los demás bienes «los deberíamos desear sólo como medios para ganar el cielo» (III,4,88). Por tanto, todas nuestras necesidades temporales de cualquier índole, debemos siempre pedirlas condicionalmente, esto es, si no son obstáculos para nuestra salvación y humildemente, con perfecta sumisión a la voluntad de Dios» (III,4,89). El cristiano debe hacer su oración «en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo (…) pidiendo aquellas bendiciones que Él ha merecido para nosotros y estando profundamente convencidos de que él ora en nosotros» (III,4,92)

Y en relación con este último consejo, un aviso a navegantes de nuestro tiempo. «Cualquier camino de oración que busque la unión con Dios al margen de la sagrada humanidad de Jesucristo, el Verbo encarnado, es incompleto y engañoso: Nadie va al Padre sino por Mí (Jn. 14,6)». (III,4,123). Por lo tanto no debemos practicar formas «cristianizadas» de yoga, zen u otras formas de oración paganas, puesto que «no pueden practicarse de manera segura, ya que están inherentemente vinculadas a una forma falsa de adoración y a los engaños del diablo» (III,4,124). 

3º.- LOS SACRAMENTOS.- «Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios«. Esta cita que nuestro catecismo toma de San León Magno, explica con inmensa simplicidad y belleza que el Señor, tras su vida como hombre, quiso dar continuidad  a esa presencia entre nosotros hasta el fin de los tiempos a través de signos sacramentales. «Éstos son como la humanidad de Nuestro Señor, y las gracias que transmiten son como la Divinidad oculta bajo ella» (III,6,166).  Las razones por las que así lo decidió el Señor las explica magistralmente Santo Tomás, y están recogidas en el catecismo (III,6,167): «1. La condición del hombre, de cuya naturaleza es propio dirigirse a las cosas espirituales e inteligibles mediante las corporales y sensibles. 2. Al pecar el hombre, su afecto quedó sometido a las cosas corporales, y debe aplicarse la medicina donde está la enfermedad. 3. Dado el predominio que en la actividad humana tienen las cosas de orden material, le fueron propuestos al hombre en los sacramentos algunas actividades materiales para que, ejercitándose en ellas provechosamente, evite la superstición como es el culto a los demonios o cualquier otra práctica nociva y peligrosa».

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Son siete los sacramentos, porque «reflejan en el orden espiritual las diversas necesidades de nuestra vida corporal» (III,6,172). Nacemos a la vida sobrenatural por el bautismo; la fortalecemos mediante la confirmación; la alimentamos con la Santa Eucaristía; somos sanados o incluso resucitados si nuestra alma está muerta por el pecado mortal con la penitencia; preparados a la muerte con la extrema unción; gobernados en la sociedad espiritual de la Iglesia con las sagradas órdenes, y fomentamos dicha sociedad mediante el sacramento del matrimonio (III,6,173).

Del capítulo 7 al 13 de esta tercera parte, Monseñor Schneider explicará con detalle cada uno de los siete sacramentos. Me limitaré a recoger aquella parte de su enseñanza que, a mi juicio, más pueden ayudar a disipar los desenfoques y errores actuales sobre cada uno de ellos.

1º.- BAUTISMO.- La importancia del bautismo es tal que «ningún otro sacramento puede recibirse antes del bautismo, no puede repetirse y nadie puede salvarse sin recibir sus efectos santificantes» (III,7,217). Y precisará luego que «aparte de por su signo sacramental ordinario (…) también puede ser recibido (…) mediante el perfecto amor a Dios (el llamado «bautismo de deseo») o el martirio por la verdadera fe (el llamado «bautismo de sangre») (III,7,234). El bautismo nos regenera en Cristo Jesús (III,6,234), borra el pecado original y los pecados actuales (III,7,236) y nos convierte verdaderamente en «una nueva criatura» (2 Cor. 5,17) (III,7,237). 

En una sección de su catecismo se pregunta nuestro autor por el destino de los no bautizados. Es un tema abierto teológicamente, pero del que sí se pueden aventurar algunas conclusiones: 1. Todo caso de salvación extraordinaria sólo y exclusivamente puede tener como causa los méritos de Nuestro Señor Jesucristo (III,7,253). 2. Dios «no consiente, según su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con etenos suplicios si no es reo de culpa voluntaria» (Pío IX, Quanto Conficiamur) (III,7,250). 3. Ningún no bautizado puede rechazar el pecado mortal y cumplir la voluntad de Dios sin su gracia (III,7,251). 4. Desgraciadamente no podemos asumir que haya muchos casos de salvación extraordinaria entre los no bautizados porque el mismo Señor nos advirtió «¿Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y qué pocos dan con ellos (Mt, 7,14). 5. El hecho de que sea posible que los no bautizados sean salvados, no implica que sea probable, por lo que se nos urge a todos los cristianos evangelizar (III,7,254). 6. En el caso de bebés no bautizados, Monseñor Schneider se acoge a la opinión teológica general: si bien no pueden alcanzar la visión beatífica, quizá sean «acogidos en una eternidad pacífica, una especie de visión indirecta o mediata de Dios» (Santo Tomás De malo q.5, a.5) (III,7,258). Aunque el autor no lo recoge, en nuestros días Benedicto XVI dio un argumento en favor de la salvación integral de esas criaturas (incluidas las abortivas) que sinceramente me convenció. Jesús dijo «Dejad que los niños se acerquen a Mí, no se lo impidáis» (Mt. 19,14).  

En cualquier caso, el error central de muchos es pensar que la naturaleza humana tiene derecho a la visión beatífica. Y concluye Monseñor Schneider: «Podemos pedirle a Dios que conceda a esos niños el milagro de la gracia santificante debido a su infinita misericordia, pero su destino en última instancia sigue siendo un misterio que confiamos a la amorosa Providencia de Dios» (III,7,259).  

2º-CONFIRMACIÓN.-  A través de este sacramento instituido por Cristo (Hch. 1,5), se nos otorga el Espíritu Santo con la abundancia de sus dones y hacernos cristianos perfectos (III,8,260). Por lo tanto, este sacramento «fortalece y completa la gracia del bautismo en nuestras almas» (II,8,261). 

Lo más llamativo de esta parte es el juicio severo que el autor hace al pentecostalismo, al Movimiento Carismático o Renovación Carismática. Lo considera -a mi juicio con bastante agudeza- como «un fenómeno nuevo -en cierto sentido una nueva religión- que se asemeja a herejías como el montanismo y que enfatiza la experiencia religiosa carismática, efusiva, sentimental e irracional». En definitiva, «un verdadero peligro espiritual en nuestro tiempo»(III,8,294).

Criticará -con idéntica lucidez- «el apoyo ocasional de miembros de la jerarquía de la Iglesia, que ven el movimiento como una supuesta «nueva primavera» de la Iglesia o una implementación del «espíritu» del Concilio Vaticano II» (III,8,295.) 

Frente a estos desmanes, propondrá la «sobria ebrietas Spíritus«, la ebriedad sobria del Espíritu Santo, un corazón ardiente unido a una mente guiada por la razón (III,8,300), considerando que la verdadera renovación de la Iglesia sólo se producirá «por un retorno a la auténtica y constante Tradición católica» (III,8,304).  El sentimentalismo tóxico, importado de movimientos ajenos a la tradición católica, pudre los cimientos de la fe.

3º.- EUCARISTÍA.- Monseñor Schneider dedica dos partes a este sublime sacramento, que perpetúa el sacrificio de la cruz (III,9,305): la Eucaristía como SACRAMENTO y la Eucaristía como SACRIFICIO. Probablemente sean, junto con las de la liturgia, las páginas más hermosas de todo su Compendio y eso que simplemente se limita a recoger ordenadamente lo que los católicos hemos creído y creemos sobre ese impresionante milagro de amor, que hace arrodillarse de una vez a las miríadas de ángeles del Cielo. No me es posible exponer tal o cual punto y dejar aparcados los demás, por lo que ruego la atenta lectura de esas imprescindibles páginas. 

De hecho, la dignidad de este sacramento hace que Monseñor Schneider critique algunos aspectos actuales de práctica sacramental, por ejemplo la actual consideración de los diáconos como ministros ordinarios de la comunión según el nuevo Código de Derecho Canónico (en contra de la tradición litúrgica de la Iglesia, que los consideraba extraordinarios), o que los laicos a día de hoy distribuyan la comunión de manera habitual en las iglesias (III,9,344-345). Más duro aún es su juicio sobre la denominada comunión en la mano. «Debemos recibir la Sagrada Comunión de rodillas (si nuestra condición física lo permite) y en la boca» (III,9,363); la «práctica actual de la comunión en la mano es espiritualmente dañina y ajena al patrimonio litúrgico católico (…) esa tradición fue inventada por los calvinistas para manifestar su rechazo a las órdenes sagradas y a la transubstanciación» (III,9,364); «atenta contra los derechos de Cristo (…); debilita la creencia y el testimonio en la encarnación y en la transubstanciación (…); facilita el robo y la profanación de Hostias consagradas” (III,9,365). En definitiva, no debería prolongarse el indulto (ordenado por Pablo VI), ni por «necesidades pastorales» ni por un presunto «derecho de los fieles». El único derecho es el «del Señor a tener la mayor reverencia posible» (III,9,366). 

Por último, enjuiciará duramente la prohibición de los ritos de culto público y los sacramentos debido a las preocupaciones sobre la salud pública. «Es una violación de los derechos de Dios y de los fieles, así como una subordinación de la ley suprema de la Iglesia -salus animarum, salud del alma- al cuidado de los cuerpos» (II,14,440).  Sin duda, tenía presente mientras redactaba esta crítica, la decisión -más cobarde que prudente-, de la jerarquía eclesiástica durante la pandemia del COVID, obedeciendo sin rechistar a las autoridades civiles, y sin tener en cuenta que «una prohibición general del culto católico excedería los límites del poder civil y violaría los derechos divinos y de su Iglesia» (II,15,487).

4º.- PENITENCIA.-  Explicó nuestro papa Francisco en 2015 que el sacramento de la confesión no debe ser una tortura para los católicos ni convertirse en un interrogatorio molesto e invasivo. Pero también criticó a confesores que confunden la misericordia con tener manga ancha. Por lo tanto «ni el confesor de mangas largas ni el confesor rígido son realmente ministros de la misericordia«. El primero porque dice al penitente «no hay pecado; el otro, porque le echa en cara que «la ley es ésta». 

Francisco hablaba aquí como un buen pastor que advertía de los dos peligrosos extremos en los que puede caer un confesor. Pero hay otro grave error, esta vez cometido por el fiel que va a confesarse y es pensar que con una mera mención de sus pecados sin arrepentimiento puede obtener el perdón. En realidad, lo que más deseamos los fieles ante este «incómodo» sacramento es alcanzar, además de los efectos sobrenaturales propios del mismo (el perdón de los pecados), «una paz sensible y una serenidad de conciencia» (III,10,476). Y eso sólo se logra, como explica Monseñor Schneider, mediante una confesión donde estemos verdaderamente compungidos de corazón por los pecados y los expongamos con sinceridad y claridad (en número y especie) (III,10,460); de ahí la necesidad de la contrición: «es absolutamente necesaria para la remisión de los pecados mortales, porque sin ella nos mostramos enemigos de Dios, que no puede mostrarnos su amistad si permanecemos impenitentes y obstinados en el mal  (III,10,479). Como recordó Juan Pablo II, «se reprueba cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a solo uno o más pecados considerados más significativos» (III,10,466) 

Por otra parte, el sacerdote debe comportarse «como servidor justo y misericordioso, para contribuir al honor divino y a la salvación de las almas» (III,10,468). Por consiguiente debe conocer e identificar claramente «los pecados objetivamente graves del penitente, porque no es misericordia excusar o mentir sobre el pecado, y mucho menos dejar a los penitentes en estado de pecado debido a la negativa de un sacerdote de hablar como un padre autorizado y un médico atento, tareas confiadas por Cristo a cada confesor» (III,10,467). 

Finalmente, la última parte de esta sección se dedica a los sufragios e indulgencias. Llena de esperanza la certeza de saber que a la hora de nuestra muerte podemos obtener una indulgencia plenaria si «recibimos los sacramentos o, al menos, estamos contritos por nuestros pecados; invocamos el santo nombre de Jesús al menos en nuestro corazón, y aceptamos la muerte con sumisión a la voluntad de Dios y en expiación por nuestros pecados» (III,10,554).

5º.- UNCIÓN de ENFERMOS.- Aparte de advertirnos sobre las «grandes Misas de Sanación” como medio habitual de obtener este sacramento (por el peligro de que el fiel descuide el frecuente sacramento de la penitencia) (III,11,570), lo más relevante del mismo son las disposiciones aconsejables para recibirlo. Éstas inciden, una vez más, en la esencia teocéntrica de la fe cristiana, hoy tan aparcada: «1º.- Una gran confianza y esperanza en Dios, apoyándose en su poder, bondad y misericordia; 2º.- Una sumisión perfecta a su santa voluntad, ya que a los que aman a Dios todo le sirve para el bien (Rm. 8,28); 3º.- La disposición a ofrecer nuestras enfermedades y sacrificios a Dios como penitencia por nuestros pecados y ganar méritos» (III,11,573).

6º.- ÓRDENES SAGRADAS.- Frente a los errores protestantes y de una nueva teología «progresista» que pretende (por vía de hecho) equiparar el Orden Sagrado con el Sacerdocio común de los laicos, Monseñor Schneider citará a Pío XII, en una Alocución de 1954: «Es necesario afirmar firmemente que el sacerdocio común a todos los fieles, por elevado y digno que sea, difiere no sólo en grado, sino también en esencia (…)» (III,12,587).  Como destaca nuestro autor, de acuerdo al Concilio de Trento, el Orden Sagrado es un «sacramento instituido por Cristo, que produce una transformación permanente en el alma de un hombre, haciéndolo partícipe del divino sacerdocio de nuestro Señor, dándole el poder espiritual y la gracia para desempeñar dignamente las funciones sagradas» (III,12,585). En efecto, antes de la Última Cena, «los colocó (a los apóstoles) por encima de los demás discípulos; durante la misma «les dio poder para consagrar su Cuerpo y su Sangre» y, por último, tras la resurrección «les dio poder y jurisdicción para perdonar los pecados, predicar, bautizar y realizar todos los demás deberes sacerdotales» (III,12, 586).

Defenderá la diferencia entre órdenes mayores y menores (III,12,590-595); que «sólo el obispo y el sacerdote» pueden actuar «in persona Christi capitis«, y el celibato como «tradición inmemorial y apostólica»  (III,12,596-598). Aunque no los cita, parece aludir a los «sedevacantistas» cuando afirme «la validez de los nuevos ritos de ordenación introducidos por Pablo VI», dado que siguen siendo los mismos que en la ordenación del Rito Romano Tradicional» (III,12,602).

Por supuesto, rechaza rotundamente con toda la tradición de la Iglesia que una mujer pueda ser sacerdote o diácono. «1º.- Contrario a la Escritura como a la Tradición, ya que nunca se hizo en la Antigua Ley ni en el Nueva. 2º.- Inconsistente con el significado esponsal del sacerdocio, por el cual un hombre representa y extiende la presencia de Cristo, esposo de la Iglesia. 3º.- Opuesto al correcto ordenamiento de los sexos según el cual «la cabeza de todo hombre es Cristo, la cabeza de la mujer es el hombre» (1 Cor. 11,3) y ninguna mujer debe «enseñar y tener autoridad sobre el hombre» (1 Tim. 2,12). 4º.- Imposible, dada la enseñanza infalible de la Iglesia de que las mujeres no pueden ser ordenadas (carta Ordinatio Sacerdotalis de Juan Pablo II). (III,12,634 y 638-639 sobre los diáconos). Las cuatro razones -sobre todo la última- son suficientes para cerrar definitivamente el debate, aunque es de prever que a muchos/as no les guste, sobre todo la tercera.  

Es muy, muy crítico con la inclusión por el papa Francisco en el Código de Derecho Canónico (Canon 230) (2021) de la posibilidad de que mujeres reciban las órdenes menores de lectora y acólita (III,12,645), y lo explica con profundas razones de tradición que todo católico coherente debería meditar (III,12,644). Califica esta novedad como «ruptura grave y manifiesta con la tradición litúrgica ininterrumpida de la Iglesia oriental y occidental» (aunque ya había sido consentida esa práctica por vía de hecho, como también recuerda nuestro obispo, por Pablo VI, Juan Pablo II e incluso Benedicto XVI). Una ruptura, como muchas otras -por ejemplo, la comunión en la mano– que, primero tolerada, con el tiempo alcanza carta de naturaleza. Y añadirá que «en el futuro la Santa Sede sin duda deberá rectificar esa ruptura sin precedentes con la práctica universal de la Iglesia” (III,12,645).   

Cierra esta sección poniendo el ejemplo de la bienaventurada Virgen María quien «a pesar de haber sido la más digna de tal servicio, no hay ningún registro de que la Santísima Virgen María haya hecho (funciones litúrgicas) alguna vez». Y cita a San Epifanio que Chipre, que señala con rotundidad que «no fue del agrado de Dios (que ella fuera sacerdote). Ni siquiera se le confió la administración del bautismo, porque Cristo podría haber sido bautizado por ella y no por Juan» (III,12, 648-649).   

7º.- MATRIMONIO.-  Aunque elevado a sacramento por Cristo, el matrimonio es institución arraigada en el derecho natural que consiste en «la unión conyugal exclusiva, perpetua e indisoluble entre un hombre y una mujer, ordenada a la procreación y a la asistencia mutua entre los cónyuges» (III,13, 650). Como enseña Santo Tomás de Aquino «principalmente es un deber de la naturaleza y fue instituido antes del pecado y no como remedio« (III,13,655). Desgraciadamente, tras el pecado, un San Pablo pesimista propondrá «mejor casarse que abrasarse» (1 Cor. 7,9). 

El fin primero (finis operis) es la procreación y educación de la prole, y el fin secundario (finis operantis) es «la asistencia mutua, el amor mutuo y la cooperación de los cónyuges en el cumplimiento de sus deberes. La experiencia subjetiva de los esposos no cambia ni suplanta el fin objetivo mismo del matrimonio como ha sido declarado por el magisterio constante a lo largo de los siglos” (III,13,656-657).  Triple fin del matrimonio, por lo tanto, es: «1º.- el nacimiento de los hijos y la educación de ellos para la gloria de Dios; 2º.- la fidelidad mutua y 3º.- el matrimonio es un sacramento, o en otras palabras, manifiesta la unión indisoluble de cristo y su Iglesia» (III,13,658).

Es relevante su sección acerca de los «errores sobre el matrimonio»: frente a la novedad de Amoris Laetitia, rebate que «puedan crecer en gracia y caridad aquellos que se han divorciado y luego han contraído un nuevo matrimonio por la ley civil«, pues, dado que nos encontramos en una situación de «adulterio público»«no puede recibir la gracia santificante ni la salvación hasta que se arrepientan y se reconcilien con Dios» (III,13,704); se rechaza el uso de cualquier tipo de anticonceptivos,  incluyendo el abuso del método de la abstinencia temporal (III,13, 705-712); se insiste en la falta de autoridad del poder civil para redefinir la institución matrimonial, así como para introducir el llamado «matrimonio homosexual«, pues se hacen cómplices de «un pecado que clama al cielo  y coloca a la nación en el camino de la destrucción moral o física» (III,13, 714-715). La Iglesia nunca podrá bendecir tales uniones, por contrarias a la ley divina y natural (a pesar de lo que parece pretender Fiducia supplicans) (III,13,716), y ningún católico debe asistir a tales enlaces civiles (III,13,719). 

Finalmente, tratará de los efectos y deberes del matrimonio; de los cónyuges entre sí, de cada uno de ellos y de los padres con sus hijos. El marido es cabeza de familia y debe ejercer una autoridad y liderazgo prudentes, como imagen digna del amor providente y sacrificial de Cristo a su Iglesia (III,13,694). La mujer es el corazón del hogar, debe someterse a su marido como al Señor en las cosas legítimas (Ef. 5,25), mostrándole afecto y amoroso apoyo, desempeñando sus tareas domésticas con devoción y atención, siendo modesta y reservada en su comportamiento y vestimenta» (III,13,695). 

Es evidente que esos deberes propios del matrimonio cristiano son incomprensibles para los no cristianos (y hasta ofensivos dirán algunos), pero también son imposibles e irrealizables para los mismos cristianos sin el auxilio de la gracia. En un matrimonio natural puede existir amor, respeto y fidelidad entre los cónyuges, pero no esa entrega sobrenatural –sometiéndose  unos a otros en el respeto a Cristo (Ef. 5,21)- que lo habilita, por su carácter de sacramento, como un poderoso medio de santificación y futura salvación para ambos. Y además -como señaló León XIII- es un «primer seminario«, «semillero y fundamento mismo de las futuras vocaciones sacerdotales y religiosas» (III,13,722). Por último, la Iglesia, siempre ha elogiado a las familias numerosas, pese a alguna reciente y muy desafortunada comparación zoológica de Francisco (III,13,725). Les animo a leer detenidamente las bellísimas palabras tomadas de Pío XII, con la que cierra este sacramento (III,12,726). 

4º.- LA LITURGIA.- La fuerza de la Tradición católica, que se va desplegando a lo largo de este detallado catecismo, alcanza su cenit ya casi al final  cuando aborda el tema la liturgia. Aquí se pone de manifiesto la innegociable conciencia católica del autor, sabedor de que la liturgia es un misterio que se nos ha dado a los cristianos como un inmenso don. De hecho, para entender adecuadamente su importancia nos debemos remontar hacia su origen, pero ante ese inefable principio inaugural cualquier capacidad humana palidece, y el hombre sólo puede arrodillarse y adorar en silencio: «la liturgia tiene su origen en el eterno intercambio de amor entre las Tres Personas de la Santísima Trinidad, que a su vez, es objeto de incesante adoración en el cielo» (III,15,758).

Esa liturgia celestial -que de manera grandiosa nos describe el Apocalipsis, con adoración, incienso, cánticos y silencio-, fue traída al mundo, bajo la providencia de Dios en la historia, primeramente en el sacrificio mosaico, y luego perfeccionada de manera definitiva por Nuestro Señor Jesucristo en el Sacrificio Eucarístico: «Sumo Sacerdote de la nueva y eterna alianza, Cristo Jesús, al tomar la naturaleza humana introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales« (III,15,763).

Sólo siendo conscientes de lo que estamos hablando cuando tratamos de liturgia -y pocos católicos lo son hoy- podemos deducir dos inevitables corolarios:

El primero es que el fin principal de la liturgia «no es la instrucción o edificación del hombre (…) sino la glorificación de Dios». Así nos lo expresa el Apocalipsis: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos” (Ap. 513). Por supuesto, es también «fuente de instrucción y santificación para los que participan en ella», pero como aspecto subordinado y secundario (III,15,755).

El segundo es que la liturgia «no puede ser fabricada ni decretada; sólo puede recibirse humildemente, protegerse diligentemente y transmitirse con reverencia. Este es el principio apostólico rector: Tradidi quod accepi. Os transmití lo mismo que yo recibí» (1 Cor. 15,3)» (III,15,767). En consecuencia «sólo los ritos tradiciones gozan de esa santidad inherente; es decir, las formas litúrgicas que han sido recibidas desde la antigüedad y desarrolladas orgánicamente en la Iglesia como un solo cuerpo de acuerdo con el auténtico sensus fidelium y el perennis sensus ecclesiae (sentir perenne de la Iglesia), debidamente confirmado por la jerarquía (III,15,766).  Por lo tanto, la jerarquía eclesiástica (no puede) crear a voluntad nuevas formas litúrgicas, pues (…) «la continuidad litúrgica es un aspecto esencial de la santidad y catolicidad de la Iglesia» (III,15,765). 

Enlazando ambos aspectos, Monseñor Schneider considera con gran perspicacia que “la forma más común del culto centrado en el hombre se introduce en la liturgia con los abusos litúrgicos y las innovaciones”, las cuales, «incluso cuando no contienen ninguna falsedad objetiva, tales innovaciones -celebración de la Misa en un estilo protestante semejante a un banquete, como en un círculo cerrado, con bailes, espectáculos, estilos de organizaciones seculares o religiones paganas etc- socavan la Tradición constante de la Iglesia y vulneran los mismos ritos sagrados» (II,12,382-383). Como escribió Nicolás Gómez Dávila: «quién reforma un rito, hiere a un dios».

La Iglesia Católica fue fiel a esa regla a lo largo de la historia, y queda probado con la feroz condena del Sínodo de Pistoya (1786), perpetrado avant la lettre con la finalidad de simplificar los ritos, introducir el vernáculo y proferir en alto las oraciones: «temeraria, ofensiva a los piadosos oídos, insultante para la Iglesia y que favorece las injurias que profesan los herejes contra ella» (Pío VI, Auctorem fidei, 1794) (III,15,770). Todos los papas sentían temor reverencial ante la hipótesis de «suprimir un rito litúrgico de costumbre inmemorial en la Iglesia» (III,15,771), pues como afirmó Benedicto XVI -el añorado papa teólogo de exquisita sensibilidad litúrgica-, «lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial» (III,15,770). 

Monseñor Schneider, además, enlaza la antigüedad del rito (los ritos tradicionales) con su santidad: «sólo los ritos tradicionales gozan de esa santidad inherente» (III,15,766). ¿Se insinúa un déficit de los actuales por las alteraciones litúrgicas introducidas tras el Concilio Vaticano II, especialmente la Nueva Misa? Es mucho suponer, pero llama la atención su significativo silencio ante la innovación del rito romano moderno (introducido por Pablo VI en 1969), salvo una mención crítica en otra parte del catecismo al Ofertorio moderno (al que aludí en un artículo anterior) (I,16,680). 

En cambio, sí defenderá el Rito Romano tradicional ante las burdas acusaciones de «clerical» (por la exclusión de los laicos del presbiterio) y «oscurantista» (por sus silencios y el aroma a misterio que impregna el rito). «El papel propio de los laicos es ser santificados interiormente por los sacramentos y someter todas las realidades temporales al Reinado de Cristo». Y nosotros no somos quienes para juzgar “los misterios sagrados, ante los cuales los santos y los ángeles cubren su rostro (Job. 40,4)(Is. 6,2)(Ap. 7,11) (III,15,775); misterios que “están apropiadamente velados detrás de un iconostasio visual o sonoro, o velo santo como parte de la reverencia que Dios ha ordenado” (Ex. 33,18-33 y 2 Cor. 3, 7-11) (III,15,775).

En suma, Monseñor Schneider reafirma con rotundidad que «no puede prohibirse de forma legítima el Rito Romano tradicional para toda la Iglesia (…) porque este rito tiene su fuente en la Palabra del Señor y en un uso apostólico y pontificio antiguo, junto con la fuerza canónica de una costumbre inmemorial; nunca podrá ser abrogado ni prohibido« (III,15,772). Y “legítimamente los católicos no estamos obligados a cumplir la prohibición de ritos litúrgicos católicos tradicionales» (II,15,484).  

CONCLUSION

Definitivamente, es imposible pensar y sentir en católico sin decir un rotundo «amén» a cada palabra de Monseñor Schneider en su enseñanza sobre la liturgia. 

Corrijo, en todo su Credo; en la totalidad de su Compendio de la fe católica. Por muchas glosas, notas a pie de página, matices e incluso correcciones que hagamos -ya he leído algunas críticas por internet-, se nos ha entregado un monumento de cimentada solidez y, también, de melancólica belleza sobre el catolicismo que nunca debimos perder. Una religión centrada, por encima de cualquier consideración, en la gloria de Dios, a través de Jesucristo, nuestro Maestro, nuestro Rey, nuestro Señor y nuestro Salvador, al que debemos gratitud y fidelidad hasta la misma cruz: «Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesús, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales» (Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium, 83) (III,15,763). 

Esa adoración, que el Cuerpo Místico de Cristo -la Iglesia- hace al Padre especialmente en el Sacrificio de la Misa ratifica nuestra condición de hijos de Dios obtenida en el bautismo, y nos lleva a amar al prójimo con amor sobrenatural (Charitas), y a juzgar el mundo con una lucidez profética, venciendo siempre el desánimo con la virtud de la Esperanza y la certeza inconmovible de la Fe. No hay otro camino, por tanto, que el retorno a ese catolicismo vertical al que nos interpela esta magna obra de Monseñor Schneider, tan alejado del catolicismo horizontal que hoy se destila por casi todas partes. Sólo así podremos comprender con exactitud y vivir con radicalidad esas palabras que escribió San Pablo a los cristianos de Galacia, después de zurrarles de lo lindo precisamente por pervertir el Evangelio de Cristo

«Con Cristo he sido crucificado, y ya no vivo yo, sino que en mí vive Cristo. Y si ahora vivo en carne, vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó por mí» (Gal. 2,20).

LUIS LÓPEZ VALPUESTA

SOBRE EL CATECISMO CONTRARREVOLUCIONARIO DE MONS. SCHNEIDER (II)

Continuamos con el segundo de los artículos publicados por don LUIS LÓPEZ VALPUESTA dedicado al interesante libro del obispo Athanasius Schneider titulado «CREDO. COMPENDIO DE LA FE CATÓLICA»,

I

Monseñor Schneider, en el Prefacio de su Catecismo, justifica su redacción ante el desconcierto de los católicos por el caos doctrinal actualmente reinante:

«Por tanto, me veo obligado a responder a las peticiones de tantos hijos e hijas de la Iglesia que están perplejos ante la extendida confusión doctrinal en la Iglesia en nuestros días. Ofrezco esta obra, Credo: Compendio de la Fe Católica, para fortalecerlos en su fe y servir de guía a la enseñanza inmutable de la Iglesia. Consciente del deber episcopal de ser «promotor de la fe católica y apostólica» (catholicae et apostolicae fidei culturibus), como se establece en el Canon de la Misa, deseo también dar testimonio público de la continuidad e integridad de la doctrina católica y apostólica. Al preparar este texto, mi público objetivo han sido principalmente los «pequeños» de Dios: fieles católicos que están hambrientos del pan de la doctrina verdadera».

En realidad, el objetivo de este libro se abre más allá de este loable propósito y ha sido el Cardenal Robert Sarah, en su carta recomendatoria al inicio, el que nos ha puesto sobre esta pista. En efecto, señala el cardenal que este catecismo «invita a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a profundizar (e incluso, cuando sea necesario, a corregir) su conocimiento de la doctrina católica» (subrayado nuestro). Pero no sólo los fieles, pues como recordará el mismo Catecismo, es posible «reformular para mayor claridad, o incluso corregir, las enseñanzas no infalibles y no definitivas, o los mandatos de un Papa o un concilio». Pues «estos actos reformables son especialmente notables, como algunas afirmaciones del Concilio Vaticano II que son en sí ambiguas y pueden conducir a una compresión errónea»  (I,16,660).  

La reflexión de este santo Cardenal va más allá de superar la ignorancia de los católicos en tal o cual punto de doctrina cristiana, porque para solventarla podemos consultar el -en general-, excelente Catecismo de la Iglesia Católica que Juan Pablo II publicó en 1992. O, en última instancia, acudir a los reconocidos teólogos católicos (los grandes y antiguos, no los mediáticos y modernos). Lo que el cardenal Sarah nos quiere decir tiene que ver con lo que muchos católicos creen de buena fe que es la recta doctrina, y no lo es. Hablamos de un ambiente de confusión causado por la dinámica de ambigüedad en tantos puntos de doctrina (sobre todo moral, pero no sólo), que venimos arrastrando desde el Concilio Vaticano II. Ambigüedad introducida deliberadamente por los teólogos redactores de los documentos conciliares (eso hoy no lo discute nadie) con el perverso fin de que en el futuro se colasen doctrinas que, mostradas de golpe, repugnarían a los «católicos sencillos», pero que en pequeñas dosis acabarían siendo asumidas. Lo que acertadamente se ha denominado «bombas de tiempo».  Y así lleva sucediendo desde el final del Concilio, cada vez con mayor intensidad. 

Contemplemos el pontificado de Francisco, donde varias de esas bombas han estallado a la vez, oscureciendo la doctrina moral y sacramental (Amoris Laetitia o Fiducia Supplicans); la liturgia (Tradiciones Custodes o la implementación de ritos chamánicos/amazónicos) y la recta doctrina  (la calificación como inmoral de la pena capital -en contra de la Escritura, la Tradición y la doctrina de los padres-). Se ha negado a la Bienaventurada Virgen María su papel de corredentora -contra el sentir del pueblo cristiano-, y juzgado a las falsas religiones como una riqueza querida por Dios, contradiciendo el dogma «extra ecclesiam nulla salus«.  De ahí la necesidad de “reformular para mayor claridad, o incluso corregir, las de enseñanzas no infalibles y no definitivas, o los mandatos de un Papa o un concilio«, si son “ambiguas y pueden conducir a una compresión errónea» (I,16,660). 

En definitiva no hay ningún católico -consagrado o laico- con dos dedos de frente que no se dé cuenta de este vigente drama, pero la mayoría hoy no tiene la más mínima vocación martirial (en el sentido literal de ser testigos de esa verdad), y no actúan en consecuencia. Por comodidad, por inercia, por cobardía, por no perder el calor de establo…, me da igual. Es cierto que ir contra la dinámica de los tiempos desgasta mucho, pero como nos recordó la sabiduría de Chesterton «sólo el que nada contracorriente sabe que está vivo». 

Monseñor Schneider sí tiene vocación de testigo de la fe y por ello reacciona valientemente contra toda esta impostura en su Compendio. Éste, tras una introducción general sobre la doctrina cristiana, presenta una clásica división tripartita: 1º.- La Fe: lo que creemos verdaderamente. 2º.- La Moral: el buen obrar 3º.- El Culto divino: ser santo. En este segundo artículo (de tres que le dedicaré a esta imprescindible obra) reflexionaré sobre el primer punto -la fe-, dejando los otros dos -la moral y el culto- para un artículo conclusivo.

II

La primera parte del catecismo está dedicada al acto mismo de creer en Dios creador. Aunque el compendio se dirige ante todo a los católicos (a creyentes), la obra muestra la razonabilidad de la existencia de Dios, citando las clásicas vías tomistas y mostrando la poca consistencia del ateísmo. «Cuando no se debe al deseo de estima humana o al beneficio material, el ateísmo puede surgir de la pura ignorancia, del razonamiento defectuoso o de la corrupción del corazón». Y respecto a los científicos ateos señalará «que se han excedido los límites inherentes a toda ciencia natural y han adoptado una filosofía defectuosa» (I,1,26-27). 

Entre las numerosas entradas que dedica esta primera parte del Compendio a la fe, he separado algunos temas importantes donde hay una clara escisión entre lo que han creído los católicos semper, ubique et omnibus, y las novedades que se han ido introduciendo en los últimos años. Son cuestiones cruciales que repugnan al sano sentido de la fe  y que el Cardenal Sarah invita, como hemos visto, a corregir, ayudados de la sólida doctrina de esta obra. Veámoslas: 

A).- La CREACIÓN.- La Creación -esto es, el acto por el cual Dios libremente da origen a seres a partir de la nada (ex nihilo) (I,3,80)- es un acto realizado para su propia gloria, pues «Dios… no tiene necesidad de otros seres; Él ya se dona a sí mismo plenamente en la Trinidad de las Personas divinas. Ni su naturaleza ni su buena voluntad lo obligan a crear de forma necesaria; era totalmente libre de crear o no» (I,3,83), y si decidió crear fue para «mostrar su propia bondad y perfección, a partir de las bendiciones que, en su amor, concede gratuitamente a las criaturas» (I,3,84). 

Por tanto, el último fin de la Creación no es el hombre sino la Gloria de Dios. «Todo viene de Dios «porque de Él y para Él son todas las cosas (Rm. 11,36)» (I,3,95).  La deformación de esta Verdad da origen a un doble error, rabiosamente actual: El primero: «la personificación e incluso la divinización de la naturaleza, a menudo manifestada en formas de idolatría ambiental misticismo ecológico, rituales a la diosa Madre Tierra, animismo y otras formas de adoración pagana» (I,386). El segundo, el transhumanismo, que en definitiva «encarna el pecado original del hombre de querer ser como Dios sin la gracia» (I,3,87). Aquí Monseñor Schneider cita muy oportunamente a San Pío X -motu propio Doctoris angelici (1914): «El error en cuanto a la naturaleza de la creación engendra un falso conocimiento de Dios». 

Recalcar esta verdad teocéntrica es fundamental, porque muy probablemente, la causa primera de la desarticulación en nuestros días de la estructura clásica de la doctrina católica tenga que ver con lo que se ha denominado el «giro antropológico» de la fe cristiana. Su origen histórico podemos rastrearlo en el primer renacimiento, pero su culminación y plenitud llegará con el optimismo antropológico del Concilio Vaticano II. Recordemos algunos asertos significativos de la Gaudium et Spes«Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos» (12) y «El hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma -propter seipsam– (24). 

Monseñor Schneider deja muy claro que «Aunque el hombre nunca debe usarse como un medio para un fin, la noción de que el hombre existe por sí mismo es un error autorreferencial del antropocentrismo, arraigado en la filosofía anticristiana de Inmanuel Kant (1724-1804), y cita a continuación a Santo Tomás: Más bien, «Dios quiere las cosas fuera de si mismo en la medida que están ordenadas a su propia bondad como su fin»  (S.T. I, q. 19 a. 3,c) (I,3,96).  

B).-El ERROR RELIGIOSO.- Desde el principio de esta sección Monseñor Schneider reafirma una verdad católica que, a partir del Concilio Vaticano II, se pone en cuestión (no explícitamente en documentos –véase la Dominus Iesus (2000)– , sino más bien por hechos consumados de obispos y papas): «Sólo la religión establecida por Dios y llevada a su plenitud en Cristo, con su culto divinamente revelado, es sobrenatural, santa y agradable a Dios. Todas las demás religiones son inherentemente falsas y sus formas de culto perniciosas o, en último término, inválidas para la vida eterna» (I,6,200).

La diversidad de religiones que hay en el mundo -a diferencia de lo que afirma habitualmente Francisco- no puede ser querida por quien es la Sabiduría, pues «Dios no puede ser el autor de errores religiosos ni de ningún otro mal, porque «Dios es veraz» (Jn. 3,33). Las religiones falsas, señalará Monseñor Schneider, evocando la rotunda afirmación de San Agustín, «surgen del engaño del diablo, el pecado y la ignorancia (males que Dios simplemente tolera en nuestro mundo caído) (I,6,214). 

Tampoco son gratas a Dios las otras dos religiones monoteístas. Respecto del judaísmo, explicará que si los judíos no han aceptado a Cristo, han rechazado por ello hasta su Antigua Alianza, pues el Señor dijo «Si creyerais a Moisés, me creeríais a Mí, porque de Mí escribió él» (Jn. 5,46). Por tanto, el judaísmo «no es una fuente de gracia santificante y de salvación para sus adherentes», pues incluso en tiempos de la Antigua Alianza, la salvación requería la fe en el Salvador que vendría»  (I,6,204).  

Respecto del Islam, es errónea -así lo manifiesta sin eufemismos- la apreciación de la Lumen Gentium (16), y recogida en el numeral 841 del CIC: «adoran con nosotros a un único Dios». Basta leer la Sura 112 del Corán -que cita a pie de página- para verificar un rechazo explícito al Dios verdadero, uno y trino; o recordar una de las más importantes oraciones musulmanas, la Al-Ikhlas-Ayat, que niega la revelación cristiana. Recuerda igualmente nuestro autor la impugnación anticipada que la Sagrada Escritura hace de esa falsa religión en la Primera Carta de san Juan: «Todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios» (I,6, 207-210). Y los musulmanes no confiesan a Jesús como Hijo de Dios.  

En relación con las otras comunidades cristianas (I,6,215) nos dice que «El Espíritu Santo no usa las falsas religiones para otorgar la gracia y la salvación al hombre«. Sale así paso de la confusa expresión de la Unitatis Redintegratio (1964) (3) que afirma que «El espíritu Santo no rehúsa servirse de ellas como medios de salvación, cuya plenitud deriva de la misma plenitud de gracia y de verdad de la Iglesia católica». Como señala Monseñor Schneider, Dios puede conceder la gracia a un hombre inculpable de no conocer la religión verdadera, pero «tales gracias de ninguna manera serían «mediadas por o debido a» la religión falsa misma. Más bien, la gracia puede darse a pesar del error del hombre y para sacarlo del error y llevarlo a la fe«.

C).- La FRATERNIDAD HUMANA Y FILIACION DIVINA.- Todas las personas tienen una dignidad ontológica por el sólo hecho de ser una criatura de Dios. Pero sólo alcanzan la dignidad sobrenatural por la semejanza divina los bautizados y la conservan mientras no pequen mortalmente (I,6,224). Por lo tanto, sólo son «hijos de Dios» los cristianos. «Sólo se llega a ser hijo de Dios por la fe en Jesucristo, Verbo Encarnado e Hijo de Dios, renaciendo en Dios por el sacramento del bautismo» (I,6,226).

Frente a la afirmación del CIC de que «Esa sabiduría (popular) es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona humana como hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental…» (1676), afirmará que es el sacramento del bautismo el que establece esa fraternidad de Hijos de Dios. Se confirma en la declaración dogmática del Concilio Vaticano I. «Si alguno dijere que la condición de los fieles y de aquellos que todavía no han llegado a la única fe verdadera es igual, sea anatema» (Constitución Dei Filius. Cap.3, can. 6).

D).- La VIRGEN MARÍA CORREDENTORA y MEDIADORA.-  Aunque no reconocidas como dogma (todavía), el sentir del pueblo cristiano afirma sin vacilar esas dos verdades de nuestra fe católica, pero lamentablemente nuestro actual Santo Padre se empeña en negarlas una y otra vez (con evidente imprudencia, porque un sucesor suyo puede -y debe- creer en tales verdades y -ojalá- formular el quinto dogma mariano). Siguiendo ese sentir, Monseñor Schneider citará la preciosa reflexión de San Bernardo de Claraval: «Por esa plenitud de gracia y de vida sobrenatural, estaba (María) particularmente predispuesta a la cooperación con Cristo, único Mediador de la salvación humana. Y tal cooperación es precisamente esta mediación subordinada a la mediación de Cristo. En el caso de María se trata de una mediación especial y excepcional» (I,9,328).

E).- La MISION de la IGLESIA.- La misión de la Iglesia no es «mejorar el bienestar del hombre, como si el Hijo de Dios se hubiera encarnado para establecer una organización de servicios humanitarios a fin de combatir la pobreza, las enfermedades o la contaminación ambiental» (I,16, 531). Tampoco -y aquí cita algunas palabras y expresiones de Fratelli Tutti, encíclica de Francisco de 2020)- para buscar «una nueva humanidad», en la que «una paz real y duradera sólo será posible sobre la base de una ética global de solidaridad y (…) responsabilidad compartida por toda la familia humana«. Es el error del llamado cristianismo secundario, que «juzga la religión por sus efectos subordinados en orden a la civilización, haciéndolos prevalecer y sobreponiéndolos a los sobrenaturales que la caracterizan (Romano Amerio. Iota Unum).

La Iglesia, en definitiva,  no está para «trabajar por el avance de la humanidad y la fraternidad universal», sino que tiene «la autoridad divina y el mandato de enseñar, gobernar y santificar a todos los hombres en Jesucristo hasta que Él vuelva en su gloria» (I,16,530). O como decimos sencillamente los católicos: «La Iglesia está para ayudar a los hombres a alcanzar el Cielo». Para otra cosa ya tenemos los políticos demagogos. 

Y por supuesto, la Iglesia es necesaria para la salvación, de modo que «no podrán salvarse aquellos que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria, con todo no hayan querido entrar o perseverar en ella» (I,16,544). Son muy instructivos los artículos que dedica el autor a la posibilidad de salvación de los no católicos, pero exceden la extensión de un mero artículo, por lo que remito a su lectura atenta (I,16, 545-557).

F).- La AUTORIDAD del ROMANO PONTIFICE.- Con unas hermosas palabras que el autor recoge de la Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I (1870), sintetizará el Primado del Papa en materia doctrinal: «El Papa es el principal maestro, guardián y defensor de las verdades reveladas. Le corresponde a él: 1. Defender lo que Dios ha revelado para ser creído, obrar y evitado. 2. Condenar los errores contrarios a la divina Revelación, contenida en la doctrina apostólica que ha recibido y 3. Ser signo visible y principio de la unidad de la fe y comunión del episcopado y de los fieles”. (I,16,671). 

Pero ese poder, como añade el citado documento del Concilio Vaticano I, no le permite introducir nuevas enseñanzas, sino «guardar santamente y exponer fielmente la Revelación transmitida por los apóstoles, es decir, el Depósito de la fe»  (Cap. 4). Es más, como dice el Compendio: «Sin embargo, como cualquier obispo, un Papa puede resistirse a la gracia de su cargo y enseñar errores doctrinales en sus afirmaciones diarias, ordinarias y no definitivas, es decir, fuera de los pronunciamientos ex cathedra» (I,16,678). Y sin complejos mostrará algunos cambios doctrinales de nuestro papa Francisco, como manifestar que la pluralidad de religiones es expresión de una sabia disposición divina con la que Dios creó a los seres humanos (2019) o que la pena de muerte es per se contraria al Evangelio (2017), novedad ésta que lamentablemente se ha trasladado al CIC (numeral 2267) (I,16,679).

Se pregunta Monseñor Schneider si ha habido casos de Papas que hayan promovido oraciones doctrinalmente ambiguas en la Liturgia de la Misa o promovido prácticas sacramentales que son doctrinalmente erróneas y moralmente problemáticas (I,16,680-681). Lamentablemente la respuesta es afirmativa y vinculada a nuestro tiempo en ambos casos: el cambio del Ofertorio de la Nueva Misa por Pablo VI (1969) oscurece la naturaleza propiciatoria del sacrificio, siendo esas oraciones cercanas a la concepción protestante de la Santa Misa como mero banquete. O la posibilidad de comunión a los adúlteros y la negación de la eternidad de las penas del infierno (ideas sostenidas por nuestro actual papa (I,19,808), pues Francisco aprobó las normas de los obispos de Buenos Aires que concedían la comunión a los adúlteros públicos impenitentes. Y, en la cuestión del infierno, Francisco afirma en Amoris Laetitia que «nadie puede ser condenado eternamente, porque esa no es la lógica del Evangelio» (297). Sin embargo, como advierte Monseñor Schneider lo cierto es que los que rechazan la gracia del arrepentimiento del pecado mortal se encuentran en un estado de condenación eterna  después de la muerte.  Y nos exhorta a evitar el infierno, meditando sobre él como han hecho muchos santos que nos precedieron y trascribiéndonos la estremecedora experiencia de Lucía de Fátima en 1917. 

G).- La COLEGIALIDAD y la SINODALIDAD.- Aunque es loable la colaboración entre los obispos (I,16,709), Monseñor Schneider nos avisa de que «una falta de comprensión de la colegialidad puede llevar a ver el gobierno de la Iglesia como un parlamento democrático o igualitario, en lugar de la jerarquía monárquica establecida por Cristo Rey. Disminuiría la autoridad suprema del Papa sobre toda la Iglesia y la autoridad local de cada obispo en su propia sede» (I,16,710). Respecto a la sinodalidad nos dice algo de puro sentido común (teniendo sin duda presente el inminente Sínodo): «ha consumido mucho tiempo y recursos que podrían emplearse mejor en la oración y la predicación, como aconsejaba San Pedro (Hch. 6,4)».

III

Los últimos puntos que quiero tratar de esta primera parte (de las tres partes de que consta este catecismo) son especialmente polémicos y por eso deseo examinarlos en un apartado diferente. En esos asuntos la diferencia entre lo que han creído los católicos que nos precedieron y lo que creen hoy es absoluta, sin matices.  Hasta tal punto que la lectura de esta parte del Compendio puede producir un inmenso vértigo a las conciencias de nuestra cómoda generación católica, educada en valores tan aparentemente magníficos como el respeto a las opiniones ajenas (sean cuales sean), la tolerancia sin límites (salvo a los católicos carcas, como propugnaba el tolerante John Locke), o la democracia como la forma sacrosanta de regir una sociedad, el desvelado Santo Grial de la política actual.

Estos puntos controvertidos son el Poder espiritual y poder temporal de la Iglesia (I,16,714 a I,16,745), el liberalismo (I,16,740-745) y la Libertad religiosa (I, 16, 746-758). ¿Creíamos de veras que «ese «Contra-Syllabus» que era la «Gaudium et Spes» (Benedicto XVI) había enterrado para siempre las combativas encíclicas de Gregorio XVI, Pío IX o León XIII? Veremos a continuación que no, gracias al Catecismo que comentamos:

H).- PODER ESPIRITUAL y PODER TEMPORAL de la IGLESIA.-  Cuando uno estudia objetivamente la historia de la Iglesia en las naciones católicas, casi puede contar con los dedos de la mano los momentos históricos en los que la relación Iglesia-Estado fue como miel sobre hojuelas. Todos los Papas y los príncipes católicos conocían los principios tradicionales que vinculaban ambos ámbitos de poder y que en este Compendio se recogen con gran fidelidad (I,16,728-745). Pero llevarlos a la práctica era harina de otro costal. Seguramente porque no haya un aspecto en la historia humana donde el demonio posea tanta influencia para tentar (y vencer) como en el asunto del poder (político y religioso, sin excepciones). Aunque el demonio miente como un bellaco, no creo que desbarrase mucho cuando en el desierto le espetó a Nuestro Señor con arrogancia que «la gloria de los reinos me ha sido entregada y yo se le doy a quien quiero» (Lc. 4,6).

Con este proemio, quiero incidir en la idea de que los principios objetivos de la relación Iglesia-Poder Civil por muy buenos que sean (y los católicos tradicionales lo son), pueden resultar desastrosos si se aplican con soberbia, mala fe o imprudencia (por cualquiera de las partes). Ejemplos históricos los hay a espuertas.

Entrando ya en el Compendio, Monseñor Schneider toma el toro por los cuernos y afirma claramente que «el poder espiritual y el temporal (…) están destinados por Dios a actuar en perfecta concordia y armonía (I,16.729). Y cita a San Pío X, que en su encíclica «Vehementer nos» (1906) nos instruye así: «Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva (…), así como el orden de la vida presente está todo él ordenado a la consecución de aquel sumo y absoluto bien, así también es verdad evidente que el Estado no sólo no debe ser obstáculo para esta consecución, sino que, además, debe necesariamente favorecerla en todo lo posible». A continuación expondrá la superioridad del poder espiritual sobre el temporal (I,16,730) y, por lo tanto, la subordinación del segundo al primero (en todo aquello que se refiere al orden espiritual) (I,16,731); la exigencia a los Estados de ayudar a la Iglesia en el cumplimiento de su misión (I,16,732-733), e incluso la obligación de los Estados de venerar públicamente al Dios verdadero y proteger la verdadera religión que es la Religión Católica (I,16,734), lo que implica también trabajar por reprimir la herejía y el cisma (I,16.736). Por supuesto eso no significa que el poder civil -o el religioso- obligue a los ciudadanos a hacerse católicos (pues nadie cree sino queriendo) y, además, hay ocasiones en la que deben los Estados tolerar a las religiones no católicas cuando la prudencia prevé un daño mayor en su prohibición (I,16,737). 

Nos guste más o menos, esa era la doctrina tradicional sólidamente reafirmada por sucesivos pronunciamientos papales, y bajo sus auspicios se desarrollaba la vida política diaria de las naciones con mayoría de la población católica, y generalmente funcionaba bien. A partir de la Revolución Francesa se introdujo una idea impía (condenada por León XIII en Libertas Praetantissimus de 1888), pero que acabaría triunfando en las naciones y en misma Iglesia tras el Concilio Vaticano II: la laicidad de los Estados. Los Papas del siglo XIX y XX lucharon denodadamente contra ella, sinceramente convencidos de que «el bien común de toda nación requiere especialmente que los representantes de la autoridad civil profesen públicamente y veneren la verdadera fe católica» (Pío XII, Mystici Corporis Christi, 47) (1943) (I,16,735). Veinte años después de esta enseñanza del último papa preconciliar, el Concilio Vaticano II tiraría literalmente a la basura esta doctrina (que se contenía en los Trabajos Preliminares, desechados al inicio de las sesiones), y las funestas consecuencias de tal decisión para las naciones antaño católicas están a la vista para el que quiera verlo. Aunque soy muy pesimista en cuando a la rehabilitación de la doctrina tradicional  -exigiría poco menos que un milagro-, hay que destacar el mérito de Monseñor Schneider de recordarnos a los católicos que no nos conformemos con meramente sobrevivir en sociedades laicas como las actuales, donde el diablo domina en todos los ámbitos. Las sociedades católicas tradicionales no eran desde luego perfectas (la hipocresía era un vicio muy frecuente), pero sí inmensamente más sanas que las actuales. Merece la pena luchar por ellas, aunque nuestro principal obstáculo sea a día de hoy las rocosas posiciones liberales de nuestra querida Iglesia Católica.  

I).- LIBERALISMO.- Como afirma sin titubeos Monseñor Schneider, afirmar como principio la separación de la Iglesia y el Estado es un error que se denomina liberalismo (I,16,740-745). La razón por la que un católico debería rechazar de plano esta doctrina la expone perfectamente en (I,16,742): «1. Afirma una libertad personal ilimitada como un derecho irrestricto, lo cual es contrario a la ley natural y a la Revelación divina. 2. Niega la legítima subordinación del Estado a la Iglesia; 3. Desprecia el reinado social de Cristo y rechaza los beneficios que de ello se derivan; 4. Inculca el indiferentismo ante la ley moral y conduce a una anarquía hedonista».  

Monseñor Schneider es, además, de los pocos prelados actuales que se atreven a proponer públicamente la excomunión de los católicos con cargos públicos que actúan contrariamente a las enseñanzas de la Iglesia: «Si continúan con tales actos, deben ser amonestados públicamente por la salvación de sus almas y, si continúan en su obstinación y sin arrepentirse, deben ser excluidos de la recepción de los sacramentos» (I,16,745).            

J).- LIBERTAD RELIGIOSA.- Los artículos que dedica Monseñor Schneider a la libertad religiosa postulan el retorno a la doctrina tradicional, especialmente tratada en el siglo XIX con el Syllabus y la Quanta Cura de Pío IX, o la Libertas Praestantissimum y la Inmortale Dei de León XIII. Aunque muchos teólogos se han esforzado -y siguen devanándose los sesos- en hacer encajes de bolillos para demostrar una continuidad entre la doctrina antigua (que incidía en la libertad de las conciencias)  y la moderna (que se fundamenta en la libertad de conciencia a secas), la realidad es que, salvo que abandonemos el principio de no contradicción, esa conciliación no es posible. Y que conste que he leído a muchos autores muy inteligentes que se han estrujado sus meninges infructuosamente para cuadrar el círculo.

La cuestión de fondo es que, como se afirma en el Compendio sintetizando la doctrina tradicional: «nadie tiene un derecho universal, positivo y natural a difundir una religión falsa» (I,16,748). La Dignitatis Humanae (D.H.) del Concilio Vaticano II (7-12-65), por una parte asume verdades tradicionales como «Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla» (1) o «en materia religiosa no se obligue a nadie a ir contra su conciencia» (2). Hasta aquí. Porque por otro lado, contradice el principio tradicional expuesto al principio al afirmar un derecho a la libertad religiosa más allá de la religión verdadera y revelada, de modo que «ni se le impida a nadie a que actúe conforme a ella, en privado o en público, solo o asociado a otros, dentro de los límites debidos» (2). Es más, ese derecho -según la  D.H.- «ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de modo que llegue a convertirse en un derecho civil». Como bien apunta Monseñor Schneider, ese reconocimiento, aparte de violar la ley divina y fomentar el indiferentismo religioso, allana el camino para religiones falsas -sobre todo las nuevas religiones laicas– que contradicen la ley natural y generan daños graves para la misma sociedad. Ni siquiera -sigue explicando nuestro autor- “una conciencia invenciblemente errónea establece un derecho legítimo, puesto que si bien una conciencia invenciblemente errónea excusa del pecado cuando uno viola la ley divina como consecuencia de ese error, nunca puede establecer un derecho a tales violaciones» (I,16,751). Pues «el derecho es una facultad moral que (…) no podemos suponer concedida por la naturaleza de igual modo a la verdad y al error, a la virtud y al vicio» , de tal modo que «las opiniones falsas, que son la máxima plaga mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad» (I,16,750). Dicho en plata, el error no tiene derechos, ni en privado ni en público.

Aunque la D.H. anota que «deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo» (1), es obvio que no es así. Sencillamente porque, como razonaron los griegos hace ya casi veinticinco siglos, «una proposición no puede ser ella misma y la contraria al mismo tiempo y en el mismo sentido».  

Por muy duro que se nos haga a nuestros oídos modernos, la realidad es que los católicos debemos creer, como siempre lo hemos hecho, que el catolicismo es la única religión divinamente revelada, lo que implica que las demás son falsas, sin excepción. Y si son falsas, no tienen derechos, ni naturales ni civiles. Ser católicos y no aceptar esta verdad es una incongruencia que puede obedecer a diversas razones, aunque en última instancia se resumen en el miedo a que nos tachen de intolerantes, o en respetos humanos (pensamos que hacemos una injusticia a alguien por restringir, en una nación católica, el culto público de su falsa religión, cuando es todo lo contrario). En cualquier caso, si somos coherentes, debemos reivindicar el principio tradicional sin mácula ni reserva mental, porque un católico sin tradición es un dislate, un oxímoron, y por ello, resultan mucho más coherentes los artículos del Compendio de Schneider que los párrafos de la D.H. (un documento francamente contrario a la doctrina tradicional de la Iglesia). 

Por supuesto no se trata de imponer nada a nadie (esa es la zafia impugnación que hacen los liberales). Además, ya no se puede volver atrás para detener la catástrofe histórica de que numerosísimas comunidades católicas se hayan desbaratado en tantos países de Europa (indiferentismo) e Hispanoamérica (sectas protestantes), precisamente a partir de la incorporación de la nueva concepción de la libertad religiosa de la D.H. en sus Ordenamientos jurídicos. Pero al menos, los católicos actuales -el resto fiel que todavía queda-, si anhelamos en serio reconstruir una sociedad católica y un país con leyes cristianas, debemos interiorizar como primer principio operativo que con las normas del Catecismo de Schneider había sociedades católicas y que con las de la D.H. se disolvieron: «Por sus frutos los conoceréis». Cuando la mayoría de los católicos del mundo se convenza de esa verdad e inicie “el buen combate” por ella, el milagro será posible.

LUIS LÓPEZ VALPUESTA

UNA VOCE SEVILLA PARTICIPARÁ EN LA IV PEREGRINACIÓN TRADICIONAL OVIEDO A COVADONGA (27 – 29 julio)

El Capítulo Ntra. Sra. de la Antigua de Una Voce Sevilla participará por cuarto año consecutivo en la Peregrinación tradicional Oviedo-Covadonga, organizada por la asociación Nuestra Señora de la Cristiandad – España durante los próximos días 27 al 29 de julio, y que en la pasada edición alcanzó el millar y medio de participantes.

Se trata de una peregrinación anual desde la Catedral de Oviedo al santuario de Nuestra Señora de Covadonga (Asturias) organizada por un grupo de fieles católicos laicos, principalmente jóvenes, devotos de la celebración de la Santa Misa según el rito Romano tradicional, a semejanza a la peregrinación internacional París-Chartres. Tiene lugar en el fin de semana más cercano a la festividad del apóstol Santiago, patrón de las Españas (25 de julio). La distancia total a recorrer a pie en los 3 días es de aproximadamente 100 km a través de idílicos paisajes asturianos.

Este año estará la Peregrinación cuenta con 26 capítulos procedentes de toda España y 8 del extranjero (Méjico, Francia, Países Bajos, Portugal, Reino Unido y Estados Unidos).

La participación en la peregrinación puede hacerse también en familia (con niños de todas las edades y un recorrido más corto) o como voluntario que presta determinados servicios antes, durante y después de la Peregrinación (Liturgia, cantos, sanitarios, transporte, montajes, cocina, avituallamiento…etc.). Para más información: Nuestra Señora de la Cristiandad | España (nscristiandad.es).

También es recomendable, si no se puede participar de las formas anteriormente citadas, asistir a la Misas tradicionales que en esos días se celebran al aire libre y en la Basílica de Covadonga a la llegada de la peregrinación.

En estos tres últimos años, ha sido muchas las personas, principalmente jóvenes, que sin pertenecer a la comunidad de Una Voce Sevilla y su Grupo Joven Sursum Corda, nos han acompañado en tan profunda vivencia espiritual y de hermandad en torno al apostolado de la Tradición Católica. Por eso, os animamos de nuevo a participar en la Peregrinación y, si lo deseas, a hacerlo en nuestro Capítulo de Ntra. Sra. de la Antigua. Para ello, debes inscribirte en la siguiente dirección web: Inscripción | Nuestra Señora de la Cristiandad (nscristiandad.es) 

Más información sobre el Capítulo de Una Voce Sevilla: asociacion@unavocesevilla.info

Recuerda que el 1º plazo de inscripción finaliza el próximo 30 de junio. Pasado este plazo y hasta el 15 de julio, el precio se incrementará un 50%.

¡Peregrina a Covadonga, la Santina te espera!

UNA VOCE SEVILLA

CAMPAÑA INTERNACIONAL POR LA PLENA LIBERTAD DE LA LITURGIA TRADICIONAL

Ser católico en 2024 no es fácil. La descristianización masiva continúa en Occidente hasta tal punto que el catolicismo parece estar desapareciendo de la escena pública. En otros lugares, el número de cristianos perseguidos por su fe sigue creciendo. Además, la Iglesia parece sumida en una crisis interna, que se refleja en una disminución de la práctica religiosa, un descenso de las vocaciones sacerdotales y religiosas, una menor práctica sacramental e incluso disensiones entre sacerdotes, obispos y cardenales impensables en el pasado. Sin embargo, entre los elementos que pueden contribuir al renacimiento interno de la Iglesia y a la reanudación de su desarrollo misionero, está en primer lugar la celebración digna y santa de su liturgia, para lo que el ejemplo y la presencia de la liturgia romana tradicional pueden ser una poderosa ayuda.

    A pesar de todos los intentos que se han hecho para acabar con ella, especialmente durante el actual pontificado, sigue viviendo, difundiéndose, santificando al pueblo cristiano que tiene acceso a ella. Produce frutos evidentes de piedad, vocaciones y conversiones. Atrae a los jóvenes, es la fuente del florecimiento de muchas obras, sobre todo en las escuelas, y va acompañada de una sólida enseñanza catequética. Nadie puede negar que es un vehículo para preservar y transmitir la doctrina católica y la práctica religiosa en medio de un debilitamiento de la fe y una hemorragia de creyentes. Entre las demás fuerzas vivas que siguen actuando en la Iglesia, la que representa el culto es particularmente relevante por la estructuración que le confiere una lex orandi continua.

    Ciertamente, se le han concedido, o más bien tolerado, algunos ámbitos de la vida eclesial, pero con demasiada frecuencia se le ha retirado con una mano lo que se le había concedido con la otra. Sin conseguir nunca hacerla desaparecer.

Desde la gran crisis inmediatamente posterior al Concilio, se ha intentado de todo en numerosas ocasiones para reavivar la práctica religiosa, aumentar el número de vocaciones sacerdotales y consagradas e intentar preservar la fe del pueblo cristiano. Se ha intentado todo, excepto permitir la «experiencia de la tradición», dar una oportunidad a la llamada liturgia tridentina. Sin embargo, el sentido común exige hoy con urgencia que se permita vivir y prosperar a todas las fuerzas vivas de la Iglesia, especialmente a aquella que goza de un derecho que se remonta a más de mil años.

    Que no haya malentendidos: este llamamiento no es una petición de nueva tolerancia, como en 1984 o 1988, ni siquiera de que se restablezca el estatuto concedido en 2007 por el motu proprio Summorum Pontificum, que en principio reconocía un derecho, pero de hecho lo reducía a un sistema de permisos concedidos con reticencia.

    Como laicos, no nos corresponde juzgar el Concilio Vaticano II, su continuidad o discontinuidad con la doctrina anterior de la Iglesia, la validez o no de las reformas que de él se derivaron, etcétera. En cambio, nos corresponde defender y transmitir los medios que la Providencia ha utilizado para que un número creciente de católicos conserve la fe, crezca en ella o la descubra. La liturgia tradicional ocupa un lugar esencial en este proceso, por su trascendencia, su belleza, su intemporalidad y su certeza doctrinal.

    Por eso simplemente pedimos, en nombre de la verdadera libertad de los hijos de Dios en la Iglesia, que se reconozca la plena y total libertad de la liturgia tradicional, con el libre uso de todos sus libros, para que, sin trabas, en el rito latino, todos los fieles puedan beneficiarse de ella y todos los clérigos puedan celebrarla.

Jean-Pierre Maugendre, Presidente de Renaissance Catholique, París

El presente llamamiento no es una petición para ser firmada, sino un mensaje para ser difundido y retomado bajo cualquier forma que parezca oportuna, y para ser presentado y explicado a los cardenales, obispos y prelados de la Iglesia universal.

Si Renaissance catholique ha tomado la iniciativa de esta campaña, es únicamente para hablar en nombre del amplio deseo que se expresa en todo el mundo católico. Esta campaña no es suya, sino de todos aquellos que participarán en ella, la retransmitirán y la amplificarán, cada uno a su manera.

[Es importante que todos difundamos, en la medida de los posible, este pedido, sobre todo entre nuestros obispos y sacerdotes. Pueden bajar el archivo PDF para hacerlo desde aquí]

CALENDARIO LITÚRGICO TRADICIONAL 2024 (Digital)

Como es costumbre desde 2010, la comunidad de Una Voce Sevilla, con ocasión de la Epifanía del Señor, pone a disposición de forma gratuita a nuestros lectores el calendario litúrgico del rito Romano tradicional en formato pdf correspondiente al año del Señor que acaba de comenzar.

En esta ocasión, hemos querido dedicar la portada a los padres de los sacerdotes, con un óleo sobre lienzo del pintor español José Alcázar Tejedor titulado: «Padres del celebrante después de la primera Misa». Padres que son bendecidos por el recién ordenado tras la finalización de esa Misa.

Corresponde al Calendario Romano General, en latín, extraído del más amplio y completo que ha publicado la Federación Internacional Una Voce en su web, para que pueda ser consultado y usado por los sacerdotes y seglares que celebran o asisten, respectivamente, a la Santa Misa tradicional o rezan el Breviarium Romanum en cualquier parte del mundo, aunque nos hemos permitido indicar al pie de cada mes, junto a las antífonas de la Santísima Virgen, las variaciones correspondiente al calendario común para todas las diócesis de España.

EL ORIGEN DE LA FEDERACIÓN INTERNACIONAL UNA VOCE Y SU RAMA ESPAÑOLA

Con ocasión del XIX aniversario de la fundación de la Asociación Una Voce Sevilla, traemos a colación un interesante artículo del P. don José Jiménez Delgado, CMF, Catedrático de Filología Latina de la Universidad Pontificia de Salamanca. Escrito en el año 1967 -dos años después de la finalización del Concilio Vaticano II- y titulado: LA FEDERACIÓN INTERNACIONAL «UNA VOCE». Origen y sus causas. Creación de la rama española. Artículo que se encuentra insertado en la web del Ministerio de Educación y Formación Profesional, pues fue publicado en el número LXV de la Revista de Educación, sección de información extranjera.

En el artículo podemos comprobar que la Federación Internacional «Una Voce», tuvo su origen como un movimiento a nivel internacional formado por laicos, para la salvaguarda salvaguarda del latín y el canto gregoriano en la liturgia católica, ante las previsiones poco esperanzadoras que se iban produciendo en la práctica litúrgica del postconcilio.

Por otro lado, queda constado, haciendo referencia a un artículo que se publicó en el Diario ABC, que el 07 de abril de 1967 -se adjunta- se funda en Madrid la rama española de la Federación Internacional «Una Voce», que al día de hoy, después de varias refundaciones, continúa con la denominación de UNA VOCE ESPAÑA. Entre los firmantes se encuentran: conde de los Andes, Julio Calonge, Manuel C. Díaz y Díaz, Luis Díez del Corral, Manuel Irnández-Galiano, Rafael Gambra, Antonio García Pérez, Alfonso García -Valdecasas, Mariano Guirao, José barras, Antonio Linaje Conde, Sebastián Mariner, Antonio Millán Puelles, Manuel Millán Senmartí, Leopoldo Eulogio Palacios, Dacio Rodriguez Lesmes, Dalmiro de la Válgoma, Juan Vallet de Goytisolo y Eugenio Vagas Latapíé.

Nuestro especial agradecimiento a todos ellos, pues fueron en nuestra patria los precursores de la defensa y promoción de la liturgia tradicional, tan denostada en estos momentos.

XII PEREGRINACIÓN INTERNACIONAL SUMMORUM PONTIFICUM A ROMA

Con ocasión de la festividad de Cristo Rey, los días 27, 28 y 29 de octubre de 2023 se celebró en Roma la PEREGRINATIO AD PETRI SEDEM, que se organiza anualmente desde 2012 por los representantes del “ Populus Summorum Pontificum”, reuniendo a fieles laicos, sacerdotes y religiosos de todo el mundo, con el propósito de tomar parte en la nueva evangelización en torno al rito Romano tradicional, la misa en latín y gregoriana celebrada según la última edición del misal tridentino, publicada en 1962 por Juan XXIII.

Durante tres días de peregrinación, los cientos de participantes venidos de muchas partes del mundo han testimoniado la eterna juventud de la liturgia tradicional. A la Peregrinación, como es costumbre, ha acudido una representación de España, entre ellos, miembros de Una Voce Sevilla, quienes han podido dar testimonio de lo vivido a través de los vídeos publicados en nuestro canal de YouTube: VER AQUÍ

El Viernes, los peregrinos se reunieron en la Basílica de Santa María de los Mártires (Panteón), para asistir a Vísperas solemnes celebradas por el obispo Athanasius Schneider. Previamente, y antes de comenzar la Peregrinación, se desarrollaron varias conferencias muy interesantes organizadas por Paix Liturgica, en la que participó, entre otros, Mons. Athanasius Schneider y que pueden visualizar en el siguiente: ENLACE

El Sábado, después de un tiempo de adoración eucarística, una procesión con una multitud de peregrinos recorrió las calles del centro de Roma hasta la Basílica de San Pedro, para allí venerar y rezar ante la tumba de San Pedro. Este año, se ha prohibido la celebración de la Misa tradicional a su llegada, si bien se rezó de forma solemne el oficio de sexta en el altar de la Cátedra de la Basílica vaticana.

La peregrinación concluyó el Domingo, fiesta de Cristo Rey, con una Misa tradicional solemne en la iglesia de la Santissima Trinità dei Pellegrini, Parroquia Personal para la liturgia tradicional en Roma (FSSP), celebrada por Monseñor Guido Pozzo, y otra Misa celebrada en la Basílica menor de San Celso y San Julián (ICRSS) por Mons. Athanasius Schneider.

A continuación, un bellísimo vídeo sobre la Peregrinación Summorum Pontificum:

EL CARDENAL SARAH HABLA SOBRE LA TEOLOGÍA Y LITURGIA DE BENEDICTO XVI

Publicado por Peter Kwasniewski en la web New Liturgical Movement. Traducción: RITO TRADICIONAL CATÓLICO LATINO ROMANO (Vetus Ordo)

«A veces el nombre y los escritos del cardenal Robert Sarah, a quien Benedicto XVI eligió como su estrecho colaborador en la sagrada liturgia, y que fue marginado durante los primeros años del presente pontificado.

El cardenal Sarah nunca ha dejado de dar un claro testimonio de la prioridad de la liturgia en la vida de la Iglesia, y de la extrema necesidad de un retorno a la sana praxis litúrgica después de la vorágine del Concilio. Ha hablado con particular claridad desde el lanzamiento de Traditionis Custodes.

Por lo tanto, es de gran interés observar que ha publicado un importante artículo en la revista Communio titulado «La realidad inagotable: Joseph Ratzinger y la Sagrada Liturgia» (vol. 49, invierno de 2022), que la publicación ha puesto a disposición de forma gratuita (aquí). Aunque vale la pena leer todo el artículo, me gustaría llamar especialmente la atención sobre los siguientes pasajes.

En las páginas 639-40:

Una de las contribuciones «desapercibidas» pero importantes de El Espíritu de la Liturgia [de Joseph Ratzinger] es su reflexión sobre la autoridad, específicamente la autoridad papal, y la sagrada liturgia. Observando que la liturgia occidental es algo que (tomando prestadas las palabras de J. A. Jungmann, SJ) «ha llegado a ser», es decir, «un crecimiento orgánico», no «una producción especialmente artificial», «algo orgánico que crece y cuyas leyes de crecimiento determinan las posibilidades de un mayor desarrollo», el cardenal Ratzinger observa que en los tiempos modernos «cuanto más vigorosamente se mostraba la primacía [petrina], cuanto más surgía la pregunta sobre el alcance y los límites de esta autoridad, que, por supuesto, nunca se había considerado. Después del Concilio Vaticano II, surgió la impresión de que el Papa realmente podía hacer cualquier cosa en asuntos litúrgicos, especialmente si actuaba bajo el mandato de un Concilio Ecuménico. Eventualmente, la idea de lo dado de la liturgia, el hecho de que uno no puede hacer con ella lo que quiera, se desvaneció de la conciencia pública de Occidente. De hecho, el Concilio Vaticano I no había definido de ninguna manera al Papa como un monarca absoluto. Por el contrario, lo presentó como el garante de la obediencia a la Palabra revelada. La autoridad del Papa está ligada a la Tradición de la fe, y eso también se aplica a la liturgia. No es «fabricado» por las autoridades. Incluso el Papa sólo puede ser un humilde servidor de su desarrollo legal y de su integridad e identidad duraderas. . . . La autoridad del Papa no es ilimitada; está al servicio de la Sagrada Tradición». [1]

En esta afirmación de la objetividad de la sagrada liturgia en sus formas rituales desarrolladas, y del deber de la máxima autoridad de la Iglesia de respetar esta realidad, [2] el cardenal Ratzinger sentó las bases teológicas para la consideración de una reforma de la reforma litúrgica, o incluso para dejar legítimamente de lado los ritos reformados en favor de sus predecesores. La obediencia acrítica a la autoridad papal, algo ya abandonado hace mucho tiempo en muchos lugares, pero al que otros se aferraron como garantía de la ortodoxia en tiempos turbulentos, recibió un golpe, al menos con respecto a la reforma litúrgica, por parte de uno de los prelados de más alto rango en la Iglesia (aunque escribiendo a título privado).

De nuevo, en las páginas 643-45:

El acto de gobierno litúrgico más famoso del Papa Benedicto XVI fue, por supuesto, su motu proprio Summorum pontificum (2007), «Sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970», estableciendo que los ritos litúrgicos más antiguos «nunca fueron abrogados» (1) y, por lo tanto, podrían usarse libremente, y de hecho que las solicitudes de los grupos de fieles para su celebración deben ser aceptadas. Los obispos ya no podían excluir a priori su celebración. La regulación de estos principios por parte del Papa Benedicto XVI fue permisiva, marcando un cambio brusco en el enfoque parsimonioso de demasiados obispos hasta ese momento.

Su acompañamiento «Carta a los obispos con motivo de la publicación de la Carta Apostólica ‘Motu Proprio Data’ Summorum Pontificum sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970″ de la misma fecha, trató hábilmente la fuerte oposición que esta medida había atraído incluso antes de que apareciera; Señaló la realidad pastoral de que «también los jóvenes han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atracción y han encontrado en ella una forma de encuentro con el misterio de la Santísima Eucaristía, particularmente adecuada para ellos» [3], y apeló a los obispos: «Abramos generosamente nuestros corazones y demos espacio a todo lo que la fe misma permite». El Papa dijo claramente:

«En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura. Lo que las generaciones anteriores consideraban sagrado, sigue siendo sagrado y grande para nosotros también, y no puede ser de repente completamente prohibido o incluso considerado dañino. Nos corresponde a todos preservar las riquezas que se han desarrollado en la fe y la oración de la Iglesia, y darles el lugar que les corresponde».

Una vez más, para aquellos que conocieron el pensamiento litúrgico de Joseph Ratzinger, esta postura no es una sorpresa. Su apertura a las realidades en cuestión —históricas, teológicas y pastorales— es clara. Pero para aquellos que no compartían ni su visión ni su apertura, estos eran actos retrógrados que cuestionaban el Concilio Vaticano II y su reforma litúrgica.

El argumento, tal como fue, fue ganado con el tiempo por lo que se conoce como «la paz litúrgica de Benedicto XVI», en la que las «guerras litúrgicas» de décadas anteriores que habían establecido facciones de «rito antiguo» y «rito nuevo» disminuyeron y, ciertamente gracias a muchos de la generación más joven de obispos, dieron paso a una coexistencia pacífica. tolerancia, e incluso un cierto grado de enriquecimiento mutuo entre las formas litúrgicas que duró mucho más allá del final de su pontificado, reparando en cierta medida la unidad de la Iglesia y mejorándola, respetando las legítimas diferencias de expresión dentro de la Iglesia de Dios.

Es de lamentar profundamente que el motu proprio Traditionis custodes (16 de julio de 2021) y la relacionada Responsa ad dubia (4 de diciembre de 2021), percibidos como actos de agresión litúrgica por muchos, parecen haber dañado esta paz e incluso pueden representar una amenaza para la unidad de la Iglesia. Si hay un renacimiento de las «guerras litúrgicas» postconciliares, o si la gente simplemente va a otro lugar para encontrar la liturgia más antigua, estas medidas habrán fracasado gravemente. Es demasiado pronto para hacer una evaluación exhaustiva de las motivaciones detrás de ellas, o de su impacto final, pero sin embargo es difícil concluir que el Papa Benedicto XVI se equivocó al afirmar que las formas litúrgicas más antiguas «no pueden ser repentinamente totalmente prohibidas o incluso consideradas dañinas», particularmente cuando su celebración sin restricciones ha producido manifiestamente buenos frutos.

Notas (del artículo original de Communio)

[1] Ratzinger, El Espíritu de la Liturgia, 165-66. Como Papa Benedicto XVI, desarrollaría este tema con respecto al ministerio petrino más amplio en su homilía con ocasión de tomar posesión de la Cátedra del Obispo de Roma en la Basílica de San Juan de Letrán, el 7 de mayo de 2005.

[2] Una realidad enseñada por el Catecismo de la Iglesia Católica, §§1124-25.

[3] Benedicto XVI, Carta a los obispos con ocasión de la publicación de la carta apostólica «Motu proprio data» summorum pontificum sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970 (Ciudad del Vaticano, 7 de julio de 2007). También puedo testimoniar esta realidad a partir de muchos encuentros con jóvenes —laicos y laicas, religiosos, seminaristas y sacerdotes— cuyas vocaciones en el mundo, ya sea al matrimonio cristiano o a la vida religiosa o apostólica, se basan y se alimentan de las formas litúrgicas más antiguas de una manera verdaderamente vivificante. A este respecto, no podré olvidar nunca mi visita a la peregrinación de Pentecostés París-Chartres en 2018: ¡qué esperanza dan estos jóvenes a la Iglesia de hoy y de futuro!

Visite el Substack del Dr. Kwasniewski «Tradición y cordura»; sitio personal; sitio del compositor; editorial Os Justi Press y páginas de YouTube, SoundCloud y Spotify.

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LA REALIDAD INAGOTABLE: JOSEPH RATZINGER Y LA SAGRADA LITURGIA por el Cardenal Robert Sarah

Introducción

A raíz de la publicación del motu proprio Summorum pontificum (2007), un comentarista se apresuró a quejarse de que su autor «no era un liturgista entrenado», y aunque estuvo de acuerdo en que el autor era alguien que «ha mostrado interés y sensibilidad en asuntos litúrgicos», el comentarista insistió en que había demostrado «un verdadero malentendido del papel de la liturgia en la vida de la Iglesia».1

El autor era, por supuesto, el Papa Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, un sacerdote, obispo, cardenal y Papa que tenía títulos académicos más que suficientes pero, aparentemente, había cometido el pecado imperdonable de hablar (de hecho, legislar) sobre la sagrada liturgia sin una formación litúrgica específica.

1. Mark Francis, CSV, «Beyond Language», The Tablet, 14 de julio de 2007.

PARA LEER ESTE ARTÍCULO EN SU TOTALIDAD DEL CARDENAL ROBERT SARAH, DESCARGUE el PDF en Inglés gratuito disponible AQUÍ

MISA TRADICIONAL CELEBRADA RECIENTEMENTE POR EL CARD. SARAH EN LA REPÚBLICA CHECA

¿Una única forma del Rito Romano como principio absoluto?

Los miembros más antiguos de nuestra asociación recordarán los tiempos en los que el Padre Gabriel Díaz Patri nos visitaba con frecuencia dando conferencias sobre el Motu Proprio Summorum Pontificum y el pensamiento litúrgico del Papa Benedicto, en el marco de un apostolado intenso que realizó en las tierras de España a partir de 2007 (poco tiempo después de la entrada en vigor del Motu Proprio) por encargo del Cardenal Castrillón Hoyos, entonces presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei. El Padre fue en esos tiempos nuestro vínculo con el Cardenal, al que veía regularmente y a quien aprovechaba para informar acerca de nuestras actividades, transmitiéndonos a su vez las indicaciones y palabras de aliento del prelado. Después del retiro de éste, el Padre Díaz Patri siguió siendo nuestra vía de contacto con la Pontificia Comisión mientras aquella continuó existiendo. Esta actividad suya en Sevilla se vio coronada con su presencia en la celebración de los 10 años de Summorum Pontificum en 2017 en una inolvidable ceremonia en la Catedral, presidida por nuestro entonces Arzobispo, don Juan José Asenjo. La víspera de aquella misa solemne, el Padre Díaz pronunció una conferencia, bajo el título “La Misa tradicional y la pacificación litúrgica propuesta por Benedicto XVI” en el salón de actos del Palacio Arzobispal.

Por todo esto nos alegró ver publicado un artículo suyo a principios de este año en la revista francesa Sedes Sapientiae. Recientemente el artículo ha sido traducido al español y publicado en la web de Academia.edu, y por ello nos parece muy interesante ponerlo a disposición de todos nuestros  lectores.

El artículo “La unicidad del misal romano a la luz de la historia” -que, como ya hemos indicado, fue publicado originalmente en el número 163 de la revista Sedes Sapientiæ (Primavera 2023)-, responde en concreto a las afirmaciones que el P. Henry Donneaud O.P. expuso en su artículo titulado “El Papa Francisco garante de la doctrina litúrgica de San Pío V” (Nouvelle revue théologique, Nº 144, enero-marzo de 2022). Según este teólogo Dominico, San Pío V habría establecido como  principio la unidad estricta del Rito Romano, por lo que una autorización como la que hizo el Papa Benedicto en Summorum Pontificum estaría desconociendo ese principio, creando una situación anómala al permitir el uso simultáneo de más de una forma del mencionado Rito Romano.

Según el P.  Donneaud, el Motu Proprio “Traditionis Custodes” vendría a restituir el orden querido por San Pío V, devolviendo la unidad al rito. ¿Pero es esto cierto?

El artículo del Padre Díaz muestra claramente que, ayer como hoy, “el rito romano ha conocido la coexistencia simultánea de diversas formas”, contrariamente a lo que muchos creen. De este modo, ese argumento concreto usado para la restricción del rito romano tradicional (no puede haber más que una única forma para cada rito) carecería de fundamento.

El artículo es de sumo interés, por cuanto arroja luz a la historia de la promulgación del Misal de San Pío V, aclarando, con documentación y frente a lugares comunes bastante asentados, que este Papa no tuvo intención alguna de establecer “una única forma del rito” en toda la Iglesia latina, sino que, antes bien, su intención era precisamente la opuesta: proteger y conservar no sólo los múltiples ritos tradicionales de la iglesia latina que tuvieran una antigüedad suficiente, sino también ciertas formas específicas dentro del mismo Rito Romano, en especial en las Españas.

Cuestión aparte sería la consideración de si el Rito Romano tradicional (llamado por el Papa Benedicto XVI, de feliz memoria, Forma Extraordinaria del Rito Romano) es, o no, el mismo rito que el del Misal de Pablo VI, pero eso sería tema de otro debate. A la luz de los datos revelados en este artículo no parece, pues, que el argumento usado por el Papa Benedicto en Summorum Pontificum careciese de fundamento, como han aseverado muchos, amigos y enemigos, de la Misa Tradicional.

Esperamos que a nuestros seguidores aproveche la lectura de este artículo, que se puede descargar directamente desde nuestra web, pinchando aquí:

También de la página de Academia, en este enlace: https://www.academia.edu/105107162/La_unicidad_del_misal_romano_a_la_luz_de_la_historia?source=swp_share

«LA TRADICIÓN COMO LA NORMA FUNDAMENTAL». Prof. Peter Kwasniewski

A continuación, reproducimos un extracto del primer capítulo del recomendado y reciente libro del Dr. Kwasniewski, El rito romano de ayer y del futuro (Os Justi Press, 2023).

El extracto del libro ha sido publicado por la web Marchando Religión, la cual contiene diversos artículos de este prolífico autor católico tradicional.

Asimismo, se pueden encontrar más libros en español del profesor norteamericano en el siguiente enlace a nuestra web: Sacristía | Misa Tradicional | Una Voce Sevilla

“La Tradición como la norma fundamental”

Cada vez que se celebra una liturgia cristiana, se recita o canta diversas oraciones, himnos y lecturas, y varias personas realizan acciones de carácter o práctico o simbólico. Muy probablemente, la acción incluirá también diversos objetos, utensilios y ornamentos especiales.

Si les echamos una mirada desde gran altura, las liturgias cristianas tienen, en su mayor parte, mucho en común: un ministro que las dirige, algunas personas que lo secundan, la Biblia, y pan y vino. Pero, como dice el adagio, “el diablo está en los detalles”. Lo cual es, en cierto modo, poner la idea al revés, porque es más bien Dios, creador y providente Señor, el que está muchísimo más en los detalles. Al contrario de lo que ocurre con las conferencias del papa en los aviones, la liturgia no se da normalmente a gran altura, sino que es algo sumamente concreto, articulado y definido; no puede ser genérica o vaga, sino que debe comprometerse con éste o aquel camino específico. Surge así una importante cuestión: ¿cómo debiera celebrarse la liturgia cristiana? ¿es algo que vamos creando a medida que avanzamos? ¿le encargamos a alguien que la invente para nosotros? ¿reunimos a un comité y le pedimos que prepare esquemas que, a continuación, votamos? ¿o podemos encontrarla completa en alguna parte y la tomamos con gratitud, de modo que, en vez de desperdiciar nuestras energías o de reinventar la rueda, podemos dedicarnos a darle, a este don que hemos recibido, el uso más devoto y bello?

Hubo un tiempo en que los católicos tenían, para la pregunta “¿Cómo debe celebrarse la liturgia?”, una respuesta plenamente convincente. Y la respuesta era sencilla: tradición. Recibimos nuestra liturgia de la tradición apostólica, desarrollada por un pacífico uso a lo largo de los siglos. Debido a que los apóstoles se reunieron en torno a Cristo en el cenáculo, nuestros ritos cultuales tendrán siempre ciertos rasgos comunes; debido a que los apóstoles se dispersaron por todo el mundo y fundaron iglesias locales donde quiera que llegaron, nuestros ritos son también diversos –tan diversos como diversos son el griego y el latino, el copto y el eslávico, el ambrosiano, el romano, el mozárabe–. Pero la intuición fundamental o instinto de los católicos es siempre buscar la tradición, de modo de estar seguros de que lo que hacemos y cómo lo hacemos, se funda, todo lo posible, en precedentes: precedentes de miles de santos, de innumerables iglesias y capillas de la Cristiandad, de incontables ejércitos de sacerdotes, monjes, monjas y laicos. Cada uno de los veintiún concilios ecuménicos de la Iglesia católica fue solemnizado con una liturgia que ya era considerada tradicional por los respectivos padres conciliares, ya fuera la primitiva liturgia griega de Nicea o el rito tridentino del Segundo Concilio Vaticano.

No es un problema menor el que, contra esta práctica unánime de dos mil años de cristiandad apostólico-sacramental, tanto oriental como occidental, la respuesta actual a la misma pregunta “¿Cómo debe celebrarse la liturgia?”, se haya convertido en algo controvertido, divisivo, explosivo. Y se ha llegado a ello por una sola razón: se ha repudiado la normatividad de la tradición. Quienes rehúsan ser guiados por ella han caído en una arbitrariedad de la cual no hay cómo escapar, salvo por nuevas decisiones y acciones arbitrarias. Por eso ya es tiempo de repensar nuestra pregunta fundamental desde sus bases mismas.

Todos los capítulos de este libro aspiran a contribuír a esta empresa. El presente capítulo proclamará dos principios: primero, el papel constitutivo, en términos generales, de la tradición en el catolicismo y, segundo, más específicamente, la importancia de mantenerse fieles a las tradiciones que se ha practicado desde hace largo tiempo y nos han sido transmitidas, aunque no sean parte del depósito de la fe. Mi tesis es doble. En primer lugar, las tradiciones eclesiásticas, especialmente en lo referente a las “externalidades” de la liturgia en su desarrollo a lo largo del tiempo, deben ser respetadas y conservadas porque están íntimamente conectadas con el contenido y con la recta práctica de la religión. Y, en segundo lugar, después de un período de más de medio siglo en que esa relación se ha aflojado o negado, existe un creciente número de católicos que se están encontrando, por primera vez, con tradiciones “redivivas” y las están experimentando como algo que es justo y bueno, supuestas las verdades en que creemos y los misterios que veneramos. El éxito de este “revival”, en unos tiempos de drástica declinación de la práctica religiosa, proporciona una prueba empírica de que las llamadas “externalidades”, defendidas por los amantes de la tradición, siguen siendo y siempre serán un camino eficaz para unirse a Dios.

Manteneos firmes y guardad las tradiciones

Hace algún tiempo no hubiera causado ningún revuelo afirmar que el catolicismo es, inherentemente, una religión de tradición. Esta realidad es una de las más importantes objeciones que le hizo el protestantismo, el cual, luego de haber optado por la sola scriptura, realizó el poco sorprendente descubrimiento de que mucho de lo que la Iglesia católica enseña y practica no se encuentra verbatim en la Biblia. Tal descubrimiento no hubiera alterado para nada a los seguidores del apóstol Pablo, que escribió a los corintios: “Os alabo de que en todo os acordéis de mí y retengáis las tradiciones que yo os he transmitido” (1 Cor. 11, 2), y a los tesalonicenses: “Manteneos, pues, hermanos, firmes, y guardad las tradiciones que recibisteis, ya de palabra, ya por nuestra carta” (2 Tes. 2, 15).

Los Padres de la Iglesia insisten en este punto con su habitual vehemencia. En su tratado “Sobre el Espíritu Santo”, publicado en 375, San Basilio Magno escribe: “De los dogmas y proclamaciones que se guardan en la Iglesia, algunos los recibimos de la enseñanza de las Escrituras, y otros los hemos recibido en misterio como enseñanzas de la tradición de los Apóstoles. Ambos tienen el mismo poder respecto a la verdadera religión. Nadie negaría estas ideas, al menos nadie que tenga alguna experiencia de las instituciones eclesiásticas. Porque si procuramos rechazar las costumbres no-escriturales [agraphos] como sin significado, podríamos perder, sin darnos cuenta, las partes vitales del Evangelio, e incluso más: lo proclamaríamos sólo nominalmente”1.

San Basilio da algunos ejemplos de las cosas que los cristianos creen por tradición, algunas de las cuales puede que sorprendan al lector moderno:

Por ejemplo –mencionaré la primera y más común– ¿quién ha aprendido por las Escrituras que los que esperan en Nuestro Señor Jesucristo deben ser marcados por la señal de la cruz? ¿Qué texto de las Escrituras nos enseña a volvernos hacia el Oriente para orar? ¿Qué santo nos ha dejado un relato de las Escrituras sobre las palabras de la epiclesis en la manifestación del pan de la Eucaristía y del cáliz de bendición? No nos satisfacemos con las palabras [Eucarísticas] que el Apóstol o el Evangelio mencionan, sino que añadimos otras palabras antes y después de las de ambos, ya que hemos recibido la enseñanza no-escritural de que estas palabras tienen gran poder en relación con el misterio. Bendecimos el agua del bautismo y el aceite del crisma además de bendecir al que va a ser bautizado. ¿Con base en qué Escritura? ¿No es acaso por el secreto y la tradición mística? Pero, ¿por qué? ¿Qué autoridad de la Escritura enseña la bendición del aceite mismo? ¿De dónde viene que hay que sumergir al hombre tres veces? ¿Cuánto hay del ritual bautismal que se refiere a la renuncia a Satanás y sus ángeles, y de qué texto de las Escrituras proviene? ¿No proviene acaso del secreto y enseñanza no hablada, que nuestros padres guardaron con un sencillo y escueto silencio, ya que se les enseñó muy bien que la solemnidad de los misterios se respeta con el silencio? Si todas estas cosas no deben ser vistas por los no iniciados, ¿cómo podría ser apropiado que esta enseñanza se publique abiertamente por escrito?.

Otro Padre de la Iglesia, San Vicente de Lerins, alrededor del año 434, en su gran tratado “Commonitorio para la antigüedad y universalidad de la fe católica, contra las profanas novedades de todas las herejías” (título que habría enorgullecido a Hilaire Belloc), dice lo siguiente:

Mantén el depósito. ¿Qué es el depósito? Es lo que se te ha confiado, no lo has creado tú mismo; es materia no de inteligencia, sino de aprendizaje; no de adopción privada sino de tradición pública; una materia que te ha sido entregada, no que has propuesto tú, por lo que estás obligado a ser no autor sino guardián, no un maestro sino un discípulo, no un guía sino un seguidor. Mantén el depósito. Conserva inviolado e inadulterado el talento de la fe católica. Que siga en tu posesión lo que se te ha confiado, y transmítelo. Has recibido oro, y entrega oro a tu vez. No sustituyas una cosa por otra. No sustituyas desvergonzadamente el oro por plomo o bronce. Entrega oro verdadero, no un simulacro2.

Se podría multiplicar indefinidamente estas citas. Los Padres de la Iglesia entienden el cristianismo como una religión social y jerárquica en que a ciertos hombres –los Apóstoles y sus sucesores– se les ha confiado los dogmas, las prácticas litúrgicas y los juicios morales destinados a ser transmitidos fielmente de una generación a la otra.

Un depósito en palabras y símbolos

El siguiente es un punto clave: la verdad y la forma de vida reveladas por Dios fueron, en su totalidad, depositadas primeramente en la tradición, es decir, en la mente de los hombres que Dios eligió como sus confidentes, y sólo posteriormente se puso una parte por escrito, a discreción de aquéllos a quienes se había confiado el depósito. Debemos alejarnos de toda noción de una Biblia, o un catecismo, o una Summa que caen a las manos de los Apóstoles desde el cielo. La revelación fue una clara luz espiritual que Dios implantó en la mente de Sus instrumentos, confiándoles la tarea de explicarla con sus palabras habladas y de poner una parte de ella por escrito para beneficio de auditorios lejanos o futuros. Pero es claro que habría sido imposible ponerla toda por escrito: San Juan nos dice en el capítulo 21 de su Evangelio que “Muchas otras cosas hizo Jesús, que, si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros”. Ni los Apóstoles ni los Padres de la Iglesia pensaron que debían o podían poner por escrito todo lo concerniente al misterio de la vida en Cristo. La Iglesia conserva en su corazón maternal algunos recuerdos que son demasiado profundos para ser dichos con palabras, y también algunas realidades que encuentran expresión en signos y símbolos más que en un lenguaje escrito.

Por ejemplo, los cristianos, durante siglos, rindieron culto ad orientem, de cara al oriente, antes de que a nadie se le ocurriera dar una explicación escrita de por qué lo hacían así, e incluso sólo existen tales explicaciones porque, aquí o allá, algún Padre de la Iglesia, como San Basilio Magno, decidió mencionar la costumbre al pasar mientras defendía un determinado dogma. El hecho es que dar culto ad orientem no es una doctrina, aunque tiene fundamentos e implicaciones doctrinales: no es una declaración o afirmación o texto que podemos analizar; es una postura corporal, una acción que realizamos, una actitud sin palabras que asumimos con todo nuestro ser. En este sentido es pre-doctrinal, pre-verbal, pre-conceptual; y esta es la razón por la que es tan fundamental. Las primeras cosas que los seres humanos reciben después de nacidos y durante su infancia no son compuestos de sujeto-predicado, sino sencillas imágenes sensibles; el lenguaje y el pensamiento crecen lentamente en nosotros, pero el rostro de nuestra madre que se inclina sobre nosotros amorosamente está ahí desde el comienzo, inmediato, palpable, dominante y decisivo. Los símbolos fundamentales de la liturgia son también así: nos entrenan antes de que nos demos cuenta de que estamos siendo formados por ellos; determinan nuestros pensamientos antes de que los pensemos; imprimen la verdad en nuestros ojos, oídos y nariz, en nuestras manos y en nuestras rodillas. Los gestos, las posturas y los objetos del culto cristiano son, por esto, no menos importantes que los textos de la liturgia; en realidad son, de muchas formas, más importantes. Por ejemplo, una Misa en que los fieles se arrodillan durante largos períodos de silencio afirma más poderosamente la presencia de Dios oculta, misteriosa y terrible que una Misa en que el silencio y el arrodillarse son menos importantes o incluso faltan. Una Misa con incienso tendrá inmediatamente un carácter sagrado más elevado que una Misa sin incienso. “Séate mi oración como incienso en tu presencia, y el alzar a ti mis manos como oblación vespertina” (Salmo 140, 2; Apocalipsis 8, 3-4). El Ofertorio de la Misa de Corpus Christi adapta un pasaje de Levítico 21, 6 a los ministros de la Nueva Alianza: Sacerdotes Domini incensum et panes offerunt Deo: et ideo sancti erunt Deo suo, et non polluent nomen ejus, alleluia. “Los sacerdotes del Señor ofrecen a Dios incienso y panes; por tanto, serán santos para su Dios, y no profanarán su nombre, alleluia”. ¡Cuánto comunican el aromático y ondulante humo, el movimiento deliberado de las manos, el ángulo de la cabeza, la dirección de la mirada, la elevación de un cáliz!3. Debemos tomar en serio el despliegue de manifestaciones no verbales de la tradición, ya que también estas cosas nos han sido transmitidas por nuestros antepasados, y llevan consigo la verdad del Evangelio.

Diferentes clases de tradición

La palabra “tradición” deriva de trans y dare, entregar algo. Para que algo sea tradicional debe haber sido establecido por la autoridad correspondiente y transmitido y recibido por otros. Unos de los mejores textos de estudio del siglo XX, el Manuale Theologiae Dogmaticae, de Jean-Marie Hervé, distingue cuatro clases de tradiciones: las provenientes del Señor o dominicales, las de carácter apostólico-divino, las de carácter apostólico-humano, y las eclesiásticas. Una “tradición dominical” es la que ha sido establecida por el mismo Cristo, como la indisolubilidad del matrimonio y la necesidad de ayunar. Las tradiciones “apostólico-divinas” abarcan las que el Espíritu Santo inspiró a los Apóstoles que introdujeran en la Iglesia como parte de la constitución de ésta; por ejemplo, la ordenación de diáconos y la primera fijación de la liturgia, que habría de desarrollarse, con el paso del tiempo, hasta dar origen a las familias de ritos orientales y occidentales. Las tradiciones “apostólico-humanas” son, en cambio, las que los Apóstoles mismos consideraron adecuado instituír, en cuanto representantes de Cristo, como, por ejemplo, los tiempos en que los cristianos deben practicar el ayuno y la abstinencia. Finalmente, las tradiciones “eclesiásticas” comprenden todo lo que la Iglesia ha instituído o ha adoptado después del tiempo de los Apóstoles (e.g., la duración exacta del Adviento y de la Cuaresma, las octavas de Navidad, Pascua y Pentecostés, los días de rogativas, y las vestiduras que deben ser llevadas por el clero en el altar”4.

Los cuatro tipos de tradición poseen en común lo siguiente: tienen su comienzo en alguna autoridad (Cristo, el Espíritu Santo, los Apóstoles, la Iglesia) y son continuamente transmitidas, preservadas y fomentadas. El Depósito de la Fe, el conjunto total de las tradiciones dominicales y apostólico-divinas, no admiten cambio; son establecidas en plenitud desde su promulgación, que termina con la muerte del último Apóstol. Las tradiciones apostólico-humanas tuvieron sólo cierto nicho en el que se las pudo establecer, y después de la muerte de San Juan, ya no pueden ser modificadas: sólo pueden ser abandonadas. Las tradiciones eclesiásticas constituyen la categoría más compleja.

Las dos primeras categorías, las dominicales y las apostólico-divinas, pueden llamarse Tradición con una T mayúscula: en su origen y contenido son divinas y, como Dios mismo, inmutables. Las últimas dos categorías, las apostólico-humanas y las eclesiásticas, pueden llamarse humanas más que divinas, pero con la importante aclaración de que nacen bajo la guía divina y poseen cierto grado de autoridad divina. Aunque las tradiciones eclesiásticas se desarrollan y cambian, la coherencia de la práctica de la Iglesia católica a lo largo de los siglos –que no sería exagerado calificar de norma o principio– ha significado prolongar todo lo que ya es parte de su vida, y tanto más cuanto más universalmente dichas tradiciones permean al cuerpo de fieles5. De lo anterior se derivan dos corolarios. Primero, mientras más prolongada sea la tradición, más certeza se tiene de que es verdadera, conveniente, y beneficiosa. Segundo, debe admitirse las nuevas prácticas sólo cuando refinan, cristalizan, amplían o destacan de algún modo las tradiciones ya existentes. Las prácticas bien establecidas y que han durado por mucho tiempo reciben el nombre de usos, y operan como leyes, con estatus normativo y fuerza obligatoria en una colectividad. Cuando una costumbre es tan antigua y/o extendida que nadie recuerda su introducción (con frecuencia no habrá recuerdo de quién la introdujo o dónde o cuándo), se la denomina inmemorial, y es, por tanto, venerable.

La gran veneración que la Iglesia tiene por sus tradiciones se hace presente en las siguientes palabras del Concilio de Trento, que alaban al Canon romano:

Y siendo conveniente que las cosas santas se manejen santamente; constando ser este sacrificio el más santo de todos; estableció muchos siglos ha la Iglesia católica, para que se ofreciese, y recibiese digna y reverentemente, el sagrado Canon, tan limpio de todo error, que nada incluye que no dé a entender en sumo grado, cierta santidad y piedad, y levante a Dios los ánimos de los que sacrifican; porque el Canon consta de las mismas palabras del Señor, y de las tradiciones de los Apóstoles, así como también de los piadosos estatutos de los santos Pontífices6.

En esta cita encontramos recogidas todas las esferas de la tradición: la dominical (“las mismas palabras del Señor”), la apostólico-divina y la apostólico-humana (“las tradiciones de los Apóstoles”), y la eclesiástica (“los piadosos estatutos de los santos Pontífices”). El Concilio de Trento ofrece, para nuestra admiración y adhesión, la más perfecta ilustración de la corrección de la antiquísima práctica cultual de la Iglesia, es decir, el texto litúrgico central y definitivo del sacrificio Eucarístico en todos los ritos occidentales, completado en el año 604.

Prof. Peter Kwasniewski

INFORMACIÓN SOBRE EL LIBRO

Peter Kwasniewski. El rito romano de ayer y del futuro: El regreso a la liturgia latina tradicional tras setenta años de exilio. Lincoln, NE: Os Justi Press, 2023. 478 páginas, con 8 ilustraciones y 3 diagramas. Disponible en tapa blanda, tapa dura o libro electrónico.

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1 San Basilio, On the Holy Spirit, 27:66.

2 San Vicente de Lérins, Commonitorium, c. 22, n. 53.

3 Ver Romano Guardini, Sacred Signs.

4 San León Magno atribuye las Témporas a los Apóstoles.

5 La significación de este principio se aprecia cuando consideramos que el Missale Romanum de Pío V, promulgado en 1570, se diferencia muy poco de los misales que ya habían sido usados desde muchos siglos antes, y posteriormente siguió siendo de uso universal en toda la Iglesia católica romana durante cuatrocientos años. Su abolición, por tanto, fue un magnífico ejemplo de desprecio por la tradición eclesiástica. En realidad, sería difícil concebir un acto más temerario y anticatólico que esta arrogante eliminación de la riqueza acumulada durante siglos de culto público y de piedad personal.

6 Concilio de Trento, sesión XX, cap. 4.

CRÓNICA DE LA MISA TRADICIONAL CELEBRADA EL JUEVES DE PASCUA EN SEVILLA (FSSP)

El pasado jueves día 13 de abril, Jueves de la Octava de Pascua de Resurrección, se celebró en Sevilla Santa Misa cantada según el rito Romano tradicional, con ocasión de la visita de un sacerdote y un grupo de trece seminaristas de diferentes nacionalidades -4 españoles-, pertenecientes a la Fraternidad Sacerdotal San Pedro, que cursan sus estudios en el seminario de este Instituto en Wigratzbad, situado en la región de Baviera (Alemania), quienes se encontraban en peregrinación por distintos lugares de Andalucía y Portugal. Tras visitar nuestra ciudad, se celebró Misa tradicional en el Oratorio Escuela de Cristo, a las ocho y media de la tarde, participando en la celebración litúrgica más de un centenar de personas, en su mayoría jóvenes; entre ellas, los miembros de la Junta Directiva de Una Voce Sevilla y el Grupo Joven Sursum Corda, estando presentes una gran parte de sus asociados y simpatizantes.

La Misa fue celebrada y predicada por el padre venezolano don Felipe Pérez (FSSP); acolitada y cantada en gregoriano, con las melodías del ordinario y el propio de la festividad litúrgica, por los referidos seminaristas, quienes además fueron acompañados por un grupo de seminaristas del Instituto del Buen Pastor que se encontraban de visita ese día en nuestra Ciudad.

El ambiente de adoración, misterio, solemnidad y recogimiento vivido por los allí presentes recordó aquellos Triduos Sacros de Semana Santa que durante siete años consecutivos se celebraron en el mismo lugar con la colaboración de Una Voce Sevilla.

Tras la finalización de la Misa compartimos un refrigerio en el Barrio de Santa Cruz con el sacerdote y los seminaristas, de forma que pudimos celebrar con ellos la Pascua de Resurrección y tener una provechosa tertulia. Hemos de destacar que parte de los seminaristas que nos visitaron son andaluces; entre ellos nuestro querido y amigo sevillano don Rodrigo López, don Francisco Ariza y don Javier Martínez, ambos cordobeses. Rezamos por ellos y por las vocaciones sacerdotales.

Se da la circunstancia que la Misa tradicional ha vuelto a celebrarse en el Oratorio Escuela de Cristo -que fue sede de la Asociación Una Voce Sevilla- dos años y medio después de la promulgación, por el entonces arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, del Decreto que restringía la celebración de la Misa tradicional en la archidiócesis hispalense a un solo templo y un solo sacerdote. Decreto que, según la opinión de varios juristas, podría estar derogado desde la entrada en vigor del motu proprio Traditionis Custodes del Papa Francisco el 16 de julio de 2021, en virtud de lo establecido en el canon 33.2 del Código de Derecho Canónico.

Agradecemos a nuestro arzobispo, don José Ángel Saiz Meneses, la acogida paternal dispensada al sacerdote celebrante y grupo de seminaristas, y esta atención pastoral recibida por los fieles de la Misa tradicional en la Sede de San Isidoro.

UNA VOCE SEVILLA

A continuación, les ofrecemos más fotos y vídeos realizados por la comunidad de fieles de Una Voce Sevilla y el Grupo Joven Sursum Corda.

Seminaristas del Instituto del Buen Pastor